entrevista

Félix Ovejero: "Apartad vuestras sucias manos de la izquierda"

Filósofo, economista y referencia intelectual de la izquierda antinacionalista española, el pensador catalán publica un libro apasionante y desolador: 'La deriva reaccionaria de la izquierda'

Foto: Félix Ovejero. (Cristina Casanova)
Félix Ovejero. (Cristina Casanova)

Lamentaba Stephen Hawking en el prólogo a 'Historia del tiempo' no haber incluido allí notación matemática pues, según la advertencia de un amigo, "cada ecuación dividirá las ventas del libro por dos". Al final solo se atrevió a meter la célebre equivalencia de Einstein entre masa y energía: E=mc2. El libro fue, pese a ello, un bombazo, así que vamos a mostrarnos aquí aún más osados al incorporar en este primer párrafo nada menos que una cita de Kant que recoge Félix Ovejero (Barcelona, 1957) en su último libro y sirve de ejemplar sinopsis de su título, 'La deriva reaccionaria de la izquierda' (Página Indómita, 2018). Y si después no siguen leyendo... en fin, ustedes se lo pierden. "El problema es el siguiente", escribe el hombre del reloj en 'La paz perpetua', "he aquí una muchedumbre de seres racionales que desean, todos, leyes universales para su propia conservación, aun cuando cada uno de ellos, en su interior, se incline por eludir la ley. Se trata de ordenar su vida en una constitución, de tal suerte que, aunque sus sentimientos íntimos sean opuestos y hostiles unos a otros, queden contenidos, y que el resultado público de la conducta de esos seres sea exactamente el mismo que si no tuvieran malos instintos. Ese problema ha de tener solución".

¿Por qué la mejor tradición de la izquierda, la que ensayó con lucidez y energía respuestas a la gran pregunta kantiana acerca de cómo vivir juntos, se apaga hoy por toda Europa —y más allá—, fraccionada, dividida, reducida a un polvo emponzoñado de esencias e identidades reaccionarias que ahoga la posibilidad de un proyecto de vida en común digno de tal nombre? El profesor de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona Félix Ovejero se ha enfrentado a esta fúnebre aporía en los últimos años en artículos, opiniones y toda clase de textos publicados en las principales revistas y periódicos españoles. Y ahora ha reunido los mejores, los ha sopesado, reescrito, añadido ulteriores consideraciones y reunido el resultado en un libro que presume de la que probablemente sea la mejor portada de la industria editorial patria este año.

'La deriva reaccionaria de la izquierda'. (Página Indómita)
'La deriva reaccionaria de la izquierda'. (Página Indómita)

Ovejero escribe de fábula, piensa mejor y resulta extraordinariamente complicado estar en desacuerdo con él por mucho que uno se empeñe. Si en la primera parte del libro se ocupa de la biografía y principios fundacionales del socialismo y en la segunda examina sus propuestas de actualización, en la tercera arremete contra la desastrosa carga de la Brigada Ligera de la izquierda posmoderna y reaccionaria, sus relaciones contra natura con el nacionalismo o la religión y su aterradora actualidad como disparador del auge de la extrema derecha. La cosa no tiene buena pinta, concluye: "Entonces, cuando ya no queda nadie, podemos esperar lo peor".

PREGUNTA. Hay una cita sobrecogedora en las primeras páginas de tu libro en la que el comunista alemán Eugene Leviné explica al tribunal que acaba de condenarle a muerte que "nosotros, los comunistas, somos cadáveres de permiso". La cita te permite diferenciar entre esa izquierda que se tomaba las cosas en serio y la blanda y cobarde izquierda posmoderna. Y sin embargo, ¿no alivia poder tomarnos en serio cuestiones que no conducen necesariamente ante un pelotón de fusilamiento?

RESPUESTA. Una cosa es el infantilismo y otra el sentido del humor. El infantilismo quiere decir, en lo esencial, irresponsabilidad. Desvincula las palabras y los gestos de sus consecuencias. Es, en sentido estricto, como se ha observado en los jóvenes, tener incompleto el desarrollo del lóbulo frontal, algo que conduce a comportamientos temerarios y autodestructivos. La frivolidad intelectual acostumbra a acompañarse de gravedad en los gestos. Basta con pensar en los jóvenes intelectuales (poetas, sobre todo) que fundaron Falange. El infantilismo político, casi siempre, conduce a situaciones nada cómicas. Mira los independentistas, con ese aire de trascendencia que acompaña a cada gesto, y, a la vez, qué bien encarna el infantilismo político la irresponsabilidad de las asambleas universitarias...

