"¡No me importa! ¡Desmentid eso!". Así se cocinó la exclusiva de la abdicación del Rey
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"¡No me importa! ¡Desmentid eso!". Así se cocinó la exclusiva de la abdicación del Rey

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Imagen: Laura Martín | EC Diseño.

Creo que el hito inicial que ha signado El Confidencial como el medio de referencia en el seguimiento de la monarquía parlamentaria en España comenzó el 15 de abril de 2012 con la crónica que publiqué, abriendo el diario, titulada "Historia de cómo la Corona ha entrado en barrena". La repercusión de aquel texto se debió a que abordaba con la mayor crudeza —y una intensiva labor de recopilación de datos durante horas inolvidables de llamadas fallidas y conversaciones exitosas— las consecuencias del viaje cinegético de Juan Carlos I con Corina Larsen a Botsuana. La extensa crónica que preanunciaba graves dificultades al hoy Rey emérito recabó hasta 350 comentarios de nuestros lectores y tuvo una amplia difusión.

Desde entonces, mantuve una atención permanente a lo que ocurría en Zarzuela y procuré conservar las fuentes que acumulaba desde hacía años, tanto del entorno del Rey como de su familia y colaboradores anteriores. Lo que me permitió adelantar el 22 de febrero de 2013 —menos de un año después de la crónica anterior— que el Rey barajaba la abdicación, una historia que trabajé con tiempo y a la que apliqué una especial paciencia. Había recibido el indicio de que Juan Carlos I estaba pensando en renunciar a la jefatura del Estado, pero sin haber llegado todavía a una conclusión cerrada. Después de avatares diversos, logré ponerme en comunicación con la Casa del Rey y hablar por teléfono con el entonces jefe de la misma, Rafael Spottorno, que cuando escuchó mi pregunta (“¿Es cierto que el Rey está pensando en abdicar?”), se limitó a responder: “¿Puedes venir mañana a la Zarzuela y tomamos un café?”.

Lo hice y allí estuve, en su despacho a las 9:30 de la mañana del día 21 de febrero. No me lo confirmó, no me lo desmintió, pero deslizó una reflexión que me pareció definitiva: “Para que la renuncia se produzca, hay que hacerle al Rey un trabajo psicológico”.

Publiqué la crónica al día siguiente, pero la Casa, que nunca acostumbra a proceder así, la desmintió a través de una nota distribuida por la agencia EFE. Repliqué en El Confidencial con datos incontestables y se hizo el silencio. Sepulcral, porque ningún medio recogió la noticia (lo era que Juan Carlos I acariciase la idea de abdicar y, más aún, la de sus colaboradores entusiastas de que lo hiciera). Ninguno de los demás medios —ni uno solo– se hizo eco de la posibilidad. Pasaron. Una mala costumbre en la prensa española. Y me llegaron hasta improperios que relato en mi libro ‘Felipe VI. Un Rey en la adversidad’ (Planeta 2021), pero yo estaba seguro de que, efectivamente, la cuestión estaba planteada y no tenía marcha atrás.

Con el tiempo, llegué a la conclusión de que el jefe de la Casa del Rey me había utilizado —los periodistas siempre somos utilizados, aunque eso forma parte de la grandeza de nuestro oficio si servimos a la veracidad— para lanzar un globo sonda y observar qué reacciones se producían. No hubo sorpresas expresas, pero sí tácitas. Y aunque ningún medio recogiese la exclusiva de El Confidencial, lo cierto es que se instaló en el ambiente la idea de que el reinado de Juan Carlos I llegaba a su fin.

"Cuando Spottorno escuchó mi pregunta ('¿Es cierto que el Rey está pensando en abdicar?'), respondió: '¿Puedes venir y tomamos un café?"

Y llegó. Lo hizo el 2 de junio de 2014. Cuando nos adelantamos en horas a la declaración institucional de Mariano Rajoy, en la que anunció la abdicación del Rey. Era lunes. La crónica estaba escrita la tarde anterior con todos los datos. Se tituló "El Rey abdica para salvar la monarquía de la crisis institucional". Se cumplía así la hipótesis que planteamos a nuestros lectores en febrero de 2013, apenas un año y cuatro meses antes de que se produjera la renuncia de Juan Carlos I, que acogió con un enorme enfado mi información inicial y que exigió fuera desmentida, aunque se le indicó que había estado la mañana anterior en Zarzuela con el jefe de la Casa. En uno de sus arrebatos de ira, el monarca exclamó: “¡No me importa! ¡Desmentid eso!”.

Nadie desmintió, sin embargo, mi crónica-análisis —siempre en El Confidencial— titulada "El auto exilio de Juan Carlos I", publicada el 16 de marzo de 2020. Se adelantaba que la única salida que les quedaba a Felipe VI y a su Casa, una vez conocidas las conductas financieras intolerables del Rey emérito, consistía en su expatriación.

Foto: Imagen: Irene de Pablo / El Confidencial Diseño.

Igualmente, se me tildó de “excéntrico” e “imaginativo”, pero el 3 de agosto de ese mismo año —menos de cinco meses después de haberlo anunciado—, Juan Carlos I salía de España hacia Abu Dabi, donde permanece. Durante este tiempo, otros compañeros (José María Olmo, Beatriz Parera, Pablo Gabilondo) y yo hemos seguido este asunto tan delicado e importante haciéndolo en avanzadilla respecto de los demás medios de comunicación. De tal manera que, hoy por hoy y desde hace casi una década de las dos que ya ha cumplido El Confidencial, es el medio de referencia para seguir la crisis y los hitos de la monarquía parlamentaria en España, de la peripecia personal e institucional del Rey emérito y de los esfuerzos de Felipe VI. Lo que, además, me ha permitido utilizar la hemeroteca del diario para documentarme en el libro sobre el jefe del Estado actual, publicado en febrero de este mismo año.

Sin la independencia y la impertinencia de El Confidencial, no hubiera sido posible escribir ese texto ni publicar los anteriores, que ofrecieron a los lectores una prueba de vida de nuestra idiosincrasia como medio de comunicación libre. Y en el futuro inmediato seguiremos dando empujones a la historia, adelantando lo que va a ocurrir: es nuestro periodismo de prospectiva.

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