La violencia en Belfast, un complejo puzle más allá del Brexit
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Más de una semana de disturbios

La violencia en Belfast, un complejo puzle más allá del Brexit

Los controles aduaneros azuzan las tensiones en Irlanda del Norte, donde la crisis política, el resurgir paramilitar y el descontento con la policía forman un peligroso caldo de cultivo

placeholder Foto: Un autobús arde en las protestas de Belfast, en Irlanda del Norte. (Reuters)
Un autobús arde en las protestas de Belfast, en Irlanda del Norte. (Reuters)

Un autobús ha tenido que quedar completamente calcinado en Belfast por el lanzamiento de cócteles molotov para que el primer ministro británico, Boris Johnson, haya condenado finalmente las “escenas de violencia” que se están viviendo en Irlanda del Norte. Lo cierto es que los disturbios duran ya más de una semana. Más de medio centenar de agentes de policía han resultado heridos y, entre los detenidos, hay jóvenes de tan solo 13 años. Pero nadie está prestando especial atención a lo que acontece en la provincia británica. Y este es realmente el problema. Se habla poco, más bien nada, de Irlanda del Norte. Pero, desde hace tiempo, la tensión entre católicos y protestantes se está gestando, de nuevo, a fuego lento.

Por mucho que se eche ahora la culpa al Brexit, la salida de la UE es tan solo un elemento más de un escenario mucho más complejo. La falta de liderazgo de los dirigentes norirlandeses, el incremento de las actividades criminales de las organizaciones paramilitares, los problemas económicos (120.000 niños viven en la pobreza en una población que no llega a los dos millones), los enfrentamientos cada vez más virulentos entre las comunidades y la desconfianza en la policía forman un peligroso caldo de cultivo.

Foto: Una mujer camina frente a un mural de apoyo a los paramilitares unionistas en Belfast. (Foto: Reuters)

El autobús calcinado es tan solo un aviso. Se quemó, por cierto, en pleno cruce entre la calle unionista Shankill Road y la nacionalista de Springfield Road. Católicos-republicanos-nacionalistas (aquellos que quieren unirse a la República de Irlanda, del sur de la isla) y protestantes-monárquicos-unionistas (aquellos que quieren seguir siendo parte del Reino Unido) viven todavía divididos.

En muchos casos, de manera literal, separados por tapias que reciben el nombre de 'muros de la paz'. A día de hoy, hay aproximadamente 117 barreras visibles en toda la provincia británica. La gran mayoría, construidas tras la firma del Acuerdo de Paz de Viernes Santo de 1998, que puso fin a tres décadas de un sangriento conflicto.

Uno de los últimos vallados de hormigón con espinos se terminó en 2008. Se construyó a solo siete metros del Hazelwood Integrated Primary, uno de los pocos colegios que existen en el norte de Belfast donde estudian juntos niños de las dos comunidades. La tapia tiene 170 metros de largo y ocho de alto. Es lo primero que ven los alumnos al entrar y al salir de la escuela.

Aunque en la actualidad la cuestión de identidad abarca mucho más. Alrededor del 20% del electorado no se identifica ni con ser británico ni con ser irlandés. Se trata de un híbrido, en parte europeo, en parte global, pero principalmente norirlandés, con todo lo que eso significa.

placeholder Una turista camina frente a un 'muro de la paz' en Irlanda del Norte. (Reuters)
Una turista camina frente a un 'muro de la paz' en Irlanda del Norte. (Reuters)

¿Qué está pasando en Irlanda del Norte? Es cierto que el Brexit ha acelerado la mecha y se ha convertido en la excusa perfecta para reivindicar todo tipo de causas. Johnson prometió inicialmente a los unionistas que nunca aceptaría un acuerdo con Bruselas que supusiera colocar barreras entre Gran Bretaña (Escocia, Inglaterra y Gales) e Irlanda del Norte. Pero finalmente esta fue la fórmula que terminó cerrando luego con la UE, al negarse a dejar el Reino Unido en la unión aduanera para poder cerrar acuerdos comerciales con otros países.

