TODO UN MILAGRO

En pleno vuelo, el avión falló: lo que los pilotos no te cuentan de su experiencia

En octubre de 2008, Kevin Sullivan pilotaba una aeronave con más de 300 personas a bordo. Un fallo técnico estuvo a punto de hacer que se estrellaran. Hoy cuenta la historia

Foto: Un aeroplano de la compañía Qantas, similar al tripulado por Sullivan. (Reuters)
Un aeroplano de la compañía Qantas, similar al tripulado por Sullivan. (Reuters)

A veces se nos olvida la enorme responsabilidad que tienen entre sus manos los profesionales que se dedican al transporte, ya sea de autobuses, trenes o aviones. En muchos casos, cientos de vidas humanas dependen de sus acciones, y eso genera una enorme presión que solo conocen los que ya están acostumbrados a asumir el riesgo. Personas como el piloto de aviación Kevin Sullivan, quien estuvo a punto de perder la vida junto con las más de 300 personas que llevaba consigo.

El 7 de octubre de 2008 siempre quedará registrado en su memoria. Con 303 pasajeros y 17 tripulantes a bordo, el vuelo 72 de Qantas despegó de Singapur a Perth, pero un fallo técnico en pleno vuelo provocó que tuviera que realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Learmouth, al oeste de Australia. El incidente se saldó con 11 pasajeros y un miembro de la tripulación gravemente heridos y otros 99 de forma leve.

Los padres sujetaban a sus hijos, tratando de consolarles. Me sentí muy compungido, ya que yo también tengo niños

"Es lo peor que te puede ocurrir cuando estás tripulando un avión, no tener el control", asegura Sullivan, quien ha roto su silencio para contar la historia en un artículo en primera persona publicado en 'The New Morning Herald'. "Solo hay dos opciones. Puedes sucumbir y rendirte o salir adelante como sea. Yo opté por la segunda". El piloto presenció con sus propios ojos cómo el sistema informático fallaba con el avión sobrevolando el Oceáno Índico a casi 12.000 metros de altura. En esos momentos, la vida de pasajeros y tripulación dependían de lo que hiciera en los siguientes minutos.

La aeronave cayó 45 metros en apenas 15 segundos hasta que Sullivan logró establecer el control manual y emitió una llamada de emergencia al aeropuerto más cercano, cerca de la ciudad de Exmouth. Pero lejos de volver a la normalidad y tener un respiro, el avión volvió a precipitarse, esta vez a 120 metros, y pronto cayó en la cuenta de que una de las tres computadoras que operaban con el piloto automático estaban funcionando mal.

En esos momentos, pasajeros y tripulación fueron despedidos de sus asientos, chocando unos contra otros y contra los muros del avión. Asimismo, los equipajes salieron de sus cabinas, provocándoles también traumatismos y heridas. Cincuenta minutos después, Sullivan y su copiloto pudieron retomar el control de forma manual y realizar un aterrizaje forzoso en el aeropuerto de Learmouth gracias a las técnicas aprendidas en su experiencia como marine de la armada de los Estados Unidos.

Instantes después, vino lo peor: asumir las consecuencias de lo ocurrido y salir de la cabina de mando para comprobar el estado de las personas de a bordo. "Decidí que mi primera comparecencia después de lo ocurrido no debía llevarse a cabo por megafonía, tenía que salir allí y mostrar mis condolencias", asegura. "Desde la puerta pude ver largas filas de asientos y personas tumbadas en el suelo, repartidas por toda la estancia. Vi cabezas sobresaliendo de los asientos, asustadas".

Había sangre por las paredes, en las caras y ropas de los heridos. En el techo había agujeros con restos de cuero cabelludo

Sullivan cogió el micrófono de la megafonía para que todos pudieran oírle y pronunció alto y claro: "Damas y caballeros, aquí el capitán. Ya estamos a salvo, estamos trabajando para sacarles del avión lo más pronto posible. Estamos comunicándonos con la compañía para trabajar en un plan de rescate que nos lleve desde aquí hasta Perth. Les agradezco su comprensión. Permanezcan en los asientos hasta que el equipo médico entre a atender a los heridos. Yo mismo también lo haré, abriéndome paso por la cabina. Gracias por su atención".

Así, emprendió un camino que según él, le cambió la vida. "Parecía la escena de después de una guerra entre dos ejércitos opuestos", narra. "Había sangre por las paredes, en las caras y ropas de los heridos. En el techo había agujeros con restos del cuero cabelludo de aquellos que fueron golpeados por el plástico del avión. Vendajes y almohadas ensangrentadas están esparcidas por todas las filas de los asientos y en el pasillo, mezclados con los escombros de maletas y paneles del techo. Intentaba mantenerme fuerte, pero mientras hablaba con ellos y veía sus heridas se me partía el corazón. ¿Qué podía decirles? Al final, opté por comunicarles que aún no sabía exactamente lo que había ocurrido y que intenté detenerlo de cualquier forma. Es terrible ser el piloto del avión y no poder saber qué había salido mal".

Me he vuelto una persona muy aislada, como un hombre de las cavernas. Si dejo de volar perderé la confianza en mí mismo

Pero afortunadamente para Sullivan, lo peor habría sido que no hubiera podido retomar el control del avión. "Los padres sujetaban a sus hijos, tratando de consolarles, secando sus lágrimas. Todos ellos habían sido heridos de forma más o menos grave. Me sentí muy compungido; como padre, empaticé muchísimo con ellos. Sus miradas acusadoras y silenciosas se quemaron en mí como láseres y me comunicaban un mensaje no dicho: 'Mira lo que le hiciste a mi hijo'. Tan solo pude ofrecerles simpatía y apoyo mientras proseguía mi camino hacia el fondo de la cabina".

Allí, en la cola, se encontraba una de las azafatas. Estaba gravemente herida, tirada en el suelo, y a su alrededor había cristales rotos por todas partes. Tenía las piernas completamente inmovilizadas y entablilladas. "Me arrodillé junto a ella e intenté levantarle", explica. "Ella me lo agradeció y me llamó 'Mi capitán'. Por sus ojos caían lágrimas. Mi rostro ardía de frustración, de ira y de compasión por lo sucedido".

La investigación

Como es lógico, el piloto fue sometido junto con el resto de la tripulación a un interrogatorio para dilucidar cuál fue la causa real del accidente. Sullivan alegó que "el ordenador bloqueó la toma de control de la aeronave", negándole la entrada al modo manual. "Nuestro trabajo es controlar el avión, y si el software del sistema informático no lo permite por defecto y eliminan la funcionalidad del piloto, no saldrá nada bueno de todo eso", declaró en la audiencia. "Sé que nuestra decisión de desviarnos al aeropuerto de Learmonth en lugar de continuar hacia Perth será cuestionada. Pero, ¿qué riesgos habríamos corrido de si hubiéramos seguido hasta allí? Me estremezco solo de pensarlo". Evidentemente, el haber caído en picado al Oceáno Índico. Al final, se corroboró su versión tras analizar las cajas negras y salió indemne del proceso.

"Volar es mi pasión"

Meses después, el piloto necesitó tratamiento psiquiátrico tras ser diagnosticado de estrés postraumático que incluía los siguientes síntomas: cambios de humor, falta de apetito, mala concentración, ansiedad o niveles de líbido bajos. Por supuesto, no quiso volver a volar en una temporada. A pesar de ello, no podía evitar soñar casi todas las noches con lo ocurrido. "Volar es mi pasión", escribe Sullivan. "He dedicado mi vida a ser un buen piloto. Aprecié cada minuto a los mandos de esas máquinas que respiran fuego. Los buenos sueños que tengo son casi todos en relación a esa vida emocionante y peligrosa".

"Me he vuelto una persona muy aislada", asume. "Me siento como un hombre de las cavernas autoexiliado por plena imposición. Si dejo de volar, perderé la seguridad en mí mismo y el empleo. ¿Debo permanecer atado a un lugar de trabajo que solo complique mi vida? Los límites entre el estrés postraumático y la depresión son borrosos. He recurrido a la medicación, pero los efectos secundarios me han dejado adormecido y robótico. Las drogas no consiguen quitarme la preocupación. ¿Esta es la forma en la que he de vivir el resto de años que me quedan?".

Afortunadamente, después de varios años, Sullivan ya ha dejado la medicación y espera jubilarse pronto. Ahora, se dedica a su familia, sintiendo remordimientos por aquella vez en la que casi pierde la vida por su trabajo. "He terminado de tomar pastillas y la reubicación en mi puesto no es para nada una opción", concluye. "Mi decisión es irreversible. He cumplido mi compromiso de dejar de volar. Si necesito dejar algo atrás para continuar, que así sea".

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios