EL ENIGMA DEL ZODÍACO

El mayor asesino en serie de la historia no existió nunca: una teoría que lo explica todo

Se cumplen 50 años desde que cometió su primer crimen, y a día de hoy, nadie sabe quién era. Es posible, argumenta un profesor, que en realidad nunca existiese

Foto: ¿Fue todo como nos lo presentó Fincher?
¿Fue todo como nos lo presentó Fincher?

Hay crímenes que cambian la historia de un país. No hablamos de magnicidios, actos de terrorismo o violencia de Estado; basta con que el asesinato sea lo suficiente oportuno como para penetrar en el inconsciente colectivo de una nación y quedarse ahí durante décadas. En España tuvimos Alcàsser, a Diana Quer y, quizá, ahora, a Laura Luelmo. En Estados Unidos, la serie de ataques perpetrados por el asesino del Zodíaco se convirtieron en el canon de lo que debía ser un asesino en serie.

Que jamás se detuviese al criminal o criminales fue, con toda seguridad, el factor que terminó convirtiendo al asesino del Zodíaco en una obsesión para decenas de miles de personas en todo EEUU. Un estatus que supera, con mucho, su alcance real: apenas dejó siete víctimas (dos de las cuales sobrevivieron), aunque, cual celebridad en horas bajas necesitada de un poco de fama, terminase atribuyéndose 37 asesinatos. Nadie ha reflejado mejor esta obsesión que David Fincher, uno de esos niños de San Francisco cuyo hombre del saco respondía al nombre de “asesino del Zodíaco”, en 'Zodiac', cuyo final abierto trasladaba al espectador la incertidumbre y frustración de los investigadores que no pudieron cerrar el caso.

Nunca hubo un único asesino: tanto a los agresores e imitadores como a la policía les venía bien que se creyese en que todo lo hacía la misma persona

Así que cada cierto tiempo aparece una nueva teoría que intenta responder de una vez por todas la gran pregunta: ¿quién era? En 2014, por ejemplo, un tal Gary L. Stewart publicó un libro de memorias en el que afirmaba que su padre era el asesino del zodíaco. Una de las más impopulares, aunque difundidas, es la del antiguo profesor de San Luis Thomas Henry Horan, autor de 'The Myth of the Zodiac Killer', que, como su nombre indica, intenta desmontar la existencia de dicho asesino. Simplemente, se juntó el hambre de un puñado de agresores e imitadores con las ganas de comer de la policía. La tesis, que ha sido recogida por Bill Black en un artículo para 'Mel Magazine', suena convincente. Y por eso es tan impopular, señala el autor: porque acabaría de una vez con todas con un 'hobby' compartido por miles de internautas e investigadores de todo el mundo.

Algo no encaja

Resumamos. Al asesino del Zodíaco se le atribuyen siete víctimas. David Faraday y Betty Lou Jensen, asesinados por arma de fuego en Lake Herman Road (Benicia) el 20 de diciembre de 1968, hace exactamente 50 años. Michael Mageau y Darlene Ferrin, tiroteados en un campo de golf en Blue Rock Springs (Vallejo) el 4 de julio de 1969: Mageau sobrevivió. Bryan Hartnell y Cecilia Shepard, apuñalados en Lago Berryessa (Napa) el 27 de septiembre de 1969; Hartnell sobrevivió. Paul Lee Stine, muerto por disparos el 11 de octubre de 1969. A partir de ahí, la duda, hasta llegar a los supuestos 37 nombres.

El cadáver de Paul Lee Stine, en su taxi.
El cadáver de Paul Lee Stine, en su taxi.

Como recuerda Horan, que fue investigador para una compañía de seguros, si creemos en el asesino del Zodíaco no es por sus crímenes, que no comparten ni método ni indicios, sino por las cartas que envió a medios de comunicación de 'San Francisco Chronicle' y sus llamadas de teléfono. Es precisamente en el mito, en los criptogramas y los círculos con una cruz que dibujaba, donde comienzan las inconsistencias, que llevan a Horan a plantear una hipótesis alternativa siguiendo el principio de la navaja de Ockham. Nunca hubo un asesino del Zodíaco, sino muchos bromistas y personas obsesionadas con él, como Robert Graysmith, el caricaturista del 'San Francisco Chronicle' que era interpretado por Jake Gyllenhaal en 'Zodiac' y que publicó en 1986 uno de los libros canónicos sobre el tema.

Tras leer todos los documentos publicados sobre el tema, el profesor detectó varias inconsistencias clave. Un ejemplo claro: en una de sus cartas, el asesino intentaba demostrar que había sido él relatando algunos detalles que no habían trascendido a la prensa. Por ejemplo, que Darlene Ferrin llevaba “pantalones de cuadros” [“paterned slacks”]. Pero no era verdad: en realidad, llevaba un vestido negro blanco y azul con flores [“blue and white flowered black dress”]. La clave se encuentra en la confusión entre “slack” y “black”. Según Horan, y suena razonable viendo el documento, quien escribiese la carta se sacó el término “slack” de la manga, que apenas se utilizaba, porque en las copias del informe policial la “b” se había impreso mal.