La frivolidad intelectual acostumbra acompañarse de gravedad en los gestos

Lo contó como nadie Juan Marsé en 'Últimas tardes con Teresa' cuando dice que “los hombres que dicen servir a la verdadera causa cultural y democrática de este país son hombres que arrastran su adolescencia mítica hasta los cuarenta años”. Piensa, por contraste, en Fernando Savater, que jamás ha perdido el sentido del humor y que tan en serio se ha tomado sus decisiones cívicas, en el sentido de acompasar vida y pensamiento. Es la idea que resume Goethe en la cita con la que se abre el libro (“Obrar es fácil, pensar es difícil, pero obrar según se piensa es aún más difícil”) y, ahora que caigo, la que traté de desarrollar 'in extenso' en una obra anterior, referida al quehacer intelectual, 'El compromiso del creador'. Por cierto, la idea de tomarse en serio, entre otras cosas, requiere distanciarnos irónicamente de nosotros mismos para reconocer nuestros sesgos y prejuicios.

P. Cuando esbozas al principio del libro la paradoja de tus clases en la universidad de Chicago en la que un montón de progresistas blancos ejercían de adalides de los negros protegidos por la policía de esos mismos negros que malvivían en el barrio que rodeaba el campus... ¿diagnosticas una enfermedad de la izquierda biempensante o algo peor, un modo de vida que alimenta un ego estrictamente egoísta?

R. Me refiero a cierta izquierda académica, la que menos tiene que ver con las investigaciones reales, que se lanza a una suerte de logorrea ajena al control empírico o analítico y que, con frecuencia, carece del más elemental afán de verdad y hasta de todo principio de realidad. Raymond Aron lo decía con mucha gracia: consideran más importante para la revolución el último artículo de Sartre en 'Les Temps Modernes' que una huelga general. 'Mutatis mutandis', le valdrían las palabras de Marx en 'El Capital' a propósito de ciertos economistas: “Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética”.

Cierta izquierda académica se lanza a una logorrea ajena al control empírico o analítico y carece del más elemental afán de verdad

En todo caso, no hablaría de egoísmo, pero sí de una suerte de mecanismo de refuerzo (positivo), que se cuece en su propia salsa, y que lleva a equiparar los intereses del gremio, la consolidación académica personal y hasta de la propia disciplina, con los intereses de los excluidos en cuyo nombre se pretende hablar. Aún peor, reclama para sí una protección, frente a las críticas, que puede estar justificada para los desprotegidos, pero no, en ningún caso, para el debate de ideas.

P. Pareciera que el cosmopolitismo reblandece y, sin embargo, la corrección política podría ser tan pueril como necesaria, una consideración hacia la complejidad de la naturaleza humana. Digamos: cuando nos arrancamos sin complejos a hacer chistes de 'mariquitas'… ¿tal vez seamos más capaces de apalearlos en un parque a medianoche?

R. No estoy seguro de que contribuya a propiciar esa violencia. Habría que estudiarlo empíricamente y no es sencillo. Todos hemos jugado a pistoleros y no por eso nos ha dado por pegar tiros. Durante años hemos convivido con chistes sobre catalanes, gallegos, aragoneses y andaluces, y no hablemos de los de Lepe, sin mayores problemas. Hoy no estoy seguro de que podamos seguir haciéndolo. Se ha impuesto una cultura del agravio y la ofensa según la cual unos pueden acallar a otros diciendo que se sienten ofendidos, sin que se reclame más argumento que la simple apelación al sentimiento. Era algo que parecía reservado a los sentimientos religiosos y que ahora se ha extendido a muchos más, con la misma pobreza de razones. Por supuesto, no todas las ofensas se pueden tasar igual. Burlarse de una persona con una discapacidad o de un pobre, por pobre, no puede compararse a burlarse de Cristiano Ronaldo.

