ENTRE LOS AÑOS 2000 Y 2015

El ladrillo se come la inversión y hunde los avances en productividad

La enorme inversión en el inmobiliario ha arruinado la productividad. El patrón de crecimiento está cambiando, asegura un informe de la Fundación BBVA e IVIE

Foto: Un hombre trabaja en la construcción de un edificio. (EFE)
Un hombre trabaja en la construcción de un edificio. (EFE)

“España cuenta con dotaciones ya elevadas de capital, pero ese capital no es capaz de sostener tanto empleo como en otros países, ni resulta tan productivo como en ellos”. Así de taxativo se muestra un informe elaborado por la Fundación BBVA y el IVIE (Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas), en el que se achaca este desequilibrio al “exceso de inversión en activos inmobiliarios residenciales y no residenciales”. Estas inversiones, al tener una vida útil muy larga, “permanecen en los balances de las empresas, pero representan capacidad instalada no utilizada que no genera renta”.

El informe analiza lo ocurrido entre 2000 y 2015, y recoge dos periodos muy distintos. A partir de 2008, se ha producido una sustancial reorientación de las inversiones. Hasta el punto de que el esfuerzo inversor (respecto del PIB) se ha situado en niveles históricamente muy bajos para España (19,9% del producto interior bruto). La novedad es que su composición se ha dirigido más hacia activos más productivos, como la maquinaria, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y los activos inmateriales —como la I+D—, todos ellos con “mayor potencial de generar valor añadido”. De hecho, los autores del informe sostienen que a partir de 2014 se puede hablar de un “nuevo patrón de acumulación en España”.

El ladrillo se come la inversión y hunde los avances en productividad

El pasado, sin embargo, cuenta, y mucho, lo que explica que la productividad del 'stock' de capital español siga estando “muy por debajo del nivel de los países más avanzados”. Respecto de EEUU, por ejemplo, apenas representa el 59%.

No se está, dice el trabajo, ante un problema coyuntural, sino duradero, lo que limita la eficiencia de la economía española, más incluso que la productividad laboral. Mientras que en el siglo XX la productividad del trabajo explicaba prácticamente el 100% de la debilidad de la productividad total de los factores de España frente a EEUU, desde el año 2000 solo el 40% de la divergencia depende de ella, mientras que la productividad del capital explica el 60% restante (ver gráfico).

La baja productividad del capital acumulado, insiste el documento, no se debe a que haya sido escasa la inversión en maquinaria y equipos, sino a que “muchas inversiones en todo tipo de activos —en especial, inmobiliarios— no han sido bien aprovechadas y no han generado su valor añadido potencial al existir excesos de capacidad”. La conclusión que se saca es que, cuando los proyectos de inversión no son productivos a largo plazo, las inversiones no son recuperadas y se pone de manifiesto que la calidad de las decisiones empresariales no ha sido la adecuada.

Economías emergentes

El informe recuerda que la tasa media de inversión se ha situado en promedio en el 25,3% del PIB, lo que significa que España ha dedicado la cuarta parte de su PIB a la inversión durante este siglo. Se trata de una tasa más próxima a la de las economías asiáticas emergentes que a la de las economías desarrolladas occidentales, que habitualmente se mueven entre el 15% y el 20%. En el punto álgido, incluso, se llegó a alcanzar el 31% del PIB.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la inversión en vivienda se ha tragado uno de cada tres euros invertidos (32,2% del total) y otras construcciones (30,2%), frente a los pesos más moderados de la maquinaria y otros activos (19,3%), los activos TIC (10,2%) o el equipo de transporte (8,1%).

En la actualidad, y tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, la inversión sigue otro patrón: otras construcciones ha bajado hasta el 29% y viviendas hasta el 21,9%, mientras que maquinaria y otros activos ha crecido hasta el 25%. Las tecnologías de la información, por su parte, representan el 13,1%, y los equipos de transporte se han incrementado hasta el 10,9%. Así pues, el peso del conjunto de los componentes más productivos de la inversión se aproxima en la actualidad al 50%, mientras en 2006 apenas superaba el 30% del total. De ahí que se hable de un nuevo patrón de crecimiento, todavía lastrado por la hegemonía del ladrillo en la política inversora.

El estudio analiza, igualmente, la composición regional de la inversión, y su conclusión es que las dotaciones siguen concentradas en cuatro comunidades autónomas que representan el 57,6% de todo el capital neto en 2013 (Madrid, Cataluña, Valencia y Andalucía), aunque se observan algunas variaciones relevantes respecto a la situación de finales del siglo pasado.

Capital privado

Las de mayor magnitud vienen dadas por la pérdida de peso de Cataluña, el País Vasco y la Comunidad Valenciana, y el avance relativo de Andalucía y Castilla-La Mancha. Sin embargo, persisten diferencias todavía sustanciales, superiores al 50% entre los extremos.

En el caso de Cataluña, se observa una mayor capacidad de atracción de capital privado que público. De hecho, la mayor capacidad de generar empleo y atraer población a la región se ha basado en su elevada capitalización privada y su mayor productividad. “El resultado”, asegura el documento, “han sido unos niveles de renta per cápita todavía notablemente superiores a la media, pero en menor medida que a finales del siglo XX”.

En términos dinámicos, la evolución más significativa, sostienen los autores del informe, es la pérdida de peso de Madrid en los activos relacionados con la construcción (vivienda y otras construcciones), sus sustanciales aumentos en el resto de activos y su estabilidad en el capital I+D, en el que alcanza un porcentaje muy elevado. En definitiva, se observa una “posición sólida y creciente de Madrid” en la mayoría de tipos de activos más estrechamente relacionados con la actividad productiva de las empresas.

El caso del capital I+D, un tipo de activos clave para la competitividad de una economía avanzada en la fase actual de desarrollo mundial, se caracteriza por mostrar un grado de concentración territorial mayor que cualquier otro tipo de capital. Cinco regiones (Comunidad de Madrid, Cataluña, Andalucía, Comunidad Valenciana y País Vasco) concentran más de las tres cuartas partes del total, y una de ellas, Madrid, supone por sí sola más del 25%.

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