UN DESTINO, PERSONAS OPUESTAS

Las mujeres piloto de Hitler que ganaron la Cruz de Hierro

Un nuevo libro compara las sorprendentes trayectorias de Hanna Reisch y Melitta von Schaunberg, las dos únicas mujeres en pilotar aviones durante el Tercer Reich

Foto: La ceremonia de entrega de la Cruz de Hierro, en 1941. (Bundesarchiv)
La ceremonia de entrega de la Cruz de Hierro, en 1941. (Bundesarchiv)

En 1952 tuvo lugar en Madrid el Campeonato Internacional de Planeadores. La alemana Hanna Reitsch, la única mujer que participó en el evento, se alzó con la medalla de bronce tras surcar los cielos españoles. Era uno de los broches finales a una carrera con más de 40 récords mundiales a sus espaldas… y una Cruz de Hierro otorgada por el Tercer Reich alrededor de su cuello. Apenas unos años antes, la alemana había intentado convencer a Adolf Hitler de que huyese con ella desde su búnker de Berlín para salvar su vida.

No es la única piloto que voló en nombre del Tercer Reich. Melitta Schiller (o Melitta von Stauffenberg, su nombre de casada), fue la otra mujer que compartió honores con Reitsch. En su caso, de forma aún más sorprendente por sus orígenes. Su padre era judío, lo que la hizo sospechosa; sin embargo, su capacidad para el vuelo y la ingeniería la hacía indispensable para el nazismo. La historiadora Clare Mulley cuenta la historia de las dos en 'The Woman Who Flew for Hitler', la obra definitiva sobre estas paradójicas mujeres, que ayudaron a un régimen que consideraba que el lugar del sexo femenino era “los niños, la cocina y la Iglesia”.

Reitsch fue contratada en 1937 como piloto de pruebas y Schiller fue nombrada capitana de vuelo

“Las únicas mujeres piloto que trabajaron en las pruebas del régimen nazi, Hanna Reitsch y Melitta von Stauffenberg, eran en muchos sentidos dos imágenes en espejo”, recuerda la autora en la introducción del libro. “Una era alegre, divertida, ruidosa e irresponsable, la otra oscura, seria y calculadora”. Había algo que sí tenían en común: eran francotiradoras en un contexto en el que, en principio no tenían lugar, pero que consiguieron salir adelante por su valentía y habilidad, que las convertía en una versión germana de Amelia Earhart, otras hijas de “la era de los pioneros de la aviación, en la que se esperaba que el vuelo uniese a las naciones”.

Alemania era una realidad muy diferente, después de que el Tratado de Versalles forzase al país a deshacerse de sus fuerzas aéreas. Una medida que terminó cristalizando en una fascinación muy útil para la propaganda nazi, que hizo de la Luftwaffe una de sus principales señas de identidad. Como recuerda en una entrevista con la 'BBC' la autora, “volar se convirtió en la nueva afición aspiracional, que dio lugar a un culto de masas”. Grupos de hasta 30.000 personas se juntaban para asistir a esos espectáculos. De ahí que Reitsch fuese contratada en 1937 como piloto de pruebas de bombarderos y cazas y que Schiller fuese nombrada capitana de vuelo el mismo año.

Destino trágico, destino dulce

La forma en que terminó la vida de ambas pone de manifiesto la amplia brecha que las separaba, y no solo porque Reitsch detestase a su compañera. Melitta falleció el 8 de abril de 1945, después de ser abatida en pleno vuelo por un caza norteamericano cerca de Strausskirchen, mientras intentaba llegar al sur de Alemania desde Berlín; a pesar de que consiguió salvarse, fallecería poco después por las heridas sufridas. Reitsch falleció en su casa de Fráncfort en agosto de 1979, a causa de problemas cardíacos.

No tengo vergüenza de decir que creía en el nacionalsocialismo. Aún llevo la Cruz de Hierro con diamantes que Hitler me dio

Como explica la historiadora, su actitud hacia el nazismo era muy diferente, y no solo porque los orígenes judíos de Schiller la apartasen temporalmente de la aviación. Aunque ambas eran patriotas, Reitsch sí sentía simpatías hacia el régimen, adoraba a Hitler y le gustaba figurar junto a los miembros del partido, que consideraba que habían devuelto a Alemania el lustre perdido. “Incluso cuando supo lo que estaba ocurriendo en los campos de concentración nazis, estaba dispuesta a mirar hacia otra parte y aceptar la causa nazi de forma acrítica”, explica Mulley. Como ocurrió con otros simpatizantes del partido, intentó desvincularse de él después de la guerra, y durante años rechazó las acusaciones de haber sido filonazi. Sin embargo, siguió llevando la Cruz de Hierro y haciendo gala de un profundo sentimiento antisemita.