Se impone una cultura del agravio: unos acallan a otros porque se sienten ofendidos, sin más argumento que su sentimiento

Por cierto, una cosa es burlarse de un 'marica' y otra de una 'teoría' que sale en su defensa, o de una práctica política basada en esa teoría. Otra cosa es cómo tratamos esas asimetrías. Los chistes de gangosos ya no hacen gracia a nadie, sin que por ello haya habido que penalizarlos. Ha bastado con la crítica de ideas y el progreso moral. Nos jugamos cosas importantes como la tolerancia o la libertad de expresión. Habría que estar muy seguros de las consecuencias patológicas. Y aun estándolo, tampoco estaría claro. Son problemas clásicos de Filosofía del derecho: principios con cierto grado de incompatibilidad.

P. A veces me parece que, no recuerdo quién lo decía, tus argumentos sobre la izquierda recuerdan a aquella catalogación de las ideas de Berkeley, "eran tan irrefutables como inverosímiles". Quiero decir: si la izquierda se ha vuelto reaccionaria, ¿por qué los ilustrados no dejamos sencillamente de ser de izquierdas?

R. En el libro se dedican bastantes páginas a precisar en qué consiste la izquierda, en su ideario. Mi propuesta, que pretende estar avalada por la historia y el análisis de conceptos, es estipulativa, independiente de la opinión de la calle o de la autocalificación de los políticos. Trato de articular los principios que a lo largo de su historia ha defendido la izquierda. En ese sentido, no depende de lo que diga o haga el PSOE o Podemos. La política territorial de Podemos, por ejemplo, es puro Von Mises, digan lo que digan. De hecho, lo que trato de mostrar es que, de acuerdo con el ideario desnudo de la izquierda, la evolución de las izquierdas políticas reales las avecina a posiciones reaccionarias.

La política territorial de Podemos, por ejemplo, es puro Von Mises, digan lo que digan

Por supuesto, podríamos resignarnos a aceptar ese maltrato político y abandonar la palabra. Adoptar una definición léxica no estipulativa: izquierda significa lo que la gente entiende como izquierda. Seguramente, con 'comunismo' esa es la situación en la que estamos y no queda otra que aceptarlo: comunismo no es lo que pensaban los miembros de la Liga de los comunistas, en lo esencial un ideal democrático, sino lo que todo el mundo entiende como 'comunismo' después de la experiencia soviética, que poco tiene que ver con aquel ideal. Algo indefendible. De todos modos, no creo que haya llegado la hora de abandonar la aspiración a una izquierda racionalista e ilustrada. Más bien mi tentación es la de decirles a algunos, “aparten sus sucias manos (propuestas) de la palabra 'izquierda” o “no invoquen la palabra 'izquierda' en vano”.

P. Una consideración ecuánime de las modernas investigaciones sobre la naturaleza humana permitiría, dices, pese a tus recelos sobre algunas de sus conclusiones, enmendar la mayoría de las opciones buenrollistas de la izquierda reaccionaria. ¿No hay una reacción que desbarra por la pendiente contraria que asegura que nos comportamos como langostas?

R. Yo imparto clases en facultades de ciencias sociales, clases de Filosofía política y de Teoría de la ciencia. Me daría por satisfecho con que al terminar el curso les quedara clara la falacia naturalista. La defensa de la igualdad de derechos no depende de que seamos iguales, que no lo somos. Por supuesto, somos bastante más que langostas, entre otras cosas porque el lenguaje nos permite escapar a nuestras constricciones biológicas. Tenemos muchas querencias en el programa, pero eso no las hace buenas. Tenemos preferencia por la comida con muchas calorías, que nos provee de energía con poco esfuerzo, algo muy necesario cuando habitábamos en sociedades con pocos recursos. Por eso nos gusta lo dulce. No es que el azúcar nos guste porque sea dulce, sino que lo percibimos como dulce porque nos gusta, porque era bueno que nos gustara. Pero hoy sabemos que esa disposición es inconveniente y hacemos lo posible por evitar que se imponga.

Ignorar nuestras disposiciones, asumir una naturaleza infinitamente plástica, puede conducirnos a los campos de reeducación

Lo mismo sucede con disposiciones agresivas y hasta racistas, que están en el programa. Lo que no podemos es negar la existencia de la naturaleza humana. O resistirnos a conocerla. O prohibir resultados que 'no nos gustan'. Eso sí, que algo sea natural no lo hace bueno. Lo que tenemos que hacer es diseñar las instituciones para que encaucen los comportamientos de modo que recalemos en aquellos resultados que nos parecen mejores, más justos. Ignorar nuestras disposiciones, asumir una naturaleza infinitamente plástica, puede conducirnos a los campos de reeducación.

P. Hay páginas interesantísimas en tu libro sobre socialismo y republicanismo que parecen lamentablemente, al ritmo infernal del presente, casi jurásicas. ¿Cómo vender hoy el derecho a una vida digna, y buena, desde razones que no irradien de las vísceras? O mejor, ¿cómo lograremos cual publicistas exitosos ofrecer 'una razón en marcha' a la que den ganas de querer?

R. Una cosa es la fundamentación de las ideas y otra la extensión (política) de esas ideas, que requiere jugar con los mecanismos de la competencia política. La fundamentación se da en el terreno de la reflexión y el estudio. Es absurdo pensar que en la disputa política los mejores argumentos vencen por ser los mejores argumentos. Y no nos engañemos, nuestras democracias no son el ecosistema más propicio. En este libro no me he ocupado de algo que está en otros y que me parece seguramente el reto político más serio al que nos enfrentamos: la incapacidad de las democracias para reconocer los problemas colectivos verdaderamente importantes.

Resulta abundantísima la literatura que muestra la irracionalidad de los votantes y la rentabilidad de las organizaciones políticas para explotarla de la peor manera. No creo que la izquierda haya sabido responder de la mejor manera. Al revés, ha sido su primera víctima, hasta el punto de mostrarse incapaz de reconocer sus propios éxitos.

La izquierda ha sido su primera víctima, hasta el punto de mostrarse incapaz de reconocer sus propios éxitos

P. Nacionalismo y religión. Dos miserias identitarias por las que aseguras la izquierda ha vendido su alma al diablo. ¿A cambio de qué?

R. El precio ha sido muy alto: romper el vínculo que ata la democracia con la justicia y la racionalidad. En la versión idealizada de la democracia, todos discutimos propuestas e ideas atendiendo a los intereses de argumentos e intereses de todos y las ponderamos según patrones de racionalidad e imparcialidad. No vale decir “esto hay que hacerlo porque interesa a los míos” ni “esto es lo mejor, pero no puedo dar razones aceptables para todos”. Lo primero es el caso del nacionalismo, que vincula la comunidad de interés relevante a los del propio pueblo. Lo segundo es de la religión: tiene una idea de bien, política (no es que les parezca mal su aborto sino cualquier aborto), reclama un respeto especial y tiene una estrategia de fundamentación propia, doctrinal. Vamos, que reta al ideal de deliberación colectiva que relaciona la ley con la justicia. Cuando se apuesta por defender o blindar esas ideas se renuncia a la razón, a la universalidad y a la justicia.

P. Sobre la corrección política... En tiempos en los que Italia ficha a los gitanos, con una amenazadora y temible extrema derecha en marcha… ¿por qué tenemos que aceptar que la óptima existencia de opciones diversas de vida dé razones a los otros para colocarnos un nuevo totalitarismo tan identitario como cada una de esas opciones a las que se enfrenta?

R. Bueno, es que el libro se ocupa de los míos, de la izquierda, no es un análisis de la política contemporánea. Y se desarrolla sobre todo en el plano del análisis de ideas, con las incursiones empíricas imprescindibles para no hablar en el vacío. Por lo demás, lo que te contaba en la pregunta anterior valdría para esa derecha de la que hablas, de su escasa compatibilidad con los ideales ilustrados. Pero eso ya lo sabíamos.

P. El Gobierno de Sánchez de hoy parece reunir gran parte de las contradicciones venenosas de la izquierda que describes en tu libro. Por una parte, políticas económicas potencialmente redistributivas propias de la izquierda clásica, como subir impuestos a rentas más altas, a las sucesiones y herencia, subida del salario mínimo, etc. Por otra, la dependencia legislativa de movimientos nacionalistas, especialmente el catalán, que en tu libro denuncias como corruptores de esa izquierda clásica por su amenaza al bien común. ¿Hay salida de esta trampa mortal para la izquierda española?

