'Level playing field' o un futbolín inclinado: la clave de las negociaciones pos-Brexit
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ESTE LUNES COMIENZAN LAS CONVERSACIONES

'Level playing field' o un futbolín inclinado: la clave de las negociaciones pos-Brexit

El lunes comienza la nueva fase de negociación entre el Reino Unido y la UE con un término que jugará un rol clave: ‘level-playing field’. Sin él, Bruselas no cerrará un acuerdo

Foto: 'Level playing field' o un futbolín inclinado: la clave de las negociaciones pos-Brexit
'Level playing field' o un futbolín inclinado: la clave de las negociaciones pos-Brexit

Durante meses diplomáticos, periodistas, políticos y técnicos dedicaron horas y horas a explicar un término clave en las negociaciones del Brexit: ‘backstop’, el plan de emergencia para evitar la reaparición de una frontera en la isla de Irlanda. Y justo cuando el término comenzaba a popularizarse, a ser comprendido y utilizado, se consuma la salida del Reino Unido y aparece una nueva palabra, un nuevo término que va a marcarlo todo: ‘level-playing field’ (LPF).

Este futbolín está roto

‘Level-playing field’ vendría a ser “terreno de juego igualado”. Hay quien lo traduce como “igualdad de condiciones” o “juego limpio”. Pero no hay nada más visual que imaginarse las relaciones futuras entre la Unión Europea y el Reino Unido como un futbolín situado en una oscura esquina de un pub irlandés.

El término 'level-playing field' van a escucharlo una y otra vez, porque Bruselas piensa martillear con ello todos los discursos. Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea, ya ha sido claro: sin LPF no hay acuerdo comercial. Aunque Londres ha dejado claro que no quiere comprometerse a un LPF en el futuro, la UE sí que lo considera absolutamente crucial, un asunto de supervivencia.

Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)
Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)

¿Por qué? La relación entre la UE y el Reino Unido después de que finalice el periodo transitorio (31 de diciembre de 2020) va a ser como una partida de futbolín. Cada uno a un lado, con sus industrias, empresas y consumidores. A veces marca goles uno, a veces marca otro. Pero la base del futbolín, y de cualquier juego es que pueda ser igualado, con unas reglas comunes.

La idea del LPF es evitar que el futbolín esté inclinado hacia la portería en la que tiene que marcar Londres. Hay muchas maneras de inclinar la tabla de forma que la pelota vaya en la dirección que le interesa al Reino Unido: rebajando estándares medioambientales, sociales o laborales para hacer competencia desleal a los competidores europeos, bajar el listón de los estándares fiscales o, por ejemplo, flexibilizar las normas de ayudas de estado.

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La preocupación de la UE es nítida: si las empresas europeas no reciben ayudas del estado para no distorsionar la competencia, si tienen que regirse por unos altos estándares sociales, laborales y medioambientales, buscando evitar esquemas fiscales agresivos, aunque no siempre se tiene éxito en este último punto, es injusto que al otro lado del Canal de la Mancha las empresas puedan disfrutar de una fiscalidad muy laxa, de normas medioambientales muy flexibles, una normativa laboral y social muy por debajo de la europea.

Enrique Feás, investigador del Real Instituto Elcano, explica a El Confidencial de forma gráfica que, sin LPF, Reino Unido podría ser una fábrica a las puertas de Europa. “Tienes que establecer que el acceso a ese mercado se realice en términos de competencia leal. No puedes montar un centro de acceso al mercado europeo en el que casi no pagas impuestos, en el que puedes fabricar con mínimos requisitos laborales y sin ningún problema medioambiental. Entonces te conviertes en una fábrica a las puertas de un mercado gigante”.

Si eso se produce, entonces la relación no es equilibrada. El futbolín está inclinado a favor del Reino Unido y siempre será más fácil que el lado británico marque gol. Se aprovecha de su acceso al mercado europeo para hacer trampas y beneficiarse del mismo. ¿Qué sentido tendría para una empresa europea fabricar en Alemania con altos costes y mucha regulación pudiendo acceder al mismo mercado mientras produce en territorio británico en condiciones muy ventajosas?

Boris Johnson, primer ministro británico, es recibido por la canciller alemana Angela Merkel en Berlín. (EFE)
Boris Johnson, primer ministro británico, es recibido por la canciller alemana Angela Merkel en Berlín. (EFE)

Aquí es importante hacer una aclaración, en la que hace hincapié Feás: no es lo mismo el ‘level-playing field’ que la armonización regulatoria. La primera se refiere a las reglas básicas para que la relación comercial sea justa, y la segunda se refiere a un alineamiento de regulaciones que, de producirse, podrían reducir los controles en frontera. Por ejemplo, si el Reino Unido se comprometiera a seguir todas las normas europeas en materia de bienes agrícolas, estos tendrían un acceso más sencillo y menos burocrático al mercado europeo. Pero son cosas distintas.

Volviendo al LPF, el miedo último es que la economía británica acabe convertida en un modelo distinto al que ha sido hasta ahora, basado en “bajos impuestos, baja regulación”. Y por mucho que Barnier asegure que confía en que Londres no se va a convertir en un “Singapur sobre el Támesis”, es decir, un paraíso fiscal que busque chupar los beneficios del Mercado Único desde fuera del mismo, lo cierto es que muchos piensan en Bruselas que ese es el alma del proyecto del Brexit y que el propio Barnier no cree nada de palabra, quiere todo por escrito.

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Además, por mucho que haya compromisos por parte del Reino Unido, que ha dicho que no tiene intención de protagonizar una “carrera hasta el fondo” (“rance to the bottom”, una expresión en inglés para describir un proceso de desregulación), lo cierto es que en el lado europeo las cosas no funcionan así, no sirven los pactos entre caballeros. Todo tiene que quedar escrito, claro e integrado en los mecanismos internos de la UE. Y, además, los socios europeos desconfían del Reino Unido.

Y la razón está en la propia declaración política de relaciones futuras, un documento adjunto al acuerdo del Brexit y que, aunque no es vinculante, establecía las bases sobre las que se negociaría el futuro acuerdo comercial, un texto que el primer ministro británico firmó y en el que se aseguraba que había un compromiso con un “robusto” LPF. Algo de lo que hoy Londres no quiere oír ni hablar.

Feás prevé que el choque sobre el LPF, así como sobre la ya mencionada armonización regulatoria, y también sobre un acuerdo de pesca, vaya a ser tremendamente duro. Porque está en el corazón mismo del Brexit: la idea de soberanía, de regular sobre lo que a mí me da la gana como a mí me da la gana.

Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido. (Reuters)

Esta obsesión está bien explicada por Fintan O’Toole en “Un fracaso heroico, el Brexit y la política del dolor” (Capitán Swing, 2020), parte de la campaña euroescéptica siempre tuvo como objetivo que era inaceptable que Bruselas supuestamente tratara de regular alimentos que eran dañinos, pero que los británicos querían comer de cualquier manera. “El giro inesperado es que en la narrativa anti-UE el grito ya no es “¿Cómo se atreve a traerme esta porquería?” sino más bien: “¿Cómo se atreve a impedir que siga comiendo esta porquería?””.

Todo apunta a que las negociaciones que comienzan este lunes van a ser enormemente difíciles porque no se trata de una discusión técnica en la que se intenta llegar al mejor acuerdo posible, sino un diálogo en el que se mezcla una enorme complejidad técnica con una falta de voluntad por comprender el cambio de situación y una necesidad por el lado británico de mantener contento a su público nacional.

Porque el problema es que la campaña del Brexit y muchas de sus promesas, la inmensa mayoría falsas, simples o imposibles, se dirigían a hacer soñar a los británicos con que jugarían con la UE en un futbolín inclinado. Y el choque con la realidad será que, sencillamente, Bruselas no va a querer jugar así.

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