la paz, más lejos con cada atentado

Cuando tu enemigo tiene una vida "normal": el año del miedo en Israel y Palestina

Más de 300 palestinos y una treintena de israelíes han muerto violentamente desde octubre de 2015. No es una nueva intifada, sino ataques aislados que ponen en jaque a Israel

Foto: Fuerzas de seguridad israelíes sellan el escenario de un ataque con un cuchillo en Tal Rumaida, Cisjordania, en septiembre de 2016 (Reuters)
Fuerzas de seguridad israelíes sellan el escenario de un ataque con un cuchillo en Tal Rumaida, Cisjordania, en septiembre de 2016 (Reuters)

Nueve de la mañana de un lunes cualquiera. Un palestino de unos 20 años es cacheado por una patrulla de policías israelíes a pocos metros de la puerta de Damasco. En ropa interior y visiblemente incómodo, el joven aguarda a que su documentación y su mochila sean verificadas. Hace tan solo un par de horas otro muchacho de su misma edad, Ayman al-Kurd, residente en el barrio Ras al-Amud, al este de Jerusalén, ha apuñalado a dos policías a las puertas de la Ciudad Vieja de Jerusalén. El presunto agresor ha terminado malherido en el hospital tras recibir varios disparos. En cuestión de minutos, el dispositivo de las fuerzas del orden israelíes se ha multiplicado y la tensión, que raramente abandona Jerusalén, se hace más palpable.

Hace exactamente un año que comenzaron estos ataques contra israelíes, la inmensa mayoría de ellos cometidos por palestinos muy jóvenes, armados con cuchillos caseros y sin militancia política conocida. Ciudades como Jerusalén, Tel Aviv, puntos de control israelíes o retenes del ejército a la entrada de las colonias israelíes de Cisjordania se convirtieron en escenario de estas agresiones. Era octubre de 2015 y no pocos analistas políticos, activistas, periodistas y autoridades dieron por iniciada la tercera Intifada, pero con el tiempo la temida palabra “intifada” ha ido desapareciendo de los discursos.

“No estamos luchando contra Hamás u otros grupos armados. Nuestro enemigo es una persona que tiene una vida normal, que una mañana sale de su casa e intenta apuñalar a un policía o embiste a varios peatones con su automóvil”, resumía recientemente el portavoz de la policía de Jerusalén, Micky Rosenfeld.

Más que el cuchillo, las tijeras o el destornillador que cargan los agresores, su arma parece ser el aplomo y la convicción de no tener gran cosa que perder. A los autores se les califica de “lobos solitarios”, lo cual convierte sus ataques en acciones prácticamente imposibles de prever y abortar por las fuerzas israelíes de seguridad.

Los testimonios recogidos a lo largo de estos meses con los familiares de estos presuntos agresores se repiten dolorosamente: Alaa Abu Jamal era un padre de familia palestino de 33 años, sin antecedentes penales y con trabajo estable en la compañía de teléfonos israelí. Arrolló a varias personas con su coche en Jerusalén antes de recibir varios disparos mortales. Mohammed Halabi, palestino de 19 años, apuñaló y mató a dos israelíes en la Ciudad Vieja de Jerusalén, antes de morir a manos de la policía israelí. Hadil Awad, de 14 años, no fue a la escuela una mañana e intentó agredir con unas tijeras a varios israelíes en el mayor mercado de Jerusalén. Murió acribillada.

Desde octubre de 2015, 325 personas han perdido la vida en esta ola de violencia. Según la policía israelí, de los más de 300 muertos palestinos, una gran parte eran agresores. Las autoridades palestinas denuncian, sin embargo, que “se dispara primero y se pregunta después” y en la lista hay personas que no tenían ninguna intención de realizar un ataque o ya no representaban ningún peligro. Además, en los ataques han fallecido una treintena de israelíes y cinco extranjeros.

Ahmed Manasra, joven palestino de 14 años, condenado el 7 de noviembre de 2016 por el asesinato de un colono israelí de 13 años en el asentamiento de Pisgat Zeev (Reuters)
Ahmed Manasra, joven palestino de 14 años, condenado el 7 de noviembre de 2016 por el asesinato de un colono israelí de 13 años en el asentamiento de Pisgat Zeev (Reuters)

Jóvenes y sin perspectivas

Según cifras divulgadas por el Shin Bet, los servicios de seguridad interior israelíes, un 37% de los autores de los ataques de los últimos meses tenía menos de 20 años. “Desde el fin de la segunda intifada hace diez años, los jóvenes palestinos sienten que no ha pasado nada y no hay avances hacia la creación de un Estado. Al contrario, su calidad de vida va mermando y se ven cada día más acorralados. La desesperación, la falta de perspectivas, las dificultades económicas de la familia y la escasa libertad sumadas a la decepción que sienten hacia los propios dirigentes palestinos impulsa a estos jóvenes a reaccionar así”, explica Rania AlJawi, responsable en Palestina de los programas de desarrollo infantil y de protección del niño en la ONG Save the Children.

El avance de la colonización israelí en Cisjordania y Jerusalén-Este, la ausencia de expectativas de mejora que castiga a los palestinos y las provocaciones de grupos radicales judíos en torno a la Explanada de las Mezquitas, lugar santo musulmán también venerado por el judaísmo, son citadas por los responsables palestinos como causas de estos ataques.

“Imaginen ustedes que son palestinos, residentes de Jerusalén-Este: Casi 50 años de dificultades a sus espaldas y una enorme y deprimente oscuridad ante ustedes. La tiranía israelí que rige su destino declara de manera arrogante que todo permanecerá así para siempre. Su ciudad seguirá ocupada por siempre. El ministro de Defensa israelí asegura que el estado palestino jamás existirá (…) No hay sueños, no hay deseos (…) Israel es fuerte, tiene a Estados Unidos en el bolsillo, tus líderes son débiles y están aislados y el mundo pierde el interés en tu futuro. ¿Qué haces? Resistir”, escribió al inicio de esta ola de violencia el escritor y periodista israelí Gideon Levy en una columna publicada en el diario Haaretz.

La mayoría de los jóvenes palestinos que desafían a los soldados israelíes no había nacido cuando se firmaron los acuerdos de paz de Oslo, en 1993 entre israelíes y palestinos. Soplaban vientos de esperanza y el camino hacia un Estado palestino parecía trazado. Pero desde entonces, no ha sucedido gran cosa: la paz no solo no se ha concretado sino que las negociaciones llevan años congeladas y los jóvenes palestinos acumulan desilusiones y no creen en sus actuales líderes, sea el presidente Mahmud Abbas o el movimiento islámico Hamás.

Un sondeo reciente realizado por el Centro Palestino de estudios políticos de Ramallah (Cisjordania) concluyó que dos tercios de los ciudadanos creen que la Autoridad Palestina no hace lo suficiente para protegerlos de amenazas como los colonos. Además, un 42% cree que la lucha armada es el medio más efectivo para crear un estado palestino y sólo un 29% cree que las negociaciones de paz pueden ser útiles. “Israel ha estado practicando un terrorismo organizado y una política de provocaciones sistemáticas contra el pueblo de Palestina y la actual situación es la consecuencia natural de décadas de ocupación, humillación, opresión y políticas racistas”, opinó Saeb Erekat, secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

Un soldado israelí religioso custodia el tranvía ligero en el centro de Jerusalén, en enero de 2016 (EFE)
Un soldado israelí religioso custodia el tranvía ligero en el centro de Jerusalén, en enero de 2016 (EFE)

Siempre sospechosos

El gobierno israelí se ha visto sorprendido por esta ola de violencia que no cede pese a las medidas punitivas aprobadas por el ejecutivo, como la demolición inmediata de las casas de los terroristas, mayor presencia policial y del ejército en ciudades como Jerusalén o exhaustivos controles en los barrios palestinos de la ciudad.

“Las fuerzas de seguridad tienen que estar más presentes y actuar con determinación ante cualquier intento de alterar el orden”, ha pedido en estos días el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, cuando se volvieron a registrar varios ataques o intentos de ataques después de semanas de relativa calma.

Mediodía en la calle Jaffa, en el corazón de Jerusalén. El bullicio de los comercios, el ir y venir de decenas de personas que hacen compras o aguardan el tranvía y la algarabía de la salida de clases en una escuela cercana provocan una agradable sensación de normalidad. Una sensación frágil y hasta ficticia.

“Resistí a la primera y a la segunda intifada y no me vi con fuerzas de soportar la tercera. Desde octubre perdimos un 60% de clientes. La gente tiene miedo y ya no sale. No me quedó otra opción”, explica el israelí Eli Levy, propietario del restaurante Eldad Vezehoo, un emblema de la calle Jaffa que cerró sus puertas hace varios meses tras 25 años de andadura. Levy explica que su caso no es un ejemplo aislado. Otros 20 restaurantes han corrido la misma suerte debido a la falta de clientes provocada por este brote de violencia.

Al mismo tiempo, la barrera invisible que separa el Oeste israelí del Este palestino de Jerusalén se ha hecho más palpable en los últimos meses, la desconfianza mutua reina más que nunca en las calles donde cualquier palestino se convierte rápidamente en sospechoso. “Todas las mañanas paso por esta calle. Trabajo en un café que está a 200 metros. Y todas las mañanas me para la policía para pedirme los documentos, mirar mi bolso y hacerme las mismas preguntas. Soy joven, voy solo por la calle y convierto inmediatamente en sospechoso”, explica Mahmud, palestino del barrio de Shuafat, al este de Jerusalén.

La proclamada coexistencia entre israelíes y palestinos en Jerusalén se parece más que nunca a una cohabitación forzada y mal avenida. “Antes iba a tomar café al centro de Jerusalén. Nos instalábamos varios amigos en una terraza al caer la tarde y estábamos a gusto y tranquilos. Hoy es imposible. No estamos cómodos, somos mirados con desconfianza desde el principio, cualquier movimiento de nuestra parte es sospechoso y hay grupos de israelíes extremistas y violentos que agreden cada día a palestinos”, explica Fuad H., funcionario palestino.

Miembros de un equipo especializado trabajan en la escena de un apuñalamiento en la Ciudad Vieja de Jerusalén, en noviembre de 2015 (EFE)
Miembros de un equipo especializado trabajan en la escena de un apuñalamiento en la Ciudad Vieja de Jerusalén, en noviembre de 2015 (EFE)

"No son hechos aislados"

En el lado israelí también se respira miedo. Saber que un ataque se puede producir en cualquier momento y lugar y puede ser perpetrado por personas aparentemente inofensivas crea una sensación de vulnerabilidad en los habitantes de ciudades como Jerusalén. “Hay una sensación de normalidad en Jerusalén, pero el miedo está ahí y se siente. Yo, por ejemplo, no salgo más por la noche”, explica Noam Shavit, padre de familia israelí que hace sus compras en el corazón comercial de Jerusalén.

Y el miedo no sólo afecta a israelíes y palestinos. Desde 2014, el número de turistas extranjeros que visitan ciudades como Jerusalén decrece. Primero fue la guerra en Gaza, en 2014 y después esta ola de violencia. Según cifras del ministerio de Turismo israelí, en 2013 se contabilizaron 3,5 millones de turistas y en 2015 el número total rondó los tres millones.

La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ha acusado a Israel de cometer “ejecuciones extrajudiciales” y ha pedido a la comunidad internacional que abra una investigación oficial sobre la muerte de palestinos desde octubre de 2015, tal y como ha solicitado Suecia. En los últimos meses, la Unión Europea, la ONU y Estados Unidos han dado un toque de atención a Israel y han pedido contención en el uso de la fuerza. “Estas ejecuciones no son hechos aislados. Israel debe rendir cuentas por haber cometido estos crímenes”, dijo Erekat.

Las autoridades israelíes niegan estas acusaciones y estiman que si no hubiera tanta “provocación” e “incitación a la violencia” de parte de los palestinos, no se verían obligados a reaccionar tan rápido para proteger a los civiles. Rosenfeld ha asegurado en varias ocasiones que la policía de Jerusalén dispara “sólo cuando hay que disparar”.

El pasado marzo las imágenes de un soldado israelí rematando en el suelo a un palestino herido que acababa de apuñalar presuntamente a otro militar en el corazón de la ciudad palestina de Hebrón, en Cisjordania, chocaron especialmente a la opinión pública. El hecho de que el palestino estuviera ya malherido, en el suelo y desarmado provocaron serias críticas contra las fuerzas de seguridad de Israel.

“Disparar a una persona herida e indefensa, incluso si está implicada en un ataque no tiene justificación alguna y debe ser juzgado como un posible crimen de guerra”, dijo Philip Luther, director para Oriente medio de Amnistía Internacional. El momento fue grabado por un activista de la ONG israelí B'tselem y las imágenes dieron la vuelta al mundo. Netanyahu prometió una investigación seria y el militar fue detenido y está siendo juzgado. 

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