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'Yo, Daniel Blake': el Estado contra los pobres

Ken Loach vuelve a la carga con el filme ganador de la Palma de Oro en Cannes

Foto: Fotograma del filme.
Fotograma del filme.

La Palma de Oro a 'Yo, Daniel Blake' enfureció a la prensa acreditada en la última edición del Festival de Cannes. En un año en que concursaban películas como 'Elle', de Paul Verhoeven, 'Paterson', de Jim Jarmusch, 'Sieranevada', de Cristi Puiu, o 'Toni Erdmann', de Maren Ade, una segunda Palma para Ken Loach, quien ya la obtuvo en 2006 por 'El viento que agita la cebada', parecía responder a una opción de consenso perezosa y conservadora a fin de tapar opciones más arriesgadas.

Pero el jurado del festival de cine más prestigioso del mundo no ha sido el único que ha mostrado su entusiasmo ante la nueva película del británico. 'Yo, Daniel Blake' también se ha llevado los respectivos premios del público en otros dos certámenes de referencia, Locarno y San Sebastián. Y la semana pasada se estrenó en Reino Unido con una crítica local mucho más a favor que la de Cannes y un incontestable éxito de taquilla. Hace un par de años, Loach anunciaba que iba a retirarse. 'Jimmy's Hall' debía ser su última película de ficción. Sin embargo, decidió plantar cara una última vez a las políticas destructivas del Gobierno de David Cameron. Y el resultado le está resultando todo un logro.

'Yo, Daniel Blake': el Estado contra los pobres

 

El tema de fondo de 'Yo, Daniel Blake' es el que atraviesa la mayor parte de la filmografía de Ken Loach desde prácticamente sus inicios: la conversión del Estado de bienestar en Reino Unido en un sistema que acaba destruyendo a los ciudadanos que debería proteger. En este caso, ha actualizado su diagnóstico a las circunstancias más actuales.

El protagonista que da nombre al filme es un carpintero autónomo (un detalle nada baladí en el cine de un director que casi siempre daba el protagonismo a empleados por cuenta ajena) al que su médico prohíbe trabajar por motivos de salud. Sin embargo, el Estado no parece dispuesto a concederle la baja que sin duda le corresponde y le conmina a buscar un empleo. Por lo que se encuentra en la disyuntiva de poner en riesgo o su vida o su fuente de ingresos. Daniel se adentra en un círculo vicioso burocrático cuyo fin último es desgastar, humillar y eliminar a aquellos que recurren al Estado para reclamar sus derechos.

Koach y su guionista habitual, Paul Laverty, dan en el clavo a la hora de denunciar las armas que utiliza la Administración para expulsar a los ciudadanos que debería defender. En primer término, está esa agresividad que muestra el funcionariado desde siempre en las películas del británico, esa especie de sentimiento de sospecha que extienden por pasiva sobre las personas que solicitan algún tipo de ayuda. Al proceso de humillación, añaden esta vez la brecha digital como forma de mantener al margen a los ciudadanos más precarios (ancianos, jubilados, recién llegados...), alejados así del acceso a los procedimientos de solicitud de recursos. Y el filme incluso señala una nueva forma de centrifugación de la pobreza, en este caso literalmente geográfica. Rachel, la protagonista femenina, la madre soltera que entabla amistad con Paul en un centro de asistencia y desarrolla con él una relación de ayuda mutua, ha sido obligada a trasladarse de Londres a Newcastle porque en las grandes capitales ya resulta demasiado caro 'mantener' a los pobres.

El despliegue de la situación desesperada a la que se ven abocados los protagonistas resulta suficiente para emocionar a un público que conecta a la primera con los personajes. Sin embargo, Loach recurre a toda una serie de escenas esbozadas con brocha gorda para subrayar el viacrucis de Daniel y Rachel. Por ejemplo, la secuencia en que ella devora sin más espera un zumo de tomate en el banco de alimentos o aquella en la que Daniel pasa el ratón del ordenador por encima de la pantalla del mismo. La angustia extrema que recoge Loach en estos momentos es real. Pero el director acaba reduciendo a los personajes a meras víctimas propiciatorias de un sistema injusto, a fin de cosechar la compasión de los espectadores.

Al contrario que otros cineastas también aferrados a la denuncia social, como Mike Leigh o los hermanos Dardenne, Loach tira siempre por el camino más fácil y directo al lagrimal. Los efectistas giros de guion que acumula la película en su tramo final (incluido el previsible destino en la prostitución para la protagonista femenina) aguan la necesaria protesta ante esta maquinaria estatal asesina. Y una se pregunta, ¿hasta qué punto hay que hacer sufrir a un personaje de clase trabajadora para provocar la emoción en una audiencia amplia? Si la película no concluyera de la manera que lo hace, ¿los protagonistas merecerían menos apoyo? El cine de Loach sigue suscitando interrogantes sobre los límites y las formas de la representación de las personas excluidas. 

Pero en este caso, 'Yo, Daniel Blake' se encuentra con un escenario propicio, sobre todo en su país de origen, para funcionar como un gran artefacto de catarsis colectiva frente a las consecuencias de las políticas neoliberales.

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