Tres lecciones de la encerrona a Borrell en Moscú para las relaciones con Rusia
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RUSIA NO CAMBIARÁ DE ACTITUD

Tres lecciones de la encerrona a Borrell en Moscú para las relaciones con Rusia

El jefe de la diplomacia europea sufrió una encerrona en Moscú en un viaje del que pueden obtenerse tres valiosas lecciones para "reestructurar" las relaciones entre Rusia y la UE

placeholder Foto: El alto representante junto al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov. (EFE)
El alto representante junto al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov. (EFE)

El viaje a Moscú de Josep Borrell, alto representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, ha sido una bofetada para los Veintisiete. Humillado por Sergei Lavrov, ministro de Exteriores ruso, que incluso señaló el caso de los líderes del ‘procés’ huidos o juzgados para compararlos con Alekséi Navalny, líder opositor encarcelado tras haber sufrido un intento de asesinato, el jefe de la diplomacia europea ha certificado que las relaciones se encuentran en su punto más bajo.

El episodio puede haber generado muchas emociones en las capitales: enfado, impotencia, desesperación. Pero no sorpresa. El alto representante sabía perfectamente dónde se metía. Rusia disfruta con la ridiculización de sus rivales, con la demostración descarada de que puede ir en contra de todas las convenciones, contra todas las normas mínimas diplomáticas y democráticas. Disfruta con la impunidad y es la forma de ridiculizar el sistema multilateral que le ha arrinconado desde la caída de la Unión Soviética.

El propio Borrell ya ha sufrido en otras ocasiones estas tácticas por parte de Lavrov. Ese continuo intento de ridiculización lleva a Moscú a, por ejemplo, tachar de “propaganda” el mensaje enviado por Arancha González Laya, ministra española de Exteriores, desvinculando el caso de los independentistas respecto al de Navalni. Porque si hay un lugar en cuyo ADN está impresa la palabra “propaganda” es en el Kremlin: todo occidente vincula a Rusia con la idea de propaganda, de injerencia, de intoxicación mediática. Así que con esa misma etiqueta señala Moscú a los demás.

placeholder Borrell y Lavrov durante la rueda de prensa de la semana pasada. (EFE)
Borrell y Lavrov durante la rueda de prensa de la semana pasada. (EFE)

Tres lecciones

Así que el viaje de Borrell ha dejado muchas sensaciones, pero no sorpresa: ha sido una repetición más de una estrategia rusa muy perfeccionada. ¿Qué lecciones pueden extraerse de la visita del jefe de la diplomacia europea a Moscú?

Ante todo, el viaje ha cumplido, de forma muy desafortunada y sonora, su misión. Esa es la primera lección: certificar que no es posible un “reseteo” de las relaciones con Rusia en estos momentos. En un artículo publicado poco después de volver del país, el alto representante ha señalado que “Rusia no quiere aprovechar la oportunidad de tener un diálogo más constructivo con la UE”. Quizás no habría hecho falta una visita a Moscú para descubrir que no es posible esa reactivación de los lazos, y de hecho eso es lo que piensan algunos de los Estados miembros que no estaban a favor del viaje y que sienten que su posición se ha visto reforzada. Esto, a su vez, apuntala su exigencia de que es el momento de adoptar más sanciones contra Rusia por el envenenamiento de Navalni.

Foto: El opositor ruso Alekséi Navalni. (EFE)

En cualquier caso, desde el Servicio Europeo de Acción Exterior señalan que Borrell no se arrepiente para nada de su viaje: el trabajo de un diplomático es hablar y volver a hablar, incluso si el resultado dista mucho del deseado. Algunos eurodiputados han solicitado la dimisión del español y los ministros de los países que no veían la visita con buenos ojos preparan un “ya lo dije yo” para la próxima reunión del Consejo de Asuntos Exteriores.

La segunda lección es consecuencia de la primera. Rusia no está dispuesta a reiniciar las relaciones porque para Europa eso pasa por un cambio en la estrategia exterior de Moscú, y lo que ha quedado claro es que el Kremlin no está dispuesto a cambiar su actitud ni su política exterior. Vladímir Putin, presidente ruso, considera que el país ya vivió siguiendo los dictados de occidente durante la “infancia” postsoviética, y ahora no está dispuesto a volver a hacerlo. Eso significa que, sin cambios sustanciales, Moscú seguirá actuando como hasta ahora y será cada vez más agresivo en su vecindario: fustigará más a Ucrania o Moldavia, seguirá con el camino emprendido en Siria o Libia. Eso no va a desaparecer y, 'a priori', para Rusia esa actitud no es negociable.

El discurso de 2007 de Putin en la Conferencia de Múnich, que fue un auténtico 'shock' en el momento, cambió el rol de Moscú en el tablero global e “independizó” al Kremlin de los corsés morales y discursivos de Occidente —hasta la Unión Europea y la OTAN han asentido a algunas de las quejas señaladas entonces por el presidente ruso, aceptando parte de sus reclamaciones—. Ese fue el primer punto de inflexión, y el siguiente fue la anexión de Crimea en 2014. Moscú no va a volver por su propio pie al mundo anterior a 2007.

placeholder Angela Merkel, canciller alemana, junto a Vladímir Putin, presidente ruso. (Reuters)
Angela Merkel, canciller alemana, junto a Vladímir Putin, presidente ruso. (Reuters)

Eso lleva a la tercera lección: Europa necesita hablar consigo misma de forma franca sobre Rusia y su relación con ella en todas las dimensiones, no solamente en la geopolítica. Tiene oportunidad de hacerlo en el Consejo de Asuntos Exteriores del 22 de febrero y cuando los líderes europeos aborden la cuestión en marzo. Europa ha intentado hablar una y otra vez con Moscú en momentos de máxima tensión, como después de la anexión de Crimea, y siempre ha fracasado en su intento. Rusia disfruta con la espera a la próxima intentona europea.

Nicu Popescu, exministro de Moldavia y, por lo tanto, conocedor de la actitud rusa ante sus vecinos, predijo en el ECFR el fracaso del viaje de Borrell, y señaló que Rusia no encuentra un motivo para participar en los intentos europeos de “reinicio” de relaciones. ¿Por qué iba a hacerlo? Moscú solamente debe aguantar el chaparrón, la presión y el aislamiento hasta que llegue el siguiente intento europeo y estadounidense de “reiniciar” las relaciones, aceptando como punto de partida lo que hasta hacía poco tiempo era inaceptable.

Foto: Manifestación a favor del líder opositor Alexei Navalny. (EFE)

Por eso hay que ir más allá del debate de si se deben imponer o no sanciones a Rusia por el caso del envenenamiento de Navalni. La UE necesita que el diálogo sea sobre ella misma y su posición respecto a Moscú. Es una conversación mucho más incómoda que la de exportar el sujeto al exterior de la Unión, pero es que la actitud rusa se deriva en gran medida de una disonancia interna.

Si Rusia puede actuar así es porque hay una desunión clara dentro de los Veintisiete respecto a qué actitud tomar con Moscú. La relación es muy compleja: es al mismo tiempo de necesidad mutua y de recelo. Así, las relaciones con el Kremlin se sitúan en un tablero en el ámbito geopolítico y diplomático completamente distinto que en el ámbito económico. La Unión compra cifras récord de gas ruso y Berlín no está dispuesta a frenar la construcción del gasoducto Nord Stream 2 que va a conectar directamente el territorio ruso con el norte de Alemania, circundando el este de Europa y debilitándolo por lo tanto frente a Moscú. De hecho, a medida que las relaciones diplomáticas han empeorado desde 2014 la relación económica se ha estrechado en algunos ámbitos, como por ejemplo en el mercado energético o en inversiones, lo que se traduce en una jugada completamente ganadora para Rusia: hay una actitud de control de daños ante la creciente agresividad rusa en política exterior y, además, Moscú no paga ningún precio económico por dicha actitud.

Foto: Angela Merkel y Vladímir Putin, en 2018. (Reuters)

Nord Stream 2 se está convirtiendo cada vez más en un asunto demasiado espinoso para seguir corriendo un tupido velo sobre él: no gusta a la Comisión Europea, no gusta a París y, por supuesto, tampoco a los países del este de Europa. Tampoco es algo que ayude a conciliar el sueño a los pesos pesados de la nueva administración estadounidense liderada por el presidente Joe Biden. Y, sin embargo, Alemania continúa con ello. Hubo un conato de amenaza de suspensión tras el envenenamiento de Navalni, pero se vio rápidamente desactivado.

Pero el caso alemán no lo explica todo. Berlín está atrapada entre las dos vías: tiene muchos intereses económicos y, al mismo tiempo, está preocupada por lo que ocurre en Rusia y por la actitud rusa en su vecindario. Alemania es, quizás, un actor intermedio entre los distintos bloques que hay en la Unión, con Polonia, los países bálticos, Rumanía y algunos nórdicos defendiendo una postura dura contra Moscú, y otro sector Mediterráneo, con España e Italia, que defienden un acercamiento más “constructivo” con Rusia. A este grupo hay que añadir algunos países como Hungría o República Checa, que guardan silencio activo respecto a lo que ocurre en Moscú. Un cuadro enormemente complejo.

placeholder Emmanuel Macron, presidente francés, charla con Vladímir Putin, presidente ruso. (Reuters)
Emmanuel Macron, presidente francés, charla con Vladímir Putin, presidente ruso. (Reuters)

Como en cualquier debate sobre la agenda exterior de la Unión, hay opiniones muy diversas. Es natural, pero los últimos años demuestran que, si bien en otros aspectos los Veintisiete pueden mantener esa “ambigüedad constructiva” que se traslada en una cierta parálisis exterior que no tiene tampoco un enorme coste real, en el caso ruso el modelo de esa “ambigüedad constructiva” ha quedado ya desmantelado.

El Kremlin aprovecha y fomenta esa falta de unidad de forma activa. Por eso, cuando expulsa diplomáticos europeos durante la visita de Borrell a Moscú, no se lo comunica al alto representante: todo es un asunto bilateral, que es siempre el terreno en el que los intereses nacionales priman sobre los intereses de la Unión en su conjunto.

Esas tres lecciones serán importantes para leer la actuación de los Veintisiete durante los próximos meses: la constatación de que Rusia no desea reactivar las relaciones, que no está dispuesta a cambiar de estrategia exterior y, por último, que la única forma de cambiarlo es modificando la forma en la que la UE se relaciona con Moscú.

Mientras que no cambien las cartas con las que juegan, los Veintisiete van a encontrarse una y otra vez con la misma jugada: un intento de reconstruir puentes seguido de una burla y una ridiculización por parte del Kremlin para mantener su estrategia exterior a sabiendas de que las consecuencias reales no terminan de llegar. La buena noticia del viaje de Borrell es que, al menos, ha permitido que se genere un cierto ambiente en Bruselas más proclive a discutir del asunto. La gran pregunta será si ese debate dará paso después a una acción y hasta qué punto esta tendrá efecto.

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