Confinamiento eterno en ciudad de Panamá

¿El confinamiento en España fue largo? En Panamá llevan 5 meses (y no funciona)

A pesar del confinamiento más absoluto y de los miles de negocios cerrados, los contagios continúan en aumento, la confianza en el gobierno diluida y la economía de sus habitantes, estrangulada

Foto: Oficiales de policía en las calles vacías de Ciudad de Panamá. (Reuters)
Oficiales de policía en las calles vacías de Ciudad de Panamá. (Reuters)

La ciudad de Panamá amanece desnuda. Un paseo por las principales calles arroja un panorama inquietante de comercios clausurados, escaparates tapiados, estáticos controles de policía e incluso la convulsa calle 50 sin su tráfico habitual. Han pasado cerca de cinco meses desde que el 25 de marzo se declarara la cuarentena total en Panamá. La decisión, precedida por un toque de queda escalonado, respondía a la propagación del covid-19 en Europa y fue recibida con cierta eficacia por su rapidez, en comparación a la remolona respuesta de España.

Sin embargo, y a pesar del confinamiento más absoluto, de las calles vaciadas y de los miles de negocios cerrados, los contagios continúan en aumento, la confianza en el gobierno diluida y la economía de sus habitantes, estrangulada.

Las cifras sitúan a Panamá en el epicentro de la tormenta y antojan una difícil digestión: a 11 de agosto el país contabiliza 76.464 contagios, una media de mil diarios, y 1.680 muertes, según el Ministerio de Salud. “Las medidas y acciones del gobierno, en muchos casos, son improvisadas, arbitrarias y no existe acción coordinada”, afirma Luisa Elena Nuccio, cofundadora del medio de comunicación digital 'Praxis', y añade que “el mayor error que ha cometido el gobierno ha sido ignorar a los ciudadanos”. Para un país de 4 millones de habitantes esta dinámica ascendente lo instala entre los primeros puestos del mundo en letalidad y mortalidad por cada 100.000 habitantes. Según 'The Economist', para alcanzar los niveles económicos previos a esta crisis habrá que esperar a 2023.

Segregación de sexos y ley seca

Una de las particularidades más esperpénticas es la segregación por sexos. En la actualidad, las mujeres pueden salir los lunes, miércoles y viernes; los hombres, martes y jueves; el fin de semana, todos a descansar. Las salidas se realizan en función del último número de cédula (documento de identidad) en abanicos de dos horas. Este entramado de franjas y particiones contrasta con la desconcertante emisión de más de medio millón de salvoconductos que sugiere que muchas empresas no quieren o no pueden digitalizar sus servicios. Algunas pequeñas ciudades del interior, en cambio, sí han logrado contener el virus, reactivar ciertas actividades y degustar los viejos ecos de autonomía.

Otra de las medidas implementadas por el gobierno fue la ley seca, lo que propició, instantáneamente, cadenas de WhatsApp en las que se compartían improvisados catálogos de cervezas y vinos. "Nos lo quitan ahora que es cuando más lo necesitamos" se quejaba un panameño en las primeras sesiones de Zoom. La ley seca se levantó progresivamente coincidiendo con uno de los momentos de mayor tensión en el país.

Un residente camina con un tapabocas frente a un mural durante una jornada de desinfección en el barrio del Chorrillo. (EFE)
Un residente camina con un tapabocas frente a un mural durante una jornada de desinfección en el barrio del Chorrillo. (EFE)

La comunicación del gobierno y sus acciones, o la ausencia de estas, han provocado algunas respuestas sociales mediante comunicados de organizaciones civiles, breves caceroladas, caravanas de carros y pequeñas concentraciones de personas que salen a la calle, literalmente, porque tienen hambre. No obstante, todavía hay personas que confían en esta reclusión como método para luchar contra el virus.

Encierro perpetuo

La actividad social de El Cangrejo, barrio que presumía de la efervescencia de sus bares y terrazas, es residual. Sin embargo, las personas no han desaparecido, puede que vayan o regresen del supermercado o que simplemente, no les importe nada. En este barrio vive Daniel Hernández, natural de Tordesillas. “Llegué a Panamá de vacaciones hace ocho años y aquí sigo”, bromea. Desde 2012 dirige su empresa de tecnología solar, y a pesar de estar lejos del Pisuerga, de esta clausura que no termina y de vivir los primeros meses de la pandemia muy preocupado por lo que sucedía en España, especialmente por sus abuelos, no se planteó regresar. "Soy medio panameño, tengo mi vida y mi familia acá", afirma, además, su negocio continua a buen ritmo a pesar del impacto.

Muchos extranjeros residentes en Panamá, quienes tenían en este lugar del trópico su plácido hogar, han huido sin embargo ante el férreo encierro. “Era insoportable”, escribe por WhatsApp una amiga que ha conservado su empleo y teletrabaja desde el otro lado del Atlántico. Otros se fueron porque las empresas en las que trabajaban, o ellos mismos, colapsaron. Hasta la fecha, los vuelos humanitarios o especiales de Iberia o AirEuropa con destino a España partían completos. A estos, además, habría que sumarles los de otras aerolíneas europeas.

Calles vacías en Ciudad de Panamá. (Reuters)
Calles vacías en Ciudad de Panamá. (Reuters)

El optimismo prospectivo de Dani, una de sus señas de identidad, queda patente incluso durante la pandemia, “confío en Panamá, te lo digo de verdad, por su estructura como país, por el sector logístico y el bancario, honestamente creo que va a salir mejor que otros países, con una cuarentena tan larga y todavía aguanta”.

Sin embargo el escenario económico no luce alentador y amenaza con alcanzar el 20% de desempleo y, según el Ministerio de Trabajo y Desarrollo Laboral, continúan suspendidos a raíz de este confinamiento más de 200.000 contratos laborales.

Realidades paralelas

Esta crisis ha revelado las graves diferencias sistémicas que existen en este continente, y que subyacen en Panamá, uno de los países más desiguales de América Latina y cuya economía informal alcanza cerca del 45% de la población.

Lejos de esas calles de El Cangrejo existen otras cuyas aceras todavía son más estrechas y sus realidades, más inciertas si cabe. Barrios con mayores densidades de población y más pobres se traducen también en mayores índices de covid-19, como San Miguelito, Nuevo Tocumen, Pacora, 24 de diciembre, entre otras.

Una mujer, acompañada por sus hijos, prepara alimentos en Ciudad de Panamá (Panamá). (EFE)
Una mujer, acompañada por sus hijos, prepara alimentos en Ciudad de Panamá (Panamá). (EFE)

Hay voces como la de Leonarda, quien padeció el virus y al confinarse en su casa, se lo contagió a todos los miembros de su familia; voces como la de Abdul, que roza los 60 años y en sus días de libertad luce una beisbolera de los New York Yankees y se pasea por distintos edificios ofreciendo reparaciones; o la de Darío, nicaragüense, que lleva desde el mes de abril sin trabajar; o la de Fernanda, empleada doméstica que apenas ha logrado conservar dos de sus empleadores. Personas como estas salen a la calle pese al confinamiento porque necesitan dinero para comer, porque el bono solidario o la bolsa de comida del gobierno han sido testimoniales, y porque de ellas dependen otras personas.

Iniciativas y reinvención

En este tiempo de colapso, desconcierto e incertidumbre han aparecido distintas iniciativas solidarias y algunas personas, ante la necesidad más extrema, han logrado reinventarse. Este es el caso de Víctor Agudo quien ha sido capaz, como si se tratara de un icono pop en un momento de transición, de trazar un nuevo rumbo y convertir su empresa de autobuses turísticos en un mercado móvil. “Mercadito móvil en tu casa” se llama su nuevo negocio que impulsó consciente de sus propias necesidades y las de sus 30 conductores. Su ejemplo ha servido de estímulo para otros y a día de hoy cuenta que ha logrado emplear al 20% de su plantilla. Su sector, el turístico, será el último en abrir y para Agudo se antoja remoto, “lo preocupante es que no vemos la luz al final del túnel, o aprendemos a vivir con esto o nos vamos a encerrar toda la vida”.

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