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El escándalo del ballet Parade: cuatro genios en la encrucijada

El ballet Parade, estrenado entre abucheos y vapuleos en 1917 en París, es uno de esos momentos históricos donde el tiempo se congela porque ya nada volverá a ser igual.

Foto: 'Ballet Parede' - Picasso
'Ballet Parede' - Picasso

Esta es la historia de una serie de encuentros que cambiaron la vida de sus protagonistas en un paréntesis de la Historia. El ballet Parade, estrenado entre abucheos y vapuleos críticos el 18 de mayo de 1917 en el parisino Teatro de Chatelet, es uno de esos momentos históricos donde el tiempo se congela porque ya nada volverá a ser igual. Los héroes del relato eran cuatro genios desesperados e incomprendidos. Los únicos conectados antes de la gran epifanía eran Serge Diáguilev y Jean Cocteau. El primero había desbaratado el orden en mayo de 1913 durante la première de 'La consagración de la primavera', de Igor Stravinsky. Era el hombre indispensable de los ballets rusos, con los que había colaborado Cocteau en su anhelo juvenil de triunfo con el libreto del Dios azul.

Su amistad era un constante tira y afloja. Una noche el ruso se hartó del esnobismo del francés y le soltó un inmortal "sorpréndeme". A partir de ese instante Cocteau dejó atrás su fase inicial de poeta decadente, epígono de los simbolistas, y trabajó para descubrir su yo vanguardista, el mismo que le llevaría a una cima poliédrica que aún no ha sido suficientemente valorada. El 28 de junio de 1914 Diáguilev escuchó tocar a Erik Satie en el piso de Misia Edwards. Ese mismo día Gavrilo Princip asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando. La bandeja para la guerra estaba servida.

Cocteau y Picasso serían amigos mientras vivieran. La chispa del larguirucho con ínfulas llegó al malagueño cuando más lo necesitaba

Cocteau, a quien es imposible imaginar con el fusil al hombro, partió al frente para conducir ambulancias. Antes había propuesto a Stravinsky y Diáguilev un proyecto de ballet circense que fue rechazado sin miramientos. Inasequible al desaliento volvería a la carga con argumentos de pesos. En octubre de 1915 conoció, a través de la mediación de Valentine Hugo a Erik Satie. Los dos hombres, parias de mundos distintos, congeniaron. En diciembre de 1915 el poeta, un dandi de irrefrenable inteligencia, consiguió que Pablo Picasso le abriera la puerta de su estudio. El hecho fue fundamental porque suponía cruzar el río e ir de su orilla derecha, burguesa y ortodoxa, con la izquierda, cargada de la energía de un nuevo paradigma.

Olga Kohklova, Picasso y Cocteau en Roma
Olga Kohklova, Picasso y Cocteau en Roma

Ese día algo mutó para siempre. Cocteau y Picasso, Picasso y Cocteau, serían amigos mientras vivieran. La chispa del larguirucho con ínfulas aristocráticas llegó al malagueño cuando más lo necesitaba. Su mujer menos conocida, Eva Gouel, agonizaba, víctima de un cáncer de garganta. Su vida, tras el periplo cubista, clamaba una vuelta de tuerca, un episodio catártico.

Se completa el rompecabezas

Diáguilev
Diáguilev

El rompecabezas se completó la tercera semana de mayo de 1916. La chilena Errazuriz, millonaria y amante de las revoluciones pictóricas de principios del siglo pasado, llevó a Diáguilev al estudio de Picasso. Era otra unión de dos universos que hasta entonces nunca se habían cruzado. Ese mismo mes el ballet ruso debutó en Madrid. Alfonso XIII quedó admirado, pero no entendío la importancia de Diáguilev en el entramado de la compañía hasta que este le respondió con una comparación clara y afortunada: Majestad, soy como usted. No trabajo, no hago nada, pero soy indispensable.

Cocteau lo sabía y tenía un nuevo as en la manga. Se llamaba Parade, nombre que alude a las muestras que se ofrecían en las barracas de feria de las atracciones que podían contemplare en su interior. El escenario planteado por el poeta era el de una calle en los suburbios de París. Un mago chino, una niña precoz estadounidense y un acróbata representarían fragmentos de sus números para atraer al público adentro, fracasando en su tentativa. Cocteau quería que un pregonero declamase publicidad de forma más bien alocada para atraer a los transeúntes acostumbrados como ahora a la machacona presencia de mil reclamos consumistas, tanto que hasta la fotografía nos ha regalado una curiosa imagen de Degas saliendo de un urinario repleto de anuncios en la Exposición Universal de 1900.

El escenario planteado por el poeta era el de una calle en los suburbios de París: un mago chino, una niña precoz y un acróbata

La escucha de 'Los trozos en forma de pera' de Satie le había dado el pistoletazo idóneo para desarrollar el entramado por su tono entre humorístico y profundo. La mezcla de ambos matices, la ecuación invisible, daba como resultado un halo de misterio. Cuando recibió el visto bueno del excéntrico compositor le encargó crear una especie de música culta popular que terminó llenándose, a insistencia del vate, de ruidos reales de la vida cotidiana que incluían máquinas de escribir, tiros de pistola, botellas de leche y sirenas de barco en medio de una orquesta que a la postre dirigiría el suizo Ernest Ensermet.

 Léonide Massine,  el mago chino
Léonide Massine, el mago chino

Picasso dudó mucho si aceptar este nuevo reto. El 24 de agosto de 1916 Cocteau escribió a Valentine Hugo: "Picasso fait Parade avec nous". Sólo debía encargarse de los decorados, pero empezó a tener ideas propias que desarrolló con más ímpetu durante las reuniones con los demás implicados. Tres semanas después de su sí al proyecto sugirió eliminar al pregonero y cambiarlo por dos managers mudos que en el escenario serían representados mediante trajes cubistas con los que Picasso logró traspasar argumentos otrora pictóricos a las tablas mientras les añadía, el pensamiento es inevitable, el toque tradicional de los gigantes barceloneses. Estos managers eran el choque del arte como negocio ante la ingenuidad del artista puro, la lucha asumida del dinero aliado con las musas.

La revolución

Cocteau, que durante la gestación inicial del ballet se había sentido su absoluta prima donna, refunfuñó por esa intromisión. Terminó aceptándola y creció al aceptar que era mejor dejar fluir las sinergias. Al fin y al cabo se trataba de un trabajo en equipo que, poco a poco, cobraba el rumbo de la revolución, como sin saberlo todos los componentes fueran más allá sin saberlo. Si Wagner había creado un arte total ellos proseguirían por esa senda convirtiéndose en monstruo de múltiples cabezas que anticiparía la performance, renovaría la puesta en escena de un arte de origen militar como el ballet y sacudirían los cimientos convencionales de la música con la introducción de sonidos del presente, algo que ahora parece lógico si recordamos la ocurrencia de Satie, quien intuyó que un día no muy lejano sonarían melodías en los ascensores.

Decorados de Picasso para el Ballet Parade
Decorados de Picasso para el Ballet Parade

Para rematar la faena Diáguilev organizó un viaje de trabajo a su amada Italia. Entre febrero y marzo de 1917 Picasso y Cocteau convivieron con los eslavos y conocieron Roma, Nápoles y Pompeya. Lo primero sirvió para que el español se enamorara de la bailarina Olga Kokhlova, quien sería su primera esposa y le abriría tras la Primera Guerra Mundial el acceso a clientes más adinerados. Lo segundo desveló en el pintor un gusto renovado por lo clásico, clave para entender la ruta que tomaría su pincel durante un trecho muy significativo de los años veinte.

En Pompeya Cocteau se extasió y tomó fotos del grupo. Además de intimar con María Chabelska

En Pompeya Cocteau se extasió y tomó fotos del grupo. Además de intimar con María Chabelska, la intérprete de La joven estadounidense vestida con ropa comprada en unos grandes almacenes, fue la estrella absoluta de las charlas preparatorias de Parade al lado de la Villa Médici. Durante horas acaparaba la atención con imparable derroche de genio. Los demás, de Picasso a Diáguilev, del escenógrafo Bakst al coreógrafo y primer bailarín Léonide Massine encontraron en el cobijo de la ciudad eterna el ambiente apropiado para romper con los cánones estéticos predominantes y formular una criatura arriesgada y sin freno, algo que al ser considerado una locura se asentaba en una completa cordura, la propia de los pioneros.

Maria Chabelska como la joven americana
Maria Chabelska como la joven americana

En el programa de mano del espectáculo aparece otra pista de su importancia. Lo escribió Guillaume Apollinaire, poeta del esprit Nouveau, faro herido en la guerra y príncipe lírico de los sepultureros de lo antiguo. En el texto decía que Parade era una alianza entre la pintura y la danza, entre las artes plásticas y las miméticas que constituía el heraldo de un arte por venir que daba lugar a una especie de SURREALISMO. Años más tarde André Breton le robó el término en otra secuencia de la cadena de la modernidad.

Decíamos al principio del artículo que Parade fracasó en su estreno, constituyéndose en un inolvidable succès de escandale. Satie insultó a un crítico y fue condenado a ocho días de cárcel por difamación, que no cumplió. Pasaron los meses y Parade salió de Francia, llegándose a representar en el Liceo de Barcelona. En noviembre de 1918 terminó la guerra y murió Guillaume Apollinaire. Entretanto Proust empezó a triunfar con su monumental 'Recherche'. En la misma vemos cómo los dioses de su universo, productos de la Belle èpoque, se desmoronan tras la finalización del primer conflicto mundial al caer sus máscaras demasiado repletas de polvo y maquillaje.

El novelista sólo reflejaba la realidad, lo que ayuda a comprender la clamorosa victoria del reestreno de Parade el 21 de diciembre de 1920 en el teatro de los Campos Elíseos. En tres años lo viejo había asesinado a lo nuevo gracias a esa pesadilla llamada Historia, liberándose de muchos corsés e inaugurando una apasionante frontera. El siglo XX ya podía caminar solo.

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