lo que el festival no quiere en sus escenarios

Los límites del Sónar

Bajo su apariencia chispeante, el festival de electrónica de Barcelona esconde criterios elitistas, anglófilos y reaccionarios

Tenemos la costumbre de juzgar a los festivales por la calidad de los artistas que programan. Quizá sea igualmente interesante prestar atención a los músicos que dejan de contratar. Tras veinte años de exitosa y prestigiosa trayectoria, el Sónar ha dejado muy claros sus límites políticos, sociales y estéticos. Aquí están sus líneas rojas:

Bling bling sí, rap de abajo no

El hip-hop siempre ha estado presente en el festival. Destaca la inclusión de clásicos como De La Soul, Kanye West o Anticon. Este año la estrella es A$AP Rocky, un rimador a quien le gusta chulear de subidones y posesiones. Lo que Sónar ha evitado tradicionalmente es la inclusión de hip-hop barrial y combativo. No pasaron Public Enemy, Dead Prez o Immortal Technique, tampoco artistas españoles como Los Chikos del Maíz o Stoned Atmosphere. En la división estatal, este año entran PXXR GVNG, apologetas de la ostentación consumista y favoritos de las revistas presuntamente cool. Lo que no interesa son raperos pujantes y politizados como Jarfaiter o El Coleta.

Fragmento pijo

Sónar, en cambio, se siente muy a gusto con las estrellas de alto standing. Tanto que siempre reservan un lugar estelar a esos superventas que podrían aparecer perfectamente en festivales veraniegos para millonarios como el Starlite de Marbella o el del Castillo de Peralada. Un año es Grace Jones, otro Roxy Music y este Duran Duran, uno de los grupos que pusieron banda sonora al yuppismo de los años ochenta. ¿En qué sentido estos artistas son "música avanzada", el lema que vende el festival? Básicamente, en ninguno, pero atraen a un púbico con capacidad para pagar los altos precios de entradas y bebidas (además de billetes de AVE y caras reservas de hotel en Barcelona).

La Bien Querida (Alberto Mollón/Elefant Records)
La Bien Querida (Alberto Mollón/Elefant Records)

Pobres no, gracias

Los programadores rechazan a muchos artistas identificados con las clases populares. ¿Un caso extremo y absurdo? Contratar a Omar Souleyman, equivalente sirio de Camela, pero no llamar nunca al grupo de San Cristobal de los Ángeles. La diferencia es que a Souleyman lo edita el sello Sublime Frequencies y le escucha público "enterado", que le aprecian por estar envuelto en un aura de exclusividad y exotismo. ¿Otra discriminación palmaria? Sónar nunca ha contratado a Juan Magán, discjockey y productor de Badalona con éxito internacional. Sí que trajeron a artistas anglos que trabajan electrónica con elementos latinos como el dominicano Roger Sánchez o los prestigiosos Masters At Work.

Mejor Bien Querida que Orxata Sound System

Los programadores interpretan las reglas del festival con tremenda flexibilidad. Por ejemplo, contratando a La Bien Querida, una artista indie-pop que tiene una relación muy tangencial con la música electrónica. En cambio, olvidan a nombres tan sustanciales como Orxata Sound System, colectivo valenciano de música electrónica pionero en el uso de licencias libres. Orxata buscó puntos de encuentro entre la electrónica y la música popular tradicional y estuvo vinculado a los centros sociales autogestionados, los precios accesibles y la defensa de la igualdad social. Tampoco se ha programado un homenaje en condiciones a la "ruta del bakalao", el mayor fenómeno electrónico en la historia de España, a pesar de que siguen en activo DJs que encajan tan bien en el programa como Fran Lenaers.

Diplo en una imagen de archivo (Efe)
Diplo en una imagen de archivo (Efe)

Cuanto más blanco, mejor

Seguramente uno de los artistas que más ha repetido en el festival sea Diplo, icono blanco de las revistas de tendencias. Incluso fue asesor informal del Sónar durante una temporada. ¿Por qué contratar músicos de barrios pobres de África y América Latina cuando puedes traer más fácilmente a los blancos que trocean y dulcifican ese sonido para el público occidental? Cierto que Sónar fue el primer festival en contratar a DJ Marlboro, emblema del funk de las favelas, o que programaron a los congoleños Konono Nº1. El problema es que no parecen especialmente interesados en los artistas modernos de países pobres, llámense Los Rakas, Damas Gratis, Systema Solar, Angel Doze, Ivy Queen y tantos otros. Es más cómodo y rentable cubrir la "cuota mínima de exotismo" habitual con artistas blancos o semiblancos como Bomba Estéreo, Bonde Do Role y Baauer.

Sin sound systems jamaicanos

La cultura del sound system sigue más viva que nunca gracias a colectivos como Channel One, Iration Steppa's o Brother Culture, entre muchos otros. Su sofisticación musical está al nivel (o por encima) de cualquier discjockey estrella del Sónar. ¿Tendrá que ver el rechazo con que estos artistas apuestan por un discurso emancipador, anticonsumista e igualitario? Quizá el verdadero motivo es más sencillo: hablamos de artistas que no interesan a las revistas y webs cool que sirven de biblia al festival, digamos Wire, XLR8, Fact y Pitchfork.

Democracia versus elitismo musical

La historia de la música electrónica tal y como la conocemos nace en Jamaica en los años cincuenta. La idea de sacar grandes bafles a la calle fue una solución práctica para que la gente sin dinero pudiera bailar y divertirse. Las raves autoorganizadas también tenían como objeto ampliar la inclusión en la fiesta y reclamar el derecho al espacio público. Sónar, en cambio, fomenta la elitización con abonos a 195 euros y bebidas a precios de club pijo. Desde que el festival arrancase en 1994, gracias al apoyo de Teddy Bautista (ex director de la SGAE), se ha convertido en un escaparate de novedades electrónicas, saturado de patrocinadores comerciales. Su lógica parece más próxima al Mobile World Congress que a una fiesta popular. ¿Estamos seguros de que este es el tipo de festivales que queremos prestigiar?

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