malas perspectivas en las negociaciones

Aranceles, obispos e Interpol: los nuevos obstáculos a la paz entre Kosovo y Serbia

En menos de 40 días todo lo conseguido ha saltado por los aires: el norte de Kosovo rompe lazos con Prístina después de que el Gobierno kosovar haya gravado con el 100% las importaciones serbias

Foto: Clérigos ortodoxos serbios asisten al funeral del político serbio-kosovar Oliver Ivanovic, asesinado en enero de 2018. (Reuters)
Clérigos ortodoxos serbios asisten al funeral del político serbio-kosovar Oliver Ivanovic, asesinado en enero de 2018. (Reuters)
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Hace apenas unos meses parecía que todo podía ser diferente: Serbia y Kosovo negociaban en Bruselas una posible resolución al conflicto; se barajaba un posible intercambio territorial que facilitase el proceso; a EEUU le entraban las prisas y daba a entender que había llegado la hora de retirar la misión de la ONU en Kosovo (Unmik), apoyando la creación de ejército profesional kosovar; e incluso España parecía dispuesta a aceptar el balance de fuerzas y reconocer la independencia de este territorio, siempre y cuando se llegase a un acuerdo pacífico entre las partes.

Han bastado menos de cuarenta días para que todo ello saltase por los aires. En octubre, el voto en el parlamento de Prístina autorizando la entrega de armamento pesado a las fuerzas de seguridad kosovares (con la idea de convertirlas en el germen de un futuro ejército) alarmó a Belgrado, que consideró que una entidad armada constituida total o mayoritariamente por kosovares supondría un peligro para la minoría serbia del norte del territorio, y se reservó el derecho a “actuar en consecuencia” para protegerles. Pero el verdadero punto de inflexión tuvo lugar a finales de noviembre, de la forma más inesperada y en el lugar más improbable: Dubai.

Allí, durante cuatro días, tuvo lugar una sesión plenaria de Interpol, la agencia internacional de cooperación policial con sede en Lyon, y a la que pertenecen 192 países del mundo. Llevadas por la euforia del cambio coyuntural en el que están inmersos, las autoridades kosovares tenían la expectativa de convertirse en su miembro número 193. Para ello necesitaba el apoyo de dos tercios del plenario, u 88 votos. Solo consiguió 76. Un total de 56 países votaron en contra y 22 se abstuvieron.

Era la tercera intentona fallida de Kosovo, que culpó a “la salvaje campaña de Serbia” en su contra. “Votar contra el acceso de Kosovo a esta organización internacional solo sirve a los criminales y nadie debería regocijarse”, declaró el Gobierno kosovar. Pero para Belgrado, además de un paso más hacia la independencia definitiva de Kosovo, su integración contenía un temor adicional: el de que las autoridades kosovares tratasen de utilizar los mecanismos de la organización –la célebre “notificación roja”, entre otras- para emitir órdenes de detención internacional contra los oficiales serbios que participaron en la campaña de Kosovo a finales de los años 90, que Prístina califica de criminales de guerra.

EEUU apoyaba la candidatura kosovar, y su embajada señaló que su entrada en Interpol “nunca tuvo que ver con el reconocimiento de la independencia de Kosovo, sino con reforzar la cooperación de las fuerzas policiales globales y con cerrar un agujero crítico de seguridad en los Balcanes”. Pero ya era tarde: Kosovo tendrá que esperar por ahora.

Un hombre observa fotografías de los desaparecidos durante la guerra de Kosovo expuestas ante el Parlamento serbio en Belgrado, el 16 de noviembre de 2018. (EFE)
Un hombre observa fotografías de los desaparecidos durante la guerra de Kosovo expuestas ante el Parlamento serbio en Belgrado, el 16 de noviembre de 2018. (EFE)

Aranceles del 100%

Eso no significa que se vayan a quedar de brazos cruzados: al día siguiente, el 21 de noviembre, Kosovo impuso aranceles del 100% a las importaciones desde Serbia y Bosnia para “defender sus intereses vitales”, que se sumaban a otras del 10% decretadas dos semanas antes. Si esta primera medida había reducido las exportaciones desde ambos países a la mitad, ahora han caído prácticamente a cero, según el director del servicio de Aduanas de Kosovo, Adriatik Stavileci. Las importaciones kosovares de bienes serbios suponen unos 400 millones de euros al año, y llegaron a los 440 millones en 2017.

Para complicar aún más la situación, el pasado 23 de noviembre la policía kosovar arrestó a tres personas como sospechosos del asesinato de Oliver Ivanovic, un político serbio-kosovar moderado considerado un importante mediador entre ambas comunidades, que fue tiroteado en su oficina de Mitrovica en enero. La detención provocó protestas y disturbios en esta ciudad, capital de la minoría bosnia en el norte de Kosovo. El primer ministro kosovar Ramush Haradinaj aseguró que las detenciones carecína de motivación política: “Aseguro a todos los ciudadanos del estado de Kosovo y las instituciones de orden público que [la operación policial] no está orientada contra ningún grupo étnico o político”, escribió en su página de Facebook.

