las usamos en situaciones de bajo riesgo

La paradoja de las mascarillas: España lidera su uso y los rebrotes. ¿Qué ha salido mal?

La ausencia de otras medidas clave ha provocado que la obligatoriedad de la mascarilla tenga un efecto escaso, puesto que no se cumple en reuniones con familiares y amigos

Foto: Estatua de Ava Gadner en la localidad gironina de Tossa de Mar. (EFE)
Estatua de Ava Gadner en la localidad gironina de Tossa de Mar. (EFE)

La principal medida contra el covid en España es la mascarilla. Nos hemos convertido en el país que más la usa, pero también lideramos las estadísticas de nuevos brotes, así que algo está fallando. Con un número de test por cada millón de habitantes muy similar e incluso inferior al de otros países, el número de casos se ha disparado desde hace semanas: ya son más de 420.000, muy por delante del resto de Europa, salvo Rusia. Es evidente que la obligación de llevar mascarilla no ha surtido efecto.

¿Por qué? No es por falta de cumplimiento, al menos en apariencia. Desde el mes de mayo España lidera todas las encuestas sobre el uso de la mascarilla. En torno al 90% de la población se la pone de forma habitual desde que es obligatoria en todas las comunidades y tan solo Italia y Francia se acercan a esos datos en Europa. En Alemania la cifra se mantiene constante por encima del 60%, mientras que en el Reino Unido, que venía de cifras muy bajas, está creciendo de forma importante. En cambio, ninguno de los países nórdicos ha superado en las encuestas el 10% de uso. Los datos de España se encuentran a la par y en algunos casos superan ligeramente los de los países asiáticos, que estaban más acostumbrados a esta prenda y la emplearon desde el principio.

El Instituto de Salud Carlos III realiza su propia encuesta (COSMO-Spain) dentro de un estudio internacional promovido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, en la ronda realizada el mes de julio, el uso de la mascarilla fue la medida más frecuente que citaban los ciudadanos para evitar el contagio (91%), por delante de otras como lavarse las manos (89%), usar gel hidroalcohólico (86%) y guardar distancia física (84%).

De hecho, “la gente que va sin mascarilla” es la principal preocupación de los encuestados después de la posibilidad de perder a un ser querido. La inmensa mayoría de los españoles (un 86%) sabe que las mascarillas deben tapar la nariz y la boca y la citan como una herramienta para evitar contagiar a los demás (94%) e incluso para protegerse de ser infectado (70%). Sin embargo, hay algunos datos que apuntan hacia un mal uso: por ejemplo, un 10% que cree que hay que quitarse la mascarilla para toser o estornudar.

(EFE)
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En cualquier caso, cuando el uso es el adecuado los expertos ya no dudan de su eficacia. Al inicio de la pandemia la OMS y los distintos organismos oficiales relacionados con la salud de los países occidentales rechazaban su uso salvo para los enfermos con síntomas, pero todo cambió ante las evidencias de que existía un gran porcentaje de casos asintomáticos capaces de transmitir el virus y la creciente sospecha de que podía permanecer mucho tiempo suspendido en el aire a través de los aerosoles que desprendemos al respirar o al hablar. El caso de las peluqueras de Missouri (EEUU) que trabajaron durante varios días infectadas sin provocar ni un solo contagio entre las 139 personas que atendieron gracias al uso de la mascarilla es uno de los mejores ejemplos de la fiabilidad de este elemento para prevenir la transmisión.

Una realidad oculta

Sin embargo, el uso masivo en España de puertas para afuera puede esconder otra realidad. “Llevamos la mascarilla en situaciones públicas, en la calle, en lugares donde se ve a las personas”, opina Ignacio Rosell, experto en salud pública y medicina preventiva que asesora a la Junta de Castilla y León. “Evidentemente, el temor a una sanción no es menor en ese comportamiento. En cambio, muchas personas se relajan en el ambiente domiciliario entre vecinos y conocidos, aunque estén fuera del círculo estrecho de convivientes”, añade.

En esas ocasiones menos visibles está el peligro, porque “el virus no distingue su transmisión si la persona con la que estás es un amigo o un familiar que hace mucho tiempo que no has visto”. Precisamente, donde el contacto es más cercano menos vemos la mascarilla: reuniones caseras, bares y restaurantes. Lo que sucede es que “psicológicamente los humanos sí lo distinguimos y ese sesgo de percepción lleva a contagios frecuentes”.

Pedro Gullón, epidemiólogo social y médico especialista en medicina preventiva y salud pública, coincide con ese diagnóstico: “Ya ha pasado en otras epidemias, la gente llega a su casa y piensa que alguien cercano, solo por el hecho de serlo, no te puede contagiar; pero con la cantidad de asintomáticos y el nivel de transmisión que tenemos la realidad es que cualquier persona transmite el virus”, explica.

