McKenzie Wark

"Los sublevados gritan 'podemos hacer lo que queramos', y a la vuelta les espera Stalin"

Entrevistamos al autor del 'Manifiesto hacker', experto en revoluciones y situacionismo

Foto: McKenzie Wark. (CCBA)
McKenzie Wark. (CCBA)
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El ensayista australiano McKenzie Wark (Newcastle, 1961) es especialista en campos interconectados como las nuevas tecnologías, el situacionismo y la teoría de los medios de comunicación. Actualmente ocupa la plaza de catedrático de estudios culturales en el Lang College de la New School for Social Research de Nueva York. Hace unas semanas estuvo en el Círculo de Bellas Artes (Madrid) y el Centro de Cultura Contemporánea (Barcelona) impartiendo la conferencia 'El conductor ebrio', donde utiliza un poema de Arthur Rimbaud para reflexionar sobre conflictos políticos globales. Wark es autor del 'Manifiesto hacker' (Alpha Decay, 2004) y de 'Gamer Theory'’ (HUP, 2007), que suscitaron intensos debates en la comunidad de las nuevas tecnologías. Su última obra, todavía pendiente de traducción al castellano, es ‘Molecular Red: Theory for The Anthropocene’ (Verso, 2017), donde se inspira en la ciencia-ficción de Alexander Bogdanov y Kim Stanley Robinson para reflexionar sobre las amenazas del cambio climático. Su charla en Madrid forma parte de la exposición 'El Gran Río. Resistencia, rebeldía, rebelión, revolución #4R', que puede visitarse hasta el próximo seis de mayo.

PREGUNTA. ¿Cuál es su balance del cincuenta aniversario de Mayo del 68?

RESPUESTA. Me sorprende que, en los análisis que leo, se pase tan por encima del hecho de que en Francia hubo una huelga general masiva. No fueron solo revueltas de estudiantes. Lo curioso es que el partido comunista francés intentó parar la huelga porque preferían apoyar a Charles de Gaulle. Los comunistas opinaban que no era el momento (risas). En esa época, muchos trabajadores provenientes del campo empezaban a descubrir el trabajo industrial de oficina, así como el acceso al consumo. Creo que tiene mucha potencia que tantas personas dijeran en las calles “encontramos esta vida demasiado aburrida”. No querían pasar el día en trabajos alienantes solo para comprar productos de mierda, que no les satisfacían. El lado malo de aquello fue que los manifestantes tenían claras las cosas que rechazaban, pero carecían de propuestas alternativas. En el plano global, Mayo del 68 abarca una década entera, desde 1965 hasta 1975. Va desde México a Praga, pasando por el black power, cuya represión todavía continúa. También incluye la Revolución Cultural, que en esa época se romantizó demasiado. Lo más llamativo de la Revolución Cultural es que destruyó gran parte de las relaciones sociales tradicionales en China, propiciando -involuntariamente- el camino para el giro hacia el capitalismo de Deng Xiaoping. Nadie pudo predecir en 1968 que el régimen de Mao contenía el germen del sistema actual, ya que en muchos aspectos China es el timón del capitalismo contemporáneo.

P. Ayer en su conferencia dijo que vivimos un momento prerevolucionario, que “mientras haya gente que pase hambre existirá la posibilidad de revolución”. ¿Cómo ve la correlación de fuerzas entre quienes quieren cambios sociales y quienes defienden el sistema actual?

R. Precisamente, Mayo del 68 fue una anomalía por su condición de movimiento revolucionario donde quienes protestaban tenían los estómagos llenos. El combustible fue la insatisfacción existencial. Quitando excepciones así, la inmensa mayoría de las revoluciones las hacen personas hambrientas. El eslogan de los bolcheviques era “Paz, tierra y pan”. La parte del “pan” no debe ser infravalorada. Creo que se exagera el peso que jugaron las ideas en la Revolución Francesa, ya que fue más decisivo el reparto de las recursos alimentarios del campo francés. Si el hambre es el conductor de las revoluciones, el proceso de cambio climático asegura que habrá muchas, ya que va a desestabilizar amplias zonas del planeta que están en niveles de subsistencia. La figura del “refugiado climático”, que definirá a millones de personas, será cada vez más importante a escala global. Y puede traer mucha agitación política. Lo hemos visto en Siria, que los telediarios venden como una guerra política, pero que en realidad tiene mucho que ver con una sequía que se ha prolongado durante una década. El riesgo más grave, como nos muestra el ejemplo que acabo de mencionar, es que todo desemboque en formas de neofascismo.

