CINE

Lina Romay, la única directora del destape que nunca existió

A la muerte de Franco, las pantallas españolas se llenaron de tetas, culos y vello púbico. Pero ¿hubo alguna mujer detrás de la cámara en el cine del destape?

Foto: Lina Romay, en 'Les nuits brûlantes de Linda'.
Lina Romay, en 'Les nuits brûlantes de Linda'.

Fue poco antes de que Marisol, la novia de España, apareciese en la portada de 'Interviú' enseñando los pechos. Hacía menos de un año de la muerte del Generalísimo. El país se debatía entre los homenajes a Franco y la salida de la clandestinidad de los opositores en el exilio. "La niña prodigio Marisol, con el busto al aire, convertida ya en mujer y en comunista, se transformó rápidamente en un icono del cambio social que estábamos experimentando. Aquella portada fue la imagen de la libertad", escribió David Barba en '100 españoles y el sexo' (2009), un ensayo que recoge las experiencias en materia sexual de un centenar de nombres célebres de distintas edades y distintos ámbitos del panorama político y cultural que vivieron la Transición. Entonces, se abrió la veda.

Ignacio Iquino, Eloy de la Iglesia, Jesús Franco, José Ramón Larraz, Mariano Ozores. Los directores españoles se pasaron al verde y las tetas, los culos y el vello púbico montaron su 'rave' particular en la pantalla. Diez años en los que se pasó de la erótica de la rodilla a la explicitud de las fantasías sexuales del clero —'Cartas de amor de una monja', de Jorge Grau—. Carne y fluidos después de 40 años —o más— en barbecho. Una generación de cineastas perversos que se aliaron con actrices jóvenes y rebeldes (Susana Estrada, Nadiuska, María José Cantudo, Eva Lyberten, Lina Romay y Bárbara Rey, entre muchas otras), que se dejaron la piel en la educación sexual y cinematográfica del español medio. Ellas delante de la cámara. Ellos detrás. Porque solo hay una mujer que aparezca acreditada como directora de cine del destape: Lina Romay (1954-2012).

Lina Romay en 'El ataque de las vampiras' (1973).
Lina Romay en 'El ataque de las vampiras' (1973).

Una mujer que nació dos veces. Primero en 1954 como Rosa María Almirall Martínez. Después en 1972, con un pequeño papel de gitana en el rodaje de 'La maldición de Frankenstein', de Jess Franco, ya con el nombre de Lina Romay con el que se hizo conocida. Musa y mujer de Jesús Franco, rodó con él un centenar de títulos. "Amo el cine, como actriz, como montadora, como técnico de rodaje y como espectadora. Me gustaría convertirme en una buena directora. Dicen que soy una exhibicionista. Todo actor lo es, y lo acepto gustosa. No soy una hipócrita", confesó en su biografía, 'The Lina Romay file. The intimate confessions of an exhibitionist', escrita por Tim Greaves y Kevin Collins en 1996.

Como directora, se le acreditan 13 trabajos, entre largometrajes y cortometrajes. Entre ellos, títulos tan sugerentes como 'Confesiones íntimas de una exhibicionista' (1983), 'Una rajita para dos' (1984), 'Un pito para tres' (1985), 'Para las nenas, leche calentita' (1986) y 'Las chicas del tanga' (1987). A veces firmadas como Lulú Laverne. A veces como Candy Coster. O Betty Carter. O Lennie Hayden. Todas codirigidas, en teoría, junto a un Jesús Franco que no aparecía en el rollo final. Las de Franco y Romay eran producciones de bajo presupuesto, rodadas sin casi medios ni guion, improvisadas, donde se mezclaban el 'thriller' y el terror con el erotismo —cárceles de mujeres, vampiresas, condesas misteriosas—, y no demasiado ortodoxas a la hora de firmar la autoría.

Lina Romay en 'Ópalo de fuego: mercaderes del sexo' (1980).
Lina Romay en 'Ópalo de fuego: mercaderes del sexo' (1980).

En su tesis doctoral, 'Jess Franco: de los márgenes al cine de autor. Análisis del relato cinematográfico' (2019), Alejandro Mendíbil Blanco sostiene que "el redondeo y la capacidad fabuladora de la prensa sitúan la cifra [de Jesús Franco como director] en doscientas películas, a veces más y a veces casi, y se ha llegado a la osadía de considerarle el director más prolífico de la historia del cine por parte del 'Guinness Book of World Records' (Shipka, 2011, p. 179). La realidad es otra cosa; lo que permanece es la indefinición, sobre todo en la ausencia de un criterio contable. A menudo se contabilizan sus cortometrajes, que son cinco; las películas que aunque permanecen perdidas se ha probado su existencia; las películas que fueron empezadas y no terminadas; las que supuestamente dirigieron personas tan próximas a él que parecen suyas (Lina Romay, Erwin C. Dietrich o Marius Lesoeur, por ejemplo)". Tan parecidas que parecen suyas. ¿Podría ser que la única directora mujer del cine de destape en realidad nunca existiera?

En las que están acreditadas a Lina Romay como directora se ven felaciones y penes. Sí existe el desnudo masculino

"Las que en teoría dirigió ella eran las fuertecitas. Eran las de los ochenta, que no eran S, si no que ya había algunas que eran directamente X. Entonces, claro, como él era un director que venía de hacer otras películas en los años sesenta y setenta y no quería caer en que pudiese afectar ese tipo de películas a su carrera, hacía que ella las firmase", propone Valeria Vegas, periodista y autora de 'Grandes actrices del cine español', 'Ni puta ni santa. Las memorias de la Veneno' y 'Vestidas de azul'. "Fue un acto de generosidad por parte de ella, porque una mujer que firma eso luego ya está marcada como una vaca. A lo mejor alguna las dirigiría o codirigiría. ‘Las chicas del tanga’, por ejemplo, es de las menos fuertecitas. Y en ella actúa Lina. Con lo cual no me cuadra que pudiera estar pendiente de estar monísima y de actuar en sus escenas sexuales, y además en el encuadre. No se puede desmontar, pero yo creo que si preguntas a gente de ese momento, gente de fanzines, probablemente te confirmarán que era Jess Franco quien dirigía bajo los seudónimos de Lulú Laverne, Candy Coster… Eso sí, en las que están acreditadas a Lina Romay como directora se ven felaciones y penes. Sí existe el desnudo masculino".

Cartel de 'Las chicas del tanga'.
Cartel de 'Las chicas del tanga'.

Antonio Mayans, actor en 74 de las películas de Franco y director de producción en más de una treintena de ellas, corrobora la versión de que Lina Romay, en realidad, no dirigió las películas que se le atribuyen. "Con todos mis respetos, y sintiéndolo mucho, Lina dirigió poquísimo, poquísimo, poquísimo. Cuando digo tres poquísimos era porque, en realidad, era más cuestión de que ella tuviese los derechos de autor que de otra cosa. Lo hizo para dejarle una especie de legado. De todas maneras, a Lina no le interesaba nada dirigir, he de decirte", admite. "Hay películas que están firmadas por ella en las que yo no he trabajado. Poquísimas, pero las hay. Pero es que ella no tenía interés en dirigir. Hay gente que la ves que tiene interés por la cámara, por querer hacer de ayudante de dirección, por querer opinar sobre un plano. Pero ella no. Ella hacía lo que Jesús le decía, y ponía todo su interés y toda su voluntad".

"Lina era una mujer interesantísima", continúa. "Yo hice con ella muchas películas. Pero era dos personas totalmente diferentes. Una, la que aparecía en pantalla: descaradísima, conectaba con el público y decía todas las barbaridades que podía pensar. Otra, la verdadera —o la falsa Lina—: una mujer que llevaba una camiseta y un vaquero nada provocativo, unas gafas John Lennon y que se pasaba el día en casa leyendo. No era ama de casa, pero lo tenía todo muy limpito y muy arregladito. Era muy tranquila. Totalmente opuesta a lo que era en pantalla".

Lina Romay en 'El ataque de las vampiras'.
Lina Romay en 'El ataque de las vampiras'.

"No ha habido directoras de cine del destape", sentencia Vegas. "Para empezar, es una industria en la que ha habido pocas directoras mujeres, sobre todo en esa época: Josefina Molina, Ana Mariscal y poco más. Si ya te centras en esos años del destape, eran todo hombres con películas hechas desde una visión masculina, pero también porque tampoco había mujeres en la producción. En España, tengo la certeza de que no había mujeres directoras de cine S o del destape".

Una pareja peculiar, un cine diferente

Que Romay no sea finalmente la autora de las películas que se le atribuyen no quiere decir que no estuviese implicada en ellas. "Lina Romay se implicó tanto como actriz en las películas de Jess Franco, en el sentido de que eran escenas extremadamente sexuales, que eso la condicionó para no trabajar con otros directores. No es que ella rechazase trabajar con otros directores. Al final, era una actriz con una etiqueta", prosigue Vegas. "En el destape, había nombres como Bárbara Rey o Nadiuska o Cantudo, eran actrices que hacían unas películas, porque las cobraban muy bien, hacían unos reportajes y luego luchaban por salir de eso. Luego la ambición de ellas era convertirse en el cliché de ‘la señora’. Era un puente. Salían y luego decían que hacían teatro o lo que fuera. Lina Romay tenía una frase maravillosa que decía: ‘Yo solo me visto si lo exige el guion’. Ella no ponía excusas. No decía aquello de ‘me desnudo porque lo pide el guion’. Para Jess Franco era ideal, porque era su actriz fetiche además de su pareja y siempre se prestaba a estas locuras de película que eran muy su género".

Mayans recuerda lo divertido que era rodar aquellas historias. Su relación con Franco y Romay fue tan estrecha que a menudo solían viajar largas temporadas juntos, acompañados de la mujer y las dos hijas del actor. "El contacto era muy grande. La familiaridad era muchísima", admite. "Me encantaba rodar con él. Por eso hice 74 películas con él. Era totalmente libre. Una cámara y libertad. Ibas a pasártelo bien, a hacer cine, a contar historietas. Un año rodamos 10 películas. Era duro, porque ten en cuenta que las montábamos, las rodábamos, todo. Trabajábamos sin parar".

Lina Romay acompaña a Jesús Franco a recoger el Goya de honor en 2009. (EFE)
Lina Romay acompaña a Jesús Franco a recoger el Goya de honor en 2009. (EFE)

La forma de trabajar de Franco era tan poco ortodoxa como su resultado. Cuenta Mayans que, antes que nada, el director pensaba en un destino al que le apeteciera viajar —nunca rodaba en Madrid—, habitualmente cerca del mar. Siempre debía haber un buen hotel cerca. Y algún restaurante donde diesen bien de comer. "Quedábamos a hablar de la película y, mientras Lina se tumbaba a leer esas novelas francesas llamadas ‘S.A.S.’ —historias eróticas de espías escritas por Gérard de Villiers—, mirábamos adónde queríamos viajar, qué presupuesto teníamos, qué cosas nos hacían falta y decidíamos. Él iba a los productores y les decía que tenía una película importantísima que se trataba de aquello o lo otro y que había unos franceses que ponían la mitad del dinero… Y entrábamos en el mundo, que a mí me interesa mucho, al que llamo ‘cine creacionista’. Él conocía todas las localizaciones de España. Todos los pueblos. Todos los monumentos. Todas las rarezas de España y Portugal". Una vez fijada la localización, el resto era buscar una idea que cuadrase con el paisaje.

Franco era un entusiasta del cine. Y la última anécdota que cuenta Mayans recuerda al retrato que de Ed Wood hizo Tim Burton. "A Jesús le había gustado 'Cocodrilo Dundee' y decidió meter un cocodrilo en una de sus películas. Pero era de mentira y lo movíamos con un hilo. A veces esas cosas funcionan, pero en esa ocasión no funcionó. Más tarde volvió a pedirme que encontrase un cocodrilo vivo. Descubrí que en Elche iban a abrir un safari y fui a preguntar. Después de hablar un rato con el dueño, que era cinéfilo, me dijo que cocodrilo no tenía, pero sí un tigre, con el que paseaba por las discotecas de la zona, y dos elefantes. A Jesús le pareció bien y cambiamos el guion y utilizamos al tiegre y a los elefantes. Fue para 'En busca del dragón dorado' (1983). Y con un par de banderas y algo de 'atrezzo', convertimos Benidorm en China. No te digo más".

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