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El capitalismo estadounidense, ayer y hoy

En su nuevo libro, publicado por la editorial Deusto, el premio Nobel Angus Deaton y Anne Case abordan los retos que enfrenta la economía estadounidense y sus problemas sanitarios

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Angus Deaton recibió el premio Nobel de Economía en 2015 por sus análisis del consumo, la pobreza y el bienestar. Tras una amplia obra que incluye títulos como 'La gran huida. Salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad', ahora publica en español junto a Anne Case 'Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo' (editorial Deusto). Se trata de un profundo estudio sobre la epidemia de muertes tempranas que están sufriendo los trabajadores blancos en Estados Unidos a causa de las sobredosis, los suicidios y el alcoholismo. Deaton y Case analizan por qué se está produciendo esta inusitada tendencia, que hace que la esperanza de vida esté reduciéndose en determinados grupos de estadounidenses, y la conectan con algunos rasgos que ha adoptado últimamente el capitalismo estadounidense en materia sanitaria y laboral. El siguiente artículo es un extracto del libro, cortesía de la editorial Deusto. Puede adquirirse aquí.

El capitalismo estadounidense, ayer y hoy

A finales del siglo XIX y principios del XX, en la primera Edad de Oro, las desigualdades de ingresos y de riqueza eran tan grandes como lo son ahora. Estados Unidos se había convertido en la principal economía industrial del mundo y, como ahora, la economía se transformaba con rapidez. Las grandes innovaciones produjeron beneficios generalizados y enriquecieron a algunos de los emprendedores innovadores. Así es como el capitalismo genera progreso, y no hay razón para quejarse de la riqueza que procede de actividades que benefician a tanta gente, siempre que quienes no se llevan los beneficios sean tratados de manera justa. Cuando los incentivos privados están alineados con los incentivos sociales —como se diría en el lenguaje de la economía—, algunas personas se enriquecen de una manera que no sólo les beneficia a ellas, sino a muchas otras.

Pero esta obra tiene un segundo acto. Los ganadores no tardan en enfrentarse a la competencia de los imitadores y de una nueva generación de innovadores. Algunos de los ganadores del primer acto se inspiran para crear otras innovaciones que los recién llegados no logran igualar, pero otros intentan evitar que los demás suban por la misma escalera que ellos, utilizando cualquier medio a su alcance para sofocar la competencia. Una manera de hacerlo es conseguir ayuda de los políticos; en el primer acto, las ideas y la competencia eran suficientes, pero en el segundo la protección política se vuelve útil e incluso necesaria. En la primera Edad de Oro, Standard Oil compró a sus competidores e impuso tasas ferroviarias que obligaron a los demás a abandonar el negocio. La industria del empaquetado de carne fue fundada por Gustavus Swift, que resolvió cómo utilizar vagones de tren refrigerados y un sistema de proveedores de hielo para llevar carne fresca barata a las ciudades del Este. Más tarde, la industria se volvió contra sus competidores utilizando cárteles y estableciendo acuerdos para fijar los precios. Los incentivos privados y sociales ya no estaban alineados y los negocios se hacían ricos a expensas de sus consumidores.

La industria se volvió contra sus competidores utilizando cárteles y estableciendo acuerdos para fijar los precios

Los benefactores públicos se convirtieron en «los barones del robo», hombres como Andrew Carnegie, Andrew Mellon, Henry Clay Frick, John D. Rockefeller, Jay Gould y John Pierpoint Morgan, a los que Theodore Roosevelt llamó «malhechores de gran riqueza». Los políticos estatales y federales les servían y protegían. Pero la distinción entre malhechor y benefactor no siempre estaba clara. Como ha sostenido la historiadora económica Naomi Lamoreaux, con frecuencia era difícil —como lo es ahora— saber si algunas actividades eran buenas o malas. Las corporaciones podían crecer mediante la innovación, lo cual era bueno, o fijando precios, lo cual era malo. Pero ¿qué ocurre con la compra de proveedores o distribuidores, que al mismo tiempo reduce los costes y limita la competencia? ¿Y si las quejas contra los monopolios procedían de antiguos competidores, con precios más altos, cuya eliminación era buena para todos los demás? Nunca es fácil determinar el equilibrio en el interés público, ni siquiera analíticamente, no digamos ya en el fragor de la política.

Donald Trump ante un retrato de Theodore Roosevelt, el presidente que actuó contra los monopolios. (Reuters)
Donald Trump ante un retrato de Theodore Roosevelt, el presidente que actuó contra los monopolios. (Reuters)

Hoy en día, el equivalente de los benefactores-malhechores son los innovadores tecnológicos que se han hecho inmensamente ricos y que están en lo más alto de la distribución de ingresos junto a los consejeros delegados, los propietarios de empresas o los financieros que cobran muchos millones de dólares al año. También ellos tienen una influencia desproporcionada en la política; algunos, como Google, que al principio no quería tener nada que ver con el lobby, está ahora entre los lobistas que más gastan en Washington. Google (Alphabet), que hasta 2006 no gastó nada en ejercer como grupo de presión, en 2018 gastó 21 millones de dólares, más que ninguna otra corporación. Existe una preocupación generalizada no sólo por la desigualdad, sino también, como sucedió hace un siglo, por la manera en que se produce la desigualdad, en la que las empresas, protegidas por los políticos, hacen grandes fortunas para unos pocos a expensas de la gente trabajadora, cuya vida se deteriora. No sólo la izquierda radical está preocupada por el futuro del capitalismo y la democracia tal como se practican en Estados Unidos. Hay muchos libros recientes que versan sobre el tema, escritos no sólo por viejos críticos, sino por antiguos defensores, emprendedores de éxito y poderosos exlegisladores.

La primera Edad de Oro dio paso a la Era Progresista, durante la cual se aprobaron leyes que limitaban los oligopolios y los monopolios, y la mayoría siguen vigentes hoy en día. Pero existe la sospecha, muy debatida en los medios y entre los profesionales de la economía, de que se ha desatendido la aplicación de la ley antimonopolio y se ha permitido que los monopolios vuelvan a crecer en encarnaciones modernas. Las políticas antimonopolio y su aplicación pueden, y deben, ofrecer protección a los trabajadores y consumidores estadounidenses frente al abuso del poder de mercado. Pero no debemos esperar mucho de ellas. Están diseñadas para promover un entorno competitivo, no para reducir la desigualad causada por la competencia o el poder corruptor del dinero en Washington.

Google, Apple, Microsoft, Facebook y Amazon han sustituido a los ferrocarriles y el acero. Los banqueros y financieros se han enriquecido siempre

Muchas de las grandes fortunas actuales proceden de nuevas empresas de alta tecnología en sectores que no existían hace medio siglo. Google, Apple, Microsoft, Facebook y Amazon han sustituido a los ferrocarriles y el acero; los banqueros y los financieros lograron ganar fortunas en ambas épocas. Las nuevas tecnologías han hecho que nuestra vida sea mejor, a veces de una manera espectacular; esto también ocurrió durante la primera Edad de Oro. Hace un siglo, no existía la posibilidad de estar en contacto constante con los amigos y la familia. La comunicación era lenta y cara. La gente viajaba cientos de kilómetros para oír una sinfonía que rara vez se interpretaba o para encontrar un libro descatalogado; hoy en día, tenemos acceso a toda la música, las películas y la literatura del mundo en un instante. Tenemos entretenimiento e información al alcance de la mano, de un modo que nuestros padres o abuelos (o incluso nosotros mismos de jóvenes) no podríamos haber soñado. Las corporaciones ofrecen puestos de trabajo extraordinarios a muchos estadounidenses, que no sólo están bien pagados, sino que confieren dignidad y significado.

Pero los estadounidenses sin un título universitario no comparten este progreso. Las oportunidades del mercado laboral, sobre todo para los menos cualificados, han disminuido cuando las empresas han reaccionado ante la competencia global, la caída de precios y el aumento de capacidad de los robots. En última instancia, la globalización y la automatización son benéficas, pero crean disrupción, especialmente a corto plazo, y muchos trabajadores poco cualificados salen perdiendo. Pero como hemos visto en el capítulo 14, no son sólo la globalización y un mercado laboral impregnado de tecnología lo que perjudica a los trabajadores con menos estudios.

Los precios del sector sanitario han destruido empleo en Estados Unidos. En la imagen, un hospital de Wisconsin. (Reuters)
Los precios del sector sanitario han destruido empleo en Estados Unidos. En la imagen, un hospital de Wisconsin. (Reuters)

El precio exorbitante del seguro sanitario ha hecho que las empresas despidan trabajadores; no es un desastre natural, sino uno debido a la captura de rentas, una manera de obtener beneficios protegida políticamente, y a la aplicación laxa de las leyes antimonopolio en el sector sanitario. El comportamiento anticompetitivo y la captura de rentas no se limitan a la sanidad. Las fusiones de empresas pueden dar a los empleadores poder para establecer salarios y condiciones de trabajo en mercados locales. Las grandes corporaciones pueden utilizar el poder de mercado para elevar precios. Ese comportamiento anticompetitivo perjudica a los consumidores, que se enfrentan a precios más altos, y a los trabajadores, a los que se perjudica doblemente, mediante unos salarios más bajos y unos precios más altos cuando gastan esos salarios. La competencia, una de las señas de identidad del capitalismo estadounidense, se ha desvanecido mientras (posiblemente) florecía en otros lugares. El comportamiento anticompetitivo, no sólo en el sector sanitario, sino de manera más generalizada en las empresas, es un agente de la redistribución hacia arriba.

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