Soldados de élite españoles para proteger a los últimos musulmanes de Bangui
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LA MISIÓN DE ESPAÑA EN REPÚBLICA CENTROAFRICANA

Soldados de élite españoles para proteger a los últimos musulmanes de Bangui

"Los españoles trabajan bien". Habla un musulmán de Bangui. Sobrevive gracias a la labor de las tropas. 'El Confidencial' las acompaña en un día de trabajo

El Confidencial acompaña a los miembros del Grupo de Operaciones Especiales “C.L. Maderal Oleaga XIX”, integrantes de la fuerza europea EUFOR RCA, en una patrulla por las calles del último vecindario islámico de Bangui, la zona más peligrosa de la capital centroafricana. La presencia disuasoria de los españoles ha contribuido a detener el reguero de asesinatos de musulmanes a manos de sicarios del grupo armado Antibalaka, que aún siguen al acecho, fuertemente armados.

La muerte se adueñó en diciembre del barrio PK5, el último bastión de los musulmanes de Bangui, cuando los combates entre dos grupos armados, Seleka y Antibalaka, cubrieron de cadáveres la capital centroafricana. Desde entonces y hasta junio, 595 personas pasaron por la morgue de la mezquita Ali Babolo del PK5. Hombres y mujeres, decapitados, mutilados o quemados vivos con las manos atadas a la espalda. También niños que, como una criatura de cuatro años que llegó degollada a ese lugar de culto, nada sabían del odio que los Antibalaka profesan a los islámicos, a quienes consideran cómplices de sus enemigos, los Seleka, de mayoría musulmana.

En este infierno en el que la única esperanza era la huida, el reguero de muertos se detuvo en junio. Aunque para entonces la violencia había ya disminuido en toda la ciudad, vecinos del PK5 atribuyen el final de las atrocidades a la presencia disuasoria en sus calles de los soldados de operaciones especiales y de los guardias civiles españoles integrados en la fuerza militar de la Unión Europea para República Centroafricana, EUFOR RCA. Desde que empezaron a patrullar el vecindario islámico, no se ha conocido ningún nuevo asesinato masivo a manos de los Antibalaka. El último fue el 25 de mayo, cuando aparecieron los cadáveres, salvajemente mutilados y con el corazón arrancado, de tres adolescentes, raptados cuando se dirigían a un partido de reconciliación.

El patrullaje, en el que los militares escoltarán a un grupo de gendarmes franceses, arranca en la rotonda del almirante Koudoukou, presidida por una estatua cubierta de pintadas contra la antigua potencia colonial, Francia. La plaza, sin apenas tráfico, marca la frontera que ni siquiera los taxistas locales se atreven a cruzar. Temen sufrir la oleada recurrente de represalias y venganzas entre cristianos y musulmanes; toparse con los mercenarios chadianos y sudaneses que los rumores sitúan en el barrio, o bien ser víctima de una de las granadas que se consiguen en este país por menos de un euro.

Hombres “fuertemente armados”

Los soldados españoles encaran la avenida Koudoukou, la principal arteria de lo que se ha convertido en un gueto del que los musulmanes de la ciudad no pueden salir a riesgo de ser asesinados o linchados. La apariencia de normalidad de la avenida, plagada de puestos de frutas y verduras, es engañosa. En esta guerra larvada, el enemigo no es un ejército, sino una sombra, milicianos sin rostro que aprovechan la noche y las calles muchas veces desiertas para atacar. Quizás por ese carácter escurridizo, por esa amenaza poco convencional, se ha decidido que sean estos soldados de élite, entrenados para “ver sin ser vistos”, explica uno de ellos, quienes garanticen la seguridad del tercer distrito de Bangui y de su corazón: el barrio musulmán del PK5.

La muerte se adueñó en diciembre del barrio PK5, el último bastión de los musulmanes de Bangui, cuando los combates entre dos grupos armados, Seleka y Antibalaka, cubrieron de cadáveres la capital centroafricana. Hombres y mujeres, decapitados, mutilados o quemados vivos con las manos atadas a la espalda

La vigilancia de los militares, ayudados por cámaras de visión nocturna y otros sensores, les ha proporcionado información que confirma que la calma está muy lejos de ser definitiva. Un oficial del contingente relata cómo “han detectado”, en la oscuridad sin luz eléctrica de los alrededores del barrio musulmán, a hombres “fuertemente armados” con fusiles de asalto Kalashnikov y RPG (lanzagranadas propulsadas por cohete, un arma antitanque portátil) que siguen acechando. Su escondrijo es, casi siempre, la tierra de nadie de casas destruidas que rodea el PK5. Lo que ahora es un panorama de desolación era antes el mayor mercado de la ciudad.

