Mientras Macron trata de salvar la UE, Francia es ya el tercer país con más muertos
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Crece la desafección interna

Mientras Macron trata de salvar la UE, Francia es ya el tercer país con más muertos

Emmanuel Macron se ha erigido como el 'defensor' de una UE solidaria y fuerte. Sin embargo, su gestión interna de la pandemia no contenta a los franceses

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Mientras Macron trata de salvar la UE, Francia es ya el tercer país con más muertos

"Emmanuel Macron afirma que es hora de pensar lo impensable". Con esta frase resumía, el pasado 16 de abril, el Financial Times su entrevista con el presidente francés. En plena crisis sanitaria protagonizada por el covid-19, Emmanuel Macron aprovechaba su cita con el diario económico británico para blandir el estandarte de una Unión Europea unida y solidaria frente al trauma de la pandemia. “Estamos en un momento de verdad, que consiste en decidir si la UE es un proyecto político o solo un proyecto de mercado”, exhortaba a sus socios europeos a reaccionar de manera multilateral, erigiéndose una vez más como el principal mecenas del proyecto europeo frente a los nacionalismos cismáticos. Tal discurso, propio de un héroe asumido, contrasta con su desordenada y contestada gestión de la pandemia a nivel nacional. En Francia, el número de fallecidos por coronavirus asciende a más de 21.000, la cifra de casos diagnosticados supera los 191.000. Es el tercer país con más víctimas de la UE, y está cerca de superar a España. Cifras poco o nada ejemplares que pesan ya sobre la popularidad del jefe de Estado.

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"¿Estábamos preparados para esta crisis? Ante la evidencia, no lo suficiente (…) El momento, seamos honestos, ha revelado fallos, insuficiencias. Como en todos los países del mundo, nos han faltado blusas de trabajo, guantes, gel hidroalcohólico. No pudimos distribuir tantas mascarillas como hubiéramos querido a nuestro personal médico", reconocía el mandatario durante su alocución televisada el pasado 13 de abril. Un ejercicio de autocrítica aplaudido por la oposición, pero que por ahora no convence a los franceses. Según una encuesta realizada entre los días 15 y 16 de abril, la tasa de insatisfacción ante “la gestión de la crisis por el Gobierno” se sitúa en un 58%; la confianza en el presidente de la República en un 39%.

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Sin duda, la escasez de mascarillas, un confinamiento decretado con retraso, el traspaso de la cartera de Sanidad en la antesala de la pandemia o las múltiples incongruencias gubernamentales en la gestión de la pandemia, han diezmado la confianza de los franceses en sus líderes políticos.

¿Unos nuevos 'chalecos'?

La crisis sanitaria, marcada por la incoherencia gubernamental a múltiples niveles, podría desatar una crisis económica y social sin precedentes: una hipotética revuelta popular tras el confinamiento preocupa ya a las autoridades francesas. A través de Facebook, bajo el lema “Rechacemos volver a la normalidad”, un grupo de militantes promete una próxima movilización: “Nuestra cólera no será confinada. ¡Encontrémonos en la calle al final del confinamiento! ¡Pongamos al poder en cuarentena!”, son algunos de los mensajes que se pueden leer en la red social. Según el diario Le Parisien, estas amenazas habrían conseguido atraer la atención de los servicios de inteligencia franceses, preocupados por el impacto social del covid-19.

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Estas críticas podrían inaugurar una nueva movilización social, similar a la protagonizada anteriormente por los chalecos amarillos o a las protestas contra la reforma de las pensiones —congelada por la urgencia sanitaria—. Sin duda, para los más críticos recopilar numerosos y variados reproches contra el Ejecutivo y su gestión de la pandemia se ha convertido en una tarea sencilla.

Elecciones con el virus

Este desgaste es, cuanto menos, comprensible: el jueves 12 de marzo, Emmanuel Macron anunció que, a pesar de la epidemia, la primera vuelta de las elecciones municipales se celebraría el domingo 15 de marzo. Una decisión basada, según el mandatario, en la opinión de "científicos" para quienes "nada impediría a los franceses, incluso a los más vulnerables, acudir a las urnas". Salvo que, al día siguiente, el lunes 16 de marzo, Emmanuel Macron anunció el confinamiento de toda la población.

Una sucesión de decisiones absurdas que sigue levantando críticas: “Entre 450.000 y 500.000 personas por un lado [responsables de la organización del escrutinio presentes en los colegios electorales] y 20 millones de franceses por el otro [votantes]. ¿Quién se atreve a decir que no hubo contagios [la jornada del escrutinio]?”, se interroga Patrick Kanner, presidente del Grupo Socialista y Republicano en el Senado, en las páginas del diario Libération.

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Sin embargo, Emmanuel Macron se resiste a entonar el mea culpa: “Asumo totalmente esta decisión”, aseveró en una entrevista concedida al semanario Le Point el pasado 15 de abril. “Si el consejo científico me hubiera dicho que su mantenimiento pondría en peligro la salud de los franceses, no habría mantenido [las elecciones]”, zanjó el mandatario tratando, sin éxito, de acallar todo reproche.

Pues en torno al escrutinio aparece otra polémica nada desdeñable. El pasado 16 de febrero, la entonces ministra de Sanidad, Agnès Buzyn, presentó su dimisión para convertirse en la candidata de la formación macronista a la alcaldía de París. “Cuando dejé el ministerio —confesó Agnès Buzyn al diario 'Le Monde'— lloraba porque sabía que la ola del tsunami estaba delante de nosotros. Me fui convencida de que las elecciones [municipales] no tendrían lugar”.

Desde el principio solo pensaba en una cosa: el coronavirus. Deberíamos haber parado todo el asunto, era una farsa

Pero tal convicción cayó en saco roto: “Desde el principio solo pensaba en una cosa: el coronavirus. Deberíamos haber parado todo el asunto, era una farsa. La última semana fue una pesadilla. Tenía miedo en cada reunión. Viví la campaña de forma disociada”, relató Buzyn al periódico francés el 17 de marzo. A pesar de su preocupación y su aprensión, la aspirante a la intendencia parisina no se retiró de la campaña, ni advirtió públicamente de los riesgos que consideraba ligados a la celebración del escrutinio en plena crisis sanitaria.

Stock de mascarillas a cero

Paradigma de las contradicciones en el seno del Ejecutivo, la desastrosa gestión de las mascarillas sigue despertando la indignación popular. El 26 de enero, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) elevó el nivel de riesgo de importación del coronavirus a Europa. Ese mismo día, la entonces ministra de Sanidad, aseguró en una entrevista concedida a la radio RTL que el uso de mascarillas solo es útil “cuando se está enfermo”, desalentando así su uso entre la ciudadanía francesa. Agnès Buzyn aseguró también que “hay decenas de millones de mascarillas en stock, en caso de emergencia” y que “todo está perfectamente gestionado por las autoridades”. Sin embargo, el personal sanitario sufre en primera persona la escasez de este material médico indispensable desde el inicio de la crisis.

Según una investigación realizada por Mediapart, para entender la escasez actual de mascarillas es necesario remontarse a 2013, por aquel entonces, la ministra de Sanidad, Marisol Touraine, decidió suprimir las existencias estratégicas del Estado y transferir dicha competencia a los empleadores, tanto públicos como privados. Así, a principios del pasado mes de enero, el repertorio de mascarillas quirúrgicas ascendería a menos de 80 millones de unidades, y el stock de mascarillas de protección respiratoria homologadas (FFP2), indispensables para proteger al personal médico, sería cero, según las informaciones reveladas por el diario digital.

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Así, Emmanuel Macron y su Ejecutivo no serían responsables directos de la penuria de mascarillas, sin embargo la falta de transparencia en su gestión se ha transformado en una oleada de críticas.

“De aquí a finales de abril, tendremos la capacidad de producir cerca de 15 millones de mascarillas por semana”, aseguró el presidente galo el 31 de marzo. Unos días antes, el 25 de marzo, el primer ministro, Édouard Philippe, anunciaba la creación de un “puente aéreo” para transportar 600 millones de mascarillas de China. Un anuncio que apaciguó levemente la cólera del personal sanitario, principal víctima de la falta de recursos: más de 6.000 sanitarios habrían sido contagiados mientras ejercían sus funciones y, al menos, siete médicos habrían fallecido desde el inicio de la pandemia, según las cifras de Salud Pública de Francia.

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Mientras la escasez de mascarillas comienza a descender, las batas aislantes empiezan a faltar. “En lo que respecta a las blusas de un solo uso o incluso a los delantales de plástico (…) la realidad es que hay escasez”, alertó Pierre Parneix, médico de salud pública del Hospital Universitario de Burdeos, al diario 'La Croix' el 20 de abril. Una situación que parece repetirse en París: “No se cambia de equipo hasta que se sale de la sala, mientras que normalmente se debe cambiar entre cada paciente. El argumento de la dirección es que se trata de un pabellón covid-19, donde todos los pacientes ya están contaminados”, explica una empleada de un hospital parisino al mismo periódico, añadiendo que si bien dicho material es desechable y válido para un único uso, ahora se pide al personal sanitario su reutilización tras ser desinfectado, un proceso que puede corroer la membrana protectora.

Situación dramática en residencias

A la escasez de mascarillas, batas, guantes y gel hidroalcohólico, se suma la dramática situación de las residencias para personas mayores dependientes (EHPAD): más de 8.000 ancianos habrían fallecido en estas instituciones contaminados por el covid-19. La falta de test de detección del coronavirus y de material de protección en estos centros especialmente sensibles exaspera a la opinión pública, crispada especialmente por la falta de transparencia sobre la magnitud inicial de la catástrofe, pues el número de fallecidos en dichas residencias no fue incluido en el balance oficial hasta el pasado 2 de abril.

Las decisiones del Gobierno, ya sea por su incongruencia, su opacidad, o su ineficacia, no contentan a los franceses, confinados desde el 17 de marzo. Cada día que pasa, la situación económica se complica un poco más para las familias más desfavorecidas. Más de 10 millones de trabajadores se encuentran actualmente en paro parcial —este dispositivo permite indemnizar a los empleados con el 70% de su salario bruto y el 84% del neto—, decretado por 820.000 empresas, es decir, más de 6 de cada 10. Ante tales cifras, el ministro de Economía, Bruno Le Maire, anunció al inicio del confinamiento un plan de ayuda a las empresas de 45.000 millones de euros.

Para tomar la temperatura a la cólera ciudadana no es necesario esperar al final del confinamiento. Desde hace días, la tensión en las comunas de Aulnay-sous-Bois, Gennevilliers, Evry o Estrasburgo, no deja de aumentar tras un incidente automovilístico protagonizado por un motorista y un coche policial en Villeneuve-la-Garenne (en el departamento de Hauts-de-Seine). El suceso, grabado en vídeo y compartido a través de las redes sociales, es considerado como un nuevo acto de violencia policial, excesos arbitrarios que habrían aumentando durante el confinamiento en los barrios populares.

En este contexto de rechazo y de crítica, en este panorama de incertidumbre y descontento, Emmanuel Macron puede dar pocas lecciones a sus vecinos europeos. Sin embargo, convencido de jugar un papel esencial en la reconstrucción de una unidad europea, invita a sus socios a pensar lo “impensable” para salir de una crisis que, en su propio territorio, podría pasarle factura.

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