marlon james publica una de las novelas del año

Rastafaris, agentes de la CIA y porros gigantes... ¿Quién da más?

'Breve historia de siete asesinatos', que recrea el intento de asesinato de Bob Marley, llega a las librerías tras ganar el Booker Prize y arrasar en el mundo anglosajón
Foto: El músico Bob Marley (EFE)
El músico Bob Marley (EFE)
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El imaginario pop actual no existiría sin Jamaica. Tampoco existiría más de la mitad de la música popular contemporánea. Es difícil encontrar un ejemplo de algún otro país de similar tamaño y condición socioeconómica con una pegada similar en la cultura global.

Desde luego, ha sido su exuberancia en términos de producción musical con toda una multitud de géneros nacidos en los guetos pobres de la isla - ska, reggae, dub, ragga, dancehall- la que ha puesto a la isla caribeña en el mapa. De estos géneros vernáculos se derivan toda otra serie de géneros y microgéneros surgidos al calor de la diáspora jamaicana en EEUU y el Reino Unido, Hip Hop, House, Drum and Bass y unos cuantos más.

Rastafaris, agentes de la CIA y porros gigantes... ¿Quién da más?

Jamaica también ha proporcionado al mundo la muy estrafalaria figura del rastafari, una persona montaraz que en lo que espera el retorno a Africa, donde se le reparará por el mal ocasionado por el hombre blanco, de la mano del emperador Haile Selassie I normalmente consume toneladas de marihuana, ya sea en porros gigantes o amenazantes pipas humeantes, abre sandías a machetazos, sigue un estricto código de comidas llamado I-Tal, llama Babilonia al capitalismo postcolonial, no utiliza la primera persona del plural sino una agregación de primeras personas de singular -No diga "nosotros" sino "Yo y yo"-. El rastafari deja crecer el pelo y la barba hasta donde pueda llegar, algo cuyo significado define bien la canción de Twinkle Brothers 'Since I throw my comb away', tirar el peine a la basura como gesto radical de liberación frente al canon capilar blanco. Y, por supuesto, escucha, y produce, música con bajos de un volumen desmedido en unos colosales equipos de sonido que se caracterizan por apilar tantas cajas de altavoces como sea posible en unas torres que amenazan permanentemente con tumbar a Babilonia a base de frecuencias agudas, medias y, sobre todo, bajas.

En gran medida, el resto de manifestaciones culturales jamaicanas han sido subsidiarias de la dupla música-rastafarismo basta pensar en películas como 'The Harder they Come' de Jimmy Cliff o la menos conocida 'Rockers' para darse cuenta de su condición de soporte visual para la música, o de videoclips largos. También hay algún precedente de novelas como 'Pequeña Isla' de Andrea Levy (nada que ver con la joven promesa del PP) que se centran en el lado más "humano", y algo lacrimógeno, de la gran diáspora jamaicana. O, en el otro extremo emocional, la brutal novela negra 'Yardie' de Victor Headley, un cuasi panfleto underground sobre la violencia de las luchas de bandas jamaicanas en Londres.

Rastafaris, agentes de la CIA y porros gigantes... ¿Quién da más?

Llegó Marlon James y mandó a parar

Todo esto hasta que llegó 'A Brief History of Seven Killings' ('Breve historia de siete asesinatos') de Marlon James (Jamaica, 1970), que Malpaso acaba de publicar en España. Por una vez, una novela estrictamente jamaicana se convierte en el fenómeno editorial del año en los países anglosajones ¿En que consiste este arrasador éxito? Por un lado, James coge a manos llenas del acervo cultural reggae-rastafari pero también cuenta una historia que no se ha solido contar, la del contexto político de la Jamaica de aquellos turbulentos años en los que los rastafaris y el reggae se expandían por medio mundo. Y, además, estos dos elementos se mezclan en un arrasador coro con voces de gánsteres jamaicanos, rastafaris, agentes de la CIA, gusanos cubanos expertos en contrainsurgencia, periodistas blanquitos de Rolling Stone, mujeres que quieren salir del gueto y todo ello bajo la presencia omniabarcante del cantante: Bob Marley.

Portada del libro
Portada del libro

Uno de los grandísimos méritos de 'Breve historia de siete asesinatos' es situar el auge del reggae y el rastafarismo en lo que fue uno de los últimos intentos de construir lo que se llamaron movimientos de liberación nacional. Estos movimientos que siguieron a la independencia de las colonias intentaron prolongar el impulso político que supusieron las luchas anticoloniales para construir variantes locales del socialismo no alineadas directamente con ninguno de los dos bandos de la guerra fria, ni EEUU, ni la URSS.

En el caso de Jamaica, a partir de 1972, fue el gobierno de Michael Manley y su PNP (People's National Party) intentaron un programa de socialdemocracia radical a la caribeña basado en la nacionalización de los recursos clave de la isla, fundamentalmente la bauxita, y el reparto de la riqueza nacional entre los más desfavorecidos, algo de lo que la Jamaica colonial y postcolonial jamas había oído hablar. Y además, Manley, asumió el rol de portavoz de una nueva unión del entonces llamado "tercer mundo", el último intento de tal pelo del que tenemos noticia.

El autor jamaicano no escatima en detalles sobre el montaje de la guerra sucia en Kingston

Por supuesto, este proyecto no gustó en absoluto a los EEUU que, a pesar de que Manley nunca intentó abandonar las estructuras formales del capitalismo de la época, veían con terror la posibilidad de que una nueva Cuba apareciera en el Caribe. A partir de 1976, se abre una sangrienta guerra entre partidarios del PNP de Manley y el partido laborista del proamericano Edward Seaga con los suburbios pobres de Kingston como escenario central. Aquí se sitúa el centro de la acción que recoge Marlon James. El autor jamaicano no escatima en detalles sobre el montaje de la guerra sucia en Kingston, con todo un destacamento de la CIA y la contrainsurgencia dependiente del turbio Robert McNamara, comprando armas para las bandas locales enfrentadas. Desde luego declaraciones como las de Manley en el foro de países no alineados en 1979 diciendo que "Lenin was the man" (Lenin es nuestro hombre) no debieron tranquilizar a la administración americana,

La cuestión que recoge a la perfección James, sin pasar por alto sus contradicciones, es que el rastafarismo fue la punta de lanza cultural del gobierno de Manley. La conquista de los guetos fue obra de estos seres hirsutos y agrestes armados con sus sound systems y su mensaje de buenas vibraciones, repatriación, orgullo negro y justicia social. No es de sorprender que, cuando esta historia de socialismo en el Caribe terminó abruptamente con la victoria de Edward Seaga y un salvaje ajuste estructural del FMI que obligo a reducir drásticamente el peso del gasto público y, por tanto, los programas de redistribución de Manley, el reggae abandonase progresivamente su rastafarismo y fuese acercándose a ser una especie de banda sonora de las luchas entre bandas de narcotraficantes que se disputaban los, ahora ya completamente desesperados, guetos jamaicanos. Mientras medio país seguía abandonando la isla, y curiosamente, seguir cultivando el sentido original del rastafarismo como forma de supervivencia cultural en medio de la despiadada Babilonia de Londres o Nueva York.

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