En otra carta, el asesino aseguraba que se había marchado de Blue Rock Springs en su coche lentamente y sin hacer ruido. Nada de eso, según el superviviente Mageau. Sin embargo, sí había un coche, conducido por un tal Andrew, que, según los informes policiales, circulaba lentamente por la zona. Aquí viene el truco: ni el asesino real lo podía saber, ya que había huido de la escena un cuarto de hora antes, ni nunca fue publicado en un periódico. Muy probablemente, quien escribiese la carta se encontraba en algún punto intermedio de la cadena, y sabía más que el público general pero menos de lo que debería haber conocido si hubiese sido el verdadero asesino.

A menudo, los lugares del crimen se han presentado como simples picaderos, pero eran también espacios donde se trapicheaba con drogas como metanfetaminas, espacios transitados por los Ángeles del Infierno, que no se andaban con chiquitas por aquella época. Recordemos que Mageau era un agente de policía, y que un 4 de julio no suele hacer un frío que justifique llevar tres capas de ropa, incluidos pantalones. Su explicación, que no quería parecer delgado ante su amante, era poco convincente: ¿y si estaba infiltrado, vestido de paisano?

¿Por qué en ninguna de sus cartas el asesino del Zodíaco se atribuía el crimen del lago Berryessa, si era tan evidente que llevaba su firma?

Sigamos. ¿Qué ocurre con la llamada que recibió el departamento de policía de Vallejo la noche en que Mageau y Ferrin fueron atacados, en la que el informante confesaba “yo también fui el que mató a estos chicos el año pasado”? Podría haber sido cualquiera, recuerda Horan, o al menos cualquiera que estuviese escuchando la emisora de la policía, pues la llamada se produjo 30 minutos después de que fuese radiada por dicha frecuencia. Los datos (incluido el calibre de nueve milímetros del arma) podían obtenerse sabiendo buscar en el lugar adecuado, sin necesidad de haber sido quien apretaba el gatillo. Cabe otra posibilidad: que el departamento de policía maquillase el contenido de la llamada para vincularlo con los crímenes del año anterior. Unos cuantos pájaros, asesinados de un mismo tiro.

El gran punto de fuga, no obstante, se encuentra en el crimen del lago Berryessa, que recoge con todo lujo de detalles Fincher en 'Zodiac'. Según la declaración del superviviente, el agresor utilizaba la famosa capucha de verdugo, las gafas de sol y el babero con el símbolo de la cruz y el círculo que ya habían aparecido en todos los medios. Hay dos detalles que patinan, según el profesor. Número 1: en ningún momento, durante la llamada telefónica, el agresor se identificó como el asesino del Zodíaco. Número 2: ninguna de las cartas mencionaba dicho incidente. Además, la letra de la pintada que apareció en el coche de Hartnell era muy diferente a la de las misivas recibidas. ¿Qué estaba pasando?

Si yo no fui, ¿entonces quién?

Que no exista el asesino del Zodíaco no quiere decir, obviamente, que todas esas personas no fuesen asesinadas, o que las cartas fuesen falsas. Los cadáveres existen, y las misivas también. Tan solo que es muy probable que todas las autorías correspondan a personas muy diferentes. Algo más o menos evidente en el caso de los asesinatos, que guardan muy poca relación entre sí más allá que su cercanía geográfica. ¿Y las cartas? Según Horan, existen dos autores, uno antes del último asesinato, y otro después, cuando el presunto asesino del Zodíaco comenzó a farolear.

Averiguar que no existe el asesino del Zodíaco es como descubrir que Santa Claus no es real

La apuesta de Horan sobre el autor de las últimas cartas es elevada. Se trataría ni más ni menos que de Robert Graysmith: sí, el caricaturista con el rostro de Jake Gyllenhaal. Como miembro del equipo de producción, probablemente había disfrutado de acceso a las cartas del Zodíaco, por lo que había podido analizarlas y crear su propia versión de ese personaje que tanto le fascinaba… y del que escribiría detalladamente una década después. En cuanto al autor de las cartas originales, el principal sospechoso es un oficial del condado de Napa que había puesto en marcha el departamento forense y cuya letra era sospechosamente parecida a la de las cartas enviadas por el presunto asesino.

Hay, no obstante, un punto flojo en la teoría anticonspirativa de Horan: si el asesino del Zodíaco nunca fue tal, ¿de dónde salieron los trozos llenos de sangre semicoagulada de la parte de atrás de la camisa de Paul Lee Stine que añadía a cada una de cartas? Según el profesor, fueron cortados después de dar la vuelta al cadáver, que encontraron en el asiento de copiloto de su taxi. Esos pedazos de ropa eran el gran trofeo del asesino del Zodíaco, que los utilizaba como demostración de que los crímenes de “la zona del norte de la bahía” llevaban su firma.

El verdadero Graysmith, rodeado por Gyllenhaal y Mark Ruffalo.
El verdadero Graysmith, rodeado por Gyllenhaal y Mark Ruffalo.

Convincente o no, para Black la pervivencia de las teorías y contrateorías dice mucho acerca de la actitud que adoptamos ante los actos traumáticos a los que no sabemos dar cierre. A la mayoría de investigadores aficionados que siguen intentando dar una respuesta a este caso, al de JFK o al de Alcàsser, no les importan las víctimas, sino ellos mismos. “Averiguar que no existe el asesino del Zodíaco es como descubrir que Santa Claus no es real”, añade. Al final, la ilusión es lo que consigue que la gente se levante de la cama cada día, aunque sea por seguir persiguiendo un fantasma que probablemente lleve años muerto.

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