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Un año después de la caída de Kabul: todo lo que ha cambiado en el Emirato talibán
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Un año de regreso al pasado

Un año después de la caída de Kabul: todo lo que ha cambiado en el Emirato talibán

Las mujeres han perdido todos sus derechos mientras el país sufre la peor crisis humanitaria y económica de su historia: "Un millón de niños puede morir por malnutrición", según Unicef

Foto: Guardas de seguridad talibanes en Kabul. (EFE)
Guardas de seguridad talibanes en Kabul. (EFE)
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Hace exactamente un año, los talibanes irrumpían en Kabul, que cayó en sus manos en cuestión de horas. La conquista de la capital afgana fue solo la última pieza del dominó que puso Occidente frente al espejo del fracaso de lo que empezó primero como una misión de la guerra contra el terror y que quiso transformarse después en una malograda misión 'civilizatoria'. Más de dos décadas después, ese 15 de agosto de 2021 los talibanes sellaban su regreso al gobierno entre la caótica evacuación de las tropas estadounidenses y europeas. Quizás Occidente aprendió algunas lecciones de su fracaso, pero las más duras las está sufriendo en el país, bajo la segunda edición del Emirato talibán en Afganistán.

El Emirato afgano cumple un año de gobierno sosteniendo las riendas del poder con mano de hierro sobre un país en ruinas, azotado por la sequía, la hambruna, la violencia y una crisis económica salvaje. La esperanza de que la cúpula política talibana moderase sus posturas parece más lejana que nunca. La clemencia prometida para los valedores del régimen anterior todavía no ha llegado. Ni el respeto hacia los derechos de las mujeres o de las minorías étnicas. Los líderes del nuevo Afganistán han metido el país en una máquina del tiempo que lo ha mandado de vuelta al régimen teocrático de 1996, con todo lo que eso implica.

Foto: Un guardia de seguridad talibán, cerca de la residencia donde mataron a Ayman al-Zawahiri. (EFE/Epa Stringer) Opinión

"Lo que estamos presenciando es la opresión institucionalizada y sistemática de las mujeres", asegura la jefa de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet. En estos 12 meses, más de la mitad de la población simplemente ha dejado de existir. La mujer vuelve a pertenecer al hombre tal que un objeto que se puede comprar, vender, desechar y violentar.

Algunas han perdido la esperanza: "Salí a la calle durante las primeras manifestaciones por nuestros derechos", explica Samia, una joven periodista que trabajaba como redactora para una agencia de comunicación afgana. "Muchas mujeres fueron detenidas, algunas torturadas. Los talibanes no dudaron en dispararnos, por lo que decidí no salir más. ¿Quién me ayudará si me pasa algo? Nadie", explica.

Sin embargo, las manifestaciones continúan. El pasado sábado sucedió la última en Kabul bajo el lema 'Pan, trabajo y libertad'. Como en ocasiones anteriores, fue disuelta violentamente. "Pensé que con los meses los talibanes aceptarían nuestro papel en la sociedad, quizá por la presión internacional. No me creí las promesas del nuevo Gobierno, pero esperaba que entendiesen que los tiempos han cambiado", lamenta Samia.

Foto: Las periodistas de la estación de radio 'Mujeres en Kandahar'. (EFE/M. Sadiq)

La realidad es que para los talibanes el tiempo no ha pasado. Las mujeres vuelven a estar bajo la vigilancia constante de su versión del Tribunal de la Santa Inquisición: el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, cuyo objetivo es implementar la 'sharia' a través de la policía religiosa, la cual ha vuelto a las calles en busca de herejes a los que les guste afeitarse, beber, escuchar música, hacer deporte o contradecir su visión extrema del islam. Aunque, sobre todo, centran su actividad en mantener a la mujer alejada de la esfera pública.

Desde mayo, vuelve a ser obligatorio cubrirse la cara. "Lo mejor es que se queden en casa", indica una de las notas de prensa del ministerio. Entre otras leyes, so pena de prisión, castigo físico o incluso la muerte, también tienen prohibido realizar viajes largos solas o visitar parques públicos en los días designados para los hombres. Pero el arma más efectiva contra su futuro sigue siendo cercenar el derecho a la educación; las niñas todavía tienen prohibida la escuela secundaria y las mujeres el acceso a la universidad.

placeholder Foto: Reuters/Ali Khara.
Foto: Reuters/Ali Khara.

