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Historia empresarial

De Napoleón III a Prisa: Vivendi, un imperio forjado en 170 años de batallas

El nuevo accionista de Prisa tuvo su origen a mediados del siglo XIX, en pleno Segundo Imperio francés, como un grupo enfocado en la gestión del agua

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Han pasado menos de cinco años desde que, en declaraciones a 'Financial Times', Vincent Bolloré se equiparó a un pintor para tratar de explicar la confusa estrategia de adquisiciones que, bajo su presidencia, estaba llevando a cabo el grupo Vivendi. "Es como un pintor. Puede que no sepas por qué hay una mancha azul y una pizca de marrón, pero al final verás que estamos pintando algo que es relevante". La compra del 7,6% de las acciones de Prisa ha sido el último brochazo de un plan que, sin dejar de resultar controvertido, se muestra encaminado a apuntalar un gigante global en la industria de la comunicación y el entretenimiento.

Este viernes, el mercado no dudó en acoger con satisfacción la noticia del aterrizaje de Vivendi en el capital del grupo editor de 'El País'. Aunque el entusiasmo inicial —que se tradujo en alzas de hasta el 21%— se fue moderando con el paso de las horas, las ganancias finales de las acciones de Prisa, superiores al 9,5%, evidencian la lectura favorable que han hecho los inversores del movimiento. Una interpretación que parece obviar que, a lo largo de los últimos años, Vivendi ha estado lejos de resultar un aliado cómodo ni sus apuestas han tendido a revelarse como grandes éxitos.

De lo primero, pueden dar buena fe Silvio Berlusconi (cuyo proyecto de integración de Mediaset y Mediaset España descarriló por la oposición del grupo galo) o la familia Lagardère, en cuyo grupo editorial mantiene desde hace meses una dura batalla —en colaboración, precisamente con Amber Capital, el principal accionista de 'El País'— para forzar cambios en la gestión. De sus poco rentables decisiones de inversión sirven como muestra, precisamente, Mediaset o Telecom Italia, dos grupos que no han dejado de hundirse sobre el parqué desde que se produjo la entrada en su capital de la empresa que dirige Bolloré.

Pero si el grupo galo ha llegado a ser lo que es hoy es, precisamente, por saber encontrar valor donde otros no lo veían y, también, por su capacidad de sobreponerse a los resbalones. Sólo así puede entenderse que siga en pie, y con una vitalidad que en nada desmerece su nombre, un grupo que está considerado como la primera empresa capitalista de Francia.

Los orígenes de Vivendi se remontan a 1853, cuando Francia se encontraba inmersa en pleno Segundo Imperio, bajo el mando de Carlos-Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III, sobrino del célebre general que medio siglo antes había logrado poner media Europa a sus pies. Los 22 años de mandato del emperador estuvieron marcados por la sombra de su tío y en los campos militares, donde aquel cosechó grandes éxitos, Napoleón III no hizo sino sumar derrotas, hasta la caída final, en la batalla de Sedán, que marcó el fin de su imperio.

La escasa fortuna militar fue sólo uno de los factores que le granjearon a Napoleón III una profunda enemistad entre buena parte de las clases privilegiadas, políticos y empresarios. Sin embargo, el monarca llegó a los últimos días de su mandato con un fuerte respaldo entre las capas populares, como demostró su incontestable victoria en un referéndum celebrado en abril de 1870 para aprobar unas reformas en la Constitución. Dicen que tras conocer los resultados, el líder opositor, Leon Gambetta, exclamó: "Nos aplastaron. El emperador es más popular que nunca".

Générale des Eaux contó entre sus fundadores con los Rothschild o el Duque de Morny

Esa popularidad la afianzó, en gran medida, a partir de sus logros en el campo económico, un terreno en el que puso un especial énfasis en mejorar las condiciones de las clases trabajadores, en pleno proceso acelerado de industrialización y urbanización del país. Fruto de ese empeño fue el impulso que daría, a mediados de siglo a la formación de la Compangnie Générale des Eaux, origen de Vivendi, una empresa nacida con la vocación de facilitar el abastecimiento de agua a la creciente población y también a la pujante industria de las ciudades francesas.

Entre sus fundadores se contó buena parte de las familias más influyentes del ámbito empresarial, como los Rothschild o los Fould, y de la nobleza, incluido el Duque de Morny, medio hermano del emperador, que vieron en aquel incipiente negocio una una fuente potencial de abundantes rendimientos. "Abriremos una mina cuya riqueza no ha sido explorada", se anunció en la primera junta de accionistas. En sólo unos años, y apoyándose en sus poderosas influencias, el grupo fue ganando, uno tras otro, una serie de contratos de larga duración de abastecimiento de agua que se iniciaron en Lyon, pronto incluyeron Nantes y, tras un arduo esfuerzo, sumaron París.

El presidente de Vivendi, Vincent Bolloré. (Reuters)

La capital del país, remisa ante las primeras aproximaciones Générale des Eaux para conseguir el servicio, no tuvo más remedio que asumir en 1860 que el grupo era el mejor posicionado para llevar a cabo aquellas funciones. En los años previos, la compañía se había dedicado a comprar pequeñas compañías rivales en los alrededores de la ciudad, como un método de penetración lenta y silenciosa que se convertiría en sello de identidad de su estrategia.

