A LOS NEERLANDESES SE LEs AGOTA LA PACIENCIA

La guerra de las mascarillas también se libra en Holanda: de obligatorias a ¿inútiles?

El Gobierno holandés lleva meses negándose a obligar al uso de mascarillas, mientras los diferentes municipios denuncian que la gente no mantiene la distancia física

Foto: Un hombre lleva una mascarilla del Feyenoord, equipo de Róterdam. (EFE)
Un hombre lleva una mascarilla del Feyenoord, equipo de Róterdam. (EFE)

La distancia social no la respetan en Países Bajos ni sus propios reyes ni quienes exigen su cumplimiento, como el ministro de Seguridad. Si hasta hace tres meses los holandeses vendían su estrategia contra el coronavirus como un “confinamiento inteligente”, por el que se aislaba el ciudadano más responsable, da la sensación al moverse hoy por Países Bajos de que nunca hubo un virus pandémico que se cobró oficialmente la vida de 6.215 personas (más de 10.000, según otras estadísticas) solo en territorio neerlandés. Cruzar la frontera entre Países Bajos y Bélgica es en sí un golpe de realidad: mientras los belgas necesitan cubrirse la boca y la nariz en la calle y hasta para usar el baño de un McDonald's, los neerlandeses no la requieren para nada más que para subirse al transporte público.

En las últimas dos semanas, este país de 17 millones presenta una tasa de contagios (41,2 por 100.000 habitantes) que alcanza el doble de la de Alemania (21,3), mientras que la tasa de muertos (0,3 por cada 100.000 habitantes) la triplica, con una calificación actual de “exceso moderado de muertes” en los gráficos del proyecto EuroMOMO, que mide la mortandad de los países europeos. Solo está por detrás de Bélgica.

A pesar de los datos, que sitúan Holanda como el noveno país de la Unión Europea en el total de contagios desde comienzos de la pandemia en marzo, el Gobierno holandés hace oídos sordos a las peticiones de la OMS y sigue negándose rotundamente a obligar a sus compatriotas al uso de mascarillas en las calles, porque considera que “no está probada su eficacia médica”. Considera que las mascarillas ofrecen solo una protección limitada contra los contagios y que incluso pueden llegar a crear “una falsa sensación de seguridad que hará que la gente se olvide de mantener la distancia de metro y medio” en las calles. Solo son obligatorias —a nivel nacional— en el transporte público, donde es difícil mantener la distancia.

La cuestión de las mascarillas es uno de los mensajes más contradictorios y polémicos de la estrategia holandesa. Ha llevado a una rebelión en dos ciudades: Ámsterdam y Róterdam, que registran los peores datos de los rebrotes, han optado por exigir su uso entre los mayores de 13 años en los lugares más concurridos.

"Lo que no se puede hacer es dar a cada provincia el poder de hacer obligatoria una medida que el Gobierno central dice que no tiene ningún efecto positivo a la hora de prevenir los contagios de coronavirus", explica Adriaan Wierenga, experto en leyes de orden público y gestión de emergencias, a El Confidencial. "Si el Gobierno dice que no hay evidencia médica, nadie debería tener el poder de exigir esta medida. Tiene que haber una estrategia clara. El Gobierno debe elegir: o usamos mascarilla en todas partes o no la usamos en ningún sitio", alerta.

¿Quién manda aquí?

En situaciones de emergencia sanitaria como la pandemia, el Ministerio neerlandés de Salud determina la línea de actuación a nivel nacional que tendrán que aplicar las 25 juntas locales de Seguridad Pública, lo que se hace estableciendo las medidas necesarias para hacer cumplir la estrategia definida por el Ejecutivo central. Para Wierenga, debe haber un “único capitán” al mando de Países Bajos porque, de lo contrario, “la gente empezará a tener menos respeto hacia el mensaje del Gobierno” y los ciudadanos ya no estarán “motivados a seguir las reglas dictadas, porque hay contradicciones y falta claridad”. Y eso es lo que está ocurriendo, según las encuestas y según lo que se observa en la calle.

De hecho, los escépticos del coronavirus llevaron a los tribunales la obligación de uso de mascarillas en la capital neerlandesa. La jueza consideró que, efectivamente, la obligación es una invasión de la “privacidad” de los ciudadanos a nivel constitucional, pero que las mascarillas no son tampoco tan “ilegales”, algo que no ha gustado a los expertos. “No tiene sentido decir que eso solo es un poco de violación de la privacidad. Es como decir que una persona solo está un poco embarazada. Es o no es una infracción”, criticó un profesor de derecho constitucional.

