cuando éramos jóvenes,narcisistas y cínicos

Nostalgia de los noventa, una moda peligrosa

La década se ha convertido en un espacio idealizado previo a la debacle financiera, el terrorismo islámico en Occidente y el hundimiento de la industria cultural

Foto: Kurt Cobain en una foto policial
Kurt Cobain en una foto policial

Basta hacer 'zapping' por cualquier plataforma de televisión de pago para darse cuenta de que los noventa han vuelto. Bill Clinton sonríe junto a su mujer durante la Convención Demócrata. MTV anuncia el lanzamiento de su canal Classic, donde se repondrán 'Beavis y Butthead', la serie de conciertos 'Unplugged' y otros emblemas de la Generación X. Los festivales musicales de este verano están dominados por iconos de esa época como Radiohead, Suede, The Chemical Brothers, PJ Harvey y Los Planetas.

Por un lado, es un fenómeno normal, ya que los expertos en cultura pop tienen comprobado que cualquier época se convierte en estética retro justo cuando pasan veinticinco años. Por otro, hay factores especiales que convierten los noventa en un periodo que las élites añoran. "Los atentados de Nueva York del 11 de septiembre de 2001 y la Guerra de Irak son sucesos que marcan toda nuestra visión. La llegada del milenio fue un bajón considerable. No nos engañemos: los noventa no fueron una 'belle époque', pero sí una última ráfaga de aventura antes de que el mundo se nos cayera encima", explica James Wolcott en 'Vanity Fair'.  

¿El fin de la historia?

Muchos cuarentones actuales han llegado a puestos de poder, idealizando las experiencias de su juventud. La industria cultural echa de menos la década en que Internet todavía no había destrozado su estructura y desviado sus millonarios beneficios hacia Silicon Valley. Recordemos que Napster se lanzó en junio de 1999. Aquel portal de intercambio de archivos musicales fue la primera grieta por la que el viejo sistema corporativo empezó a desangrarse. Las discográficas y los músicos fueron víctimas tempranas de la guerra de Internet.

Como fichas de dominó, cada nueva invención tecnológica fue derribando un sector entero

Luego, como fichas de dominó, cada nueva invención tecnológica fue derribando un sector entero: pasó con Instagram y la fotografía, Amazon y el comercio detallista, Google y los periódicos, Uber y los taxis, Airbnb y la hostelería…Los noventa no podían haber comenzado mejor para las élites capitalistas, que celebraron con euforia la caída del bloque soviético. Intelectuales prosistema como Francis Fukuyama llegaron a anunciar 'El fin de la historia' (1992), la presunta confirmación de que no existía alternativa al modelo económico existente.

Pensamiento único

Los periodistas Timothy Stanley y Alexander Lee reconocen en 'The Atlantic' que, por aquellos años, resultaba complicado contradecir a Fukuyama. "El muro de Berlín había caído, la URRS se desintegraba y el mundo clamaba por un 'boom' consumista y una orgía de mercado libre. Todo sugería que solamente el capitalismo liberal permitía el desarrollo en un mundo globalizado. Parecía que solo el avance del 'laissez-faire' pudiera garantizar un futuro de paz, libertad y desarrollo". ¿Cuál era el problema? "Como muchos de sus críticos señalaron, la lógica de Fukuyama recordaba demasiado al determinismo histórico aplicado por marxistas y fascistas en los albores del siglo XX", apuntan.

Tampoco somos tontos: quizá lo que se añora de esa década es un colchón social llamado clase media

Hoy todas las tesis de Fukuyama ha sido rebatidas por los hechos. El clima dilplomático de 2016 recuerda a la Guerra Fría; China ha demostrado que se puede crecer sin necesidad de convertirse en una democracia liberal (de hecho, como apunta el filósofo Slavoj Zizek, parece que el capitalismo es más eficaz cuanto más autoritario sea un régimen); y el Daesh confirma que la religión está lejos de ser una fuerza del pasado, arrinconada en el ámbito privado. La nostalgia de los noventa también se alimenta del recuerdo de unos años de estabilidad, crecimiento y certezas políticas. Tampoco somos tontos: quizá lo que se añora de esa década es un colchón social llamado clase media.  