De ahí que se convirtiese rápidamente en un icono del régimen, una celebridad que alternaba con los niveles más altos del Reich aunque nunca llegase a afiliarse al partido. “Estaba más que feliz de ayudar a los actos de publicidad del régimen”, recuerda la autora. “En 1938, en una demostración internacional para enseñar el nuevo poder militar del país, se convirtió en la primera persona en volar en un helicóptero en un espacio cerrado”. Lo primero que hizo al aterrizar fue hacer el saludo nazi. Sin embargo, el episodio más revelador es el que la sitúa en el búnker de Hitler el 28 de abril de 1945, dos días antes de quitarse la vida.

Reitsch haciendo el saludo nazi. (Bundesarchiv)
Reitsch haciendo el saludo nazi. (Bundesarchiv)

Aterrizó en la capital juntó al general Robert Ritter von Breim, y allí, ambos intentaron convencer al Führer de huir con ellos desde Berlín, algo a lo que se negó. Fue la última ocasión en la que se vieron con vida, aunque su contacto había sido frecuente; Hitler le entregó la Cruz de Hierro en 1941 y Reitsch fue invitada a su cumpleaños de 1944. Ello no impidió que la aviadora fuese un personaje respetado internacionalmente después de la Segunda Guerra Mundial. En 1951 publicó su libro de memorias 'Volar fue mi vida', fue invitada a la Casa Blanca por John Fitzgerald Kennedy y vivió en Ghana durante los años 60. En su última entrevista, lamentaba que Alemania se hubiese convertido en “un país de banqueros y fabricantes de automóviles”. “No tengo vergüenza de decir que creía en el nacionalsocialismo. Aún llevo la Cruz de Hierro con diamantes que Hitler me dio”.

Rendirse para sobrevivir

Muy distinta es la historia de Schiller, que llegó a ser acusada por su compañera de sabotear los esfuerzos de guerra alemanes. “Melitta siempre fue crítica con el régimen”, explica Mulley. Sin embargo, el peligro que sufría su familia por sus orígenes judíos le hizo dar un paso adelante e intentar aspirar al estatus de “ario honorífico”. “Al ser una de las principales expertas en los bombardeos en picado, se convirtió en alguien imprescindible para el régimen, lo que le dio fuerza a su solicitud”. Göring dió el visto bueno y, así, se convirtió en aria.. Sin embargo, Schiller intentó no participar en los actos de propaganda nazis, y cuando tuvo que viajar a Estocolmo para promocionar a su país, no nombró explícitamente ni a Hitler ni al régimen nazi.

Reichter dijo que “no hay nada que señale que los logros de Melitta fuesen particularmente notables”


Schiller, de hecho, pudo participar activamente en uno de los episodios más sonados del final del Tercer Reich: la operación Valkiria que intentó acabar con Hitler el 20 de julio de 1944. La aviadora estaba casada con Alexander von Stauffenberg, hermano de Claus, principal artífice de la trama. Este la había puesto al tanto de los planes y le solicitó apoyo aéreo, pero Schiller arguyó que el único material del que disponía no les resultaría útil. Sin embargo, su relación familiar con los Von Stauffenberg le hizo ser detenida y liberada tras seis semanas. Desde ese momento, comenzó a utilizar su apellido de soltera para no ser relacionada con el hombre que casi acaba con Hitler.

Paradójicamente, recuerda Mulley, su papel durante la guerra fue mucho más útil que el de su compañera. Sus pruebas de vuelo para la Fuerza Aérea Alemana y su trabajo en la Academia Técnica de la Fuerza Aérea hicieron que ganase la Cruz de Hierro en 1943. En 1944 comenzó a trabajar como profesora en la Sección Experimental de Instrumentación Especial de Vuelo. Durante mucho tiempo, nadie recordó a Melitta, hasta que sus hermanas comenzaron a reunir información en los años 70 para escribir sus memorias. Una de las respuestas llegó de su antigua compañera, Hanna Reichter, en una carta que decía “no hay nada que señale que los logros de Melitta fuesen particularmente notables”, y quitaba mérito a su Cruz de Hierro. Un desencuentro que muestra la complejidad de una época en la que la propaganda, la supervivencia y la ambición creaban extraños compañeros de cama.

Alma, Corazón, Vida

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