entrevista

Esteban Hernández: "El nacionalpopulismo avanza mientras la izquierda vive fantasías"

El analista político de Confidencial publica 'El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en el siglo XXI', un nuevo libro donde trata de clarificar el caos del presente

Foto: Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)
Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)

Es fácil desorientarse en el tiempo líquido que anunció Bauman. Ni la realidad política ni la económica encajan fácilmente con nuestras referencias filosóficas y conceptuales del siglo XX. Pero, después de un tiempo en el que las ideologías parecían obsoletas, hemos pasado a otro donde los viejos monstruos eligen nuevos disfraces. Las reglas del juego son diferentes y no sabemos cómo afrontar una nueva partida que parece definitiva. Esteban Hernández, analista político de El Confidencial, publica un nuevo libro donde trata de clarificar el caos del presente con la táctica filosófica de replantear los conceptos. Tras 'El fin de la clase media' y 'Los límites del deseo', centrados en los nuevos laberintos de la economía capitalista contemporánea, el autor publica 'El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en el siglo XXI' (Akal, 2018), donde analiza la batalla ideológica.

PREGUNTA. Fukuyama se equivocaba. El fin de la historia parece lejano. ¿Por qué volvemos a hablar de ideologías?

RESPUESTA. Estamos en un momento muy poco ideológico si lo entendemos desde el pasado. Hoy el capitalismo reina sin discusión. Pero eso no quiere decir que no existan nuevas ideologías. En Occidente, las dominantes son: 1) la de las democracias liberales, con su internacionalismo, multiculturalidad y multilateralidad, y 2) el populismo de derechas, un movimiento neoliberal en lo económico, pero nacionalista, que promete solucionar los problemas de los perdedores de la globalización desde una nación más fuerte. Ya no es la lucha del comunismo o el fascismo contra la democracia liberal, sino algo diferente. Tiene mucho más que ver con lo que describía Marx en 'La lucha de clases en Francia' o con la situación de los populistas estadounidenses en el XIX. Fuera de Occidente está China, con ese régimen híbrido entre economía capitalista y estructura comunista, y muchos regímenes con democracias formales pero en realidad regidos por líderes fuertes, como Rusia o Turquía, además de las dictaduras que aún perduran.

'El tiempo pervertido'. (Akal)
'El tiempo pervertido'. (Akal)

P. ¿Cuál es hoy la ideología dominante?

R. La ideología dominante en Occidente es la tecnológica, que es una estafa para la mayoría de la gente. Sustituye la promesa de futuro de las viejas ideologías o de las religiones por un remedo, con ribetes muy religiosos también, según el cual los adelantos técnicos nos llevarán hacia avances enormes que nos cambiarán radicalmente. Estar a la altura de los cambios nos obliga a actualizarnos, a estar siempre aumentando nuestro conocimiento, pero también mejorando nuestros cuerpos y adoptando actitudes mentales mucho más positivas. El resultado final es muy decepcionante: por más posibilidades que el cambio tecnológico pueda tener en la teoría, su aplicación práctica está recomponiendo las sociedades de una forma desfavorable para la mayoría de la gente. Es una nueva fase del capitalismo que pretende acabar con muchas de las instituciones en las que se apoyó durante la segunda mitad del siglo XX.

P. ¿A quién pertenece el mañana según esta ideología?

R. El futuro pertenece a quien sepa adaptarse y los demás caerán, por méritos propios, en el pozo de la historia. Así lo explican desde la mirada ideológica dominante, que es básicamente el capitalismo tecnológico de la IV Revolución Industrial. Pero esto encubre también luchas de poder entre las élites, y los nuevos movimientos políticos, como el repliegue de EEUU con Trump, son parte de ellas.

P. En el retrato del mundo del futuro que realiza Klaus Schwab, presidente del Foro de Davos, al que citas en la segunda parte del libro, encuentro una apelación constante a la capacidad de improvisar.

R: En su caso, la improvisación tiene que ver con la adaptación. Supone, en realidad, la exhortación a que seamos capaces de ajustarnos siempre a lo que se nos demanda. No tiene que ver con la inventiva o con la genialidad surgida de lo inesperado, sino con someterse acríticamente al ritmo y a las necesidades de los cambios.

Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)
Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)

P. ¿Lo que se exige a los trabajadores de Glovo, por ejemplo, o a los jóvenes con estudios superiores que tienen que emigrar?

