LA REDENCIÓN DE LOS NIÑOS SOLDADO DE SELEKA

"Estos niños han matado a mucha gente que les suplicaba clemencia"

El Confidencial visita el centro de reinserción donde un grupo de antiguos niños soldado trata de superar su horrendo pasado en la República Centroafricana

Foto: Una clase de alfabetización de antiguos niños soldados en el centro de reinserción de Bangui. (Trinidad Deiros)
Una clase de alfabetización de antiguos niños soldados en el centro de reinserción de Bangui. (Trinidad Deiros)

La casa donde viven los 27 niños en el centro de Bangui (República Centroafricana) está llena de pesadillas pobladas por el rostro de sus víctimas; de pecados cometidos por quienes les pusieron un arma en las manos y les obligaron a elegir entre matar o morir. El Confidencial visita el centro de reinserción donde un grupo de antiguos niños soldados trata de superar su horrendo pasado.

Assa (nombre ficticio elegido por él mismo) apenas despega la mirada del suelo. Ahora tiene 17 años. Fue hace tan sólo 24 meses cuando esas manos en las que apoya la frente empezaron a mancharse de sangre. “He hecho mucho daño”, musita. “Y me arrepiento mucho”, añade, con una voz que destila una amargura sin fin.

Un discreto portón azul, que separa la propiedad de una pista de tierra hacia Bangui, es la frágil barrera que protege a estos adolescentes de la milicia antagonista de los Seleka, los AntibalakaEn esta casona destartalada de dos plantas, viven ocultos, camuflados ante los vecinos del barrio bajo la etiqueta de “niños vulnerables”, 27 adolescentes, exsoldados de la aborrecida alianza rebelde de mayoría musulmana Seleka, la horda de bárbaros y mercenarios que, en marzo de 2013, derrocó a otro exgolpista, el presidente de la República Centroafricana François Bozizé. Un enésimo golpe de Estado que ahondó la desgracia de un país al que ya antes el olvido del mundo había puesto de rodillas.

Un discreto portón azul, que separa la propiedad de una pista de tierra que conduce a Bangui, la capital del país, es la frágil barrera que protege a estos adolescentes de entre 14 y 17 años de la milicia antagonista de los Seleka, los Antibalaka (antimachete), que surgieron en principio como brigadas de autodefensa para terminar siendo casi tan brutales como sus enemigos. Ni la expulsión de los Seleka del poder ni la formación de un Gobierno de unidad nacional de transición en enero de este año han aplacado su sed de venganza. Pero esa cancela camuflada entre altos arbustos no sólo es un parapeto para estos chicos, sino también la frontera entre el horror y la posibilidad de redención que les ofrece un programa de reinserción de niños soldados financiado por UNICEF y gestionado por la ONG italiana COOPI.

El nombre de los niños es secreto; también los apellidos de los miembros del personal de la institución, que se exponen a ser asesinados por los Antibalaka y que tienen orden estricta de no hablar a nadie del pasado de estos adolescentes. Para los jóvenes han inventado incluso una vida postiza destinada a esconder su terrible experiencia ante el mundo, sobre todo ante sus compañeros en una escuela de formación profesional a la que los chicos acuden para aprender diversos oficios, como mecánica, costura o serigrafía. 

Un soldado acuchilla a un supuesto Seleka el 5 de febrero en Bangui (Reuters).
Un soldado acuchilla a un supuesto Seleka el 5 de febrero en Bangui (Reuters).

“Este chico ha matado a mucha gente”

Este chico (Assa) ha matado a mucha gente”, explica a El Confidencial Monique, una de los dos directores de este centro destinado a ser un paso previo a la reinserción de los menores en sus familias. “Un día, la radio estaba informando del hallazgo de una fosa con medio centenar de cadáveres, ya putrefactos, en Bangui. De repente, vimos que Assa se sobresaltaba y que empezaba a encontrarse mal. Después terminó confesándome que él había participado en esa carnicería”.

Un día, la radio estaba informando del hallazgo de una fosa con medio centenar de cadáveres, en Bangui. De repente, vimos que Assa se sobresaltaba. Terminó confesándome que él había participado en esa carniceríaComo a la mayoría de sus compañeros, cuando la vida repartió sus cartas, a Assa le tocaron las peores. Proviene de una zona rural cercana a Grimari, a 300 kilómetros al norte de la capital, y desde muy joven tuvo que ingeniárselas para alimentarse. “Mi padre nos abandonó a mí, a mi madre y a mis cuatro hermanas. Yo era el único hombre de mi familia y tenía que ganarme la vida. Lo hacía comprando en Bangui cartuchos que luego revendía a cazadores. Un día, en un control del ejército, los militares me robaron la mercancía de la que dependía que mi familia comiera”, cuenta Assa.