"No tiene sentido decir que eso solo es un poco de violación de la privacidad. Es como decir que una persona solo está un poco embarazada"

Al final, la obligación de uso de mascarillas no duró ni todo el mes de agosto. Este lunes 31, Ámsterdam y Róterdam decidieron levantar la exigencia, presentada como un experimento, hasta próximo aviso. Las autoridades evaluarán ahora los resultados para ver si el uso de mascarillas ha provocado un cambio de comportamiento en la sociedad y si ha servido para mantener la distancia o no. Es posible que se reintroduzca el requisito de uso de mascarilla en ambas ciudades, pero esto dependerá de la evaluación del experimento científico.

La distancia social ha sido la columna vertebral del “confinamiento inteligente”, pero tampoco se cumple, ni siquiera por parte de los reyes Guillermo Alejandro y Máxima de Países Bajos. La pareja real está de vacaciones en Grecia y compartió una fotografía junto al propietario de un restaurante en que los tres posan pegados, sin el espacio de seguridad. Este lunes, tuvieron que pedir disculpas, porque ¿cómo exiges así a la sociedad que se atenga a la norma principal contra el virus? Fue la “espontaneidad del momento” lo que los llevó a no prestar mucha atención al distanciamiento, dicen. “Por supuesto, deberíamos haberlo hecho, porque el cumplimiento de las reglas es esencial cuando estamos de vacaciones si queremos tener el virus bajo control”, escribieron los monarcas.

Ferdinand Grapperhaus, ministro de Seguridad y Justicia. (EFE)
Ferdinand Grapperhaus, ministro de Seguridad y Justicia. (EFE)

El ministro de Seguridad y Justicia, Ferdinand Grapperhaus, también tuvo que pedir disculpas este fin de semana después de que salieran a la luz las fotografías de su boda. Los invitados posaban en las escaleras del ayuntamiento sin mantener ninguna distancia entre ellos. El funcionario holandés explicó que la boda se celebró “en un lugar pequeño”, solo con familiares y amigos cercanos, y que se pospuso la fiesta para después, precisamente por las limitaciones que supone la pandemia. Para evitarle una crisis al Gobierno, el ministro se disculpó y reconoció que entiende las críticas porque "siempre debe dar un buen ejemplo" como funcionario público que, precisamente, exige el cumplimiento de las medidas para frenar contagios.

La espontaneidad de los reyes y de Grapperhaus también afecta al resto de la sociedad. El Centro de Estudios sobre el Crimen y la Aplicación de la Ley de Países Bajos ha analizado las imágenes de una calle comercial de Ámsterdam. Observaron a 407 individuos durante 30 segundos. La mitad usaba mascarilla, la otra mitad no (se eligió una semana de principios de junio, cuando no eran obligatorias). El 55% no mantenía la distancia, mientras que el 12% estaba prácticamente pegado al resto de viandantes.

"El coronavirus no es una broma y es muy estúpido pretender que lo es", dijo el primer ministro, Rutte

Los expertos de este centro no creen que haya conexión alguna entre el uso de la mascarilla y la distancia. El indicador real, dicen, está en lo concurrido que está el sitio sumado a la concienciación ciudadana sobre el problema. Al menos uno de cada tres holandeses de entre 35 y 54 años cree que nunca contraerán el coronavirus, mientras que los hombres son más propensos que las mujeres a pensar que sí les puede pasar, según una encuesta encargada por el diario holandés AD. Un 28% no cree que pueda estar o haber estado contagiado, frente a un 25% de los ciudadanos que sospechan que, en realidad, ya han pasado el covid-19, aunque esto nunca haya sido confirmado con una prueba PCR.

"El coronavirus no es una broma y es muy estúpido pretender que lo es", dijo el primer ministro holandés, Mark Rutte, en uno de sus últimos sermones en televisión. Se dirigió a los más jóvenes, que considera que se están saltando todas las normas para celebrar fiestas en las casas, verse con sus amigos sin distancia alguna o seguir con sus ceremonias de comienzo de la actividad universitaria. El Ejecutivo ha prohibido el alcohol en estas fiestas, que han podido seguir celebrándose como todos los años, pero solo hasta las 22:00 y sin novatadas.

¿La estrategia actual? Libertad

Más de siete millones de personas han llegado a ver al principio de la emergencia sanitaria las ruedas de prensa de Rutte, en las que aludía a la responsabilidad que “caracteriza” a los neerlandeses, la vida en sociedad y la tendencia a no exigir (sino pedir, solicitar) que los ciudadanos sigan las medidas por “el bien de todos”. Esos discursos ya no surten efecto en la población, ni atraen tanto a la sociedad. O quizás ya pocos se los toman tan en serio.

Libertad y responsabilidad ante una “sociedad madura”. Es y siempre ha sido la estrategia del Gobierno holandés contra el coronavirus. Por tanto, cualquier medida se recomienda, se aconseja, se urge a seguir, pero no se impone por obligación. Según la última actualización, a día de hoy se pide “encarecidamente” tener a un máximo de seis invitados en una casa, sin incluir niños, y “solo si el salón es lo suficientemente grande como para permitir que todos se sientan a cinco pies de distancia”. Si eso no es posible, entonces seis invitados “son demasiados”.

Las cosas “van en la dirección equivocada con la epidemia”, dijo Rutte, y hay que “dar un paso atrás” en la fase por la que estaba el país, en la que no había más límite que tratar de mantener la distancia en la calle. Los contagios se están disparando principalmente en el ámbito privado, encuentros informales entre vecinos, en fiestas y bodas, situaciones en las que la gente “se conoce bien y se vuelve a dar la mano o está demasiado junta”. Y, aun así, se registran protestas de los conspiranoicos, que creen que el Gobierno está aprovechando el virus para violar sus derechos y libertades pidiéndoles mantener la distancia.

“El número de contagios e ingresos hospitalarios está aumentando; si no tenemos cuidado, volveremos al punto de partida”, advirtió el primer ministro en una rueda de prensa convocada de urgencia, tras verse obligado a interrumpir sus vacaciones y volver al timón. Lo que quiere es evitar que se tomen medidas más drásticas, como el cierre de toda la industria de la restauración, como ya se hizo durante los peores momentos de la pandemia. “Si esto no funciona, tendremos que recurrir a más”, amenazó de nuevo.

El teletrabajo sigue siendo otra de las medidas que considera más eficaces contra los contagios. Las cifras de los rebrotes “no dan motivo” para relajar y por eso “incluso después del 1 de septiembre, el consejo sigue siendo trabajar desde casa tanto como sea posible”, si el tipo de profesión lo permite. Las discotecas, salas de baile y bares de copas se han mantenido cerradas desde mediados de marzo, y, según Rutte, la posibilidad de que reabran pronto es “muy pequeña”.

Sin embargo, el primer ministro holandés enfatizó que no quiere "una especie de policía del coronavirus que verifique detrás de las puertas cuántas personas fueron invitadas" a una casa, o si los ciudadanos están cumpliendo con las medidas. Tampoco hace falta porque “los holandeses son gente sensata”, aseguró literalmente. “Demostramos entre marzo y junio que podíamos frenar el virus juntos. Ahora tenemos que demostrar que podemos mantenerlo bajo control todos juntos”, recordó.

Para el Gobierno, las medidas actuales son prácticamente lo máximo a lo que se puede llegar, y si esto no funciona, tampoco se adoptarán medidas mucho más drásticas, como un confinamiento total del país. “Eso afectaría fuertemente a nuestra economía y no nos lo podemos permitir, pero lo podemos prevenir todos siguiendo las reglas”, aseveró el ministro de Sanidad, Hugo de Jonge.

Cuarentenas de solo 10 días

El ministro trató de imponer —en lugar de aconsejar— el cumplimiento de una cuarentena de dos semanas a todos los viajeros que vuelvan de zonas consideradas de alto riesgo para el coronavirus o hayan estado en contacto con una persona contagiada, pero el Parlamento se le rebeló, incluso con la ultraderecha tratando de convocar una moción de censura. No se puede obligar a los ciudadanos, es contrario a la ley y a las libertades constitucionales de los ciudadanos, le recordaron los diputados, incluidos los progresistas (D66) y Unión Cristiana, ambos partidos socios de la coalición del Gobierno holandés.