El crecimiento del negocio en las décadas siguientes sería exponencial, jalonado por éxitos, en primera instancia no tan aparentes, como su implantación en la Costa Azul o la Costa Esmeralda de la Bretaña, varias décadas antes de que estas regiones se convirtieran en importantes centros turísticos. El crecimiento de la compañía le llevaría a extender sus servicios, en las décadas finales del siglo XIX, a varias de las ciudades más importantes del continente, como Venecia, Constantinopla o Porto.

Durante más de un siglo, el grupo centraría sus funciones en la gestión y el abastecimiento del agua, alcanzando una posición suficientemente firme para sobrevivir, entre otros episodios convulsos, a la caída del Segundo Imperio o las Primera y Segunda Guerra Mundial, que tantos estragos causaron en suelo francés. Y precisamente, en las décadas posteriores al conflicto bélico y, especialmente, a partir de 1980, Générale des Eaux experimentaría un vertiginoso proceso de expansión, poniendo su huella en numerosas regiones (no sólo de Europa, sino también de América y África), en un proceso que incluye numerosas adquisiciones, fusiones y esciciones que cambiarían de forma notoria el rostro de la compañía.

Del agua al entretenimiento

Hacia mediados de 1990, el grupo contaba con unas 2.200 filiales en sectores tan diversos como el inmobiliario, la construcción, la salud, la energía, la telefonía, los parques de atracciones, la televisión por cable y los ferrocarriles. Fue entonces cuando su flamante consejero delegado Jean-Marie Messier inició un nuevo proceso de reestructuración de la compañía, enfocándose en el objetivo de crear un grupo líder en el segmento de las comunicaciones, actividad que ya le llevó en el pasado a aliarse con Prisa, como accionista de Sogecable. Al mismo tiempo, se fue desprendiendo del resto de actividades, incluída la gestión de aguas, dando origen al nacimiento de importantes grupos como Vinci o Veolia, heredera de los negocios tradicionales del grupo.

Para entonces, y desde 1998, la compañía ya había sido rebautizada como Vivendi, y apenas dos años después sellaría una ambiciosa operación con la adquisición de la compañía canadiense Seagram (matriz de Universal Studios y Universal Music) por 34.000 millones de dólares, en una operación que confirmaba la posición del grupo galo como un gigante mundial en la industria del entretenimiento.

Aquel proceso, sin embargo, estuvo cerca de provocar la caída de la compañía, a la que el hundimiento del negocio tras el pinchazo de la burbuja puntocom le alcanzó asfixiada por unas ingentes deudas, agudizadas por una riada de millonarias pérdidas (sumó números rojos por casi 40.000 millones de euros entre 2001 y 2002) que forzaron la salida de Messier y un desmantelamiento precipitado del conglomerado que éste había montado. Si a finales de 2001 su deuda superaba los 40.000 millones, cuatro años después apenas superaban los 5.000 millones. En aquel proceso, los activos totales se redujeron a menos de un tercio, desde los más de 150.000 millones que sumaban a inicios del siglo y las cifras de ingresos pasaron de rozar los 60.000 millones a situarse por debajo de los 20.000 millones.

A Vivendi le tocaba reconstruirse casi desde los cimientos, pero no tardaría en volver a levantar un emporio inmerso en muy diversas ramas de actividad, desde la música a los juegos, pasando por el mundo editorial, la publicidas, los medios de comunicación o las plataformas de internet, con negocios tan reconocidos bajo su paraguas como Canal +, Havas, Gameloft o Dailymotion.

Resulta curioso que, quienes han seguido el mandato de Bolloré al frente de Vivendi, no dejan de asimilar su proyecto con el frustrado intento de Messier de posicionar a Vivendi como un gigante global. Y lo cierto es que el controvertido presidente del grupo no reniega de la figura de su antecesor, cuyas ideas ha calificado como correctas.

Universal Music es la pieza más valiosa del conjunto de negocios de Vivendi

Realmente, Vivendi tiene hoy su principal fuente de negocio en una de las firmas heredadas del periodo de Messier: Universal Music Group. La compañía ha cerrado en apenas un año sendas operaciones de venta por las que ha traspasado al gigante chino Tencent un 20% de su negocio musical, por 6.000 millones de euros, lo que implica una valoración total del negocio de 30.000 millones de euros, prácticamente la capitalización de Vivendi (31.500 millones). Y firmas como JPMorgan defienden que el valor real de UMG se sitúa en torno a los 44.000 millones. Estas cifras hablan, claramente, del escaso valor que otorga hoy por hoy el mercado al resto de negocios de Vivendi.

Sin embargo, Bolloré no parece titubear en un proyecto que, aseguran, levanta recelos en el mismo Palacio del Elíseo, donde temen que el empresario trate de aprovechar su creciente poder mediático para articular una red de influencia de marcada ideología conservadora, al estilo de la Fox en Estados Unidos.

En ese objetivo no es fácil concebir qué papel le toca jugar a Prisa, un brochazo aparentemente inconexo con sus pasos más recientes. Sin embargo, tras ver aumentar el valor de sus acciones un 55% en los últimos diez meses, Vivendi cotiza actualmente en sus niveles más altos desde 2001. A los enemigos de Bolloré no les queda, por lo tanto, más que parafrasear a Gambetta y reconocer que el empresario "es más popular que nunca". Pero esto no debería hacer bajar la guardia al presidente de Vivendi. Al fin y al cabo, sólo pasaron cinco meses desde el victorioso referéndum de Napoleón III y el desmoronamiento de su imperio.

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