La injusticia de la que había sido víctima este chico lo llevó directo a las filas rebeldes. Anicet, el otro director del centro, explica que en muchas ocasiones a los Seleka ni siquiera les hacía falta secuestrar a los niños. “Los grupos armados llegaban a un lugar donde no había nada y les hacían promesas a los niños, les daban esperanza. Algunos (como Assa, que es analfabeto) no habían pisado nunca una escuela. Luego ese niño crece y empieza a oír en la radio que otros acceden a cosas de las que él carece; a ver que tienen una moto, mientras que él no tiene nada. No tenían nada que perder, mientras que los grupos armados tenían mucho que ganar, porque un niño a quien le ponen un arma en las manos no pregunta los porqués. Obedece y basta”, cuenta Anicet.  

Antiguos Seleka se dirigen a un pueblo atacado en Bambari (Reuters).
Antiguos Seleka se dirigen a un pueblo atacado en Bambari (Reuters).

“Antes no mataría ni a una mosca. Ahora lo hago sin titubear”

El director del centro recalca que estos antiguos niños soldados no responden a un perfil concreto. “Unos se unieron porque sus padres eran de los Seleka, otro porque un militar centroafricano mató a su hermano, otros para defender a su familia y otros simplemente para comer todos los días. Son niños que tienen un nivel educativo tan ínfimo que algunos no saben ni escribir su nombre. Nosotros tratamos de alfabetizarlos y les hacemos un seguimiento psicológico completo, pero somos conscientes de que la reintegración será muy difícil en un país cuyo tejido económico ha quedado destruido”.

Merveille estudia costura, sonríe, y sueña con abrir su propio taller. Es un caso que apunta al éxito. Incluso le gusta contar su historia. Explica cómo los niños iban al frente sin miedo porque sus mandos les habían convencido de que eran inmortales

La decisión “equivocada” de unirse a los Seleka, reconoce Assa, le ha cambiado: “Antes yo no era capaz de hacerle daño a una mosca. No se me hubiese pasado por la cabeza matar a una persona. Ahora puedo hacerlo sin titubear”.

No se ha perdonado a sí mismo. Puede que no lo haga nunca. La codirectora del centro, Monique, explica que el joven está severamente traumatizado: “Muchas noches se despierta gritando, incluso corre en sueños vociferando ‘¡dejadme!’ y dando manotazos al aire, tratando de soltarse de alguien que le agarra. En sus pesadillas ve las caras de la gente que ha matado, y cree que son fantasmas que han vuelto para vengarse. Hay que tener en cuenta que estos niños han matado a personas que, ante ellos, les suplicaban que tuvieran piedad. Esas imágenes les persiguen, las reviven constantemente”.

Merveille, una terrible historia con final feliz

En realidad, una vez caídos en la trampa tejida con promesas de los rebeldes, los jóvenes no tenían otra opción que matar. Merveille, una joven de 17 años a quien la falta de futuro empujó también a unirse al grupo armado, cuenta a este diario cómo era su adiestramiento. “Nada más entrar en los Seleka, lo primero que hicieron fue enseñarme técnicas para asesinar. El comandante nos dijo que si no matábamos a quienes ellos nos dijeran, nos matarían a nosotros. Así que lo hacíamos. Y si dudabas o desobedecías una orden, te ataban y te torturaban”.

Una de las jóvenes que residen en el centro (Trinidad Deiros).
Una de las jóvenes que residen en el centro (Trinidad Deiros).
Merveille tenía 15 años cuando se unió a la alianza rebelde. Procede de Sibut, a 186 kilómetros de Bangui, y desde los once años recorría las calles vendiendo comida para alimentar a sus ocho hermanos. “Tuve que dejar la escuela. Mi hermana mayor me dijo que mi vida sería mejor si entraba en el grupo armado porque luego, cuando tomaran el poder, me harían soldado del ejército”, explica. En su comando, “había muchos niños”, incluso más jóvenes que ella. “Algunos murieron en los combates”, dice. Mientras habla no para de retorcerse las manos.

Como las otras cuatro niñas que viven ahora en esta casa de redención, Merveille fue violada. “Las niñas de los grupos armados”, explica la directora del centro, “además de ir al frente, tienen otras funciones: satisfacer a los comandantes, que las convierten en instrumentos sexuales, y hacer de criadas. Muchas veces, estas niñas sufren violaciones en grupo, de cuatro o cinco hombres que se turnan para abusar de ellas delante de todo el mundo”.

