La escasez de chips ya tiene un gran perjudicado: por qué acabarás pagándola tú
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Más fábricas de procesadores, pero más caras

La escasez de chips ya tiene un gran perjudicado: por qué acabarás pagándola tú

El sector de la automoción ha dejado atrás el gran descalabro generado por la escasez de chips, pero ahora viene una segunda ola: problemas para la electrónica de consumo y subidas de precios

placeholder Foto: Un microprocesador o chip. (Brian Kostiuk/Wikimedia)
Un microprocesador o chip. (Brian Kostiuk/Wikimedia)

Lo peor ha pasado, pero ahora alguien tiene que pagar la factura. Adivine quién. El consumidor. Este es el resumen de lo que nos espera al menos hasta 2023, y puede que durante varios años más. La brutal escasez de semiconductores provocada por el aumento de la demanda durante la pandemia ha dejado tirados a múltiples sectores, especialmente al de la automoción. Desde finales del año pasado, las grandes compañías de chips como Intel, TSMC o Texas Instruments y gobiernos como EEUU, China o la UE han destinado miles de millones para enderezar la situación. La cadena de suministro mundial podría recuperar una relativa normalidad a finales de este año, al menos para el sector de la automoción, pero los baches no han terminado. Agárrese, porque ahora le toca sufrir al sector de la electrónica de consumo y, sobre todo, a su bolsillo.

Los fabricantes de coches, los grandes perjudicados por la crisis de los semiconductores, han comenzado a ver la luz al final del túnel. Aún hay excepciones, como la surcoreana Hyundai, que ha avisado esta semana de un nuevo recorte en las ventas durante el tercer trimestre del año por este motivo. La situación, sin embargo, no debería durar mucho.

Foto: Ilustración: Raquel Cano.

China ha absorbido parte de la producción que no podía asumir Taiwán o, lo que es lo mismo, la firma TSMC, que controla hasta el 65% de la fabricación de chips a nivel mundial para el sector de automoción. Además, "las compañías taiwanesas están creando semiconductores específicos para los automóviles, así que esto debería estar resuelto en unas cuantas semanas. Pero van a persistir los problemas para otros productos electrónicos", ha reconocido la analista Iris Pang a la agencia Reuters.

Ese es precisamente el mayor temor para lo que queda de año: solucionado el cuello de botella en automoción, la escasez de procesadores amenaza con trasladarse ahora a otras actividades, principalmente los 'smartphones' y otros equipos de electrónica de consumo cuya demanda sigue disparada por el teletrabajo, como ordenadores, tabletas y monitores, o consolas en la parte de entretenimiento. Las grandes tecnológicas al final de la cadena ya lo han empezado a notar.

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Foto: Reuters.

Esta semana, Microsoft ha presentado resultados y ha reconocido que parte de su negocio se ha visto afectado por "problemas en la cadena de suministro". Los ingresos en licencias de Windows han descendido un 3%, simplemente porque los fabricantes de portátiles están vendiendo menos por la escasez de procesadores. Y Microsoft lo ha sufrido en sus propias carnes, con las ventas de su miniordenador Surface desplomándose un 20%.

Apple tampoco es ajeno al problema y Tim Cook avisó esta semana en su llamada con analistas: las "restricciones en la oferta" de componentes van a afectar a las ventas del iPhone y el iPad en lo que queda de año, y puede que también en 2022. Y eso lo dice Cook, que cuenta probablemente con la cadena de suministro más engrasada del mundo y cuyos proveedores, entre ellos TSMC, priorizan siempre la firma de Cupertino por el brutal volumen que mueve.

