UNA LARGA LISTA DE DISLATES

¿Hay cuatro islas de la Micronesia que siguen siendo jurídicamente españolas?

La pérdida de las últimas colonias nos dejó como testimonial legado el erial del Sahara español, un pedregal de dimensiones razonables y otras minucias

Foto: Kapingamarangi, un paraíso en mitad de la brutal realidad.
Kapingamarangi, un paraíso en mitad de la brutal realidad.

"Olvidar a los muertos es lo mismo que matarlos por segunda vez".

–Elie Wiesel (Premio Nobel de la Paz)

La amnesia gubernamental de los sucesivos gobiernos españoles en relación con la memoria histórica (y no hablo de la más inmediata y frentista porque esa es tabú), roza con la estulticia o con un endémico y peculiar deterioro cognitivo que corroe hasta la mismísima estructura del estado, en el que la selección natural –inversa en este caso–, con un majadero gen recesivo que galopa a sus anchas haciendo de las suyas en esta patria de patinete y sainete, erosiona impunemente el cada vez más reducido predio nacional –que, no debemos  olvidar para no perder la perspectiva, fue en su época un imperio inabarcable e imbatible- hasta reducirlo a un patio de corrala ingobernable y navajero. El vacío craneal de estos mendaces dirigentes no solo produce un basculante y regular ritmo de aburrida cadencia en su elemental cacofonía: el eco de la nada, instalada en sus seseras, no promete futuro alguno y sí grandes dosis de desasosiego. En definitiva, son hombres grises con un discurso que huele a cloroformo en una habitación sin ventilación. Pero esto es algo ya sabido y que no nos queda más remedio que padecer estoicamente.

Nuestra pequeña patria tiene actualmente por ahí desperdigadas en el Océano Pacífico unas cuantas islas que no aparecen en los balances contables

Y esto viene a cuento, no ya por la pérdida de las formas éticas y estéticas, ni por las carencias idiomáticas de nuestros arrogantes líderes de andar por casa, ni porque en la mayoría de los casos no tengan una titulación a la altura de las demandas técnicas de los cargos que ejercitan en su molicie rampante; sino porque, para colmo de males, por la ignorancia inherente a su arrogante naturaleza, nos igualan a todos condenándonos a una educación de tercera división, de tal manera que su trapacero objetivo no es elevarnos sino degradarnos.

Pero la tragedia no queda ahí, aumenta cuando nos ponemos a mirar los libros de geografía y nos damos cuenta con asombro de que nuestra pequeña patria, otrora colosal imperio, tiene actualmente por ahí desperdigadas en el Océano Pacífico unas cuantas islas que no aparecen en los balances contables.

La pérdida de las últimas colonias en el aciago año de 1898 nos dejó como testimonial legado el erial del Sahara español, un pedregal de dimensiones razonables que albergaba un valor subterráneo incalculable en sus yacimientos durmientes de gas, petróleo, fosfatos y otras minucias; además de la minúscula Guinea Ecuatorial, poblada de cocos y macacos desorientados ante la omnisciente estupidez de los bípedos que serraban centenarios arboles por aquí y por allá con una alegría desbordante al tiempo que rebajaban su hábitat milenario a la categoría de una jungla minimalista.

Un pedazo de tierra allende los mares

Más allá de las conocidas “bajas” de Filipinas y Cuba, despojadas por la diplomacia norteamericana con sus habituales malas formas, sibilinas unas veces, explícitamente agresivas otras, el balance contable del debe y del haber no cuadraba en el ministerio de exteriores (o Palacio de Santa Cruz) por las escasaa entendederas de sus probos funcionarios de rango superior, garantes certificados de una mediocridad manifiesta a juzgar por su escasa capacidad de gestión en lo concerniente al patrimonio nacional. Cabe la posibilidad también  -que pudiera ser-, de que funcionasen todavía con el ábaco o con los dedos de la mano.

En medio del profundo e inabarcable Océano Pacifico, algunas posesiones no enajenadas por la sempiterna codicia norteamericana, ni vendidas a los alemanes tras el posterior Tratado Hispano Germano de 1899, pasarían inadvertidas ante los trágicos acontecimientos del año anterior. También es probable que algún negociador de los nuestros les colase a los rubicundos 'yankees' un gol por la escuadra y de chilena.