Así que ahora solo se “recomienda encarecidamente” hacer cuarentena, que se ha reducido de 14 a 10 días porque eso es “suficiente”, según el equipo de gestión de brotes (OMT), que asesora al Gobierno central en las medidas a tomar contra el virus. Entiende que una cuarentena más corta será menos estresante para las personas que tengan que encerrarse en casa, lo que hará que la gente siga la recomendación más fácilmente, y argumentó que la mayor parte de las personas desarrollan el covid-19 en los primeros diez días después del contagio.

A los viajeros que lleguen de zonas de riesgo, como la totalidad del territorio español, a través del aeropuerto de Ámsterdam también se les aconseja hacerse una prueba PCR gratuita en la propia terminal del aeródromo. Pero, de nuevo, esto no es más que una recomendación y, quien opta por volver a su casa sin hacerse el test, ni seguir la cuarentena, tampoco se enfrenta a una multa, ni hay nadie que vigile su aislamiento.

Vuelta al colegio

Con la vuelta al cole, que se completa esta misma semana, varias escuelas holandesas han optado por ir contra las recomendaciones oficiales y obligar al uso de mascarillas entre sus alumnos. No hay una guía clara emitida por el Ejecutivo o el RIVM sobre lo que se debe hacer, así que las escuelas están yendo por libre y tratando de evitar la vuelta a las clases a distancia.

La recomendación es que ni los estudiantes de Primaria ni de los de institutos usen mascarilla ni mantengan distancia entre ellos. A partir de los 12 años, sí deberán alejarse de los profesores, pero la norma general permite que todos se sienten en la misma aula a la vez, los cinco días de clase. Algunas escuelas quieren que los estudiantes y el personal usen mascarillas al menos en los pasillos, mientras que otras obligan a su uso incluso dentro del aula.

Los expertos han estado estas semanas recordando los problemas de ventilación de los edificios escolares, de ventanas que no se abren (o si se abren, ya no hay manera de cerrarlas) subrayando que la calidad del aire está por debajo de la media debido a sistemas de ventilación obsoletos, lo que puede ser problemático si el coronavirus se transmite a través de aerosoles, pequeñas gotas que permanecen en el aire. Así que las escuelas también han recibido una guía de siete páginas en la que los representantes del sector educativo explican cómo se ha de comprobar si la ventilación de los edificios cumple con los requisitos mínimos exigidos por el RIVM para prevenir contagios de coronavirus. "El mensaje principal es: ventilar, ventilar y ventilar. Si algo sabemos con certeza es que tenemos que evitar acumulación de aire", dice Marco van Zandwijk, que participó en la elaboración de la guía.

Un país dividido

Una investigación publicada la semana pasada por la agencia Markteffect concluyó que el apoyo de la población neerlandesa al enfoque oficial contra el coronavirus está disminuyendo. Además, hay una brecha cada vez más grande entre los que creen que el Gobierno aplica medidas “demasiado estrictas” y los que ven la estrategia un tanto “suave” o “insuficiente”. Más de cuatro de cada diez neerlandeses dicen no tener confianza en la política del Ejecutivo ni en el Instituto de Salud Pública (RIVM). Este dato era de solo el 15% a finales de marzo.

Esta situación supone un batacazo en las encuestas para el liberal Rutte, que se está pensando si presentarse a las elecciones generales de marzo del próximo año. Si inicialmente era muy elogiado por su acción contra el virus, considerada “decisiva”, ahora está perdiendo cada vez más apoyos. En marzo, un 64,9% de los encuestados tenía mucha confianza en él, pero ese porcentaje se ha reducido hasta el 45,2% esta semana. Casi un 25% cree que el control del coronavirus “no está en las manos adecuadas” y un 30% todavía tiene “un poco de esperanza” en Rutte para redirigir la situación en Países Bajos.

Lo curioso es que la gente en el norte del país, donde hay relativamente pocas infecciones, tiene más confianza en la política que los habitantes del oeste y sur del país, más afectados por la pandemia. Una observación que a primera vista podría sugerir que unas medidas más estrictas deberían contar con mayor aceptación, pero no es así: un 33% de los encuestados no entendería la aplicación de medidas más estrictas en el futuro, y más del 29% de los ciudadanos piensan que las medidas gubernamentales que se están aplicando ahora “restringen demasiado la libertad individual”.

Si Rutte quiere recuperar la confianza de la ciudadanía en su política, aparentemente deberá frenar la difusión del virus sin recurrir a medidas para frenarlo. Otra pregunta es si pedirle tal cuadratura de círculo es realmente propio de “gente sensata” como son, en sus propias palabras, los neerlandeses.

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