También ejercen presión para que las mujeres abandonen el mundo laboral. Samia acabó dejando su trabajo porque "no solo tú recibes amenazas, sino también tu familia. El miedo es constante. Ahora, cuando tengo que salir a la calle, siempre lo hago con mi madre y vistiendo el burka". El anonimato que les otorga la prenda las hace sentir seguras. "El futuro para la mujer afgana ya no existe", sentencia.

Un millón de niños puede morir

El aislamiento internacional —todavía ningún Gobierno ha reconocido oficialmente el Emirato talibán, pese a docenas de contactos con países de todo tipo y la inicial sospecha de que China o los países del Golfo estarían dispuestos— y la retención de muchos de los fondos para la ayuda humanitaria, sobre todo por parte de Estados Unidos, siguen destrozando la economía del país. La inflación del 80% se ha llevado a la tumba cualquier ahorro o posibilidad de prosperar económicamente. Los mercados de Kabul están llenos de gente vendiendo sus pertenencias. El precio de los alimentos sigue subiendo y cientos de miles han perdido sus empleos y no tienen con qué subsistir. Los niños se están llevando la peor parte de la crisis humanitaria.

"Alrededor de 14 millones tienen problemas de inseguridad alimentaria", asegura Samantha Mort, jefa de Comunicación de Unicef en Afganistán. En un país donde el 41% de la población tiene menos de 15 años, estas cifras son una calamidad sin parangón que ha llevado al extremo a muchas familias, las cuales están poniendo en venta a sus hijas, tal y como ha denunciado la propia organización humanitaria.

Foto: Talibanes en Kandahar. (EFE)

Unicef hace hincapié en que al menos "tres millones de niños sufren de inseguridad alimentaria extrema y alrededor de un millón está en riesgo de morir por malnutrición severa". Una postal del infierno que Mort resume con estas palabras: "Hoy en día ya no hay infancia en Afganistán. Lo único que importa es sobrevivir y llegar al día siguiente".

Mientras, a la hambruna hay que sumarle los desastres naturales, tanto la sequía extrema como el crudo invierno, cuando todo se para. Y un sistema sanitario que está destrozado y con una acuciante falta de doctoras, enfermeras y matronas. Además, los talibanes solo permiten que estas se ocupen de la mujer, a la vez que no dejan que futuras profesionales sanitarias puedan estudiar.

El conflicto continúa

La guerra no acabó con la caída de Kabul. Por un lado, está la constante y violenta pugna interna entre los diferentes grupos talibanes, en su mayoría adscritos a un comandante que domina una región o distrito del país. Las disputas territoriales se resuelven con las armas, al igual que las diferencias ideológicas entre el ala más radical del grupo, la cual ha adoptado el nombre del Estado Islámico, y el propio Emirato, que necesita mantener cierto 'statu quo' para gobernar el país. Por ejemplo, el pasado jueves, un suicida con una bomba escondida en una pierna ortopédica mató en una mezquita de la capital a Rahimullah Haqqani, miembro de la cúpula política del Emirato y uno de los pocos religiosos que habían defendido el derecho de la mujer a la educación y el trabajo.

Asimismo, Afganistán vuelve a ser un hervidero para el yihadismo internacional, ahora mejor armado que nunca gracias a la precipitada retirada internacional. La reciente muerte del líder de Al Qaeda, Al-Zawahiri, abatido en Kabul por un dron norteamericano, es una prueba definitiva. Pero no es nada nuevo: Amin ul-Haq, lugarteniente de Osama Bin Laden y jefe de Al Qaeda en Tora Bora, entró en el país el 30 de agosto de 2021. El grupo se está reorganizando en Afganistán, eso es ya un hecho.

