PRAGMATISMO ECONÓMICO O FIRMEZA IDEOLÓGICA

Alemania tiene que elegir: el gas barato ruso del Nord Stream 2 o presión política a Putin

La confirmación de que el líder opositor fue envenenado con un agente nervioso solo en manos de agentes de Moscú ha desbaratado la habitual estrategia ambivalente de Angela Merkel

Foto: Angela Merkel y Vladímir Putin, en 2018. (Reuters)
Angela Merkel y Vladímir Putin, en 2018. (Reuters)

La canciller, que se crece en las crisis, se encuentra ante un dilema. Fuera de su zona de confort. La confirmación por especialistas alemanes de que el líder opositor ruso Alexei Navalni fue envenenado con un agente nervioso solo en manos de agentes de Moscú ha desbaratado la habitual estrategia ambivalente de Angela Merkel con Vladímir Putin. Le obliga a tomar una postura: ¿se enfrentará al presidente ruso y le apretará donde duele, en lo económico, o buscará una solución tibia que deje puentes tendidos y contraríe a sus aliados?

En su primera intervención, mostró estupefacción, enfado. Las coordinadas de su brújula moral. Pero también el cálculo frío de no querer apresurarse a responder. De tentarse bien las ropas antes de dar un paso adelante. Poco antes, el portavoz del Ejecutivo alemán, Steffen Seibert, había informado de que expertos de la Bundeswehr (ejército alemán) habían detectado, sin lugar a dudas, que Navalni había sido envenenado con Novichok, un agente nervioso desarrollado por la Unión Soviética en los años setenta y ochenta del siglo pasado. El mismo con el que se intentó asesinar al agente doble Sergei Skripal en Salisbury (Reino Unido) en 2018. "Esperamos que el Gobierno ruso aclare estos hechos. Se plantean ahora preguntas muy graves que solo puede y debe responder el Gobierno ruso. La situación de Alexei Navalni ha despertado interés mundial. El mundo espera respuestas", subrayó Merkel.

Pero la canciller no dio detalles. No concretó la posible respuesta alemana. Ni las opciones que pueda estar barajando con socios y aliados, a los que ha informado puntualmente de sus hallazgos con respecto a Navalni, que se encuentra en coma y con respiración asistida en un hospital de Berlín desde el 22 de agosto, dos días después de colapsar en un vuelo interno en Rusia y que la familia pidiera su traslado a Alemania. Con la habitual virtud merkeliana de la contención y el riesgo de que se entienda como inseguridad, la canciller advirtió al Kremlin de que si no coopera de forma satisfactoria en la investigación, con "transparencia", habrá una "adecuada reacción común" de la Unión Europea (UE) y la OTAN. Este mismo lunes, un portavoz aseguró que no se descarta que el envenenamiento tenga consecuencias en el desarrollo del Nord Stream 2.

Entre la ética y el pragmatismo

Merkel se mueve aquí en un terreno inestable. Su ética le dice que debe actuar con contundencia ante el intento de asesinato de un político por parte de lo que parecen agentes secretos rusos. Una evidente línea roja. Pero la canciller, pese a ser consciente del autoritarismo de la Rusia de Putin y de su creciente agresividad geopolítica, de Siria a Ucrania, siempre se ha mostrado a favor del diálogo con Moscú, de mantener, pragmática, la puerta abierta, y de fomentar una estrecha relación económica y comercial, quizá bajo la tesis, cada vez más cuestionada, del 'wandel durch handel' (cambio a través del comercio, o que la apertura comercial lleve hacia una transformación política de carácter democrático).

Hay abundantes ejemplos. En Siria y Libia, Alemania ha condenado en repetidas ocasiones la actitud de Moscú, pero ha pedido y posibilitado que esté en la mesa de negociación. En Ucrania, la canciller siempre ha defendido las sanciones a Rusia por la anexión ilegal de la península de Crimea (y la suspensión de Rusia del G-8). Pero fue también Merkel quien logró llevar a la mesa de negociación en 2015 a Putin y al entonces presidente ucraniano, Petró Poroshenko, para sellar los Acuerdos de Minsk, una hoja de ruta política para solventar el conflicto en las provincias ucranianas de Donestsk y Lugansk.

