víctimas de la superstición en centroáfrica

'Brujería' en República Centroafricana: la maldición de los 'niños serpiente'

En la República Centroafricana, los menores discapacitados son a veces acusados de brujería. Muchos son asesinados o abandonados a su suerte para que mueran

Foto: Emmanuel, el niño serpiente, en brazos de su abuelo Gabriel. (Foto: T. Deiros)
Emmanuel, el niño serpiente, en brazos de su abuelo Gabriel. (Foto: T. Deiros)

Quién sabe qué sucedió en el cerebro de Emmanuel. Fuera lo que fuera, le arrebató casi todo: las palabras, los pasos, la vida que le aguardaba. ¿Fue ese parto difícil en el que quizá le faltó el oxígeno? ¿Sufrió una parálisis cerebral? Es posible, pero ahora, 13 años después, solo quedan las cábalas. En su país, la República Centroafricana, el niño no halló la mano salvadora de un médico que atajara el ciclón. Emmanuel luchó solo. Su cuerpo sobrevivió, pero su victoria es una trampa. El chico no habla, no se tiene en pie, sus miembros han quedado plegados para siempre, rígidos. Fuera lo que fuera lo que le sucedió, las emociones siguen ahí. En su mente ha quedado una vaga conciencia de sí mismo, la huella de una identidad. “¡Emmanuel!”, dice su abuelo. Y el niño sonríe, levanta la cabeza y le mira.

Emmanuel solo tiene a sus abuelos. El abuelo, Gabriel, enjuga con un pañuelo su saliva mostrándole un afecto que parece infinito. Los padres del niño tiraron muy pronto la toalla y se esfumaron, quizás abrumados por la inmensidad de sus secuelas o puede que horrorizados por la posibilidad del estigma que tantas veces acompaña a la discapacidad en sociedades como la centroafricana, en las que lo que se dirime cada día es la supervivencia. O por miedo. Porque Emmanuel es un 'niño serpiente', un pequeño que de acuerdo con las creencias tradicionales centroafricanas entra dentro de la categoría de discapacitados sospechosos de haber sido poseídos por ese reptil. Una superstición que se invoca a menudo cuando una persona, especialmente un niño, muestra unas secuelas que recuerdan vagamente las características o el movimiento de ese animal: incapacidad de permanecer de pie, lengua que sobresale de la boca o movimientos sinuosos para desplazarse si los dejan tumbados en el suelo.

Las acusaciones de brujería se dirigen siempre contra los más vulnerables: los discapacitados, los enfermos mentales, las ancianas sin familia y los huérfanos

De niños como Emmanuel, muchos centroafricanos sospechan que mantienen, ellos o sus familias, conexiones con el mundo de la brujería, un universo imaginario e invisible, paralelo al real, en el que muchas personas de este país creen y que da respuestas cuando la razón pierde pie. Ese mundo paralelo, hijo de la rica mitología animista local y poblado por brujas, hombres cocodrilo, sirenas y niños serpiente, “ofrece un marco de interpretación del fracaso, de la desgracia y de la pobreza” en contextos de extrema dificultad, aclara la investigadora del fenómeno de la violencia antibrujería en África Aleksandra Cimpric en uno de sus artículos. No por casualidad, las acusaciones de brujería se dirigen siempre contra los más vulnerables de la comunidad: los discapacitados, los enfermos mentales, las ancianas sin familia y los niños huérfanos. Estas denuncias acaban en algunas ocasiones con una muerte violenta, sobre todo en la región de la capital, Bangui, y en la vecina prefectura de la Lobaye. Cimpric cita un caso publicado por el diario 'Le Citoyen' en 2006, que relataba cómo una niña centroafricana de nueve años había sido quemada viva por su tutora, que la acusaba de practicar la brujería.

El cóctel de atraso -Centroáfrica es el segundo país más subdesarrollado del mundo, según la ONU-, violencia y analfabetismo (más del 50% de la población), combinado con las creencias animistas y el horror al vacío de la mente humana -que tiende a buscar explicaciones para lo que desconoce, por irracionales que estas sean-, son el caldo de cultivo de supersticiones como la de los niños serpiente.

Una madre, con un niño aquejado de malnutrición en un hospital de Bangui, República Centroafricana, en febrero de 2014. (Reuters)
Una madre, con un niño aquejado de malnutrición en un hospital de Bangui, República Centroafricana, en febrero de 2014. (Reuters)

“Hay algo malo en ellos”

Nathalie no es una iletrada. Esta mujer en la treintena posee una licenciatura en Sociología y colabora con una de las organizaciones que apoyan al Centro de Rehabilitación para Discapacitados Motores (CRHAM) de Bangui, la modesta institución donde Emmanuel acude a rehabilitación gracias al apadrinamiento de la ONG italiana Cooperazione Internazionale (COOPI).

Delante del abuelo del pequeño, Nathalie habla de enfermedades y médicos. Sin embargo, una vez que el hombre se ha marchado con el niño en brazos, su discurso cambia y tuerce el gesto: “Sí, estos niños han tenido una enfermedad, pero hay algo malo en ellos, algo dentro de ellos”. Y entonces empieza a contonearse imitando los movimientos de un reptil: “¿No lo ves? Son como serpientes: son niños serpiente”. Esta socióloga que ahora cursa un máster en la Universidad de Bangui cree a pies juntillas en lo que dice y luego intenta convencer a su interlocutor de que un niño de su barrio con secuelas parecidas a las de Emmanuel tenía el poder de mutar en animal. En su relato, ese niño desapareció el día en que la familia encontró y mató a una serpiente cerca de su casa: “La serpiente era el niño, por eso no lo encontraron”, afirma sin atisbo de duda.

La creencia en la brujería está tan asumida que incluso figura en un código penal que prevé penas de cárcel para este 'delito' en sus artículos 162 y 162 bis

El pequeño de esta historia desapareció al día siguiente de la muerte de su padre, la persona que se ocupaba de él. ¿Se deshizo alguien del niño por comodidad o por miedo? Lo cierto es que no sería el primer caso en que un niño serpiente es asesinado en Centroáfrica tras la muerte de sus cuidadores, o bien después de ser acusado de brujería tras serle atribuida una desgracia en su entorno, como la muerte del hijo de un vecino, unas lluvias torrenciales o una epidemia. En este país, la creencia en el mundo mágico está tan asumida que incluso figura en un código penal que prevé penas de cárcel para este 'delito' en sus artículos 162 y 162 bis. En 2009, de acuerdo con Aleksandra Cimpri, el 70% de las reclusas de la prisión central de mujeres de Bangui estaban allí acusadas de brujería.

Monique Bokossy Kobo es la otra cara de la moneda. También ella es socióloga y además dirige el proyecto de apadrinamiento de COOPI en Centroáfrica. Bokossy tiene experiencia en proteger a niños acusados de brujería y conoce bien los riesgos a los que se enfrentan los discapacitados como Emmanuel.

“El mito del niño serpiente procede de la etnia Ngbaka, en la región de la Lobaye [a unos 100 km. de Bangui, la capital]. Sus miembros creen que un brujo ha echado un sortilegio a los niños que no se tienen en pie”, explica esta socióloga.

El Centro de Rehabilitación para Discapacitados Motores de Bangui. (Foto: T. Deiros)
El Centro de Rehabilitación para Discapacitados Motores de Bangui. (Foto: T. Deiros)

Cariño contra el estigma

Algunos de estos menores son asesinados o abandonados para que mueran cuando la familia “se ve superada” por una discapacidad que debe afrontar en solitario, explica Bokossy, en un país que carece totalmente de instalaciones sanitarias que asuman el cuidado de estas personas. En ciertos casos, “los familiares del niño lo depositan bajo un gran árbol y luego cuentan que el pequeño se ha reunido con los ancestros cuando, en realidad, quizás ha sido devorado por un animal salvaje. Eso fue lo que le sucedió a un niño de 12 años de mi pueblo al que la familia abandonó en la selva. Otras veces los familiares ni siquiera se acercan al niño o lo maltratan para que muera rápido”. “Estos niños le dan miedo a mucha gente”, deplora la cooperante.

La RCA es un mosaico de culturas y, en algunas de ellas, por el contrario, se considera a los niños discapacitados “como una bendición que protege espiritualmente a la familia y le da suerte”, recalca Bokossy. Sin embargo, en Bangui, donde vive Emmanuel, predomina el estigma.

El abuelo de Emmanuel es un hombre sereno. Él y su mujer no solo no han rechazado a su nieto sino que se ocupan de él con un afecto conmovedor. El chico está bien cuidado y alimentado, su ropa está limpia y reacciona al cariño que su abuelo le prodiga. Hay mucha resignación en la voz de Gabriel cuando habla de la situación del niño. También explica que alguna vez se le ha acercado una persona para sugerirle que llevara a su nieto a un brujo para romper el encantamiento. Pero él no cree en brujerías: “Mi nieto está así por una enfermedad”, zanja. Quizá porque a Emmanuel su familia no lo ha rechazado, sus vecinos tampoco lo han hecho. La incertidumbre, sin embargo, pesa sobre su destino: ¿qué será de él cuando sus abuelos ya no estén si su única hermana, que ahora tiene solo ocho años, no asume su cuidado?

Gabriel no cree en brujerías, y tal vez porque la familia no ha rechazado a Emmanuel, sus vecinos tampoco

Gabriel parece haberse reconciliado con ese destino que se muestra tan implacable con él, su mujer y sus nietos. Como la inmensa mayoría de los centroafricanos, es pobre y sobrevive haciendo trabajos ocasionales cuando le surgen. Pero no se queja ni pide nada, pese a que es fácil suponer el desamparo en el que vive su familia, del que solo escapan un poco gracias al apoyo de la ONG que apadrina a Emmanuel. Su vida no deja por ello de ser una prueba cotidiana.

A Emmanuel hay que alimentarlo, vestirlo y lavarlo, por el día y por la noche, porque no controla los esfínteres. Su cuerpo sigue creciendo, indiferente a ese cerebro que parece haberse quedado atrás. Debe de medir 1’45 metros y pronto tendrá la envergadura de un adulto joven. Los algo más de 30 kilos de este adolescente de cuerpo magro no parecen tan livianos cuando Gabriel carga con su peso muerto. Con su nieto en brazos, emprende el ascenso colina arriba hacia la cabaña en la que viven en el conflictivo barrio de Boy Rabe, en la capital de la República Centroafricana.

Desplazados por la violencia intercomunal en el campo de M'Poko en Bangui, República Centroafricana, en febrero de 2014. (Reuters)
Desplazados por la violencia intercomunal en el campo de M'Poko en Bangui, República Centroafricana, en febrero de 2014. (Reuters)

Esperando un milagro

Emmanuel carece de silla de ruedas y en su casa, como en casi todas en este país, no hay ni electricidad ni agua corriente: solo una fuente en el vecindario desde la que hay que acarrear el agua. Lo que en una familia con todos sus miembros sanos es ya una tarea penosa, en este caso, con un adolescente discapacitado e incontinente, estas carencias multiplican una carga ya muy pesada para un hombre de 62 años y su mujer. A su edad, Gabriel es un anciano en un país cuya esperanza de vida apenas supera los 50 años.

En su barrio, Boy Rabe, un vecindario muy peligroso por ser el feudo de las milicias Antibalaka, la vida cotidiana está hecha de mosquitos, de malaria recurrente, de aguas fecales, de basura invadiendo las calles sin asfaltar y de infecciones que se enseñorean al amparo de la miseria. El difícil día a día de la familia de Emmanuel tiene además como trasfondo la violencia provocada por la guerra que desde 2013 ha enfrentado a dos grupos armados, los Seleka y los Antibalaka -de mayoría musulmana y cristiana, respectivamente-, un conflicto que solo ahora empieza a atisbar un final siempre incierto tras la elección en las urnas de un nuevo presidente bajo la tutela de la comunidad internacional.

Gracias a que los lunes, miércoles y viernes Gabriel lleva a su nieto a las sesiones de rehabilitación, Emmanuel ha recibido una dádiva: poder permanecer sentado. Sus músculos rígidos se han doblegado algo y, aunque atado con correas a una silla que le han construido en el CRHAM, ya no pasa todo el día tumbado en el suelo.

La carga es enorme para un anciano de 62 años en un país donde la esperanza de vida ronda los 50. La familia vive en el peligroso barrio de Boy Rabe, feudo de las milicias Antibalaka

Cerca de Gabriel y su nieto, una mujer sostiene en brazos a una niña diminuta. Se llama Raquel. En su rostro infantil, hay una nota discordante: sus dientes. Son grandes, como los de un adulto. Raquel tiene 19 años.

La enfermedad o el síndrome que padece esta joven es también un misterio. Apenas mide un metro, aunque está proporcionada. En ella, la pubertad ha pasado de largo. Tampoco camina ni apenas habla. Otra persona discapacitada, otra niña serpiente que, como Emmanuel, quizás ha conservado más capacidades intelectuales de las que puede expresar y que, de haber nacido en un país desarrollado, podría haber logrado una cierta autonomía.

Pero lo que en Europa es difícil, aquí sería un milagro. “Solo le pido a Dios que, antes de morir, me permita ver cómo ni nieto se levanta y anda”, dice el abuelo Gabriel. Y ese milagro que espera le permite no perder la fe.

*Los nombres de los niños son ficticios para proteger su identidad.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios