BIDEN, ENTRE LA ESPADA Y LA PARED

"Ha sido un regalo": los disturbios en EEUU que pueden provocar la reelección de Trump

Si los demócratas están teniendo problemas en conciliar la justicia social y racial con mantener el orden, los republicanos todavía no se pueden creer el regalo que les ha caído del cielo

Foto: Protestas en Kenosha este fin de semana. (Reuters)
Protestas en Kenosha este fin de semana. (Reuters)
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“¿Estáis intentando que Trump sea reelegido?”, grita a los manifestantes el empleado de una pizzería destrozada, en Kenosha County, Wisconsin. Las ventanas se han convertido en una alfombra de miles de pedacitos de cristal. “¡Tengo una familia a la que mantener!”, les espeta. Una voz joven y tímida fuera de cámara le responde: “Esta gente no representa nuestro movimiento”. “Bueno, lo siento, pero son parte... Están con vosotros”, añade el pizzero, como diciendo: es lo que hay.

Esta solo es una escena concreta de lo que pasa en Kenosha County, donde el fin de semana pasado la policía disparó siete tiros por la espalda a un afroamericano, Jacob Blake, que desde entonces permanece esposado a la cama de un hospital. El incidente desencadenó protestas muy similares a las de comienzos del verano: una serie de manifestaciones espolvoreadas por saqueos y asaltos violentos, que de momento han dejado dos muertos a manos de un adolescente de 17 años.

Pero algo parece haber cambiado en la opinión pública. Una encuesta de Marquette Law School refleja un descenso del apoyo de los habitantes de Wisconsin a las protestas raciales. A mediados de junio, dos de cada tres ciudadanos respaldaban las manifestaciones de Black Lives Matter. Ahora, ese respaldo ha bajado a uno de cada dos: especialmente entre la población blanca. Como puede ser el caso del pizzero irritado. El sondeo, además, se completó antes de esta nueva ola de agitación.

Han pasado muchas cosas desde que las grandes ciudades de Estados Unidos se echaran a las calles para protestar por el asesinato de George Floyd. Lo que al principio fue un clamor de indignación y por la justicia racial, se fue ramificando. A las marchas pacíficas les salieron sarpullidos de violencia. Muchos policías atacaron a manifestantes desarmados, a veces por la espalda o cuando estaban en el suelo. Pero también hubo manifestantes que atacaron a la policía: la desbordaron con botellas, cócteles molotov y fuegos artificiales. Solo en Nueva York, en los primeros cuatro días de protestas, se destrozaron una cincuentena de coches policiales.

La disyuntiva demócrata

Las nuevas generaciones de periodistas estadounidenses, licenciados en las facultades donde impera la teoría crítica racial, que percibe el mundo como una sórdida guerra entre razas y géneros, impusieron una cobertura muy particular de los hechos. Aquellos que dieron un espacio a perspectivas conservadoras, como el jefe de opinión del 'New York Times', fueron forzados a dimitir; otros ardieron en las llamas de las redes sociales, como David Shor, el analista demócrata que alertó sobre el coste político que podría tener la violencia en unas elecciones.

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Por todo el país, empresas, alcaldías, medios de comunicación, universidades y fundaciones reiteraron su compromiso con la igualdad racial y prometieron todo tipo de medidas. A veces no fueron suficientes, como en la Fundación de Poesía de Chicago, donde el consejo fue obligado a dimitir por haber sido demasiado tibio en su denuncia del “genocidio negro” a manos de la policía. El derribo de estatuas de personajes históricos, desde Cristóbal Colón a George Washington o Ulysses Grant, el general que venció a los esclavistas (pero que había tenido un esclavo una vez), abría los informativos mientras las protestas y los saqueos continuaban.

Los desórdenes pusieron a los demócratas en una situación difícil. Para empezar, estos se producían en sus ciudades: Mineápolis, Nueva York, Los Ángeles, San Luis o Atlanta, lo cual les obligó a hacer equilibrios entre la denuncia del racismo y la brutalidad policial, y la conservación de la paz y el orden público. En Portland, uno de los lugares más agitados, el alcalde, Ted Wheeler, trató de hablar con los manifestantes. Se subió con un megáfono a un monumento lleno de grafitis, como si fuera uno más, y respondió a sus preguntas, llevándose sonoros abucheos.

Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

En Nueva York, Bill de Blasio aceptó recortar casi un 20% el presupuesto del departamento de policía y prohibió a los agentes la opción de inmovilizar a los sospechosos colocándoles la pierna sobre el pecho o la espalda. Los agentes, visiblemente cansados por haber sido objeto de escarnio y ahora por estas medidas que les limitaban en su trabajo, cayeron en una especie de huelga silenciosa: dejaron de actuar con el mismo ahínco, como reconoció uno de ellos a El Confidencial.

Como consecuencia, el crimen se ha disparado en estas grandes ciudades. Aquí en Nueva York, el número de homicidios ha crecido casi un 90% en agosto, igual que los tiroteos. Al mismo tiempo, las detenciones han bajado. Ahora uno da un paseo por Flatbush Avenue, en Brooklyn, y no deja de ver pequeños altares de velas en las aceras, en memoria de los jóvenes que cada dos o tres días son asesinados.

Si los demócratas están teniendo problemas en conciliar estas realidades, los republicanos todavía no se pueden creer el regalo que les ha caído del cielo: en plena desventaja de Trump en las encuestas, las imágenes de encapuchados marxistas que intimidan a inocentes viandantes, banderas americanas ardiendo en la Quinta Avenida, empresarios hincando la rodilla y hablando como si tuvieran una pistola en la sien, peticiones de “abolir la policía” y vídeos incontables de tiendas saqueadas y quemadas son un recurso de oro para los conservadores.

El presentador de Fox News, Tucker Carlson, sirve a diario una selección de los peores desfases que suceden en el país y se los achaca directamente a Joe Biden. La estrategia puede estar funcionando: Tucker Carlson se ha convertido en líder del 'prime time' y en el presentar de televisión más visto de la historia de EEUU, a pesar del boicot que le han hecho algunos anunciantes por su contenido extremista.

Esta semana, Carlson sugirió que Kyle Rittenhouse, el joven de 17 años que mató con su rifle a dos manifestantes que aparentemente lo perseguían, lo habría hecho para “mantener el orden”. Estas fueron sus palabras: “¿Realmente nos sorprende que los saqueos y los incendios se hayan acelerado hasta el asesinato? ¿Cómo de impresionados estamos de que los chicos de 17 años con rifles hayan decidido que tienen que mantener el orden, porque nadie más lo hace?”.

Un regalo para los republicanos

La estrategia republicana, y la de sus medios afines, trabaja para culpar a los demócratas del caos y la violencia que desde hace tres meses se enseñorean de los barrios de distintas ciudades. El presidente de EEUU, Donald Trump, que aceptó este jueves la nominación al cargo con un discurso frente a la Casa Blanca, ha abrazado de nuevo el mantra conservador 'ley y orden', al igual que hicieron en su día Ronald Reagan, Richard Nixon o el segregacionista George Wallace. Culpar a los demócratas de ser débiles ante el caos es una estrategia recurrente desde los años sesenta.

El candidato Joe Biden lo sabe, y por eso organizó una convención demócrata plural y moderada, donde los republicanos Colin Powell y John Kasich tuvieron mucho más espacio que la joven estrella socialista del partido, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, que solo habló 90 segundos. Aun así, los empleados de Fox bucearon entre las conferencias y debates aledaños de la convención y rescataron las mejores perlas extremistas, reforzando su mensaje de campaña.

El entorno del demócrata, según Axios, está preocupado por la encuesta de Wisconsin y por el posible efecto de la violencia y los disturbios entre los votantes. En los últimos días, a raíz de Wisconsin y del discurso de Trump, el foco mediático parece haberse colocado ahí: donde más beneficia al presidente. Los republicanos invitaron a hablar en su convención al jefe de un sindicato de policía de Nueva York y a la viuda de uno de los agentes asesinados durante los tumultos.

Después del discurso del presidente, los asistentes fueron increpados en las calles de Washington. El senador Rand Paul tuvo que ser escoltado en medio de los insultos de la turba. Una pareja fue seguida durante varios bloques por una manada de enmascarados que los amenazaban y los grababan con sus teléfonos móviles.

El columnista Andrew Sullivan, que este verano, según su testimonio, dejó su puesto en 'New York Magazine' por las presiones de sus compañeros más radicales, alertaba este viernes sobre el colapso del centro político. “Seamos sinceros y llamémoslo por su nombre: esto es muy Weimar”, escribió, en referencia a la república alemana destruida por los fanatismos. “Bandas armadas de la extrema derecha y la extrema izquierda están en guerra en las calles. El tribalismo se está intensificando en cada esquina y recoveco de la cultura. El 'establishment' de la derecha y el de la izquierda tradicional toleran sus respectivos extremos porque se odian mucho”.

David Axelrod, uno de los principales asesores de Barack Obama, ha advertido del peligro al equipo de Joe Biden. “La misión de la Convención Nacional Republicana ha sido cambiar el foco de atención del covid y el 10% de paro a ‘ley y orden”, escribió Axelrod en Twitter. “Para ser francos, la coincidencia de la agitación en Kenosha ha sido un regalo para él [Trump] en ese proyecto”.

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