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'Por qué el liberalismo funciona'

La economista Deirdre McCloskey defiende en su nuevo libro un liberalismo sin ataduras con el conservadurismo ni con la izquierda, abierto al futuro y la innovación

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Deirdre McCloskey (Ann Arbour, Michigan, 1942) es profesora emérita de historia y economía de la Universidad de Illinois en Chicago y una de las pensadoras políticas más rompedoras e interesantes de nuestro tiempo. En su obra —que se centra sobre todo en la historia económica, pero abarca muchos más temas—, ha defendido de manera original y con un infrecuente sentido del humor los principios de la Ilustración, el liberalismo y las libertades. Pero, a diferencia de otros pensadores, ha puesto el énfasis en las bases éticas y la responsabilidad moral del individualismo. No se trata solo de que los sistemas liberales nos permitan ser más libres, o que en ellos florezca mejor la innovación, sino de que se basen en sistemas de cooperación mucho más respetuosos que cualquier forma de estatismo.

El siguiente fragmento es un avance editorial de su nuevo libro, 'Por qué el liberalismo funciona. Cómo los verdaderos valores liberales crean un mundo más libre, igualitario y próspero para todos', que esta semana publica la editorial Deusto.

Ni conservadores ni estatistas

Los liberales modernos no se hallan en ningún lugar concreto del convencional espectro unidimensional derecha-izquierda de la coerción gubernamental. El espectro abarca desde la política de guerras imperiales violentamente impuesta por la derecha conservadora hasta la política de guerra de clases violentamente impuesta por la izquierda "liberal" estadounidense. A lo largo del espectro la cuestión es simplemente en qué dirección se aplica la coerción masiva y ni los derechistas ni los izquierdistas se detienen a cuestionar su carácter masivo […]. En cualquier punto del espectro el gobierno ejerce la coacción respaldado por la policía. Hoy en día, esas políticas se adentran de una manera inusualmente profunda en la vida de las personas. Ser gobernado en un régimen así supone ser controlado, mangoneado, gravado, reclutado, redistribuido, cuestionado, provocado, coaccionado, golpeado, vigilado, supervisado, inspeccionado, juzgado, impulsado, prohibido, autorizado, regulado, expropiado, sometido a propaganda, empujado, gaseado, atacado con táser, disparado, encarcelado y ejecutado. Sí, en ocasiones también beneficiado. Pero ¿a costa de quién en cuanto a coacción y corrupción?

El pensador político y economista Friedrich Hayek. (Reuters)
El pensador político y economista Friedrich Hayek. (Reuters)

El verdadero liberal, por el contrario, se halla en una segunda dimensión, la cúspide de un triángulo donde no hay políticas, por así decirlo. Es decir, nosotros, los liberales 1.0 o 2 .0, no somos conservadores ni socialistas. El economista y filósofo político liberal Hayek sostuvo en "Por qué no soy conservador" que tanto los conservadores como los socialistas creen, como la mayoría de los abogados, soldados y burócratas, que el "orden [es]... el resultado de una atención continua ejercida por la autoridad". En una palabra, defienden el estatismo. El extravagante crecimiento moderno de la ley como legislación, a diferencia de la noción más antigua de la ley como las costumbres buenas o malas aprendidas por nuestra comunidad, encarna esa creencia. Ambos extremos del espectro convencional de la coerción gubernamental masiva, y también el punto medio, proseguía Hayek, "carecen de fe en las fuerzas de ajuste espontáneas".

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El economista liberal moderno Donald Boudreaux escribe que "mucha gente cree que nosotros, los seres humanos, si no tenemos un poder soberano que nos dirija somos o bien una masa informe inerte, incapaz de conseguir nada o bien bárbaros tontos y brutales destinados únicamente a robar, violar, saquear y matarse mutuamente hasta y a menos que un poder soberano nos restrinja y dirija nuestras energías hacia senderos más productivos". Esa es la razón por la que los estatistas de izquierda o derecha piensan que necesitan coerción masiva, para obligar a los bárbaros y los tarugos a organizarse.

Si alguna vez hubo un momento para dejar libre a la gente es ahora, cuando está tan evidentemente preparada para una autonomía liberal

Hace mucho tiempo esa imagen pudo tener cierta verosimilitud, al menos en las mentes de quienes la pintaban, por ejemplo, para justificar que la esclavitud ayudaba a los de piel oscura a hacer algo útil, o para mantener a los indonesios como aprendices de los neerlandeses durante un siglo o dos más. Cuando los irlandeses eran analfabetos y los italianos supersticiosos, parecía que un Estado autoritario tenía sentido. Yo no lo creo, pero al menos se puede entender por qué las autoridades favorecían una imagen de masas informes inertes o bárbaros brutales. Pero esas teorías parecen mucho menos verosímiles en una época en la que los irlandeses y los estadounidenses de origen irlandés tienen uno de los mayores niveles educativos del mundo y los italianos, a pesar de que hace poco hayan votado de manera extraña, no son ni mucho menos bárbaros y supersticiosos. En otras palabras, el liberalismo moderno encaja en un mundo moderno con un capital humano elevado mejor que el viejo modelo derechista de campesinos zoquetes debidamente liderados por la aristocracia o el viejo modelo izquierdista de proletarios brutos debidamente liderados por el partido. Si alguna vez hubo un momento para dejar libre a la gente, y permitirle tener una oportunidad, es ahora, cuando está tan evidentemente preparada para una autonomía liberal. Podría decirse que ayer fue el tiempo de la aristocracia o el Estado. Ahora es el tiempo del liberalismo.

El conservador/reaccionario cree que las costumbres sociales, aunque sean longevas, son terriblemente frágiles ante los irritantes cambios que vemos a diario, como la decreciente creencia religiosa o la llegada del matrimonio gay. Y, en el otro lado del espectro, el progresista/socialista cree que nada les sucederá a las malas costumbres a menos que haga una ley para cambiarlas. Está seguro de conocer el futuro que traerán las leyes. Quiero decir, en la ley se afirma que, por ejemplo, puede subirse el sueldo de los pobres simplemente aprobando un salario mínimo. Quince dólares. Veinte. Caray, ¿por qué no cien?

En 1900 nadie previó que los coches podrían cruzarse con seguridad a toda velocidad a unos pocos centímetros de distancia

"El [verdadero] liberal —en cambio, escribió Hayek— acepta los cambios sin aprensión, aunque no sepa cómo se llevará a cabo la necesaria adaptación." En 1960 nadie previó internet. En 1900 nadie previó que los coches podrían cruzarse con seguridad a toda velocidad a unos pocos centímetros de distancia en carreteras de dos carriles a una velocidad sumada de casi 200 kilómetros por hora. En 1800 casi nadie previó el "gran enriquecimiento" (que según han descubierto los historiadores económicos, asciende a un 3.000 por ciento per cápita . En 1700 casi nadie previó el liberalismo. Pero, como la evolución en los animales, el arte, el lenguaje o la ciencia, se produjeron las adaptaciones necesarias, con poca o ninguna mano visible en la extracción o la gobernanza.

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Herman Melville, el creador de Bartleby y su lema: 'Preferiría no hacerlo'. (Reuters)
Herman Melville, el creador de Bartleby y su lema: 'Preferiría no hacerlo'. (Reuters)

Un conservador admira esa evolución espontánea hasta un par de décadas antes del presente, pero le enfada y teme la reciente o, que Dios nos ayude, la evolución futura. La adopción de niños por parejas gays, por ejemplo. Puaj. Un socialdemócrata, en cambio, no admira muchas de las evoluciones ocurridas hasta el presente y confía en que puede planear un futuro mejor obligándote a renunciar a tus cosas y tu libertad —por tu propio bienestar, querido—. Las políticas industriales, por ejemplo. La persona verdaderamente liberal, por el contrario, admira algunas evoluciones antiguas —el derecho común inglés, por ejemplo, aunque no su doctrina esclavizadora de "femme couverte"— y mira con alegre confianza un futuro de evoluciones no impuestas llevadas a cabo por adultos liberados, aunque limitados de manera constitucional y sobre todo ética, sean cuales sean esas evoluciones.

El liberal moderno aborrece las jerarquías en las que los hombres dominan a las mujeres, los dueños a los esclavos, los políticos a los ciudadanos

En el fondo, entonces, un verdadero liberal y una minoría de liberales dentro de los republicanos y los demócratas, los tories y los laboristas, creen que, en la medida de lo posible, nadie debe mangonear a las personas, vigilarlas con una pistola o el puño para obligarles a cumplir su voluntad. Se trata de una convicción ética. El liberal moderno, he señalado, aborrece las jerarquías en las que los hombres dominan a las mujeres, los dueños a los esclavos, los políticos a los ciudadanos. El gran filósofo liberal estadounidense David Schmidtz sostiene que el "derecho a decir que no" de cada persona es vital, "la piedra angular de la cooperación entre personas dueñas de sí mismas". Dicho por Bartleby el escribiente en el cuento de Melville de 1853, "Preferiría no hacerlo". Como hombre libre no esclavo, él podía decir que no, independientemente de si era bueno para él. Era un adulto, y como adulto había que respetar sus preferencias, aunque no darle un trabajo pagado .

El liberal inglés del siglo XIX Herbert Spencer señaló en 1891, cuando esas ideas liberales fueron atacadas por la izquierda (durante mucho tiempo habían sido atacadas por la derecha), que la única alternativa al contrato, el acuerdo o el libre albedrío es la coerción de estatus superior y el mangoneo: "En cuanto se descarta el régimen del contrato, se adopta necesariamente el régimen del estatus. En cuanto se abandona la cooperación voluntaria, debe sustituirla la cooperación obligatoria. Debe existir alguna clase de organización laboral; y si no es eso lo que surge mediante acuerdo bajo la libre competencia, deberá ser impuesto por la autoridad". H . L . Mencken, periodista, lexicógrafo y liberal 1.0 estadounidense, escribió en 1922: "El gobierno ideal de todos los hombres reflexivos, de Aristóteles a Herbert Spencer, es aquel que deja al individuo en paz —uno que a duras penas se distingue de la inexistencia de gobierno". "Las funciones clave del sistema legal —escribe el teórico del derecho y liberal Richard Epstein— pueden resumirse bien en cuatro palabras: agresión no, intercambio sí." Como dice Boaz al principio de "La mente libertaria": "En cierto sentido, siempre ha habido dos, y solo dos, filosofías políticas: libertad y poder".

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