MOVIMIENTOS EN LA POLÍTICA BALCÁNICA

El intercambio territorial que Kosovo y Serbia sopesan para solucionar el conflicto

Los presidentes de ambas entidades estatales se han mostrado dispuestos a discutir la idea en septiembre, como el precio a pagar para entrar en la UE. Muchos expertos alertan contra la propuesta

Foto: Varias personas se reflejan en un escaparate con la bandera de Kosovo en Prístina. (Reuters)
Varias personas se reflejan en un escaparate con la bandera de Kosovo en Prístina. (Reuters)

La propuesta del presidente serbio, Aleksandar Vucic, lanzada en una rueda de prensa a finales de julio, no resultaba demasiado sorprendente: intercambiar los territorios de mayoría serbia en el norte de Kosovo por los de mayoría albanokosovar en el sur de Serbia, una idea que varios políticos -incluyendo al propio Vucic- habían puesto sobre la mesa en el pasado. Pero sí lo ha sido la respuesta del presidente kosovar Hashim Thaci, quien el pasado 6 de agosto, al ser preguntado al respecto, afirmó que estaba abierto a discutir una “corrección de fronteras” para normalizar las relaciones con Serbia, aunque no “basadas en divisiones étnicas”. Thaci, además, ha sugerido que la idea debería ser discutida durante la próxima ronda de conversaciones entre Prístina y Belgrado, que tendrá lugar en Bruselas este septiembre.

Toda una novedad en la, por lo general, bastante inamovible política balcánica, donde la tónica general son las posiciones maximalistas y el irredentismo. La idea de ambos mandatarios, aparentemente, es sentar las bases para una solución del conflicto que permita que, en último término, ambos estados puedan acceder a la Unión Europea. Bruselas ha indicado que Serbia podría convertirse en país miembro para 2025, pero el proceso quedaría postergado indefinidamente a no ser que se llegue a un acuerdo respecto a Kosovo. Este territorio, separado por la fuerza de Serbia a finales de los años 90 con ayuda de los bombardeos de la OTAN, proclamó unilateralmente su independencia en 2008. Cuenta con el reconocimiento diplomático de más de un centenar de países, pero no de Rusia ni de varios de la UE, como Grecia, Rumanía o la propia España.

Aunque el 90% de la población kosovar es albanesa, unos cien mil serbios (aproximadamente el 5%) siguen viviendo en el territorio, especialmente en las zonas al norte del río Ibar, que divide la ciudad de Mitrovica. Del mismo modo, una fracción significativa de albaneses residen en las regiones meridionales de Serbia. El propio Vucic afirmó en julio que si no se lograba una solución, los albaneses pueden expandirse por Serbia en los próximos años y, debido a su alta tasa de natalidad, alterar el balance demográfico. Unos comentarios que, según los expertos, están destinados a azuzar los miedos de muchos serbios, especialmente en el sur, y garantizar su apoyo a un acuerdo al que de otro modo se opondrían en gran medida.

“Vucic parece querer un acuerdo y tiene el suficiente control para lograr que sea aprobado en Serbia, pero tiene pinta de que solo lo hará si puede ser visto como recibiendo algo a cambio por aceptar de forma implícita o explícita la independencia de Kosovo”, ha explicado Agon Maliqi, analista político kosovar, a la revista Newsweek. El presidente serbio, de hecho, ha sido bastante claro al respecto: “Todos los serbios saben que han perdido Kosovo, pero haré todo lo que esté en mi mano para recuperar lo que pueda, de modo que al final no sea una pérdida o una derrota totales”, declaró a la revista croata Globus a finales de julio.

¿Cambio de política en Washington?

En ese sentido, Vucic parece considerar que es el momento propicio para impulsar una medida de este tipo. Una de las claves puede ser el cambio de liderazgo en la Casa Blanca: el pasado 31 de julio, el ministro de Exteriores serbio, Ivica Dacic, se reunió en Washington con Jared Kushner, el yerno y asesor del presidente Donald Trump, con quien discutió una posible partición de Kosovo, según aseguró. “El modelo de partición o delimitación es una propiesta que he señalado como una solución. Ahora todas las cartas están sobre la mesa”, indicó Dacid tras el encuentro.

“Esto es un cambio respecto a las políticas anteriores, que apoyaban de forma inequívoca la integridad territorial y la soberanía de Kosovo, tal y como la define su constitución y aparece dibujada (de forma no accidental) en su bandera”, comenta Daniel Serwer, ex enviado especial estadounidense en los Balcanes y participante en los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra de Bosnia, en su página personal. Jasmin Mujanovic, analista política para los Balcanes, considera estas reuniones “increíblemente desconcertantes”. “Incluso el mero indicio de un cambio en la política estadounidense hacia la región puede animar a las elites nacionalistas extremistas, dispuestas a recuperar ciertos proyectos políticos de los años 90”, afirma en una entrevista con Al Jazeera.

