la policía llegó 19 horas tarde

El 'Alcàsser' de Rumanía aviva la furia contra un Estado cínico y corrupto

Las grabaciones de la adolescente de 15 años Alexandra Macesanu suplicando ayuda han tocado la fibra moral de la sociedad rumana, que clama contra la corrupción e ineficiencia del Estado

Foto: Protesta por el caso de Alexandra en Bucarest. (EFE)
Protesta por el caso de Alexandra en Bucarest. (EFE)

Alexandra: Tengo 15 años y un hombre me secuestró ayer...

Operadora 112: ¿Cuál es su nombre?

Alexandra: Alexandra Macesanu. Por favor, dense prisa. No sé dónde estoy...

Operadora 112: ¿Qué quieres decir con que no sabes dónde estás?

Alexandra: En Dobro… No… En Caracal, me llevó a Caracal, pero no sé dónde exactamente...

Operadora 112: Bueno, pues dame una ubicación o algo en Caracal, porque si no cómo te piensas que te vamos a encontrar. ¿Hola?

Pocos episodios han tocado la fibra moral de la sociedad rumana en la historia reciente como escuchar a Alexandra Macesanu ser ignorada por los funcionarios del servicio 112 minutos antes de morir a manos de su secuestrador. La ironía y el tono displicente de los operadores de la línea de emergencias con esta adolescente de 15 años que fue violada y asesinada ha traumatizado a un país que ha visto la peor cara de la corrupción y la falta de profesionalismo en sus propias fuerzas de seguridad.

Alexandra fue raptada mientras hacía autostop por un mecánico de 66 años, quien ha confesado ser el autor del crimen y podría ser el responsable de la muerte de otras dos jóvenes secuestradas y violadas en el país balcánico. Pese a que logró llamar tres veces al servicio de emergencias, la ayuda llegó 19 horas tarde. El caso ha puesto de relevancia la falta de destreza tecnológica de la policía, la descoordinación entre departamentos y el exceso de garantismo del sistema, después de que un fiscal aplazara durante horas el registro de la casa del sospechoso.

Tres llamadas

En la primera llamada, la joven —que en ningún momento llega a perder la educación ni deja de dirigirse a los funcionarios de usted— trata de explicar que no sabe exactamente dónde está. La operadora le pregunta si ha sido violada y la menor contesta que sí. “¡Ha llegado, ha llegado! ¡Rápido, por favor!”, suplica Alexandra. La llamada se corta y el 112 finalmente contacta con la policía.

Un minuto más tarde, Macesanu logra llamar de nuevo. Un policía está ahora al otro lado de la línea: la menor trata de dar los detalles que captó antes de que le vendaran los ojos. Les da una dirección —que es incorrecta— y un nombre que ha encontrado en una tarjeta de visita. “¿La tarjeta de visita es suya?”, le pregunta el hombre. Ella dice que no lo sabe. “Ah, tampoco sabes eso”, contesta él con hartazgo.

Alexandra llama a los seis minutos por tercera y última vez. Cada vez más asustada, la chica suplica entre sollozos que alguien se quede con ella en la línea. Le responde otro policía con tono irritado: “Hemos mandado a un equipo, quédese ahí, dos minutos, que no pueden ir volando (...) No puedo quedarme en la línea, tenemos otras llamadas que atender".

Un Estado cínico y corrupto

Alexandra Macesanu fue asesinada justo después de que su secuestrador descubriera que había llamado a la policía, según la información que ha trascendido a los medios locales. Aunque difícilmente podrían haber salvado a la menor, la actitud de los funcionarios que la atendieron al teléfono y la tardanza en dar con ella después de que pidiera auxilio ponen de manifiesto el cinismo y la incompetencia con que el Estado rumano trata a diario a sus ciudadanos.

“Es más grave porque la situación era dramática, pero la manera en que desde el 112 trataron a Alexandra es la misma en que nos tratan a todos en cualquier interacción con la Administración pública, desde los hospitales a las ventanillas de venta de billetes de tren”, dice Radu Moisescu, un comercial de 30 años que participó en las manifestaciones contra el Gobierno por el asesinato de Alexandra, a El Confidencial.

Como la mayoría de sus compatriotas, Moisescu se queja del estilo de comunicación agresivo y desdeñoso muy extendido entre quienes sirven al público en Rumanía; y atribuye esta forma de actuar a la cultura de desinterés heredada de un sistema comunista que no recompensaba en lo más mínimo el mérito.

El riesgo del clientelismo

El caso de Caracal también ha puesto sobre el tapete otro elemento de la idiosincrasia del Estado rumano, donde son tradicionales las prácticas clientelares, que han definido la política de cuadros de los partidos desde la caída del régimen comunista en 1989.

“Los partidos políticos en Rumanía han politizado enormemente el Estado”, explica la activista anticorrupción rumana Alina Mungiu-Pippidi a este diario. “Muchos cargos son designados por sus conexiones, por sus amistades, no por sus méritos, y esto afecta la capacidad de nuestras instituciones”, agrega la profesora de la Hertie School de Berlín, quien estima en “cinco o seis meses” el ciclo de vida de los altos cargos en los distintos gobiernos rumanos.

“Los cuadros no duran ni siquiera toda la legislatura de un mismo Gobierno”, agrega la analista, aludiendo a los intereses contrapuestos de las facciones de un mismo partido para explicar este hecho.

Fotos para recordar a Alexandra. (EFE)
Fotos para recordar a Alexandra. (EFE)

En el mismo sentido se ha expresado el presidente del país, el conservador Klaus Iohannis. “Hemos llegado a este punto porque los gobiernos de los últimos años han llenado las instituciones de gente incompetente, han echado a demasiados profesionales y los han sustituido por gente incapaz y sumisa”, ha afirmado el jefe del Estado, encargado de garantizar que se respete la Constitución y de mediar entre los poderes públicos en el modelo de república semipresidencial rumana.

Según expertos, la reacción a las llamadas de auxilio de la menor revela serias deficiencias dentro de las estructuras policiales, en el funcionamiento de la fiscalía y los servicios de emergencias, así como la falta de seriedad con que las autoridades se toman las denuncias de violación o violencia contra las mujeres en Rumanía.

¿Castración química?

La resaca de la tragedia ha activado un mecanismo muy enraizado en la sociedad rumana: buscar chivos expiatorios para cualquier desgracia. El presidente Iohannis ha pedido al Gobierno socialdemócrata que considere si es “el autor moral de la tragedia”, vinculando las “demoras criminales” en el caso de Alexandra con una polémica reforma gubernamental del código penal que ni siquiera entrará en vigor después de que el Tribunal Constitucional la vetara este mes.

La primera ministra, Viorica Dancila, también reaccionó con visceralidad y tras proponer un referéndum para introducir la “castración química” para violadores y pedófilos, se declaró “en guerra contra la criminalidad”, invocando su condición de mujer y de madre para pedir confianza en la batalla.

En su discurso a la nación después de la tragedia, Dancila dejó entrever las que pueden ser sus líneas maestras en la campaña electoral para las presidenciales de noviembre, en las que se medirá a un Klaus Iohannis —favorito para la reelección— que ha hecho del combate contra la corrupción su bandera política. “Ha existido una concentración exclusiva en la lucha contra la corrupción y la lucha contra la criminalidad ha quedado en un segundo plano”, dijo la primera ministra en referencia a Iohannis y sus acusaciones contra el Partido Social Demócrata (PSD).

Homenaje en memoria de los fallecidos en el incendio de Colectiv. (Reuters)
Homenaje en memoria de los fallecidos en el incendio de Colectiv. (Reuters)

La tragedia de Colectiv

La contundencia con que la oposición de centro derecha ha imputado al Gobierno los fallos de gestión en el asesinato de Caracal recuerda al incendio en la discoteca Colectiv de Bucarest, que en octubre de 2015 se cobró la vida de 64 personas. El local no cumplía los requisitos legales de seguridad y el desastre se acabó convirtiendo en un símbolo de la ineficiencia y la corrupción del sistema.

Pese a que Rumanía estaba repleta desde hacía lustros de locales nocturnos ubicados en sótanos sin ninguna salida de emergencia, la opinión pública culpó al Ejecutivo socialdemócrata del primer ministro Victor Ponta de la tragedia, quien se vio obligado a dimitir por la presión popular. En esas multitudinarias protestas, que duraron varios días y en las que llegó a participar Iohannis, se responsabilizaba al PSD de las muertes y la incapacidad del sistema de salud de tratar en sus hospitales a los heridos —que en algunos casos tuvieron que ser trasladados en aviones militares a otros países europeos para recibir tratamiento—.

La policía trabaja ahora bajo un implacable escrutinio público para establecer qué sucedió con Alexandra Macesanu. Después de ser detenido, el presunto asesino confesó también haber matado a Luiza Melencu, otra joven de 18 años desaparecida mientras hacía 'autostop' el pasado mes de abril. La policía también investiga al sospechoso por su posible relación con la muerte hace cuatro años en la ciudad de Craiova, cerca de Caracal, de una mujer que fue violada y decapitada.

Y mientras continúa la batalla política de las culpas y responsabilidades, Rumanía sigue escuchando el reverberar de la voz aterrada de Alexandra pidiendo auxilio entre lágrimas.

Alexandra: ¡Tengo miedo!

Policía: Deberías tratar de calmarte, ¿ok? Cálmate y un equipo de la policía llegará pronto, están en camino.

Alexandra: Ok, por favor...

Policía: Cuelga el teléfono porque si estamos hablando el equipo de la policía no podrá llamarte.

Alexandra: Está bien, está bien, sí.

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