muy vivo en los escenarios españoles

Todas las caras de Samuel Beckett, 25 años después de la muerte del escritor

Hoy se cumple el 25 aniversario de la muerte del dramaturgo. Alfredo Sanzol, Luz Arcas o Sergi Belbel repasan la relación del teatro con el 'maestro'

Foto: Fragmento del retrato de Beckett de Daniel Merlín, ganador del Premio BMW de Pintura
Fragmento del retrato de Beckett de Daniel Merlín, ganador del Premio BMW de Pintura

"Camino en el campo, con árbol. Atardecer". Esta sucinta acotación es una de las más famosas del teatro del siglo XX: Esperando a Godot, de Samuel Beckett, de quien hoy se cumple el 25 aniversario de la muerte del referente de actores, dramaturgos y directores. Dramaturgo, poeta y novelista, Beckett es considerado el padre del teatro del absurdo, un gran explorador del alma humana y un vanguardista que rompió los moldes del teatro de la época. Famoso a su pesar: “¡Qué catástrofe!”, le dijo a su mujer cuando le concedieron el Premio Nobel en 1969.

Las obras de Beckett son, en esencia, diálogo y reflexión. Que diseccionan el gran dilema humano, es decir, ¿qué hacemos aquí? “Lo único que cuenta es la escritura. Nunca contó otra cosa”, solía decir el creador de personajes solitarios. Solitario, gris y tímido fue al que hasta poco antes de su muerte, el 22 de diciembre de 1989, se le podía ver paseando por Montparnasse. Una personalidad que retrataba muy bien el fotógrafo John Minihan en la inauguración de una reciente exposición de retratos del dramaturgo en Buenos Aires realizada a la par que el Festival Beckett de teatro: “Por la calle, la gente le pedía que firmara sus libros y él accedía. Un día le pregunté por qué lo hacía y me dijo que no se debía a que era amable, sino a que era débil”. 

'Esperando a Godot' llegó al paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en 1955, donde su discurso existencial fue acogido con entusiasmo por unos estudiantes bajo el yugo de la dictadura

Esperando a Godot se estrenó en 1953, en el Théâtre de Babylone de París. En España llegó dos años después al paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, donde su discurso existencial fue acogido con entusiasmo por unos estudiantes bajo el yugo de la dictadura. Después llegarían dos montajes comerciales en 1956, en el teatro Windsor de Barcelona y en el Bellas Artes madrileño. Desde entonces no ha parado de estrenarse y verse sobre las tablas españolas

Alfredo Sanzol firmó el año pasado su Esperando a Godot para el Centro Dramático Nacional (CDN). “Beckett es el maestro del teatro posterior a él. No se entiende el teatro que hacemos sin Beckett. Tampoco el cine, claro. Su influencia va desde Pinter, con el que tenía una relación muy estrecha, a Tarantino. Sin Beckett no existiría el escena del masaje en los pies de Pulp Fiction”, decía Sanzol en la presentación de su Godot.

Escritura fuera de los límites

Hoy, con algo de distancia, sigue destacando la inconmensurable estela del dramaturgo. “Esperando a Godot es de mis obras favoritas. Para mí ha sido un referente a la hora de tratar el sentido del humor, porque es una obra muy divertida y, al mismo tiempo, habla de temas existenciales, de dónde venimos, a dónde vamos y qué hacemos aquí. La leo desde hace muchos años y hacerla era un sueño”, cuenta a El Confidencial. “Cuando estoy bloqueado, la abro por cualquier página y me desbloqueo. Creo que es por la capacidad maravillosa que tiene de romper los límites de lo formal, de lo que se supone que debería ser. Con su escritura, Beckett rompe esos límites para crear una forma con total libertad y esa libertad se contagia”.

Cuando estoy bloqueado abro 'Esperando a Godot' por cualquier página y me desbloqueo

“Es un prejuicio decir que en las obras de Beckett no pasa nada, porque pasan muchísimas cosas. Hay mucho juego e incluso números de circo, como el de los sombreros, referencias al cine mudo, al vodevil… Todos estos subgéneros, entre comillas, no contenían ningún conflicto ni historias de relevancia pero los usa para hablar de las cosas más importantes: de la contradicción del ser humano entre la necesidad de unión con los otros y la soledad existencial. Pone en ese juego el impulso del deseo de unión y la realidad de la soledad”, destaca sobre el fondo de la obra del irlandés, junto a esos personajes tan humanos que dibuja.

Otro Godot emblemático fue el que hizo la compañía Ultramarinos de Lucas en el año 2000 introduciendo el lenguaje clown. La dirigieron Jonathan Young y Juan Berzal, unidos por la época que pasaron juntos en la escuela Jacques Lecoq de París, poniendo el acento en la estructura narrativa de “tragicomedia en dos actos”. Por ello, ambos decidieron que el clown -“esos payasos viejos”- era el mejor personaje posible porque hace reír a partir de su propia tragedia y “permite que el actor esté en constante contacto con el público. Se lo cuenta todo con una mirada sin necesidad de falsear. Beckett en su texto interpela constantemente al público. Ese ¿nada que hacer? se lo pregunta al público, es un diálogo con él”, señala Berzal.

Heredero de Shakespeare

Para el director y actor, Beckett es “un maravilloso heredero de Shakespeare”. Además, destaca la meticulosidad de su puesta en escena y dirección. Contaba Minihan tras compartir los ensayos de Esperando a Godot en el estudio Riverside de Londres, que Beckett "como director, trataba a los actores de manera amable, pero se enojaba bastante con quien se equivocaba". Berzal destaca que "es un autor profundamente humano cargado, por un lado, de poesía y, por otro, con una propuesta escénica increíble". "Tenía una capacidad increíble para la puesta en escena. Sabía donde poner e interpretar una pausa, un silencio…”. 

'La voz de nunca', un ballet de La Phármaco inspirado en 'Esperando a Godot' de Beckett
'La voz de nunca', un ballet de La Phármaco inspirado en 'Esperando a Godot' de Beckett

A la danza lleva Luz Arcas, nominada a los últimos Premios Max por Éxodo: primer día, y su compañía La Phármaco a Godot. Su montaje La voz de nunca se inspira la obra de Beckett para construir una sinfonía para cuatro bailarines y un pianista conjugada a partir de una danza reflexiva y física, llevada al límite; la música en directo original creada a partir de Beethoven y Shostakovich, que es la que da el espacio y el tiempo al discurso, y una estructura en espejo que respeta la simetría de las dos grandes parejas (Vladimir y Estragón y Lucky y Pozzo) que protagonizan la obra.

Beckett es el padre de toda la postmodernidad y construyó la esencia del hombre del siglo XX, e incluso del XXI, como el gran visionario que fue. 'Esperando a Godot' es una obra perfecta.“Beckett es el padre de toda la postmodernidad y construyó la esencia del hombre del siglo XX, e incluso del XXI, como el gran visionario que fue. Esperando a Godot es una obra perfecta. Un gran logro que contiene todo el universo del autor. Es la obra más perfecta que reúne todo Beckett y es muy seductora por los personajes y el universo físico que plantea, por el conflicto explícito con los objetos donde también se ve muy bien la pasión que tenía por el cine mundo”, cuenta Arcas. Por cierto, una curiosidad: amaba tanto el cine mudo que Vladimir y Estragón, la pareja de Godot, están inspirados en Chaplin y llegó a escribir el cortometraje Film, que dirigió en 1965 Alan Schneider y protagonizaba Buster Keaton.

La nueva mitología

Las repeticiones y la sobreabundancia, las obcecaciones y la insistencia que están presentes en todo el texto del autor son las claves de este montaje en el que han querido “escuchar la obra casi como una partitura musical” para recrear esa nada física y bailable. “Beckett es el padre de la nueva mitología. Cuando se sustituye el sentimiento romántico por el mito de la nada, crea como una nueva religión que celebra la insignificancia del ser humano y se le rinde culto en una ceremonia que él mismo inventa. No habla de la soledad tanto como de la conciencia de la insignificancia, de la crisis del individualismo y la celebración de la nada. Hemos querido transmitir es esa contradicción de la ternura y la crueldad”, expone Arcas, coreógrafa y bailarina en un montaje que se podrá ver en Matadero Madrid, el 20 de enero. 