Rusia también está involucrada en Bielorrusia, donde cientos de miles de manifestantes pacíficos están protestando regularmente en las calles contra el presidente, Alexandr Lukashenko, desde las fraudulentas elecciones del 9 de agosto. Moscú ya ha ofrecido a su vecina y aliada apoyo político e incluso militar para recuperar el control de las calles. Algunos expertos creen que esto evidencia el nerviosismo de Putin ante su propia situación. Pero la mayoría advierte de que el presidente ruso puede estar tratando de incrementar su ya importante ascendiente en Minsk. Berlín, que en el marco de la UE está preparando sanciones contra altos cargos bielorrusos, no reconoce los resultados, considera ilegítimo a Lukashenko y ha advertido al régimen bielorruso sobre el uso de la violencia. Pero apenas nada sobre Rusia. Merkel se ha limitado a pedir que la situación se resuelva "sin interferencias desde el exterior".

Luego está el Nord Stream 2, el gasoducto para conectar directamente Rusia con Alemania a través del mar Báltico, para que la primera economía europea tenga un suministro garantizado de gas ruso. Hasta 55.000 millones de metros cúbicos de gas natural al año. El proyecto sigue adelante —y está próximo a culminarse—, pese a las sanciones extraterritoriales de Estados Unidos, las críticas de los socios europeos (con Polonia y los países bálticos a la cabeza) y las señales de SOS de Ucrania, que teme perder unos 1.800 millones de euros al año en concepto de impuestos de paso por la caída del volumen de gas ruso que atraviesa su territorio camino de Europa occidental. Eso, por el acuerdo entre su agresor ruso y su principal valedor occidental.

Ciberataques y un asesinato por encargo

Putin ha puesto a prueba la paciencia de Merkel en varias ocasiones. Y la canciller ha demostrado estar dispuesta a ceder hasta la frontera del dolor. Como cuando en 2016 medios prorrusos difundieron 'fake news' de forma consistente en Alemania con el caso de Lisa, una menor de ascendencia rusa que había sido violada por un refugiado árabe. El Gobierno ruso llegó a pedir explicaciones a Berlín cuando se sabía que todo era un montaje. O cuando meses antes un ciberataque logró penetrar en las redes del Bundestag (Cámara Baja alemana), incluso en los ordenadores de la oficina parlamentaria de Merkel, y los servicios secretos alemanes llegaron a la conclusión de que la operación partió del grupo Sofacy/APT 28, asociado a la Inteligencia rusa.

Alexéi Navalni. (EFE)
Alexéi Navalni. (EFE)

Pero hay otro caso más reciente que ha erosionado las relaciones bilaterales. Un caso literalmente más sangrante en que destacó la tibieza de Berlín. En agosto del año pasado, un excombatiente checheno y confidente de diversos servicios secretos occidentales llamado Zelimkhan Khangoshvili fue tiroteado a plena luz del día en el centro de Berlín. El autor de los disparos, detenido poco después, es un agente ruso que viajó a Alemania con identidad falsa facilitada por la Inteligencia de su país. La propia Fiscalía Federal alemana considera que se trató de un "asesinato de encargo del Gobierno ruso". Pero el Ejecutivo en Berlín ha pedido esperar a la sentencia para tomar medidas, alegando que eso es lo que hace un Estado de derecho.

El caso Navalni puede marcar un antes y un después en las relaciones germano-rusas y en la ambivalencia de Merkel con Moscú. Personas del entorno de la canciller han señalado que el intento de asesinar al opositor ruso con un agente nervioso ha afectado a Merkel. La presión para actuar va, además, en aumento. Un gran número de parlamentarios, incluidos destacados miembros de su partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), han exigido mano dura con Rusia. Muchos quieren la paralización del Nord Stream 2, pese al revés económico que supondría para Alemania. Habrá un ultimátum por parte de Berlín. Moscú ya ha avanzado que no cooperará. Y Merkel tendrá que decidir si cumplir con su ultimátum.

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