De CNN a la teletienda

Volvamos un momento a la música. Los dos últimos géneros realmente revolucionarios llegaron en los noventa. Primero, la cultura 'rave', con sus ansias de democratización del disfrute cultural, aprovechando espacios que el sistema daba por muertos (descampados, fábricas abandonadas…) para convertirlos en lugares de alegría y relación social. Las fiestas electrónicas ilegales exigían autogestión y provocaban fricciones con la ley (el Reino Unido de John Major llegó a legislar -legislar- contra este tipo de usos del espacio público).

La otra gran novedad fue el hip-hop, nacido en los ochenta, que una década después se convierte en un género global, que permite a cada joven de barrio marginado explicar su realidad con un micro y dos platos. La tecnología era cada vez más barata, contribuyendo a su crecimiento, pero la industria discográfica presionaba para difundir sus valores elitistas. La cultura rave terminó privatizada en espacios comerciales como el Sónar, Las Vegas o Ibiza, mientras que el 'hip-hop' pasó de ser "la CNN de la comunidad negra" a convertirse en una versión hortera de la teletienda.

El grupo emblemático fue Nirvana, que transmitía malestar contra el estado de las cosas, pero era incapaz de identificar los problemas

El grupo emblemático de los años noventa fue Nirvana, una banda de rock que transmitía malestar contra el estado de las cosas, pero era incapaz de identificar los problemas o proponer soluciones. Su líder, Kurt Cobain, adicto a la heroína, se suicidó en abril de 1994. Es la imagen de una generación con más impotencia que recursos. El consumismo dominaba todo. Desde entonces, la industria musical se ha dedicado a la retromanía, término que designa la resurrección de estilos del pasado para cubrir la falta de ideas. Los grupos ya no inventan nada nuevo, si no que resucitan estéticas del pasado, poniendo al alcance del consumidor una multitud de subgéneros donde definir su identidad. Como dice el crítico Simon Reynolds, si ningún músico se atreve a imaginar sonidos nuevos quizá es porque cuesta concebir un futuro prometedor. En los últimos quince años, solamente los guetos del primer y tercer mundo ofrecen nuevos estilos (reguetón, kuduro, trap, funk de las favelas…).

Vuelve la protesta

Visto con perspectiva, los noventa fueron un periodo de obediencia bovina en Occidente. Justo en noviembre de 1999 la cosa se anima gracias a las protestas en Seattle (Estados Unidos) contra la Organización Mundial del Comercio. Comienza entonces un nuevo ciclo que llega hasta el 15M, la primavera árabe, Occupy Wall Street y otros movimientos que denuncian la rapiña de las élites sobre el resto de la humanidad. El fenómeno editorial de esos años es 'No Logo: el poder de las marcas' (2000), un ensayo brillante y accesible donde la periodista canadiense Naomi Klein destripa el lado oscuro del mundo corporativo (desde los talleres donde se fabrican las prendas de moda en régimen de semiesclavitud hasta la liquidación del comercio local, pasando por la educación en el consumismo).

Los noventa suponen el triunfo de la doctrina neoliberal, que aplican con especial entusiasmo líderes presuntamente cercanos a la socialdemocracia

Los noventa, en realidad, suponen el triunfo de la doctrina neoliberal, que aplican con especial entusiasmo líderes presuntamente cercanos a la socialdemocracia como Tony Blair, Bill Clinton o nuestro Felipe Gónzalez (España, siempre con el pie cambiado, llevaba ocho de ventaja en desregulación a favor de los ricos). Desde el cambio de siglo, al calor de movimientos sociales igualitarios, vivimos una época dorada del ensayo crítico que recuerda a los revolucionarios años sesenta.

En esa tradición se inscribe 'Bienvenidos al desierto de lo real' (2002), donde Slavoj Zizek reactiva el poder emancipador de la filosofía. También destacan títulos potentes y accesibles como 'La corrosión del caracter' (2000) de Richard Sennett, 'Por cuatro duros' (2001) de Barbara Enrenreich, ‘Desigualdad” (2009), de Richard Wilkinson y Kate Pickett, 'El precariado' (2011) de Guy Standing o el demoledor 'Chavs, la demonización de la clase obrera' (2012), de Owen Jones. Son solo cinco ejemplos entre la avalancha de títulos cuestionando nuestro sistema político. El narcisismo cínico y depresivo de los noventa ha dado paso a cierta esperanza en la denuncia y la acción colectiva.

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