Como era de esperar, la iniciativa cuenta con importantes detractores en ambos bandos. En Serbia, una de las primeras en alzar la voz ha sido la Iglesia Ortodoxa, que se niega a aceptar cualquier paso que implique el reconocimiento de la independencia de Kosovo, dado que gran parte de su patrimonio cultural se encuentra en este territorio. Por parte kosovar preocupa no sólo la población que vive al norte del río Ibar, sino también la pérdida potencial del lago Gazivoda, una importante fuente de agua potable para Kosovo, que pasaría a manos serbias.

De hecho, el propio Gobierno kosovar está dividido al respecto: el primer ministro Ramush Haradinaj se opone frontalmente a la propuesta. “Nadie quiere un cambio de fronteras excepto el presidente ruso Vladímir Putin”, ha declarado. “Las fronteras de Kosovo fueron establecidas por la guerra y solo la guerra puede moverlas. Quien crea que las fronteras pueden cambiarse de otra forma, está equivocado”, asegura.

Pero incluso si en último término el intercambio territorial beneficiase principalmente a Serbia, no está claro que Prístina tenga la capacidad de oponerse a ello si los principales actores internacionales están de acuerdo. “Me temo que en este contexto regional e internacional -con una UE débil, una influencia rusa fuerte, unos EEUU más pragmáticos y en un callejón sin salida en Bosnia-, Kosovo está perdiendo influencia y está siendo llevado a una posición de o bien tener que aceptar algún tipo de autonomía sustancial para los serbios, sin un asiento en la ONU, o aceptar la partición”, indica Maliqi.

El presidente serbio Aleksandar Vucic (derecha) y el kosovar Hashim Thaci (segundo por la izquierda) junto a la canciller alemana Angela Merkel durante  la Cumbre de los Balcanes en Sofía, el 17 de mayo de 2018. (Reuters)
El presidente serbio Aleksandar Vucic (derecha) y el kosovar Hashim Thaci (segundo por la izquierda) junto a la canciller alemana Angela Merkel durante la Cumbre de los Balcanes en Sofía, el 17 de mayo de 2018. (Reuters)

¿Un nuevo polvorín balcánico?

El argumento más contundente en contra del intercambio territorial es la sensación de que puede generar nuevos y múltiples problemas en la región. El pasado 7 de agosto, 37 ONGs serbias y kosovares -incluyendo varias de la comunidad serbia del norte de Kosovo- enviaron una carta conjunta a Federica Mogherini, la jefa de la diplomacia europea, pidiéndole que se oponga a la propuesta. En ella aseguran que “inevitablemente producirá una reacción en cadena en otros estados balcánicos y llevará a numerosas peticiones de cambios en las fronteras de los Balcanes, lo que abre la puerta a nuevos conflictos”. Además, “enviaría un peligroso mensaje a todos los serbios y albaneses que viven en el 'lado equivocado' de 'sus' estados étnicos, lo que podría llevar a otro éxodo de población en los Balcanes”, afirman.

“Los intercambios territoriales y los cambios de frontera por razones étnicas pueden asociarse a algunos de los capítulos más oscuros del siglo XX. Dado el preocupante auge del nacionalismo de sangre y tierra en gran parte del continente, la inquietud sobre la desunión europea y la amenaza que supone para ello la Rusia de Putin, no veo cómo redibujar unas fronteras basándose en poblaciones demográficas puede ir en interés de Europa, ahora o en los años venideros”, dice Richard Kraemer, analista del Instituto de Investigación en Política Exterior. “Equivale a abrir una caja de Pandora de peligrosos precedentes para países como Ucrania y otros donde la etnicidad y la identidad nacional están perturbadoramente mezcladas”, ha dicho a Newsweek.

Uno de los posibles focos de conflicto más obvios es la República Srpska, la entidad serbobosnia que lidera el nacionalista Milorad Dodik, que recientemente ha vuelto a insistir en la necesidad de independizarse de Bosnia-Herzegovina. Estos días, Dodik ha anunciado que si Kosovo se convierte en un país miembro de la ONU, la República Srpska hará lo propio inmediatamente: “En este aspecto, resolver las relaciones entre Belgrado y Prístina sobre una base permanente debería implicar resolver la cuestión del estatus de la República Srpska. Después de todo, aquí no se han establecido fronteras permanentes”.

“Si la comunidad internacional acepta un 'intercambio de tierras' en Kosovo, Vucic insistirá entonces -como ya hacen él y sus subalternos- que Bosnia-Herzegovina no es un estado funcional y que sus territorios orientales, en los que el régimen de [Slobodan] Milosevic llegó a cabo una limpieza étnica en los años 90 y ahora conocemos como la 'República Srpska', están mejor con Serbia”, dice Mujanovic. “El presidente Dodik ha pedido explícitamente a Vucic que 'empaquete' sus demandas sobre Kosovo con un llamamiento a la 'resolución' de[l problema de] la República Srspka”, indica. Una vez más, no hay recetas fáciles en los Balcanes.

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