La legión española, circulando en una de las antiguas colonias. (CC)
La legión española, circulando en una de las antiguas colonias. (CC)

Cuatro islas que aún a día de hoy siguen siendo españolas jurídicamente –ya que España no las vendió ni cedió en tratado alguno–, siguen ahí en medio de un limbo metalegal en el que los nativos no saben si reivindicarse como republicas cocoteras, llamar a la puerta de sus antiguos amos coloniales, esperar que estos se acuerden de ellos o seguir andando de puntillas para pasar desapercibidos. Estas islas que son y no son y no se sabe qué valor “nacional” tienen para este estado olvidadizo o negligente son las islas de Güedes, Pescadores, Ocea y Coroa y son, a día de hoy, todavía españolas. Además, para alimentar el esperpento, no figuran en ningún mapa nacional, quizás porque, de tan pequeñas y alejadas que son, los miopes funcionarios de exteriores o los políticos designados para tomar decisiones sobre este particular ni están ni se les espera. O lo que es peor, probablemente ni siquiera sepan de su existencia.

Las islas de Güedes, Coroa, Pescadores (Kapingamarangi) y Ocea configuran la Micronesia española y legalmente pertenecen a nuestro país a pesar de su nulo valor económico y estratégico, lo que ha hecho que no sean ocupadas de manera permanente ni reclamadas como posesiones españolas por ningún gobierno hasta donde el que suscribe recuerda.

Güedes está al norte de Nueva Guinea occidental en dirección a la isla de Palaos, al igual que Coroa o Arrecife

En honor a la verdad, bien es cierto que al diputado de Amaiur Jon Iñarritu le debió de dar un pasmo el día que el  Ejecutivo en sesión parlamentaria aseguraba que nuestro país no conserva soberanía sobre isla alguna en el Pacífico, puesto que el Tratado de 1899 por el que se cedían (pesetillas al margen) a Alemania nuestras últimas posesiones en esa zona, no incluía una delimitación geográfica de los territorios transferidos. El pobre hombre, como es obvio, salió trastabillando del parlamento y rápidamente se apretó un par de gin tonics con sendas biodraminas ante lo surrealista de la situación.

Una soberanía en tierra de nadie

Güedes está al norte de Nueva Guinea occidental en dirección a la isla de Palaos, al igual que Coroa o Arrecife; Acea o Matador y Pescadores están en la esfera de influencia de las Carolinas. Todas ellas constituyen testimonios tangibles de una pléyade de marinos a la vanguardia de las exploraciones en los siglos XVI y XVII y que dejaron la impronta de la colonización española en Oceanía. Como posesiones de ultramar no fueron contempladas en el tratado hispano-estadounidense firmado en París el 10 de diciembre de 1898. Tampoco fueron negociadas en el Tratado germano-español en el que se cedieron al Imperio alemán los archipiélagos de Carolinas, Palaos y Marianas (con la salvedad de la isla de Guam, requisada anteriormente por los norteamericanos), firma que se llevó a cabo en Madrid el 30 de junio de 1899.

Fue el investigador del CSIC Emilio Pastor el que allá por el año 1949 argumentó que se podría hacer legalmente una reclamación de soberanía y llevarla a buen puerto; pero Franco, que no quería sacar los pies del tiesto y que todavía era mirado de reojo por los aliados, se escaqueó con su proverbial hábil cintura de aquel pequeño marrón con una verónica de antología, alegando que había que esperar una decisión de la ONU sobre el particular.

En ocasiones los científicos descubren fortuitamente algo que no estaban buscando, cuyos resultados sobrepasan todas las expectativas previas; a este fenómeno se lo conoce como serendipia. Pastor y su pipa tenían la afición de recordar la época dorada de nuestro fenecido imperio y con su pequeña lupa Zeiss se lo pasaba en grande mirando el detalle de las pequeñas cosas que quedan registradas en un mapamundi. Su ingenio y fina intuición le llevaron a concluir que había algo que no encajaba.

Fue el investigador del CSIC Emilio Pastor el que argumentó que se podría hacer legalmente una reclamación de soberanía y llevarla a buen puerto

“La adversidad tiene el don de despertar talentos que en la prosperidad hubiesen permanecido durmiendo” decía Horacio. Esperemos que en este país, corroído por la miseria moral de sus gobernantes y por la indestructible y resignada paciencia de sus ciudadanos, brille en algún momento una honorable partida de políticos que no sean nativos de Cantimpalos ni actúen como figurantes de cartón piedra. Bastaría con que un juez/jueza con los ovarios/cojoncillos bien puestos los condenara a reciclarse unos años a la sección de parvulitos de un colegio de barrio. Pero al rincón y con un par de tochos de geografía en cada mano, eso sí. Con los brazos extendidos, sin concesiones.

País…

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
12 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios