una novela sobre el deseo de maternidad

¿Por qué quieres ser madre a toda costa? La batalla de Silvia Nanclares

La escritora cuenta en su nuevo libro cómo decidió quedarse embarazada al borde de los 40. Historia de urgencias e incertidumbres a vueltas con el fantasma de la infertilidad

Foto: Detalle de portada de 'Quién quiere ser madre', de Silvia Nanclares
Detalle de portada de 'Quién quiere ser madre', de Silvia Nanclares

Ocurre en torno nuestro pero los hombres no se dan por aludidos. Tanto ellos como ellas están retrasando en masa la procreación hasta límites biológicos imposibles condicionados por una vida a salto de trabajo precario e incertidumbre pero también por una cómoda adolescencia extravagantemente extendida. Pero los varones nos vemos -y no es del todo cierto- como un silo de esperma sin caducidad listo para ser usado en cualquier momento, ya se verá cuándo, mientras que a nuestras compañeras les atenaza de pronto, al borde de los cuarenta, la alerta, la urgencia, el miedo. La biología ha iniciado la cuenta atrás, el deseo de maternidad se enciende arrebatador. Y ahora todo es más difícil.

A la escritora y periodista Silvia Nanclares (Madrid, 1975) le ocurrieron tres cosas poco antes de tocar la meta volante amenazadora de los cuarenta. Se murió su padre, se enamoró de Gabi y decidió quedarse embarazada. ¿Quería ser madre porque sentía que "la vida le debía otra vida"? ¿Por contar al fin con la persona adecuada? ¿Por una suerte de imposición social? ¿O más bien por el indescriptible impulso de supervivencia de la especie? ¿Por qué quería ser madre? O mejor: ¿quién quiere ser madre?

'Quién quiere ser madre'
'Quién quiere ser madre'

Así, 'Quién quiere ser madre', (Alfaguara, 2017), ha titulado Nanclares su nuevo libro, una "novela autobiográfica", como la describe, en la que relata, con una prosa tan íntima como espontánea, locuaz y divertida, un proceso interminable y arduo atravesado por las cuitas de pareja, conversaciones de amigas entre cañas y el peregrinaje por la floreciente industria de la maternidad: la aventura de salir vivos de semiogamas, contabilidad ovárica y medicalización salvaje. Una historia íntima y cotidiana en la que tantos se reconocerán, con cuya lectura tantos se sentirán acompañados.

PREGUNTA. Hay una escena en su novela en la que un grupo de treintañeras celebran una sesión de coaching en el periódico en el que trabajan. El juego es escribir en un papel cómo se ven en un futuro cercano. Y todas menos una tienen la misma intención: ser madres. Y la narradora se pregunta: ¿por qué? ¿Después de escribir este libro ha logrado una respuesta definitiva?

RESPUESTA. Hay un condicionante biológico claro que nos marca cuando al final de la treintena sientes que se te acaba el tiempo. Y luego está el mandato social de género, lo que la antopóloga Mari Luz Esteban llama la “deseabilidad social” que dicta que una mujer es mucho más feliz convirtiéndose en madre y que nunca va a ser tan reconocida si no lo es.

P. ¿Y qué cree que condiciona más?

R. Es el gran debate. Pienso que somos más culturales que biológicamente predeterminados pero también es verdad que yo, que siempre había renegado de ese biologicismo, me tuve al final que rendir a la evidencia de que tengo un cuerpo finito y que mi fertilidad tiene fecha de caducidad. Y ahí todas tus teorías de construcción de género entran en crisis.

Silvia Nanclares. Foto: Gema Segura/Alfaguara
Silvia Nanclares. Foto: Gema Segura/Alfaguara

P. No sé si describiría su novela como “autoficción”...

R. Prefiero “novela autobiográfica”, me siento más cómoda. Y además creo que se entiende mejor.

P. Autoficción o novela biográfica, con este género es razonable que el lector se pregunte: “¿pero todo lo que me cuenta sobre su vida es verdad?” Y supongo que el autor es consciente de cierto atractivo 'morboso' por temas tan íntimos. ¿Cómo trabajó literariamente ese impudor?

R. Teniendo muy presente que se trataba de una novela. Y es curioso porque ‘Quien quiere ser madre’ nace originalmente como un ensayo, una suerte de diario en primera persona de mi experiencia que me encargó Mónica Carmona, la anterior editora de Reservoir Books. Y cuando ella sale del sello y se frustra el proyecto me dije: “pero si lo mío es la narrativa, siempre he escrito ficción”. Entonces le doy la vuelta y, con toda la información que había recopilado, empiezo a aplicar la técnica de la ficción: construir personajes, trabajar la estructura, etc. Quizás ha sido esa construcción literaria la que me ha salvado del pudor. El trabajo creativo impone la distancia. Y, a fin de cuentas, mi objetivo no es tanto contar mi experiencia como conectar con otras.

P. ¿Y hasta qué punto le preocupaba la reacción de los protagonistas reales de su historia al leerla?

R. Lo testé, lo testé antes de la publicación. Hubo gente que me dio su bendición como mi madre o Gabi, mi pareja. Y, sin embargo, tuve un pequeño conflicto con algunas amigas que me obligaron a crear tres amigas en las que están compendiadas muchas más. No es fácil esto, aceptar “salir” en un libro así y por lo tanto sólo tengo agradecimiento para todos ellos.

P. La historia personal que relata aquí, la de las mujeres que, al acercarse a los cuarenta, les asalta el miedo de no ser madres nunca, es habitual hoy. Por dos razones tan contundentes como diferentes. Por un lado la sociedad condena a trabajos precarios que impiden tomar la decisión. Pero también está la libertad, una suerte de adolescencia alargada más allá de lo que nunca lo estuvo. Relata como su propia madre le recriminó la decisión porque envidiaba su libertad…

R. Es una trampa, son dos caras de la misma moneda. Estoy rodeada de personas con hijos y no tengo idealizada la maternidad para nada. He visto a muchas amigas pasar por ello y conozco perfectamente a lo que han renunciado. Viví mi propia etapa de rechazar esas renuncias hasta que cambié. De todas formas, quiero aclarar que es importante afirmar el deseo de maternidad aterrizado en unas condiciones. Yo he deseado ser madre cuando he tenido una pareja que quería y con la que me apetecía serlo, cuando he logrado una mínima estabilidad laboral y vocacional más allá de los trabajos ultraprecarios… No quería ser madre sola, algo muy duro. Cuando mi madre me dice que envidia mi libertad, yo le respondo: “Sí, soy libre, pero tampoco pertenezco a nada”. Es una pena que la única vía de enraizamiento hoy sea la familia pero, en este momento de pérdida de lazos comunitarios, es así.

Muchas de aquellas mujeres feministas acabaron solas, mujeres mayores solas, sin lazos comunitarios

P. ¿No hay aquí un choque entre el feminismo clásico que reivindicaba la plenitud de una mujer sin hijos, y la realidad, esa sorpresiva urgencia biológica de la edad, esos ovarios como ‘pasas’? ¿No ha adolecido la teoría feminista de una cierta desconsideración hacia la naturaleza humana?

R. Bueno, es que la rechazó conscientemente. Pero a mí me gusta más pensarlo desde el lado de los cuidados. En la segunda ola del feminismo de los 70 lo transgresor era rechazar la maternidad y no ser madre: un montón de mujeres de aquellos años no fueron madres conscientemente. ¿Qué ocurre ahora? Que, en parte también por la crisis, vemos que los cuidados, lo relacional, lo que va más allá de los logros personales en los que parece basarse la identidad masculina, cobran nueva importancia. Aquellas feministas dijeron no, la idea de que los hombres buscan logros y las mujeres relaciones no es verdad, las mujeres también queremos logros. Y claro, aquello pasó factura. Muchas de aquellas mujeres acabaron solas, mujeres mayores solas, sin lazos comunitarios.

Y regresó el debate. ¿Qué pasa con los cuerpos cuando ya no podemos estar al pie del cañón, que pasa con la enfermedad, quién te va a cuidar? ¿Qué pasa cuando ya no nos asimilamos a ese macho blanco heterosexual independiente? Y ahí es cuando los nuevos feminismos, como reacción, se abren a los cuidados y también a una nueva valoración de la maternidad.

Un hombre de 40 no siente para nada la perentoriedad de la mujer, vive en el cómodo despiste de esto no va conmigo

P. Las madres solteras, que usted prefiere llamar “madres solas”, son una realidad normalizada. Y sin embargo duda si no son también producto de la frustración por no haber hallado la pareja adecuada. De hecho, la narradora la encuentra, encuentra a Gabi, y todo echa a andar. Parece regresar ahí por la retaguardia el mito romántico patriarcal del “hombre adecuado”.

R. Sí, he pensado que a la novela se le podía hacer esa crítica. Pero donde yo quería poner el foco era en la responsabilidad de los hombres hacia sus compañeras de generación. Está claro que hombres y mujeres partimos de casillas de llegada muy diferentes y desequilibradas. Un hombre de 40 años no siente para nada la perentoriedad de la mujer, vive en el cómodo despiste de esto no va conmigo y yo quería meter el dedo en esa llaga. Es verdad que puedo dar pie a que se piense en el mito del amor romántico, en ese chico que te va a resolver la vida, el hombre adecuado. ¡Es él! Cuando yo me enamoré, cuando hice la apuesta vital de vivir con alguien y comprometerme teniendo un hijo con él, apareció la persona adecuada. Pero es que una maternidad compartida e igualitaria es una cosa muy revolucionaria.

