La Manada, crónica de una violación anunciada
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La Manada, crónica de una violación anunciada

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Imagen: Irene de Pablo | EC Diseño.

Esta historia tiene muchos principios y un final. Uno de ellos se desarrolla en el portal de una vivienda en el centro de Pamplona. Era la madrugada del 7 de julio de 2016, durante las fiestas de San Fermín. Un grupo de cinco hombres violó a una joven de dieciocho años. El nombre con el que fue bautizado el grupo de agresores, La Manada, se ha convertido en sinónimo de indignación social, reivindicación y movilizaciones sin precedentes. De hartazgo. De lucha feminista.

En otro de esos principios, dos años después, los cinco integrantes de La Manada fueron condenados a nueve años de prisión, unas penas muy por debajo de las solicitadas por la Fiscalía y las diferentes acusaciones, que planteaban entre 22 y 25 años. El tribunal descartó el delito de agresión sexual al considerar que no había existido violencia. La sentencia levantó una ola de protestas.

La historia que contaremos en este relato es la de cómo una de las decisiones de ese procedimiento, adelantada por este medio, echó más leña a un fuego que ya ardía. Un empujón adicional en la indignación que, a la larga, acabó generando que el Tribunal Supremo sentara nueva jurisprudencia respecto a las violaciones grupales y provocó, más tarde, que el Gobierno lanzara la ley bautizada como 'Solo sí es sí'.

[Escucha en el siguiente audio a Beatriz Parera narrar cómo se gestó la primicia].

El 21 de junio de 2018, el mismo tribunal que había impuesto penas de menor rigor que las esperadas por la violación, tomó una nueva decisión que causó una profunda incomprensión social. Cuando estaban a punto de cumplirse dos años del ingreso en prisión de los condenados y mientras estaba pendiente el fallo de la instancia superior sobre las penas, la Audiencia de Navarra decretó su puesta en libertad. La Manada quedaba libre y la calle reventó.

Como redactora de tribunales de El Confidencial tuve la suerte de adelantar aquella información. Fue una de aquellas ocasiones en las que se mezcla el subidón de la noticia con los nervios de querer ser la primera. La repercusión fue inmediata. La información se difundió en pocos minutos, en esa franja dorada en la que aún eres el único. Mi teléfono ardía con mensajes de compañeros mientras me temblaban aún las piernas.

Fue un golpe de suerte. Aquel día de verano, había quedado con un abogado en un bar cercano a su despacho. Mi cita se retrasaba y pensaba utilizar aquel rato para comer algo. Cuando miraba la carta dudando entre una ensaladilla o unas croquetas, el teléfono sonó. La persona que me llamaba no me dio tiempo ni al saludo habitual. "Beatriz, sueltan a La Manada. La decisión del tribunal se conocerá en un par de horas".

La información se difundió en pocos minutos, en esa franja dorada en la que aún eres el único

Mi primera reacción fue de incredulidad. "¿Cómo es posible?", me preguntaba mientras ya apartaba la carta para hacer sitio al portátil. Intenté pensar en casos similares y no encontré ninguno. Y es que ninguno, salvo quizá la salida de prisión de algún miembro de ETA, iba a provocar un rechazo similar. No podía equivocarme. Aunque la fuente era de esas impecables, de las que nunca fallan, hice dos llamadas de confirmación. El auto que pondría a los acusados en la calle estaba ya firmado, pero aún no había sido notificado.

En ese momento hice tres llamadas seguidas. A mi jefe de nacional, Alberto Pérez Giménez, que entendió en media milésima de segundo la importancia del asunto y ni me preguntó si lo tenía atado, con esa confianza total en mí que tanto me enorgullece. A mi compañero en Navarra, José Mari Alonso, que llevaba siguiendo el caso desde un inicio y podía aportar toda su experiencia en el contexto. Y a la 'mesa', esa balsa que siempre nos salva, que está cuando la necesitas y nunca falla, ahora a los mandos de Raquel y Rebeca. El bar ya no era un bar, era una redacción. Yo hablaba por teléfono recorriendo el espacio entre las mesas, andando y hablando. El sitio estaba medio vacío y los camareros no perdían comba de lo que decía y hacía. Fueron los primeros que conocieron aquella exclusiva.

Tiramos a toda prisa con tres párrafos. Urgente, campanita, redes. Fuimos con todo. José Mari, con el que firmé aquella información, amplió la noticia con todo su conocimiento que valía oro. Entendí la repercusión en tres minutos. La información corrió como la pólvora y los compañeros me escribían: "Brutal, la curva ha dado un salto de usuarios enorme, no recuerdo nada así", me decía alguno. No recuerdo ni si pagué aquel refresco que dejé entero. Me veo ya en la calle, leyendo el mensaje de mi marido: "Lo he visto, te quiero".

Foto: Imagen: Irene de Pablo / El Confidencial Diseño.

La decisión, incomprensible para la mayor parte de la sociedad, generó una ristra de reacciones. Manifestaciones en todas las ciudades de España. Rabia e indignación. "6.000 € ha tenido que pagar La Manada para la libertad provisional. Ese es nuestro precio, compañeras", decía uno de los mensajes en redes sociales sobre la decisión. La consigna general fue la de volver a las calles.

La movilización y el rechazo demostró cómo el caso de La Manada reflejaba más que nunca y más que otros, el divorcio entre la percepción mayoritaria de la calle sobre lo que constituye una violación y lo que no lo es, y la que refleja la ley y la jurisprudencia.

El caso siguió adelante. Tras 365 días libres, el Supremo falló y los cinco miembros del grupo volvieron a la cárcel. Llegada al Tribunal Supremo, aquella sentencia polémica sucedida por una puesta en libertad más polémica aún, dio un salto de los nueve a los 15 años de prisión. No fue abuso, fue violación.

Señor con maletín

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