(EFE)
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Por lo tanto, la obligación de usar mascarilla tiene esa importante laguna: no llega a la privacidad de las reuniones familiares y de amigos. Además, cuando se celebran en establecimientos públicos la necesidad de comer y beber ofrece la excusa perfecta para eludir la norma. No obstante, el endurecimiento de esta medida debería haber tenido la virtud de normalizar su uso, pero probablemente también han faltado explicaciones pedagógicas para ello.

El debate sobre esta cuestión a menudo alude también a calidad de las mascarillas o a la mala manipulación que hacemos de ellas, pero los epidemiólogos no consideran que estos factores sean determinantes. “Una FFP2 es mejor que una casera, pero en el fondo se apostó por un uso generalizado porque incluso una mascarilla que no cumpla con todos los requisitos es mejor que no llevar nada. Cuando se opta por la utilización universal no se puede ser puntilloso, sino dar facilidades”, comenta Gullón.

“Arma política”

Sin embargo, esa decisión ha venido a tapar otras carencias en la estrategia sanitaria contra el covid. “En algún momento se ha utilizado como un arma política”, asegura el epidemiólogo. “Cuando algunas comunidades autónomas empezaron a tener un crecimiento en brotes apostaron por la mascarilla obligatoria y esta medida, que puede estar bien, se utilizó como una excusa para no atender a otros factores estructurales relacionados con los lugares en los que se estaban produciendo los brotes, la falta de refuerzo de los servicios de epidemiología y otras cuestiones que estaban sobre la mesa y se abandonaron”, denuncia.

La obligatoriedad de la mascarilla solo era la medida más barata, sino también la que tenía “menor coste político”, porque “es muy individual”. En ese sentido, Gullón destaca otra paradoja de su uso: a pesar de que la mayoría de las mascarillas están pensadas para que sus portadores no propaguen el virus –por lo tanto, tienen un uso altruista– “se ha planteado como si fuesen un elemento de protección personal y esto ha facilitado mucho su penetración en la sociedad”.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Otra cuestión es si esa forma de proceder entraba o no en los cálculos políticos. “No creo que haya sido intencionado, pero ha podido ocurrir en algún caso. Hay autonomías que claramente no han apostado por dotar de recursos al rastreo de contactos”, pone como ejemplo Rosell. Aunque aclara que no es el caso de su comunidad, Castilla y León, este problema se ve claramente en otras regiones donde el ratio de rastreadores con respecto a la población es muy deficiente. En su opinión, esto no quiere decir que se haya puesto el foco únicamente en el asunto de las mascarillas, pero se hace evidente que otras medidas no han sido suficientes.

En efecto, “la mascarilla solo es una de las estrategias de prevención, pero no es la única ni es definitiva, no podemos apostarlo todo a ella”, comenta Gullón. Desde su punto de vista, los servicios de rastreo necesitaban una vuelta más de tuerca, especialmente en Madrid y Cataluña, que son los lugares que tenían más transmisión y “donde los servicios de salud pública ya partían de un déficit estructural en los últimos años”.

Por otra parte, los expertos consideran que otros problemas que rebasan el marco de la sanidad, como la gestión del turismo o los brotes entre los trabajadores agrícolas temporeros –especialmente graves los que hicieron saltar las primeras alarmas en Huesca y Lleida–, tampoco han tenido que ver con el uso de la mascarilla, sino con la falta de medios o la ausencia de inspecciones de trabajo.

El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón. (EFE)
El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón. (EFE)

Los datos de contagios evidencian que España, más exigente que ningún otro país en el uso de la mascarilla, ha sido negligente en otros aspectos, pero no es fácil definir cuáles: “En el país más cercano a nosotros por sus características culturales y el impacto de la pandemia, Italia, ha habido más restricciones al ocio y al turismo, pero aquí fuimos más deprisa por su impacto en la economía”. Si a esos pequeños cambios iniciales se añade el problema del rastreo acaba por surgir una transmisión comunitaria, lo que a su vez incrementa el riesgo de otras actividades como una simple reunión familiar. Al final, la mascarilla deja de ser un elemento importante para marcar las diferencias entre distintos territorios, sobre todo si el uso en la intimidad es tan relajado.

Rosell cree que existe un gran abanico de factores que explican los malos datos de España y entre ellos el tipo de interacciones sociales también pueden ser un punto importante: “Nuestra forma de relacionarnos, nuestra convivencia intergeneracional en los hogares y el ocio nocturno”, apunta como claves.

En general, las redes de contactos de los países del sur de Europa son mucho más ricas que en la mayoría de los lugares del mundo. “Parece un tópico, pero está estudiado incluso para medir la propagación de la gripe, tenemos muchas más relaciones sociales y cuantos más nodos de interacción hay, la transmisión del virus es más alta”, señala Gullón. De todos modos, “la movilidad y el contacto social no son los mismos que en enero o febrero”. Además, cree que tampoco hay que exagerar las diferencias con otros países: “Ahora mismo la dinámica del virus tiende a crecer en todas partes, Francia ya está como nosotros hace días y en Italia y Alemania empiezan a aumentar los casos”, advierte.

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