LA GUERRA POR LA IDENTIDAD

Cómo los 'hípsters' llevaron a la cárcel al hombre más poderoso de Rumanía

Rumanía ha vivido una batalla decisiva para su futuro. La mitad liberal del país arrolló en las urnas a la izquierda poscomunista. El resultado ha sido que el hombre más poderoso ha acabado entre rejas

Foto: Dos personas haciéndose un selfi con una imagen de cartón de Liviu Dragnea vestido de preso. (EFE)
Dos personas haciéndose un selfi con una imagen de cartón de Liviu Dragnea vestido de preso. (EFE)

Rumanía vivió la semana pasada una batalla decisiva para su futuro. La mitad liberal y europeísta del país arrolló en las urnas a la izquierda poscomunista, popular entre su alma más balcánica. El resultado ha sido que el hombre más poderoso del país ha acabado entre rejas. Pero la guerra por la identidad de Rumanía aún no ha terminado.

El domingo 26 de mayo, los rumanos no solo votaban en las europeas. También celebraban un referéndum para decidir sobre una polémica reforma judicial que beneficiaría a ciertos acusados por corrupción. Entre ellos Liviu Dragnea, un histórico cacique socialista y primer ministro de facto del Partido Socialdemócrata (PSD).

El ala dura del PSD, que gobernaba desde 2017 en un ambiente de protestas callejeras y advertencias de Bruselas, sufrió una aparatosa derrota tanto en las europeas como en su intento por ablandar las leyes anticorrupción. Un día después, Dragnea —de 56 años— era condenado a tres años y medio de cárcel por corrupción e ingresaba en prisión para empezar a cumplir la pena.

La muerte política de Dragnea pone fin a un ciclo especialmente polarizado en Rumanía, cuya representación en el imaginario colectivo nacional solo puede entenderse si se mira la historia reciente.

Comunistas reciclados

A finales de 1989, Rumanía se reencontró con la libertad después de casi medio siglo secuestrada por el totalitarismo comunista y, en el seno de su sociedad, comenzó una guerra sin cuartel por la identidad y el futuro del país.

El contendiente más poderoso era liderado por Ion Iliescu, un 'apparatchik' (militante comunista) que se reciclaría más tarde fundando el socialdemócrata PSD y apartándose a tiempo del dictador Ceausescu. Ahora encabezaba la transición con puño de hierro y el favor de las masas moldeadas por el comunismo. Enfrente, unos partidos históricos que volvían a la legalidad tras un largo exilio anclados en los años 40 y alejados del rumano raso.

Las primeras elecciones democráticas dejaron bien claro el desigual balance de fuerzas. El partido de Iliescu se impuso con un 85% de los votos mientras los partidos tradicionales, sumados, no llegaron al 15%.

Además de la élite que sobrevivió al comunismo, los partidos históricos liberales y conservadores tenían de su lado a la juventud idealista y educada. Sedientos de Occidente, estos jóvenes se manifestaron contra el autoritarismo del gobierno en la Plaza de la Universidad de Bucarest, hasta que Iliescu trajo miles de mineros del Valle de Jiu para que desalojaran a los revoltosos a palos con un salvajismo propio de otro siglo.

La primera vez que recurrió a los mineros —que Iliescu volvería a utilizar para nuevas contingencias— se saldó con varios muertos y muchos heridos. Pero "el orden y la paz" que vendía el poder quedaron restablecidos en la capital.

Hegemonía del barón

Esta guerra entre Rumanías opuestas e incompatibles sería una constante en los primeros años de la joven democracia. El crecimiento de la fracción liberal y prooccidental niveló el terreno. Liberales y poscomunistas —ahora socialdemócratas— se sucedieron en el gobierno repartiéndose errores y aciertos. Una batalla que sigue librándose hasta hoy con nuevas siglas y expresiones estéticas características de esta época.

Pero pocas veces en estas tres décadas de hostilidades la división ha sido tan clara como en los años de hegemonía de Liviu Dragnea, el barón de provincias socialdemócrata que ha mandado en el Gobierno los últimos dos años y medio.

Originario de Teleorman, Dragnea hizo fortuna y amasó poder político desde el gobierno regional de esa provincia sureña fronteriza con Bulgaria.

En 2015, aprovechó la dimisión del entonces primer ministro reformista del PSD, Victor Ponta, para hacerse con el control del partido, que ganó las legislativas de diciembre de 2016 por un amplio margen. Con Dragnea, los socialistas rumanos pasaron a parecerse más a la caricatura de la que habían intentado alejarlo políticos como Ponta: un partido abonado al clientelismo y dependiente del voto menos educado de la tercera edad y del campo.

Se alzan los 'hípsters'

Dragnea tenía vetada la entrada en el Ejecutivo debido a una condena anterior por fraude electoral, por lo que gobernó mediante una persona interpuesta con una agenda fracasada de reformas judiciales que enfadó a la sociedad civil, a la Unión Europea y Estados Unidos. A golpe de decreto, el gobierno trató de cambiar las leyes para reducir las penas y los plazos de prescripción de algunos delitos de corrupción.

Entre los potenciales beneficiados estaba él mismo, que estaba acusado de mantener a dos mujeres en la nómina de una agencia estatal de protección a la infancia durante años, pese a que ambas trabajaban para el partido de Dragnea.

La indignación sacó a la gente a la calle. La Rumanía liberal y europeísta se movilizó como no lo había hecho desde los días del primer Iliescu. Quienes se concentraban frente al gobierno se parecían más a los jóvenes de París, Berlín o Madrid que a sus compatriotas que vitorean a los socialistas. "Queremos un país como en Occidente", gritaban miles de 'hípsters' alzando pancartas irónicas o sosteniendo su bicicleta.

Quienes se concentraban frente al gobierno se parecían más a los jóvenes de París, Berlín o Madrid: "Queremos un país como en Occidente"

"Éramos la Rumanía posible, el país de gente preparada, consciente y libre que soñamos llegar a ser", declara uno de los jóvenes que participaron en las distintas protestas, que acababan a menudo con graves disturbios con la gendarmería.

Esa misma Rumanía volvió el lunes pasado a la plaza Victoriei de Bucarest, donde está el gobierno. Allí se hicieron selfies para Instagram y Facebook y celebraron la caída de su odiado enemigo Dragnea con champán, el 'Himno a la Alegría' y las luces de sus móviles en la noche como si estuvieran en un concierto.

La Rumanía conectada y moderna de las protestas contrastaba radicalmente con la que aplaudía los aumentos de ayudas, sueldos y pensiones en los mítines del PSD. Una Rumanía más pobre y congelada en los años plomizos del poscomunismo, atenazada aún por la desconfianza hacia las modas extranjerizantes y temerosa de dar el salto al vacío en el libre mercado.

Contraste estético

Al contraste casi maniqueo entre estas dos Rumanías también contribuían sus líderes. A un lado, el clásico cacique balcánico con bigote acusado de ejercer el vasallaje en una de las regiones más pobres de Europa. Acusado por sus enemigos de bloquear ciudades enteras para celebrar sus mítines, Dragnea se presentaba ante sus votantes como si fuera uno de ellos. Él era el hombre del campo y el que les defendía de los abusos de la arrogante Bruselas y de sus multinacionales en Rumanía. Un padre protector y bondadoso que promovía los productos tradicionales de granjeros y agricultores y reivindicaba el crecimiento económico frente al "discurso del odio" entre rumanos de una oposición incapaz de "querer a Rumanía".

Dragnea se presentaba también como una víctima del "Estado paralelo" que azuzaban contra él sus enemigos: un ejército de fiscales, jueces, servicios secretos, ONG financiadas con dinero de fuera y manifestantes pagados o engañados para derrocarle con la excusa de acabar con la corrupción que "tantas vidas ha destruido" en Rumanía. "Alguien aquí me ha dicho: aunque te detengan, no renuncies, porque venimos nosotros y te sacamos de allí", dijo Dragnea a sus seguidores en un acto de campaña reciente para las europeas.

Frente a él tenía al presidente Klaus Iohannis, hijo de la minoría alemana y exalcalde modélico e independiente de Sibiu, en el corazón de Transilvania y una de las ciudades más limpias y bien gobernadas del país. Iohannis es el sueño de las cancillerías occidentales para Rumanía. Habla los grandes idiomas continentales y no desentona en las reuniones europeas.

La transparencia, el Estado de Derecho y el destino europeo de Rumanía dominaban su discurso pausado, que ha comenzado a contagiarse de la histeria capitalina al hacer política y ahora tiende a la sobreactuación contra el PSD y la amenaza "roja" a la democracia. Su altura y la prestancia de su porte parecen una garantía de seriedad germana en un país en que aún se venden productos con el reclamo de ser de Alemania.

Este contraste estético es para muchos también moral y político. "Rumanía es única [en Europa] en la medida en que un hombre [como Dragnea] puede arrastrar a todo un país con él para defender su libertad. Esto hace de Rumanía un país más cercano al caso de las autocracias que a una situación democrática", explica el politólogo Ioan Stanomir a El Confidencial. "Lo que fundamentalmente está en juego es muy simple: si queremos parecernos a Rusia o a un país europeo y euroatlántico", agrega este profesor de la Universidad de Bucarest, quien cree que el éxito del referéndum del domingo convocado por el presidente Iohannis "refuerza la democracia" y los "valores europeos".

"Lo que fundamentalmente está en juego es muy simple: si Rumanía quiere parecerse a Rusia o a un país europeo y euroatlántico", explica un profesor

La alta participación en el referéndum y los resultados en las europeas —donde los partidos alineados con Bruselas superaron el 50% de los votos— son "la mejor noticia para Europa" que podía depararle Rumanía, considera Radu Carp, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Bucarest y comentarista habitual de prensa.

"El mantenimiento de la democracia no implica la pérdida de soberanía", afirma Stanomir sobre la difícil relación con la Unión Europea del PSD de Dragnea, que se ha quejado repetidamente del trato que ha recibido de Bruselas.

Para el profesor Carp, la condena a Dragnea es una buena noticia y una "prueba de que las instituciones funcionan y la justicia es independiente". Sin embargo, ambos expertos dudan de si el veredicto habría sido el mismo sin el mensaje popular por "la independencia de la justicia" emitido por el electorado el domingo.

"Sin el referéndum es probable que no se hubiera condenado a Dragnea o se hubiera tergiversado una vez más su caso", declara Carp sobre los muchos aplazamientos e irregularidades durante el proceso.

¿Discurso antipobres?

Para otros observadores menos representados entre la 'intelligentsia' rumana, Dragnea fue un "chivo expiatorio" y ponen en duda la imagen que se ha construido de su mandato, advirtiendo sobre el desprecio que implica este relato para la otra una mitad sociológica del país.

"El hecho de que le condenaran es una prueba de que no había una dictadura de Dragnea", dice la académica y activista anticorrupción Alina Mungiu-Pippidi, a El Confidencial. Para la analista, el hasta ahora hombre fuerte del gobierno era "un delincuente de poca monta" comparado con otros políticos corruptos de Rumanía y el resto de Europa.

El hasta ahora hombre fuerte del gobierno era "un delincuente de poca monta" comparado con otros políticos corruptos de Rumanía, según una analista

El boicot a la boda del hijo de Dragnea o las recientes imágenes de jóvenes anti-PSD arrojando dinero a los votantes supuestamente comprados del partido socialdemócrata son signos de que la fractura social persiste.

"Hay dos Rumanías diferentes en cuanto a ingresos, y es evidente que en esas dos Rumanías ganan opciones distintas", advierte Mungiu-Pippidi. "Lo que no me gusta es que ha comenzado a desarrollarse en la Rumanía urbana y rica en la que nos apoyamos hace 20 años para crear una clase media un discurso contra los pobres que no tiene nada que ver con el PSD".

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