R. Sí, o a los periodistas y sus clicks, a los directivos y su necesidad de dar rentabilidad al accionista, o a los teleoperadores, o a los turnos cambiantes en el sector servicios, o a los empleados anglosajones con contratos de cero horas a los que se les pide que vayan a trabajar solo en los días y horas que decida la empresa. Están reescribiendo las reglas del mundo del trabajo.

P. La obligación de evolucionar y ponerse al día me recuerda también a la exigencia de la izquierda posmoderna: hemos de cambiar urgentemente nuestra mentalidad y deconstruirnos o quedaremos atropellados por la historia. ¿Hay un patrón o es coincidencia?

R. No, no es coincidencia. Muchos de los patrones que han utilizado desde arriba se han repetido abajo. La izquierda posmoderna adoptó un marco de pensamiento similar al de esta reacción conservadora, aunque trate de llevarlo a su terreno. Por ejemplo, conservadores e izquierdistas piensan que la tecnología es una gran solución; y buena parte de la izquierda dice: “ok, las máquinas harán el trabajo, solucionemos el problema con la renta básica” o “no importa que las grandes empresas tecnológicas sean monopolios, porque después se nacionalizan”. Pero esa mirada hacia el futuro impide que se cuestionen las consecuencias que está produciendo ya un cambio tecnológico que es puro taylorismo elevado a una potencia mucho mayor.

El 10% más favorecido de la sociedad ha ganado muchos más recursos y poder, mientras que el resto hemos perdido

P. ¿Qué panorama deja este cambio acelerado?

R. Los cambios estructurales de las últimas décadas son claros. Si nos atenemos a los efectos, y dejamos de lado las ideas con las que se están justificando, lo único cierto es que la parte más favorecida de la sociedad, ese 10% superior, ha ganado muchos más recursos y poder, mientras que el resto hemos perdido opciones vitales, ingresos y capacidad de acción. El estado liberal y el estado de bienestar fueron útiles mientras existió el comunismo, pero han empezado a pensar que ya no los necesitan para nada. Por eso aparecen Trump y otros como él: quieren deshacerse de las instituciones del estado liberal porque les estorban, ya sean las laborales, las jurídicas o las políticas. Todas ellas están sometidas a un proceso de corrosión gradual que no avanza mediante grandes saltos, pero que genera efectos radicales.

P. De nuevo señalas un tipo de acción donde coinciden las nuevas izquierdas y nuevas derechas populistas: el descrédito permanente de las instituciones del estado liberal. Esta semana, muchos políticos claman contra la opinión de la fiscalía en el juicio del Procés, como lo hicieron con el voto discrepante de la sentencia de La Manada. ¿Estamos jugando con fuego al atacar estas instituciones?

R. Estamos metidos en el fuego mismo. Las instituciones, para que sean efectivas y generen legitimidad, no pueden estirarse para que cumplan únicamente las reglas de una parte, de un partido o de un colectivo. En el caso de los jueces en España está claro: la mirada del ciudadano común ya los contempla como si estuvieran totalmente atravesados por intereses partidistas en lugar de por las reglas propias del mundo jurídico.

Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)
Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)

P. Entiendo que un motivo puede ser la desorientación del ciudadano común ante un sistema difícil de entender. Se percibe la injusticia pero no se sabe dónde atacar. En el siglo XVIII podía tomarse la Bastilla, ¿qué se puede hacer hoy?

R. Muchas cosas. Y estamos obligados a hacerlas, o el estado liberal será destruido por el bonapartismo de Trump y los suyos. Hay que tener en cuenta tres factores. Primero, en las luchas de poder se requiere una fuerza que te respalde, y hoy las opciones progresistas están perdiendo la batalla electoral. Hay que dejar de perder espacio social y comenzar a ganarlo y para esto hay que cambiar el mensaje y el enfoque radicalmente. En segundo lugar, podemos aprender de experiencias del pasado. Muchas de las medidas económicas que promovió el populismo estadounidense del siglo XIX, por citar un ejemplo, eran medidas de control del poder real, del económico. Algunas de ellas son igual de válidas en el mundo actual. Y en tercer lugar, hemos de analizar la situación desde un punto de vista estratégico, porque los cambios internacionales que están produciéndose traerán consecuencias, y eso obligará a España a tomar posiciones.

P. ¿Se puede pensar en frentes internacionales de izquierdas tras el fracaso de Syriza?

R. El caso de Tsipras se produce en un momento muy distinto del actual, porque era un pequeño país sin apoyo internacional tratando de cambiar la dirección de la UE. Aquella experiencia no sirve para el presente, porque la situación es muy distinta: ahora son Salvini, Le Pen y Orbán quienes quieren romper la UE, y lo cierto es que las democracias liberales no están sabiendo combatirlos. Hasta ahora, cuando había que plantar cara a los Trump de turno colocaban sucesivos jóvenes y bellos líderes impolutos, estilo Renzi, Trudeau o Macron y eso ya no les vale, porque las poblaciones apuestan por un cambio y porque quienes les desafían tienen de su parte a un Trump que mira con buenos ojos la debilidad de la UE dada su gran rivalidad comercial. Las democracias liberales, si quieren subsistir en lugar de convertirse en meros simulacros tienen que ganarse el respaldo de la población y para eso no pueden desoír lo que les decían Tsipras y Varoufakis en aquel entonces. Si lo hacen, serán los populismos de derechas quienes les doblarán el brazo. Esto la UE tiene que entenderlo claramente: el cambio ya está aquí, y lo único que queda es saber hacia dónde nos moveremos.

Las democracias liberales, si quieren subsistir en lugar de convertirse en simulacros tienen que ganarse a la población

P. La pelea en el plano simbólico contra los machismos, racismos, etc., da preponderancia mediática a la izquierda, pero la limita en el terreno electoral. Sin embargo, la línea "de clase social" fue la muerte electoral de las izquierdas obreras de los 70. ¿Qué discurso le queda a la izquierda para ganar terreno?

R. La izquierda necesita abandonar los marcos tan rígidos en los que se mueve e identificar bien quiénes pueden estar de su parte.

P. Si tachan a Daniel Bernabé de enemigo por su libro 'La trampa de la diversidad', parece que la puntería no la tienen demasiado bien afinada.

R. (Se ríe) Desde luego. La reacción al libro de Bernabé fue muy cutre, pero formaba parte de ese intento del 'establishment' de la izquierda de conservar su posición en un momento en el que la ven peligrar muy seriamente. Pero más allá de estas anécdotas nacionales, ligadas a nuestra pobreza de miras y a la pelea por los pequeños espacios, lo que está ocurriendo, al contrario de la izquierda, la derecha populista no se ha dirigido a un sector prefijado (la clase obrera, las mujeres, los jóvenes) sino a un colectivo amplio, heterogéneo, y 'transversal', como son los perdedores de la globalización, a los que han llevado a su terreno.

P. Parecen hábiles para acercar masas de población, y la izquierda para expulsarlas.

R. El nacionalpopulismo avanza porque ha examinado la situación con acierto y ha buscado y encontrado los aliados que necesitaba. Y les han convencido, como hicieron Reagan o Bush antes, de votar a quienes les van a perjudicar económicamente. La izquierda sigue pensando en grupos, en colectivos, en sus fantasías, porque no son capaces de pensar estratégicamente y porque les ha cegado su mirada teórica. Han querido encajar la realidad en su marco, y obviamente no les ha salido bien.

P. Monereo, un izquierdista histórico, ha sido tachado poco menos que de fascista por hacer un diagnóstico parecido al tuyo.

R. Cuando Monereo sale con su postura, quienes mandan ahora en la izquierda corren a llamarle fascista para cerrar el debate e impedir que crezca, porque saben que su dominio es muy precario y que no puede resistir muchos embates ya.

P. La izquierda suele definir a la derecha con trazo gordo, parece verla en bloque sin apreciar sus diferencias. Tú haces lo contrario en el libro. ¿Cuántas derechas hay en lucha?

R. Hay una derecha sistémica y una antisistema, por así decir, y ambas se enfrentan. En España, como no hay derecha antisistema, salvo la de Puigdemont, que sigue la mecánica del populismo, hay varias que intentan repartirse lo que se ha dejado el PP por el camino. Pero la única derecha que cuenta, que es la de la revolución conservadora, sigue consiguiendo que los recursos y el poder vayan a parar a una minoría social. Insisto, si eliminamos las ideas, las justificaciones y nos quedamos con lo desnudo, lo que está haciendo Trump es favorecer a esas élites.