Los guardias civiles españoles, que también patrullan en el tercer distrito, comprobaron el pasado jueves en carne propia que las armas siguen circulando por el vecindario. Cuando se disponían a detener a un individuo que portaba un fusil AK-47, este abrió fuego contra los agentes, cuyos coches sufrieron el impacto de varias granadas que sólo causaron daños materiales.

Un entorno "seguro"

“De día, en esa zona desierta, vemos sólo a saqueadores que roban los ladrillos de los muros que siguen en pie y lo poco que queda por robar. De noche, avistamos a grupos de personas que se escabullen cuando nos ven”, explica a El Confidencial Francisco D.L., el oficial que comanda la patrulla de los militares españoles. Los soldados callan sobre otras operaciones, más sofisticadas que los patrullajes, que probablemente llevan a cabo. Cuando se les pregunta sí están poniendo en práctica el tipo de operación para el que se entrena a un miembro de las fuerzas especiales, guardan silencio. Alguno dice: “Yo no he participado en esas operaciones”, subrayando mucho el “yo”.

El comandante Alejandro Martínez Nacarino, jefe de operaciones y oficial de prensa, explica a este diario que su misión es “crear un entorno lo suficientemente seguro en el barrio” para que la Misión bajo liderazgo de la Unión Africana en la República Centroafricana (MISCA, en sus siglas en francés), que cuenta con 5.000 soldados, pueda asumir el cometido que ahora garantizan las tropas europeas. Además de España, países europeos como Francia, Letonia y Finlandia, entre otros, participan en EUFOR RCA.

“Franceses, ladrones de diamantes”

El planteamiento de esta misión militar ha sido delicado, incluso si en apariencia el contexto centroafricano podía resultar sencillo para unos militares bregados en lugares como Afganistán o Irak. Además de la MISCA, en el país está desplegada desde diciembre otra misión, la francesa. La operación bautizada como Sangaris cuenta con 2.000 hombres.

El problema radica en que Francia cometió un error de bulto a la llegada de estos soldados a la República Centroafricana. Los Sangaris, como son conocidos aquí, desarmaron sólo a los Seleka, que hasta entonces habían protagonizado la mayoría de los crímenes en el país, infravalorando la capacidad letal de sus antagonistas, los Antibalaka, y sus ansias de venganza. Este desarme facilitó que la milicia desencadenara una persecución mortal, no sólo contra los Seleka, sino contra toda la minoría islámica sin distinción. El resultado es que, de los más de 100.000 musulmanes que vivían en Bangui, ahora sólo quedan 3.000. Son los que resisten en el barrio PK5, cuya protección se ha encomendado a las tropas españolas.

El resentimiento que reina hacia los franceses, que también comandan la operación EUFOR RCA, podía haberse hecho extensivo a todos los componentes de la misión europea, incluido a España, que lidera el mando de operaciones especiales. Las calles y muros del barrio musulmán por el que patrulla el contingente español están plagados de pintadas que tildan a los Sangaris de “ladrones de diamantes” (Centroáfrica posee ricas minas de ese recurso natural) y a Francia de verdugo de los musulmanes.

“Los españoles han sabido ganarse a la población”

No ha sido así. Los soldados españoles, subraya el comandante Nacarino, “han sabido ganarse a la población”, una afirmación que parece avalada por el cálido recibimiento que los comerciantes musulmanes dispensan a unos militares que se muestran afables y se paran a hablar con ellos delante de sus puestos. Además, España no arrastra, como es el caso de Francia, el pesado legado de una colonización sangrienta y de la posterior injerencia en los asuntos internos de este país africano que ha marcado la política de París hacia este Estado.

“Vosotros, los franceses, lo habéis arruinado todo. Los españoles pueden estar aquí; los franceses marchaos a vuestra casa. Un día, África va a golpear a Francia, y entonces ya veréis”, espeta un comerciante al jefe de los gendarmes franceses en presencia de los militares de EUFOR.

