UN PUEBLO ARRASTRADO POR SU GEOGRAFÍA

La deuda con Rumanía, una historia de desprecio que Europa debe pagar

Rumanía vive condenada por su geografía y por su historia, pero la UE es una gran oportunidad para encajarse definitivamente en su destino europeo. El resto no deben darle la espalda

Foto: La corrupción mata, un cartel de una manifestación por los 50 muertos en un incendio en Bucarest. (Reuters)
"La corrupción mata", un cartel de una manifestación por los 50 muertos en un incendio en Bucarest. (Reuters)

Rumanía lleva más de cien años viviendo contra Rumanía. Es un pueblo arrastrado por su geografía y derramado sobre los Balcanes pero con su mirada puesta en Occidente. Además, la sociedad rumana está rota por dentro. Ha visto y soportado cosas que dejan heridas y marcas durante muchas décadas.

A todo eso se añade cierta dosis de indiferencia por parte de gran parte de Europa, cuando no es directamente rechazo. Muchos piensan que el país no puede ser parte del proyecto, que quizás la UE no es su lugar. Es un error absoluto: la historia de Rumanía, trágica, oscura y brutal, es la historia de Europa. Y de esta forma su futuro está totalmente ligado al resto de socios europeos.

Rumanía es, por encima de todo lo demás, un país condenado por su geografía. Sus últimos 100 años de historia son sus cadenas. Desde 1914 los rumanos no han conocido la tranquilidad: después de siglos de penalidades en un cruce de camino entre otomanos, astro-húngaros y rusos, el país tuvo que afrontar dos guerras mundiales, con uno de los movimientos fascistas más agresivos fuera de Alemania bajo el mando férreo de Ion Antonescu, y después un régimen comunista implacable y atroz entre 1947 y 1989.

Un cementerio humillado

El país es un cementerio. Y eso marca la historia reciente y la actualidad del mismo. Es imposible entender la Rumanía de hoy sin tener en cuenta la humillación que los rumanos han sufrido durante décadas. Cuando en 1989 Nicolae Ceausescu fue fusilado junto a su esposa, que controlaba el país en la sombra desde hacía más de una década, los rumanos empezaban a despertar, muy lentamente, de una brutal pesadilla.

No ha sido fácil volver a la realidad. Quienes fusilaron a Ceausescu eran parte del régimen. No hubo un soplo de aire nuevo desde el principio. Ion Iliescu, que llegó a la presidencia del país inmediatamente después de la revolución de 1989 y que serviría en distintas ocasiones en el cargo hasta el año 2004, era miembro del Partido Comunista Rumano.

Durante décadas los rumanos habían tenido que pelear de forma continua por seguir avanzando, costosamente, en las arenas movedizas de uno de los regímenes más brutales del planeta. El que unos padres fueran capaces de alimentar a sus hijos era el motivo de máximo orgullo que podía exhibir un ciudadano. La humillación era la norma. Y eso tenía y tiene efectos.

Los rumanos, explica Robert D. Kaplan en su 'A la sombra de Europa' (El hombre del tr3s, 2016), están ahora descubriéndose. Han pasado años escondidos en el anonimato, en la masa más plana y gris que existía en todo el bloque soviético. No tenían ni identidad, ni historia. Su único plan era sobrevivir. Están empezando a descubrir su “individualidad” frente al colectivo sin rostro humillado durante décadas.

“Todas las sociedades postcomunistas viven desarraigadas porque el comunismo cercenó sus tradiciones, de modo que nada encaja en nada”, asegura en el libro el intelectual rumano Horia-Roman Patapievici.

Eso ha creado una sociedad civil atrofiada, que primero se levantó en 1989 y que desde entonces, poco a poco, va ganando músculo. Precisamente, Europa es uno de los instrumentos vertebradores de esa débil sociedad civil rumana. La UE no puede dar la espalda a los rumanos porque son ellos los que, en las gélidas calles de Bucarest, protestan contra la corrupción de los gobiernos actuales.

Rumanía contra Rumanía

La lucha de Rumanía contra Rumanía sigue ahí. No terminó con Ceausescu ni en los años posteriores. En esa lucha descarnada el destino del país se va a alejando de las reformas y de los progresos que había llevado a cabo en los últimos años.

Hoy la sociedad rumana sigue, en cierto modo, sometida a otra humillación. El Ejecutivo del país, dominado por el Partido Social Democrático (socialista) está embarcado en un proceso de reforma del código penal para librar de la cárcel por delitos de corrupción a Liviu Dragnea, líder del partido. No puede ser primer ministro por estar suspendido. El presidente del país, el conservador Klaus Iohannis, mantiene una cruzada pública contra el Gobierno: “Tenemos políticos que desafortunadamente muestran a Europa que no solo tenemos una cara buena. Políticos que atacan a la justicia y a las instituciones europeas”, señaló recientemente.

El poder de las instituciones y de la sociedad civil es todavía débil en Rumanía. El enfrentamiento que hoy protagonizan el Ejecutivo y Iohannis se ha vivido antes en el país. Traian Basescu, presidente entre 2004 y 2014 y Victor Ponta, primer ministro entre 2012 y 2015, protagonizaron también una rivalidad descarnada. En este caso por el control de las redes clientelares que el Estado comunista dejó instalado en la Rumanía democrática y que siguen ahí, para ser utilizadas por la persona que llegue al poder.

¿Esperanza? No en Rumanía

Cuando ha habido señales positivas, que invitaban a la esperanza, estas se han apagado con relativa rapidez y virulencia. Es el caso de Laura Kovesi, una fiscal anticorrupción que sentó en el banquillo a cientos de políticos rumanos y que ha acabado siendo defenestrada por el Gobierno rumano cuando consideraron que había llegado demasiado lejos.

Los retos no se quedan ahí. En Rumanía hay voces preocupadas con la presencia demasiado cercana de Rusia. Saben que está ahí porque su condena es su geografía, pero temen las consecuencias. Gran parte del país sigue creyendo en la idea de una nación étnica, teniendo en cuenta que gran parte de los pensadores más importantes de la historia de Rumanía son, en contra de lo que ocurre en el resto de occidente, tremendamente conservadores.

Un eslabón especialmente delicado es el de los húngaros étnicos. Hay 1,6 millones de ellos en Transilvania, y muchas voces en Rumanía consideran que si Putin intenta desestabilizar el país podría dirigir cualquier estrategia a generar tensiones con ellos. Creen que podría contar con el apoyo desde hungría del líder nacionalista Viktor Orbán, primer ministro del país.

No hay señales de que pueda haber un conflicto de esta naturaleza en el país, pero en la capital están seguros de que si Rusia quiere desestabilizar el país tratará de explotar esa carta. El aislamiento paulatino al que Moscú somete a Ucrania, que se agravará con la construcción del gaseoducto Nord Stream 2, que facilitará a Rusia esquivar a Kiev para hacer llegar el gas directamente a Europa, es un ejemplo de los movimientos que hacen temblar a Bucarest.

Una deuda europea

Las cosas no pintan bien en la Rumanía actual, pero están mucho mejor de lo que cualquiera pudiera imaginar hace años. Solo hace falta cruzar a la vecina Moldavia para descubrir como, con todas sus dificultades, el Estado miembro de la UE ha ido avanzando y consolidando instituciones. Frente a la sociedad moldava, que sigue en un deprimente blanco y negro, la rumana ya vive en el tecnicolor. Sibiu, donde se celebró la pasada cumbre europea, es hoy una ciudad moderna y occidental, despojada del gris del comunismo. El país ha avanzado mucho, el desempleo sigue cayendo, el crecimiento económico continúa y los salarios suben.

Pero los elementos negativos siguen pesando más que los positivos. Europa debe pelear por Rumaní. Su historia de sufrimiento y su voluntad por formar parte de la UE debe ser inspiradora para el resto de socios, cansados y fatigados después de medio siglo de integración europea.

Las protestas en Rumanía contra los Gobierno corruptos tienen un denominador común: las banderas europeas. Es la voluntad de formar parte del proyecto comunitario lo que impulsa gran parte de las denuncias de la sociedad civil. En agosto de 2018 miles de rumanos salieron a las calles de Bucarest para protestar contra la corrupción del Gobierno y contra sus intentos de librar a Dragnea de su condena. Las manifestaciones terminaron con choques con la policía y decenas de heridos.

Los rumanos deben seguir descubriéndose y deben seguir, poco a poco, poniendo coto al poder. Pretender que eso ocurra de la noche a la mañana es una fantasía. La Comisión Europea, que el pasado viernes envió una carta a las autoridades rumanas advirtiéndoles contra algunas de las reformas que quieren llevar a cabo, hace bien en amenazar a Bucarest con iniciar el artículo 7 de los Tratados si Rumanía sigue alejándose del camino del Estado de derecho. En contra de lo que predica Viktor Orbán, este artículo no es un castigo a la sociedad rumana, sino una muestra de apoyo a sus aspiraciones europeas.

En la conciencia rumana hay un punto de inflexión que definitivamente empujó al país a recorrer alguno de los rincones más oscuros del siglo XX. Bucarest, terminada la Primera Guerra Mundial, se acercó al Reino Unido y Francia. Quería formar parte de la Europa del futuro. Pero la política de apaciguamiento con la Alemania nazi de Adolf Hitler dejó aislada y a los pies de los caballos a una Rumanía que no volvería a ponerse en pie hasta mucho tiempo después.

Es una deuda de Europa con los rumanos el estar hombro con hombro en la construcción de un Estado de derecho plenamente funcional, con instituciones fuertes y una sociedad civil que las mantenga en pie. Bruselas y las capitales tienen que escuchar con cuidado sus preocupaciones también en lo que concierne a Rusia. No es el momento de esquivar a una sociedad rumana que toca a la puerta del resto de Europa pidiendo ayuda para arreglar de una vez por todas su futuro.

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