Para evitar una frontera dura entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte —una de las premisas del Acuerdo de Viernes Santo—, la 'frontera' se ha movido ahora al mar de Irlanda. La provincia británica queda, por tanto, con un estatus diferente al del resto del Reino Unido. Y los unionistas se sienten traicionados. Porque los controles que han de realizarse ahora en los puertos norirlandeses son algo con lo que los euroescépticos no contaban, ni siquiera los unionistas del DUP, que en su día hicieron campaña por el Brexit duro.

Nueva noche de violencia en Irlanda del Norte

Se trata de un escenario complicado. Y la provincia británica no cuenta ahora con políticos de gran autoridad, como en su día lo fueron el protestante Ian Paisley y el católico Martin McGuiness, quienes formaron el primer autogobierno de coalición en 2007.

Al frente de los unionistas del DUP se encuentra ahora Arlene Foster. Su elección en 2015 en una formación predominantemente masculina fue recibida como un necesario golpe de aire fresco. Pero ahora simplemente ha perdido el apoyo de sus filas y los partidos de centro. En lugar de buscar consensos, Foster apostó en los últimos años por radicalizar su postura hacia la derecha. Y como suele pasar con los líderes cuando alimentan la bestia en lugar de enfrentarse a ella, ahora no cuenta con credibilidad y, para desviar las críticas, recurre a demandas ridículas, como la de despedir al responsable de la policía de Irlanda del Norte.

Foto: Una imagen de las pasadas elecciones. (Reuters)

Por su parte, la viceprimera ministra norirlandesa, Michele O'Neill, vicepresidenta del Sinn Fein desde 2018, ha intentado frustrar una pensión para las víctimas del terrorismo del IRA que Westminster había votado como ley en 2019, mientras la Asamblea de Stormont estaba suspendida. ¿El resultado? Ha sido humillada por los tribunales de Irlanda del Norte, que han dado instrucciones de obedecer la ley.

“Francamente, el autogobierno en Irlanda del Norte se ha convertido en una telenovela, traicionando las esperanzas depositadas en él después de décadas de tiroteos y bombardeos”, señala en una columna de opinión Peter Hain, ministro para Irlanda del Norte entre 2005-2007.

placeholder Manifestantes lanzan piedras contra las autoridades en Irlanda del Norte. (Reuters)
Manifestantes lanzan piedras contra las autoridades en Irlanda del Norte. (Reuters)

En los disturbios que acontecen desde hace más de una semana, también juega un papel importante el descontento que existe ahora con la policía de Irlanda del Norte (PSNI). Ha sido tremendamente polémica la decisión de no procesar finalmente a los miembros del Sinn Féin que acudieron en junio del año pasado al funeral de Bobby Storey, un prominente republicano y miembro del IRA, infringiendo así las restricciones del covid.

Desde el funeral de Storey, algunos políticos unionistas han insinuado que los católicos del Sinn Féin están recibiendo ahora un “trato especial” por parte del PSNI. Es curioso cómo en tan poco tiempo ha cambiado tanto el discurso político. La institución, que vino a sustituir a la policía paramilitar (RUC), fue creada en 2001, pero no fue hasta 2007 cuando la formación republicana la aceptó. No se fiaba en un principio de ella porque consideraba que estaba dominada por los unionistas. Pero ahora son los protestantes los que hablan de favoritismo.

En cualquier caso, los jóvenes que arrojan piedras estos días a los agentes y queman con cócteles molotov autobuses no son los que organizan realmente los disturbios. Son los grupos paramilitares los que agitan ahora la violencia como respuesta a las investigaciones que se están ejecutando por drogas y crimen organizado. El funeral de Storey y los problemas logísticos que están causando los nuevos controles de la era pos-Brexit son solo la cobertura para sus acciones. Pero se habla poco, más bien nada, de Irlanda del Norte. Y este es el verdadero problema. Quizá cuando llegue el próximo autobús calcinado, sea ya demasiado tarde.

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