Si el hambre es el conductor de las revoluciones, el proceso de cambio climático asegura que habrá muchas

P. Cada vez hay más intelectuales anglosajones -desde Mark Lilla a Thomas Frank- que señalan la tendencia de sobrevalorar los movimientos sociales de izquierda (estudiándolos con mucho detalle) e infravalorar los de derecha (a la que se presta mucha menos atención). ¿Está de acuerdo?

R. Es posible. El año pasado hubo muchas celebraciones de la Revolución rusa de 1917, pero apenas sabemos nada de los movimientos populares racistas y reaccionarios de la época, que fueron muy potentes. Algo parecido ocurre con el estudio de las corrientes sociales de los años treinta del siglo XX, mayoritariamente de extrema derecha y que tuvieron a las élites de su parte. La clase dominante se vio obligada a escoger entre socialismo y fascismo; todos sabemos cuál fue su decisión. Quizá deberíamos celebrar menos el romanticismo de las revoluciones y centrarnos la gestión del día después. Por cada revolución hay una restauración, así que algo falla a la hora del mantenimiento. Los triunfos populares pasan demasiado rápido de sólido a líquido y de ahí al estado gaseoso. Los sublevados gritan “podemos hacer cualquier cosa que queramos”, pero a la vuelta de la esquina nos suele esperar Stalin para restaurar viejas formas de poder y orden, en muchas ocasiones peores de las que existían.

P. Otra de sus tesis es que las élites actuales ya no se preocupan de sus gobernados, sino solo de ellos mismos. ¿Constituye eso una debilidad de las estructuras de poder de nuestra época?

R. Hay varias formas de pensar ese problema. Por ejemplo, podemos centrarnos en la idea burguesa de progreso. Es interesante cómo los movimientos socialistas quisieron apropiarse de esa idea de progreso y llevarla más allá. Obviamente, la apuesta no funcionó. La idea de progreso trajo nuevas formas de explotación, que solo beneficiaban a quien estaba en lo alto de la pirámide social. En realidad, el progreso fue una coartada muy eficiente de la burguesía para conseguir el consentimiento de las clases populares. Hoy en día eso ha cambiado a peor: si estudias la filosofía de Silicon Valley, nunca ofrecen soluciones globales, sino que todo está centrado en satisfacer a las élites empresariales, que incluso manejan proyectos para convertirse en post-humanos y alargar indefinidamente su existencia. Raramente usan la palabra “todos”, sino que se centran en el “nosotros”, refiriéndose a los millonarios que tendrán acceso a vidas fabulosas, que ni siquiera somos capaces de imaginar. No les importa lo que ocurra con los demás. Los burgueses, por lo menos, proclamaban que el progreso sería primero para ellos y luego acabaría por llegar a todo el mundo. Ambos discursos suenan parecidos, porque hablan de avances para el futuro, pero ya nadie finge que esas mejoras alcanzarán a todos. Necesitamos un plan propio, pensando para el conjunto de los seres humanos, especialmente los más vulnerables.

Es interesante cómo los movimientos socialistas quisieron apropiarse de la idea de progreso. Obviamente, la apuesta no funcionó

P. Leyendo ensayos actuales, parece que la izquierda está de acuerdo en que nadie tiene un plan emancipador realista y detallado. ¿Existe esa hoja de ruta contra la desigualdad?

R. Lo que distingue nuestra época es que ese plan alternativo ya no es tan necesario. Me parece más importante encontrar maneras de articular los movimientos sociales existentes. No es imprescindible que todo lo dirija un partido. Puede que la forma de organización que necesitamos se llame diálogo. La izquierda solía decir que había que escoger entre “reforma” y “revolución”, pero quizá sea necesario incluir el concepto “colaboración”. Podemos usar cualquiera de los tres enfoques dependiendo del problema que tengamos enfrente. Continuar discutiendo si es mejor “reforma” o “revolución” es dividir nuestras fuerzas por la mitad. Esa estrategia ya la conocemos y solo nos han traído una larga colección de derrotas políticas. Ahora mismo en Alemania la extrema derecha tiene más escaños que el Partido Socialista. Me parece algo gravísimo porque estamos hablando del país que inventó la socialdemocracia. Hay que admitir esa derrota histórica y empezar a buscar nuevos caminos. La izquierda pierde demasiado tiempo en disputas internas. Mis amigos socialistas dicen que la culpa es de los comunistas y estos señalan a los anarquistas. Cuando encuentro este tipo de debates, mi respuesta suele ser que “quizá va siendo hora de admitir que todos hemos perdido”. Ninguna de las tres opciones funcionó realmente, por eso no me parece mala idea convertirlas en herramientas que podamos usar para resolver conflictos concretos. Tenemos unos cuantos problemas urgentes encima.

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