Igual que ocurrió con la automoción, la situación amenaza con repetirse en los próximos meses, aunque no tan exacerbada, con la electrónica de consumo. "La industria es increíblemente dependiente de TSMC, especialmente en el segmento de los chips más avanzados, y eso es muy arriesgado", explicaba recientemente al FT el analista de Bain & Company Peter Hanbury. La firma taiwanesa controla el 90% de la fabricación de microprocesadores avanzados que alimentan casi cualquier producto de electrónica de consumo que usan millones de personas en el mundo. Es justo en esos productos en los que la empresa tiene un enorme margen (sobre el 50%). Por eso los priorizaron frente a la fabricación de chips menos avanzados destinados a la industria de automoción, provocando su descalabro.

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Foto: Reuters.

TSMC no es una empresa cualquiera. Esta compañía y los movimientos que ha venido realizando son la clave para entender lo que ha ocurrido y lo que está por llegar. Es lo que se denomina un 'pure fab'. No diseña, no conceptualiza. Solo fabrica. El problema es que cada vez son menos los que se dedican a la manufactura. "Esto viene de años atrás. Hace dos décadas, teníamos grandes fabricantes de circuitos integrados que hacían todo el proceso. A día de hoy, cuando hablamos de fabricar chips para móviles, la cosa está repartida en muy pocos actores", explicaba recientemente a este diario Ignacio Mártil, catedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid.

Aparte de TSMC, no hay mucho más. Están Intel y Samsung, que hacen todo el proceso, diseño y fabricación, pero ambos, especialmente Intel, se han ido centrando más en el diseño y menos en la fabricación. Intel, de hecho, ha externalizado buena parte de su producción a TSMC. Y luego están otras empresas como Nvidia o Qualcomm, conocidas como 'fabless', que solo diseñan el procesador y externalizan su fabricación. El resultado es una industria global de electrónica de consumo que vuelve a estar, de nuevo, en manos de una compañía en un momento en que la demanda sigue rozando récords históricos.

Intel quiere evitar volver a quedarse atrás y ha anunciado este mismo lunes una nueva estrategia para fabricar chips de forma agresiva, asegurando que Qualcomm y Amazon ya son dos de sus primeros clientes. Es su forma de intentar competir con TSMC y Samsung, pero la ventaja de la taiwanesa parece insalvable. Por su parte, TSMC y gobiernos de todo el mundo se han lanzado a anunciar la construcción de más plantas de fabricación fuera de Taiwán y China. Eso son buenas y malas noticias a la vez.

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El presidente de EEUU, Joe Biden, muestra un microprocesador el día del anuncio de las medidas para expandir la industria de fabricación de chips en EEUU el pasado febrero. (Reuters)

Lo bueno: habrá más capacidad de producción para evitar otro gran cuello de botella. TSMC anunció una inversión de 12.000 millones en una nueva planta de fabricación de chips en Arizona (EEUU) y está en negociaciones avanzadas para abrir otra en Japón y tal vez también en Alemania. El movimiento se une a los 52.000 millones prometidos por la Administración Biden para invertir en la industria, los 450.000 millones en 10 años de Corea del Sur o los 160.000 millones de Europa. ¿La mala noticia? Toda esa nueva capacidad de producción va a costar mucho dinero, se ubicará en lugares con un coste mayor y, en consecuencia, el precio de los productos se va a incrementar en los próximos años.

Según un informe reciente de Boston Consulting Group y la Asociación Mundial de Semiconductores (SIA), el coste total de operar una fábrica de semiconductores en EEUU comparado con Asia puede ser hasta un 50% mayor. En Europa, sube hasta un 40% más. Entre abrir fábricas más costosas y enfrentarse a una posible paralización mundial de la electrónica de consumo, compañías y gobiernos han escogido lo primero. No había mucha opción y el resultado está a la vuelta de la esquina: esos costes adicionales acabarán trasladándose poco a poco a lo largo de la cadena de suministro hasta su mismo final, hasta usted y yo y el resto de los mortales. La gran crisis de los semiconductores tardará aún un tiempo en solucionarse, pero de algo no hay duda: acabaremos pagando unos cuantos euros más (habrá que ver cuántos) por ese portátil, monitor o tableta que nos permiten teletrabajar felices desde la playa.

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