Foto: Foto de archivo de un vídeo en el que aparecía el líder de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri. (EFE/Al Jazeera)

Por otro lado, como en los años noventa del siglo pasado, los rebeldes antitalibanes se han vuelto a echar al monte para luchar sin medios o ayuda internacional. De momento, la oposición armada es poco más que una mota de polvo en el ojo yihadista, como el caso del Frente de Liberación de Afganistán, activo en el sur del país, donde los talibanes son más fuertes. Llevan a cabo pequeños atentados y ataques relámpago contra controles policiales talibanes.

El grupo más fuerte es el Frente de Resistencia Nacional (FRN), heredero de la antigua Alianza del Norte y liderado por Ahmad Massoud, hijo del León del Panjshir, el cual sigue ganando adeptos y cuyas recientes palabras auguran una futura escalada del conflicto armado: "El pueblo afgano no puede esperar a ser salvado por un líder mesiánico que les traiga justicia. Quieren que el sistema sea justo, no que un solo hombre lo sea". Y, por lo tanto, "no hay otra opción que luchar contra los talibanes", afirmó en un comunicado del FRN, en su mayoría compuesto por afganos de origen tayiko. Una de las varias minorías étnicas todavía perseguidas en Afganistán.

Exilio y olvido

"Lo peor de todo es el sentimiento de que el mundo nos ha olvidado", explica Aziz, al otro lado del teléfono, respirando entrecortadamente. Habla desde su casa en Kabul, donde pasa "la mayoría del tiempo porque tengo miedo de salir a la calle". "Llevo un año viviendo como un ratón. Desde que cayó el Gobierno de Ghani [el expresidente afgano], espero el día en que se me lleven. Muchos compañeros han desaparecido", explica.

Aziz era uno de los 300.000 soldados del extinto Ejército Nacional Afgano, la mayoría de los cuales no pudieron escapar. "Tiré mi uniforme al río Kabul. Desde entonces, no he podido trabajar ni vivir como un ser humano. Mi familia pasa hambre. La amnistía que los talibanes prometieron es mentira", añade. Un año después, se sigue persiguiendo sistemáticamente, incluyendo ejecuciones sumarias, a los extrabajadores del Gobierno afgano y a las minorías étnicas.

Foto: Ismael, intérprete afgano de la minoría Hazara, junto a miembros del ejército español. (Cedida)

Aziz es de la etnia hazara, cuyo pueblo está adscrito a la rama chií del islam y es enemigo tradicional de la versión suní de los talibanes. Como los tayikos, están en el constante punto de mira del Emirato y del Estado Islámico afgano. Abocados al exilio, siguen siendo víctimas de atentados terroristas y asesinatos arbitrarios, al igual que la comunidad hindú afgana, en su mayoría sikh, la cual en 1970 contaba con más de 100.000 miembros y ya ha abandonado el país casi en su totalidad. Pero huir no es la solución para la mayoría.

"¿Escapar de Afganistán? Muchos lo han hecho y lo seguirán haciendo. Sobre todo, los jóvenes. Pero, para los que tenemos familia, ¿quién cuidará de mis padres, de mi mujer e hijas? ¿Tiene que huir todo el pueblo hazara?", sentencia Aziz. Un año después de la victoria del Emirato, la persecución y la erradicación de los derechos más básicos vuelven a ser la marca de fábrica del régimen talibán. Y el mundo lo contempla sin hacer nada.

*Nota: los nombres de Samia y Aziz han sido cambiados por motivos de seguridad.

Hace exactamente un año, los talibanes irrumpían en Kabul, que cayó en sus manos en cuestión de horas. La conquista de la capital afgana fue solo la última pieza del dominó que puso Occidente frente al espejo del fracaso de lo que empezó primero como una misión de la guerra contra el terror y que quiso transformarse después en una malograda misión 'civilizatoria'. Más de dos décadas después, ese 15 de agosto de 2021 los talibanes sellaban su regreso al gobierno entre la caótica evacuación de las tropas estadounidenses y europeas. Quizás Occidente aprendió algunas lecciones de su fracaso, pero las más duras las está sufriendo en el país, bajo la segunda edición del Emirato talibán en Afganistán.

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