R. Las condensa pero por decantación, no por convicción. Porque es el modo de asegurar su propia supervivencia política, que no es la del PSOE y, aún menos, la de la izquierda española. Hace poco más de un año, Sánchez habría apostado por lo contrario de lo que está haciendo. Por lo demás, sus propuestas económicas, si es que resultan reconocibles, no están tan lejanas de las del PP. Hay poco margen dentro del euro. De hecho, la salida de la crisis del PP, si es que hemos acabado de salir, fue relativamente socialdemócrata, sin tocar las partidas clásicas que podían afectar a los perdedores (pensiones, desempleo), que por lo demás eran los votantes con peso electoral. No creo que veamos cambios sustanciales en eso. Cuando cierta derecha habla de propuestas confiscatorias, bolivarianas o comunistas, solo revela su falta de rigor o su mala fe. Aquí nadie habla de nacionalizaciones, ni siquiera de un programa socialdemócrata clásico.

La exigencia de filtros lingüísticos en el acceso a las posiciones sociales o laborales rompe con la igualdad entre los ciudadanos

Otra cosa, que revela la inconsistencia ideológica, es que se pretenda hacer una política de izquierdas y a la vez se apueste por desmontar el Estado, su unidad de decisión y de redistribución, que eso es lo que buscan los nacionalistas. Lo hemos visto con la tarjeta sanitaria única. Parece que cualquier cosa que suene a centralista es raccionaria, cuando, si repasamos la historia, es exactamente lo contrario. Y si no, repasemos la historia de Estados Unidos desde la Guerra de Secesión. Si cada comunidad autónoma tiene competencias en impuestos, ninguna la tiene. Es lo que sucede con el impuesto de sucesiones. Si cada comunidad autónoma pudiera tener su propia legislación ambiental o laboral, ninguna la tendría. La competencia entre ellas llevaría a desmontar el Estado y sus posibilidades de redistribución.

Pero lo peor, con todo, no es eso. Lo peor es la apuesta nacionalista del cultivo de las políticas de identidad. Hoy, la exigencia de filtros lingüísticos en el acceso a las posiciones sociales o laborales rompe con la igualdad entre los ciudadanos y crea redes de clientelismo local. No solo eso, alienta que otros, por impotencia o por convicción, quieran levantar las suyas. Ya que mis votantes no pueden ir a trabajar a otra comunidad autónoma, que los de fuera no puedan venir a la mía. Por supuesto, eso, con votantes miopes, alienta lo peor. El clientelismo y hasta la corrupción, muy superior en ámbitos autonómicos, menos vigilados, con medios engrasados, que en el terreno nacional. Y ya no hablemos de la locura de la apuesta de Podemos por el derecho a la autodeterminación. Eso, en plata, quiere decir que unos ciudadanos pueden decidir convertir a otros en extranjeros porque no participan de su identidad. Más reaccioanario que eso... Es la idea del historicismo alemán, explícitamente antiilustrado.

Ciertas lecturas de Pinker parecen confiar en la divina providencia: dejar funcionar al curso espontáneo de la historia. Y no es eso

P. Para acabar, pese a que asumes que el progreso funciona, adviertes también contra el pinkeriano inocente que no se entera de que sigue siendo urgente defenderlo… ¿Cuánto optimismo nos podemos hoy permitir defender?

R. Sí, hay ciertas lecturas de Steven Pinker que parecen confiar en la divina providencia. Se trataría de dejar funcionar al curso espontáneo de la historia, sin intervenciones. Y no es eso. Las conquistas de la democracia, comenzando por el sufragio universal, son el resultado de peleas sociales, revolucionarias. La tecnociencia, el Estado de derecho son verdadera ingeniería social, el resultado de intervenciones coordinadas y con un grado nada despreciable de planificación, si se quiere. Por cierto, como las grandes empresas que, internamente, en su funcionamiento diario, no son el resultado de ningún orden espontáneo. Sin querer, se confunde la idea de progreso con la idea de dejación de actuación como si fuera todo equilibrios espontáneos.

Por lo demás no debemos olvidarnos de una asimetría importante: buena parte de nuestra tecnociencia (nuclear, ingeniería genética), tan benéfica en muchos de sus usos, es también la condición de posibilidad de peligros potenciales de una magnitud completamente nueva en la historia de la Humanidad. Hasta ahora, cualquiera de los desastres resultado de acciones humanas no ponía en peligro a la especie entera. Ahora estamos en condiciones de hacerlo. Unos cisnes negros bien negros.

Cultura
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
15 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios