El fin del imperio español
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El fin del imperio español

En todos los países, algunas fechas tienen un significado histórico particular. En el caso de España, pocos como el 3 de julio de 1898, el día en que se perdió Cuba

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Imagen: EC.

1898 es una fecha clave en la historia de la España contemporánea. Sin embargo, los efectos de la pérdida de colonias como Cuba y Filipinas en la política y la economía española no han sido plenamente comprendidos. O se han distorsionado a la luz de interpretaciones muy posteriores. El historiador español Tomás Pérez Vejo, profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, acaba de publicar un relato extraordinario sobre ese acontecimiento, '3 de julio de 1898. El fin del imperio español', editado por Taurus. Ofrecemos un fragmento de su primer capítulo.

Las consecuencias de la derrota

Apenas dos semanas después de la derrota de Santiago, el 18 de julio de 1898, el Gobierno español solicitaba, a través de la embajada francesa en Washington, el cese de las hostilidades, todavía con la propuesta de ceder Cuba pero conservando Puerto Rico, la isla de Guam, las Marianas, las Carolinas, las Palaos y las Filipinas. La respuesta de Estados Unidos fue exigir la evacuación inmediata de Cuba y la entrega, en concepto de indemnización, de Puerto Rico, la isla de Guam y la ciudad y puerto de Manila. El Tratado de París, firmado el 10 de diciembre, ampliaría esas exigencias con la cesión a Estados Unidos del conjunto del archipiélago de las Filipinas, no sólo el enclave manileño, compensada con el pago de una indemnización de veinte millones de dólares.

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Portada del libro. (Taurus)

Las condiciones de paz difícilmente habrían podido ser más humillantes, tanto para España como para los territorios que habían dejado de ser sus colonias; en París no hubo representantes cubanos, ni puertorriqueños ni filipinos, y menos aún, por supuesto, de ninguna de las demás islas del Pacífico. Lo que había empezado como una guerra de independencia de cubanos y filipinos terminaba con la derrota infligida a España por Estados Unidos, que negó a los rebeldes cualquier papel en las negociaciones de paz. Como el 5 de enero de 1899 escribiría con amargura en su diario de campaña el general cubano Máximo Gómez:

Tristes se han ido ellos y tristes hemos quedado nosotros; porque un poder extranjero los ha sustituido. Yo soñaba con la paz con España, yo esperaba despedir con respeto a los valientes soldados españoles, con los cuales nos encontramos siempre frente a frente en los campos de batalla […] Pero los americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza, la alegría de los cubanos vencedores; y no supieron endulzar la pena de los vencidos.

El tratado de paz fue entre Estados Unidos y España —mejor dicho, de Estados Unidos sobre España—, con el nacimiento de una nueva potencia colonial que se quedaba con los dominios de otra que dejaba de serlo. La ficción del imperio había terminado. Y es que, como años antes había escrito con evidente desdén el historiador nacionalista alemán Heinrich von Treitschke: "La pretensión española al título de sexta potencia [tras Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y Austria-Hungría] es meramente formal y basada exclusivamente en la vanidad".

A pesar de la responsabilidad del sistema político en el desastre, la Restauración sobrevivió sin demasiados problemas a la crisis

Las consecuencias políticas internas fueron también insignificantes, al menos a corto plazo. A pesar de la responsabilidad del sistema político en el desastre, la Restauración sobrevivió sin demasiados problemas a la crisis. Ninguno de los temores de la clase política (una revolución, un golpe de Estado, el fin de la monarquía, una sublevación carlista, etc.) llegó a materializarse. La Constitución de 1876 seguiría vigente otros treinta años, tantos como los que había estado en vigor hasta ese momento. La monarquía sobrevivió a la derrota —incluida la subida de Alfonso XIII al trono en 1902, con apenas dieciséis años— y el sistema del "turno pacífico" entre los partidos liberal y conservador continuó hasta 1913, incluso con la vuelta al poder de Sagasta —bajo cuyo mandato se había perdido la guerra— apenas dos años después de terminada la contienda.

Como afirmó con amargura Joaquín Costa en un discurso pronunciado en Zaragoza el 13 de febrero de 1906:

Francia al día siguiente de Sedán [la derrota frente a Alemania] tuvo el buen sentido de enviar a paseo a Napoleón e instaurar en lugar suyo el régimen republicano; al paso que nosotros… al día siguiente de nuestros Sedanes, dejamos que nos enviase a paseo un Napoleón de doce años [Alfonso XIII].

Ni siquiera las consecuencias de la derrota fueron dramáticas para la economía. Lo habían sido mucho más las de los años de guerra, en los que el inevitable crecimiento de la deuda pública, única forma de hacer frente a los gastos bélicos, se vio acompañado de procesos inflacionarios y de devaluación de la peseta, que afectaron a las condiciones de vida de la población, especialmente las de los más desfavorecidos. Las pérdidas coloniales en sí, sin embargo, no acarrearon una crisis económica, si acaso lo contrario. No existió un antes y un después del 98, sino continuidad en una economía que siguió creciendo y modernizándose a un ritmo parecido a aquel al que lo había hecho en las últimas décadas del siglo XIX. Fue una consecuencia, probablemente, de la extraña relación colonial hispano-cubana, en la que el auge económico de la colonia, articulado en torno al monocultivo del azúcar, se enfrentaba a la atonía de una metrópoli incapaz de incluir a la pujante economía cubana en sus circuitos mercantiles. Según el escueto juicio de Emilio Terry, emitido en una conferencia pronunciada en 1895 en el Ateneo de Madrid, en vísperas del inicio de la guerra, "ni la península puede comprarnos nuestra producción, ni ofrecernos los artículos necesarios para nuestro consumo y trabajo agrícola e industrial". Y de economía cubana algo debía de saber quien pasaba por ser el mayor propietario de tierras de la isla.

placeholder El ferrocarril entre Barcelona y Mataró, financiado con capital cubano. (EFE)
El ferrocarril entre Barcelona y Mataró, financiado con capital cubano. (EFE)

El mercado del azúcar cubano estaba en Estados Unidos, no en España (a finales de siglo, mientras que el mercado español absorbía el 4 por ciento del azúcar cubano, el norteamericano compraba el 90 por ciento), y el de las exportaciones españolas estaba más en Europa que en las provincias de ultramar (en 1880 sólo el 10 por ciento de ellas se dirigían a Cuba, porcentaje que continuó disminuyendo en los años siguientes, de manera que en 1894 el valor de las exportaciones norteamericanas a Cuba superaba ya el de las españolas). Nunca existió un mercado común hispanocubano, algo dificultado, además, por un complejo sistema de aranceles y derechos de aduanas que, aunque ideado para defender a los productos españoles de la competencia de los de otros países, tuvo como principal consecuencia el aumento del malestar de las élites cubanas con las políticas económicas del Gobierno español.

El capital "español" en Cuba no lo era por su origen, sino por estar en manos de españoles afincados

A lo anterior hay que añadir una progresiva y constante penetración de capital estadounidense en un sistema productivo, el de la industria azucarera, cada vez más tecnificado y con mayores necesidades de inversión, para la mecanización de los ingenios pero también para la construcción de ferrocarriles destinados al transporte de la caña y el azúcar; unas necesidades de capital satisfechas más por inversores norteamericanos que españoles. Otra de las anomalías, relativa, de la relación colonial hispano-cubana —los casos de Puerto Rico y Filipinas son distintos— fue que los movimientos de capital no fueron de la metrópoli a la colonia sino al revés. El capital "español" en la isla no lo era por su origen, sino por estar en manos de españoles afincados en ella, que en muchos casos lo reinvertían en la península. No está de más recordar que la primera línea ferroviaria española —el símbolo por excelencia del desarrollo capitalista en la época— fue construida en Cuba en 1837, entre La Habana y Güines, con capital cubano; que la primera de la península, la que unía Barcelona y Mataró, fue inaugurada más de diez años después, en 1848, con una importante participación de capital cubano, y que para 1860 la red ferroviaria cubana representaba el 60 por ciento del total de la latinoamericana, construida toda con capital cubano y estadounidense.

Los beneficios del sistema colonial eran importantes para la metrópoli. Cuba era a finales del siglo XIX una de las colonias europeas más productivas del mundo y el dinero cubano uno de los sustentos del régimen de la Restauración, pero más fiscal que mercantil, de modo que era vital para el Estado pero relativamente marginal para el sistema económico. La única excepción eran sectores como el de los productores de harina castellanos, con un peso económico en cierto modo limitado pero no político, o el de regiones como Cataluña, la única con una relación de claro carácter colonial con Cuba, primero con el comercio de esclavos y después con la industria textil. No era el caso del País Vasco, que a pesar del carácter industrial de su economía llegó tarde a un mercado ocupado ya por los norteamericanos, en el que la siderurgia vizcaína no logró abrirse paso.

Las élites coloniales no solo tenían un gran peso en Cuba, sino también en la península. Sus fortunas no tenían nada que envidiar a las peninsulares

Se trataba de un sistema colonial más al servicio del Estado que de la economía nacional —el imperialismo no necesariamente responde sólo a la búsqueda de mercados— y de unas élites coloniales de gran peso no sólo en la isla, sino también en la península. Éstas incluían tanto a los españoles enriquecidos en Cuba, cuyas fortunas nada tenían que envidiar a las de las élites peninsulares, como a los funcionarios, principalmente militares, que durante su paso por la isla habían tejido sólidas redes de intereses con ellos. Eso explica la movilización de unos y otros en defensa del mantenimiento de las posesiones españolas en el Caribe, y en menor medida también en el Pacífico.

La guerra había sido tan costosa, en vidas humanas y en recursos económicos, que su fin tuvo también consecuencias favorables desde el punto de vista fiscal. La mejora de las cuentas públicas, resultado de las políticas de estabilización de Raimundo Fernández Villaverde, fue casi inmediata. Ya en 1899 se dio el primer —desde mediados del siglo XIX— superávit de la historia hacendaria española, que, mantenido durante una década, permitió una exitosa gestión de la deuda generada por la guerra. Sin embargo, acarreó costos para la economía del país. Una vez fracasado el intento de endosar la deuda generada por la guerra —la conocida como «deuda cubana»— a Estados Unidos o a Cuba, al Gobierno español no le quedó otra opción que asumir la cubana como propia y fusionarla con la española. Entre 1898 y 1906, el Estado español tuvo que dedicar el 43 por ciento de su presupuesto al pago de la deuda, y entre 1907 y 1919, el 36 por ciento, con consecuencias, si no desastrosas, sí bastante onerosas. Entre ellas, a corto plazo, un incremento de la inflación que afectó especialmente a las condiciones de vida de los grupos más desfavorecidos, y a medio y largo plazo, un volumen de inversiones en infraestructuras muy por debajo de lo que el país necesitaba, uno de los grandes lastres del crecimiento económico español durante toda la primera mitad del siglo XX.

La repatriación de capitales cubanos tuvo un claro efecto de dinamización y modernización de la economía española

En el lado positivo cabe mencionar la repatriación de capitales cubanos, con un claro efecto de dinamización y modernización de la economía española. Fruto no sólo del 98, el flujo de capitales desde Cuba hacia España, que había sido la regla y no la excepción durante la mayor parte de la relación colonial, se había intensificado ya en las décadas finales del siglo, por la falta de confianza de muchas de las grandes fortunas en la evolución política de la isla, pero alcanzó su apogeo, ya como consecuencia directa del Desastre, entre 1898 y 1906, cuando el volumen total de capitales repatriados alcanzó cifras cercanas a los dos mil millones de pesetas oro.

Hasta los efectos sobre el comercio, la actividad económica que más podría haberse visto afectada, fueron muy menores. Aunque en un primer momento hubo una lógica contracción de los intercambios comerciales, las exportaciones españolas hacia Cuba tendieron a mantenerse e incluso a crecer, y la balanza comercial entre ambos países, de manera global, fue más favorable a España después de la independencia (1899-1930) que antes de ella.

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