La derecha que cuenta, la de la revolución conservadora, sigue consiguiendo que los recursos y el poder vayan a una minoría social

P. Favorecer a élites de la globalización replegándose en la nacionalidad. ¿Cómo lo hace?

R. Está llevando a su territorio parte de los capitales que andaban por paraísos fiscales, está promoviendo nuevos tratados que le favorezcan todavía más, está deshaciéndose de socios que entiende gravosos, como Europa. Y trata de expandir sus empresas y liderar el cambio tecnológico con firmas como Google, Facebook, Uber, Tesla, Apple, Microsoft, Amazon o Palantir, además de situarse los primeros en la carrera por la inteligencia artificial. Amazon, Uber o Airbnb están reescribiendo el reparto de los ingresos mundiales a través de operaciones de concentración de los sectores más diversos, que lideran firmas que gozan de condiciones muy ventajosas demasiado ventajosas. Son empresas estadounidenses, que no se olvide.

P. El excedente de mano de obra que supone la IV Revolución Industrial, unido a la superpoblación, ¿supone algún riesgo de que las tensiones terminen aliviándose con la receta de la I Guerra Mundial?

R. Hay gente convencida de que a medio plazo será inevitable una guerra entre la potencia hegemónica y la aspirante, como ha ocurrido a menudo a lo largo de la historia. Muchas incógnitas se asoman por el horizonte, con la población de África creciendo a un enorme ritmo, el crecimiento generalizado de la desigualdad y el ascenso chino. Esas tensiones podrían derivar en algún tipo de confrontación bélica. Esto es cierto, pero sólo si hacemos proyecciones. El futuro se construye, no está escrito, y dependerá de lo que hagamos ahora.

P. Para definir el presente, me parece muy preciso el título de tu libro: el tiempo pervertido. Internet nos da infinita información y prolifera la mentira. Abre el discurso a todos y prolifera la propaganda. Estamos a un paso de la cura del sida mientras vivimos el auge de la homeopatía. En el plano político, parece que ocurre lo mismo. Las ideas más avanzadas corren en paralelo a los impulsos más primarios. ¿Dejó la democracia de ser el mejor sistema imaginable?

R. No, no lo creo. La democracia debería asegurar un balance de fuerzas, una limitación clara a los que mandan, porque en todas las sociedades, como bien decía Maquiavelo, están los de arriba y los de abajo. Este balance es necesario en cualquier tipo de sistema. El problema de la democracia es que a menudo quienes tienen más poder no se encuentran cómodos con las limitaciones que les impone y tratan de corromperla y debilitarla, o de acabar con ella. Estamos en uno de esos momentos.

El problema de la democracia es que los poderosos no se acomodan a sus limitaciones y buscan corromperla, debilitarla o liquidarla

P. Otro problema. Pero a los que mandan ¿ni se les vota ni se les puede echar?

R. Efectivamente, porque han logrado separar la política de la realidad. Hablábamos antes de la debilidad de la izquierda, pero existe por encima de todo la debilidad de la política. También la derecha es muy simbólica, no solo la izquierda. Estaba leyendo el programa económico que Daniel Lacalle le propone a Pablo Casado para el PP, y es de risa. No cumpliría ni la décima parte si llegase a gobernar, porque la política cada vez tiene menos fuerza para limitar al poder financiero y lograr que se sometan a las reglas comunes. Si el PP estuviera hoy en el gobierno no podría bajar los impuestos (como ya ocurrió) porque tiene que ingresar para pagar la deuda y sus intereses. Por eso cada vez nos movemos más en el terreno de las apariencias y de lo simbólico: lo real se puede tocar poco.

P. Parece que la política está en todas partes menos donde tiene que estar. En las relaciones amorosas, en el cine, en las series... En todas partes menos en una esfera financiera. Esta renuncia, ¿cómo puede invertirse?

R. Primero, debemos entender que este sistema funciona a partir de la búsqueda del poder y de los recursos. Una vez que sabes cuál es su estructura y cómo funciona, sabes qué límites le puedes poner.

P. ¿El Marx del siglo XXI tendrá que aprender a jugar a la bolsa?

R. 'El capital' sería hoy algo diferente, sí. Occidente hoy no es las fábricas de Manchester, nuestra situación es otra, y por lo tanto los mecanismos de extracción de riqueza que utiliza el capital no son los mismos. Pero de esto era consciente Marx. Si se lee 'Las luchas de clases en Francia' aparece de una forma diáfana que sabía leer muy bien el momento social, entender las fuerzas en juego, cuáles eran las debilidades y las fortalezas del sistema y de las clases sociales de la época. Y este tipo de pensador es el que, en general, escasea más hoy día.

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