'Els dies feliços', dirigida por Sergi Belbel, volverá en junio al Teatre Lliure
'Els dies feliços', dirigida por Sergi Belbel, volverá en junio al Teatre Lliure

“Yo soy beckettiano casi de nacimiento”, confiesa Sergi Belbel, dramaturgo, director y hasta el año pasado director del Teatre Nacional de Catalunya (TCN). Sus principios en el teatro estuvieron claramente marcados por Beckett. Cuando estudiaba Filología Francesa sus profesores de la universidad le inocularon el amor por el dramaturgo irlandés, tanto que sus primeros pinitos sobre las tablas fueron haciendo a Vladimir en francés en el año 82 u 83, rememora. “Como aficionados hicimos tres obras de Beckett y ya me fascinó su mundo y su mal llamado teatro del absurdo". Después llegó su encuentro Sanchís Sinisterra, el gran introductor de Beckett en España, y con él vivió los orígenes de la sala Beckett de Barcelona. “Beckett fue determinante en mis inicios. Mis primeros ejercicios como escritor teatral fueron muy beckettianos. Después me alejé para buscar una voz propia pero me ha influido como actor, director incipiente y autor”, explica.

Beckett es un director de orquesta y un compositor. Yo no prescindo de ninguna de las acotaciones, es como si le quitas las corcheas a una partitura. Y cuando lo sigues al dedillo, es cuando funcionaEl año pasado llegó el regalo cuando Emma Vilarasau le propuso montar Els dies feliços (que se pudo ver en el Teatre Lliure y volverá en junio de 2015), porque no todo en Beckett es Esperando a GodotFinal de la partida y Los días felices son otras de sus dos obras más  representadas y conocidas, con permiso de su trilogía de novelas Molly, la enorme Malone muere y El innombrable.

“A autores como Beckett, Ionesco o Arrabal que tras la II Guerra Mundial usan el teatro para mostrar la irracionalidad del mundo se les coloca esa etiqueta de teatro del absurdo para juntarlos, pero Ionesco y Beckett no se parecen en nada. Beckett trasciende tiempo y espacio. No es absurdo, es un autor profundamente humano”, defiende.  

Belbel destaca también su vis cómica y su luminosidad frente a otro cliché tan generalizado como es el de su pesimismo. Winnie, protagonista de Los días felices, “es un personaje luminoso. Es vital, es entrañable, es una superviviente que se aferra a la vida con sus recuerdos y nos habla del paso del tiempo, de la vejez, del apego a la vida…”, garantiza. 

Samuel Beckett fotografiado en Londres, en 1980.
Samuel Beckett fotografiado en Londres, en 1980.
“Respeto todo al 100%”, dice sobre otra de las señas de identidad de las obras de Beckett: las innumerables acotaciones. Todo está pautado en la acción: los gestos, el rostro, los movimientos y hasta los segundos de silencio. “Es un director de orquesta y un compositor. Si te gusta él, te gusta todo. Yo no prescindo de ninguna de las acotaciones, es como si le quitas las corcheas a una partitura. Y cuando lo sigues al dedillo, es cuando funciona”, asegura.

Esta decisión supone un trabajo extra para los actores. Tanto que es fácil escuchar que hacer un Beckett supone un gran trabajo físico a pesar de ese no-pasa-nada. Belbel lo confirma: “Emma casi tenía más trabajo memorizando las acciones que las palabras. Ensayando veíamos que algo no funcionaba, íbamos al texto y ponía que esa frase tenía que decirse después del gesto. Lo hacía y funcionaba. Beckett escribe desde la representación, desde la ley del escenario no desde la abstracción. Beckett es así”.

Lluis Pasqual, director del Lliure y ahora inmerso en los ensayos de El rey Lear con Nuria Espert, fue el primero que llevó el Godot de Beckett a este teatro catalán a los 30 años de su apertura y este pasado verano hizo lo propio con Finale di Partita en el Festival de Nápoles. Subrayaba entonces el humor de Beckett, que definía como “encriptado, entre la sonrisa y la mueca, porque no es humor a primera vista. Es auto ironía, es cinismo, es esa cosa muy parecida a lo que el teatro español del siglo XVII llamaba tragicomedia”. Y también defendía que Beckett es de todo menos absurdo. Otra cosa bien distinta es que refleje el absurdo de nuestras vidas. Un absurdo, explicaba en varias entrevistas, que ahora está mucho más de actualidad. “Si podía parecer absurdo, ahora estamos metidos dentro de situaciones más absurdas de las que él planetaba”.

Vladimir: ¿Qué? ¿Nos vamos?

Estragón: Vamos.

(No se mueven)

TELÓN.

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