Abusos tan salvajes y repetidos a mujeres tan jóvenes han provocado secuelas físicas irreversibles a algunas de ellas. “Aquí hemos tenido chicas que, a fuerza de ser violadas, han quedado estériles. Otras han contraído enfermedades de transmisión sexual”, deplora la directora. Elena Lavin, la responsable de este proyecto en la ONG italiana, explica que cuando Merveille llegó al centro se encontraba en estado de shock: “No hablaba, decía que oía voces y estaba ausente. Tuvimos que llevarla a un psiquiatra”.

Eran chicos que no tenían nada que perder, mientras que los grupos armados tenían mucho que ganar, porque un niño a quien se le pone un arma en las manos no pregunta los porqués. Obedece y basta

Pero las voces han callado. Merveille estudia costura, sonríe y sueña con abrir su propio taller. Es un caso que apunta al éxito. Incluso le gusta contar su historia. Explica cómo los niños iban al frente sin miedo porque sus mandos les habían convencido de que eran inmortales: “Nuestros comandantes nos daban grigris (amuletos tradicionales africanos) y una cuerda. Nos decían que si nos atábamos la cuerda a la cintura, nadie podría matarnos”.

Cuando la superstición y las torturas no bastaban para someter a los niños, entraban en juego las drogas. Merveille recuerda que cuando tenían hambre o miedo, cuando lloraban, les decían: “En lugar de llorar como un bebé, toma esto”. “Esto” es un medicamento, Tramadol, un compuesto opiáceo que se usa como analgésico pero que, en dosis elevadas (les hacían tomar la mitad de una caja cada vez), provoca excitabilidad, alteraciones en la percepción y, como efecto rebote, la posterior pérdida de la capacidad de resistencia. La droga tenía un doble efecto, explica la directora del centro: “Primero, volvía a los niños brutales; después, el medicamento los dejaba sin capacidad de reacción. Ese momento era el que aprovechaban para violar a las niñas y, a veces, también a los niños”.

Milicianos anti-balaka posan en una calle de Bangui, la capital del país (Reuters).
Milicianos anti-balaka posan en una calle de Bangui, la capital del país (Reuters).

Los meses, a veces años, que estos chicos pasan con los grupos armados, obligados a cometer todo tipo de atrocidades y siendo ellos mismos objeto de abusos, devastan su personalidad, recalca Elena Lavin. Cuando ingresan en el centro, parecen animales heridos y se pasean por la casa “con un palo” para defenderse, corrobora Anicet, que, sacudiendo la cabeza, subraya: “Tienen tanta ira dentro”. Bien lo sabe él. Este educador de 32 años ha sido apaleado y apuñalado por los niños, que no se han amedrentado ante su 1,90 de estatura.

Boucabar y Assa, los jóvenes “perdidos”

Días después de hablar con El Confidencial, Assa fue expulsado del programa de reinserción por haber propinado una brutal paliza con una estaca a otra de las niñas del centroBoubacar juega un solitario árabe sentado a la sombra de una palmera. Está solo, apartado del grupo de adolescentes, que ríen y se toman el pelo unos a otros. Es un chico bajo para su edad, 17 años, pero con ojos de pedernal. Al extraño que se le acerca, lo fulmina con la mirada. Boubacar tenía 8 años cuando fue enrolado por uno de los grupos armados que después se unieron para formar Seleka. Desde entonces ha pasado por tres milicias diferentes e, incluso, ha sido desmovilizado en otra ocasión anterior.

El joven no tiene padres. Vivía con una abuela que no pudo impedir que pasara demasiado tiempo en la calle, su trampolín para entrar en el grupo armado. Un día, durante una reunión convocada por otros parientes para convencerlo de que dejara las armas, Boubacar mató a seis miembros de su familia: un tío, su mujer, el hijo de ambos, y otros tres primos. Quizás fue ese día cuando cruzó la línea tras la que no hay vuelta atrás. “Está perdido”, asevera Anicet.

“Los niños establecen lazos muy estrechos con su jerarquía y es muy difícil romper esos lazos. Sabemos que Boubacar está aún en contacto con su comando y que sólo espera salir de aquí para unirse de nuevo a ellos”, explica el educador. Para este chico, que hace poco rompió un dedo a uno de sus compañeros y que sigue siendo adicto a las drogas, la ayuda ha llegado demasiado tarde. También para Assa quien, días después de hablar con El Confidencial, fue expulsado del programa de reinserción por haber propinado una brutal paliza con una estaca a otra de las niñas del centro, que acabó en el hospital. Boubacar y Assa son ya carne de cañón.

*Todos los nombres de los niños mencionados en este artículo son ficticios. 

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