P. Todo esto ha generado una novedosa y muy floreciente industria, la de la fertilidad, de la que se ocupa en su novela. Una industria que responde a una demanda angustiosa por ser madre cuando ya la biología no ayuda. Los occidentales de hoy, gracias a la ciencia, hacemos auténticas locuras para lograr ser padres, gastamos cantidades increíbles de dinero, nos servimos de 'adns' desconocidos o incluso somos capaces de alquilar vientres ajenos.

R. Creemos que podemos comprarlo todo y eso es jodido porque nos determina mucho y nos frustra. Y luego está esa cosa inexplicable, irracional de querer ser madre. Así que si te dan la posibilidad de una prórroga, la compras. Y claro, hace falta una ecuación para la fertilidad, un conocimiento de cómo se agota el tiempo con los años pero, si lo dices, parece que eres provida. Y Europa del sur tiene un problemón con la baja natalidad. Pero un lugar de resolverlo tentamos a esa supuesta capacidad para comprarlo todo. Por cierto que en España el problema no es que haya pocas mujeres madres, no, lo que ocurre es que son madres de muy pocos hijos. Porque si eres mujer, trabajas y no tienes apenas protección laboral, ayudas, guarderías, etc., como en los países nórdicos, tienes uno y no más.

P. Todo el proceso de la reproducción asistida se despliega en el libro como tremendamente artificioso y duro. Sobredetermina todo lo demás, el amor, el sexo, las emociones, a una mecánica pura de esfuerzo y resultado, por lo demás nunca garantizado, ¿no?

R. Con tasas de éxito muy bajas. El proceso de la reproducción asistida se vive mal, la verdad. A mí por ejemplo la hormonación me aterrorizaba y me revelaba tener que sufrirlo todo yo, que todo pasara por mi cuerpo, que yo me pusiera en peligro con tratamientos complejos con feos efectos secundarios. No lo sé, acabo de empezar con ello y no sé cuántas opciones voy a tomar. Igual luego te envidias y no paras hasta el endeudamiento… Sólo puedes hacerlo desde el compromiso y la cabezonería.

El debate de la maternidad subrogada no tiene sentido sin aborto libre y gratuito. ¿Puedo vender mi cuerpo pero no interrumpir un embarazo?

P. Por cierto que la maternidad subrogada está ahora mismo en el debate político. Los partidarios dicen defender la libertad de la mujer de hacer con su cuerpo lo que le dé la gana y lo comparan con el aborto. Los detractores la encuadran en las relaciones capitalistas de dominación y llegan a compararlo con la explotación sexual. ¿Cuál es su opinión?

R. Creo en la agencia de la mujer igual que lo creo en la prostitución. El problema es qué mujeres tienen derecho a esa agencia, qué mujeres pueden subrogar. No lo llamaría explotación sexual pero tampoco prescindiría del componente de clase. Porque son las ricas las que subrogan en las pobres. Es curioso cómo el liberalismo mueve ese debate.

P. No sólo. Por ejemplo los liberales piden legalizar la prostitución pero también lo exigen grupos de prostitutas muy concienciadas y militantes como Hetaira. ¿No puede haber aquí una perspectiva similar?

R. El derecho de la mujer a la regulación de su propio cuerpo sin que nadie exterior intervenga, es total, pero, dicho esto, no creo que este debate tenga sentido sin haber resuelto antes el del aborto libre y gratuito. Porque, a ver, ¿tengo derecho a vender mi cuerpo pero no a interrumpir un embarazo libremente?

P. El otro gran debate al respecto, abierto por la socióloga israelí Orna Donath y recientemente por la presentadora Samantha Villar es aquel que rompe un legendario tabú, el de las madres arrepentidas. Más que la ruptura del tabú me interesan sus razones. ¿Qué cree que permite hoy a una mujer arrepentirse de ser madre y decirlo?

R. Respecto al debate de las madres arrepentidas abierto por Orna Donath tengo que decir que no me parece nada innovador. Me parece el producto de una sociedad como la israelí donde las mujeres estaban obligadas a repoblar un país teniendo tres hijos o más. Mi madre se cagaba en la maternidad sin problemas y como ellas otras. La mistificación de la maternidad es muy reciente. Dicho esto me parece fatal el linchamiento contra Samantha Villar. Ya vale de la maternidad mistificada y rosa.

Silvia Nanclares aún no ha logrado ser madre. Cuando este periodista le alaba la honestidad de que no haya esperado a un final feliz para concluir el libro, ella se ríe "¡No, hombre! ¡Pero si yo me veía en las presentaciones de la novela con mi hijo en brazos!". Y luego concluye: "En realidad sí, creo que haber tenido hijos antes de acabarlo hubiera desactivado el libro porque estaría exultante, en otra cosa. Así ahora puedo hablar desde el presente de la propia novela"

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