Pero no todos lo ven así, entre ellos Rusia, el principal apoyo internacional de Serbia, que jamás ha reconocido la independencia de Kosovo y percibió la guerra de 1999 como una humillación en lo que considera su patio trasero. El ministerio de Exteriores de Moscú consideró las detenciones “una provocación en la parte de población serbia” de Kosovo. “El camino de Prístina hacia la limpieza étnica y el estallido de una guerra comercial en los Balcanes es evidente”, dijo en un comunicado.

Tras las detenciones, la policía kosovar trató de detener al empresario y líder político serbio Milan Radoicic, cuyo hogar fue objeto de una redada ese mismo día. Radoidic se encuentra desde entonces en paradero desconocido, y asegura que las autoridades kosovares quieren matarle. Por todo ello, las instituciones locales y los tribunales en el norte de Kosovo han interrumpido su comunicación con Prístina. “Los representantes serbios me han informado que desde hoy, la administración municipal que funcionaba según el sistema albanés de Prístina en el norte ya no funciona”, declaró el representante de Belgrado para Kosovo, Marko Djuric. El resultado es una situación potencialmente ingobernable en el norte del territorio, que ha quedado, por ahora, fuera del alcance de las autoridades de Prístina.

Aunque el presidente serbio Aleksandar Vucic dice que no piensa tomar contramedidas por ahora, los grandes perjudicados por esta situación son los serbios de Kosovo, que llevan días organizando importantes movilizaciones contra los aranceles. En consecuencia, los alcaldes de las cuatro localidades de mayoría serbia han dimitido por la “inhumana” decisión de Prístina, que impide “el suministro y la distribución normal de bienes desde Serbia y Kosovo”, según Goran Rakic, alcalde de Mitrovica, uno de los que ha renunciado a su cargo. También consideran el caso de Radoicic "una violación de derechos humanos".

Ciudadanos serbo-kosovares participan en una protesta contra la imposición de aranceles a las importaciones de Serbia y Bosnia, en Mitrovica, el 27 de noviembre del 2018. (EFE)
Ciudadanos serbo-kosovares participan en una protesta contra la imposición de aranceles a las importaciones de Serbia y Bosnia, en Mitrovica, el 27 de noviembre del 2018. (EFE)

Kosovo no cede

En medio de todo esto, pese a la sangre fría de Vucic –probablemente el más interesado en alcanzar una solución negociada al conflicto- los obispos ortodoxos serbios están promoviendo la agitación en contra de cualquier concesión. No solo exigen que se mantengan las fuerzas de la ONU, la KFOR (la misión de la OTAN en Kosovo) y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), sino que consideran Kosovo “el corazón de la espiritualidad ortodoxa serbia y de su identidad”, y por lo tanto un territorio irrenunciable. “La plena soberanía y la integridad de Serbia en Kosovo y Metohija no puede ser puesta en cuestión bajo ninguna circunstancia”, declaró la Sagrada Asamblea de Obispos de la Iglesia Ortodoxa Serbia en un comunicado a principios de noviembre.

En estos últimos días, Serbia se ha ganado algunas simpatías internacionales ante el aparente exceso de celo de los kosovares. La jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, ha exigido a Kosovo que elimine los aranceles, puesto que “no aporta ninguna solución a los problemas de la gente o a las aspiraciones de Kosovo en el presente y futuro”, y “solo complica aún más la situación”. En el mismo sentido se ha expresado el secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo, que ha pedido a Prístina que haga un esfuerzo por “evitar provocaciones y desescalar las tensiones”. “Normalizar las relaciones entre Kosovo y Serbia es la única forma de abrir el camino hacia la futura integración de ambos países en la comunidad occidental de naciones”, afirmó tras un encuentro con el presidente kosovar en Washington el pasado 27 de noviembre.

Pero el viernes, el Gobierno kosovar desestimó las críticas internacionales, afirmando que la intención de los aranceles es enviar un “mensaje claro” a Serbia, para que acepte su independencia de una vez por todas. “Algunas personas pueden pensar que esta decisión solamente durará unos pocos días, pero no deberían asumir eso. Puede estar en marcha durante mucho tiempo”, declaró Haradinaj, “todo lo que lleve hasta que Serbia reconozca a Kosovo, para que logremos un acuerdo integral que lo contenga todo: reconocimiento, pertenencia a la ONU, un acuerdo sobre la deuda, las pensiones, los desaparecidos, y la eliminación de aranceles”.

Kosovo, pues, no cede, y tampoco parece que vaya a hacerlo Serbia. Con el norte del territorio fuera de control y las posiciones en ambos bandos más enquistadas que nunca, las perspectivas de una paz negociada inmediata parecen evaporarse por momentos.

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