“Los españoles son neutrales, no como los franceses, y están trabajando bien”, argumenta Driss, un musulmán que vende telas en la avenida Koudoukou. Unos metros más adelante, otro vecino del barrio, Albert, afirma: “La situación en el [barrio] PK 5 ha mejorado un poco aunque no hay comida y no podemos movernos de aquí. Aparte de eso, con la llegada de las tropas EUFOR, hemos vuelto a dormir bien. Los Antibalaka ya no entran en el barrio, lo que no está mal”.

Los militares avanzan lentamente a ambos lados de la avenida. Cuando tres soldados se detienen a hablar con Mohamat, un musulmán que habla español, se forma un corrillo: “Antes (de la llegada de EUFOR) era mucho peor. Ahora estamos respirando, un poquito, no mucho, porque aún no podemos salir ni ir a donde queremos”, alega. Este musulmán, que aprendió castellano en Guinea, recalca que “el día que llegaron estas tropas”, los vecinos vieron cómo la situación “cambiaba”. Mohamat atribuye este cambio a que “la presencia de estas fuerzas ha dado confianza al habitante, que no se fiaba nada de los franceses”.

El fútbol como arma

Estos comerciantes a menudo no saben nada de España. Sólo conocen, y al detalle, un aspecto: España es el país del Barça y del Real Madrid. Los militares son recibidos con gritos de “Barça” y “Real Madrid” y no es raro encontrar a centroafricanos que conocen de memoria la alineación de los dos equipos. Uno de ellos es Ibrahim, un vendedor que aconseja a los soldados que “España rejuvenezca la selección” si no quiere que se repita el fiasco del último Mundial. Mientras, los tres blindados Lince que han traído a la patrulla al barrio siguen a los militares a una distancia prudencial.

Hablar de fútbol, jugar al fútbol -los soldados asistieron como público a un partido y disputaron otro frente a un equipo local- forma parte de lo que, según el jefe del contingente, el teniente coronel Javier Lucas, es una “obsesión”: “conectar” con la población. “Hemos estado tomando clases de sango, la lengua local, durante dos meses antes de venir, lo que nos ha permitido saludar e incluso mantener alguna conversación sencilla con los centroafricanos, algo que aprecian enormemente”, explica el oficial.

‘Un día, fuimos a ver a un jefe de Policía del tercer distrito de Bangui. Estaba asombrado. Nos dijo que era la primera vez que un blanco se bajaba del coche para hablar con él. Luego convocó a todo el barrio a una asamblea’, dice un soldado

“Un día, fuimos a ver a un jefe de Policía del tercer distrito de Bangui. Estaba asombrado. Nos dijo que era la primera vez que un blanco se bajaba del coche para hablar con él. Luego convocó a todo el barrio de Kokoro 4 a una asamblea, todos de pie. Lo que más nos satisfizo fue que, después, caminamos con ellos hasta una pasarela que separa la zona cristiana del sector islámico y entonces empezaron a aparecer musulmanes. ‘Hemos sabido que estaba EUFOR aquí y venimos a saludar a nuestros amigos cristianos’ dijeron. Personas que hacía tiempo que no se hablaban ni tenían relación empezaron a conversar", recalca Javier Lucas.

Aunque la mayoría de los cristianos que vivían en el tercer distrito de Bangui, e incluso dentro del barrio PK5, siguen desplazados en campos, algunos de ellos no huyeron del vecindario, como Celestin, que se para a estrechar la mano de un soldado. Luego dice que, ahora, “la calma reina con la presencia de las fuerzas españolas”, sin dejar de reconocer que la situación de seguridad “ha mejorado un poco” pero que esta tendencia “sólo está empezando”. De ello da fe el escaso tráfico en la avenida Koudoukou y el hecho de que muy pocos cristianos se hayan atrevido a regresar al tercer distrito, por temor a ataques de los musulmanes, o bien porque su casa ha quedado reducida a escombros, saqueada o directamente destruida por la explosión de una granada.

“Yo soy cristiano y no tengo problemas aquí, porque este no es un conflicto religioso sino político. Somos centroafricanos y tenemos que vivir juntos, cristianos y musulmanes”, concluye, poco antes de que los soldados españoles terminen su patrulla y se alejen en los blindados rumbo a su base. Dejan atrás el último barrio musulmán de Bangui.

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