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No es uranio todo lo que reluce: ¿qué hay detrás de la apuesta nuclear de Macron?
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¿Nueva estrategia o postureo atómico?

No es uranio todo lo que reluce: ¿qué hay detrás de la apuesta nuclear de Macron?

El presidente francés ha anunciado que su país volverá a construir reactores nucleares, pero es probable que sus motivos no respondan únicamente a su pasión por la energía

Foto: Emmanuel Macron, durante la presentación del programa Francia 2030. (Reuters/Ludovic Marin)
Emmanuel Macron, durante la presentación del programa Francia 2030. (Reuters/Ludovic Marin)

Emmanuel Macron está en una racha nuclear. Primero, lideró una cruzada en Bruselas para conseguir que la energía fuera incluida en la 'taxonomía verde' de la Unión Europea, una clasificación que busca determinar qué activos son buenos para el medio ambiente y atraer la inversión privada hacia ellos. Después, reveló su plan para invertir 1.000 millones de euros para el desarrollo de pequeños reactores nucleares modulares (SMR, por sus siglas en inglés). Y esta semana, el presidente francés anunció que, "por primera vez en varias décadas, vamos a relanzar la construcción de reactores nucleares en nuestro país y se proseguirá con el desarrollo de las renovables".

El mandatario apenas dedicó una frase al tema durante su discurso televisado el pasado martes, pero fue suficiente para que gran parte del país —y de los medios internacionales— se pusiera a hablar de ello incansablemente. Al día siguiente, los líderes del PP y de Vox reprochaban al Gobierno de Pedro Sánchez no hacer una apuesta similar a la francesa. "¿Por qué no hace usted como Macron?", exclamaba Pablo Casado en el Congreso. El presidente de la nación más nuclear —el 70% de la producción eléctrica de Francia procede de ese tipo de centrales— parece haberse convertido en un referente global para los defensores de la energía atómica.

Foto: Vista de la central nuclear de Cattenom (Francia). (EFE/Julien Warnand)

Y sin embargo, hasta hace poco, Macron había demostrado cierta ambivalencia al respecto. En la retórica, el mandatario siempre ha mantenido un discurso decididamente a favor de lo nuclear, pero en noviembre de 2018 confirmó el cierre de los dos reactores de la planta de Fessenheim, cumpliendo así una promesa hecha por su predecesor, el socialista François Hollande, a los ambientalistas franceses. Su Administración describió la decisión como “un paso clave en el compromiso asumido por Francia de reducir al 50% la contribución de la energía nuclear a la producción energética”. El presidente también se comprometió a cerrar otros 12 reactores en el futuro, aunque ya entonces, al explicar la estrategia, advertía: “Reducir el papel de la energía nuclear no significa renunciar a él”.

Se trataba de uno de los tantos ejercicios de equilibrio ideológico que han caracterizado el Gobierno de Macron, un joven político que llegó al poder enarbolando la bandera del centrismo. Pero, recientemente, los vientos políticos han cambiado en Francia, adquiriendo una velocidad que imposibilita cualquier intento de caminar la cuerda floja de la opinión pública en lo que respecta a lo nuclear, un sector que da empleo a más de 3.000 compañías y 220.000 trabajadores en el país. Y a menos de cinco meses de las elecciones presidenciales, el funambulista en jefe ha decidido apostar duro por una energía cargada de significado para los franceses.

Foto: La planta nuclear de Belleville-sur-Loire, en Francia. (Reuters)

La derecha 'atómica'

El gran impulso francés a la energía nuclear se remonta a la crisis del petróleo de 1973, cuando los miembros de la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (OPEP) decidieron cerrar el grifo del combustible a los gobiernos que apoyaban a Israel. De la noche a la mañana, el precio del crudo se cuadruplicó para una Francia sin apenas recursos energéticos naturales y que dependía de las plantas de combustión de petróleo para su electricidad. En este contexto, la energía nuclear fue presentada como la vía directa hacia la independencia energética francesa. Era algo más que una cuestión de suministro. Era una cuestión de orgullo, de Estado.

En los siguientes años, el país construyó decenas de centrales nucleares, administradas por Electricité de France (EDF), compañía inaugurada en 1946 por el general Charles de Gaulle. Hoy en día, la compañía estatal gala es la mayor productora y distribuidora de electricidad en Europa y encarna un aspecto clave de la identidad francesa. “EDF fue creada tras la Segunda Guerra Mundial y fue un símbolo de la acción estatal en la economía para reconstruir una Francia destruida por las bombas nazis”, explicaba recientemente Thomas Pellerin-Carlin, director del Centro de Energía del Instituto Jaques Delors, en entrevista con El Confidencial.

"Macron ha tomado firmemente el camino de seducir a la derecha más que a la izquierda"

Todo este simbolismo que rodea la energía nuclear la ha convertido en un tema fetiche para la derecha del país, especialmente para la más nostálgica del pasado, representada por figuras ultra como Marine Le Pen o Éric Zemmour. En respuesta a la transición verde impulsada por la UE, ambos políticos han convertido lo nuclear en una de las principales prioridades de su agenda, lo que a su vez ha movilizado a la opinión pública gala. Los efectos de este giro son evidentes. De acuerdo con una encuesta de Odoxa, en los dos últimos años el respaldo de los ciudadanos franceses a esta energía se ha incrementado en 17 puntos, exactamente los mismos que ha caído la eólica.

Las energías renovables siguen contando con amplia popularidad en Francia, pero en un contexto político en que el candidato más aventajado de la izquierda del país, Jean-Luc Mélenchon, no llega ni al 10% de la intención de voto, Macron “ha tomado firmemente el camino de seducir a la derecha más que a la izquierda”, como indicó Nicolas Goldberg, analista sénior de energía en Columbus Consulting, al 'Financial Times'. La reciente crisis energética que atraviesa Europa —y de la que Francia ha salido mejor parada que sus vecinos debido a la baza nuclear— ha sido el catalizador perfecto para el giro definitivo del presidente hacia los reactores.

Una promesa muy manida

No es la primera vez que un líder francés promete un ‘renacimiento’ nuclear. Durante la presidencia del conservador Nicolas Sarkozy (2007-2012), el mandatario anunció con gran pompa la construcción de una nueva planta nuclear con reactores de agua presurizada de tercera generación (EPR). Esta iba a ser la segunda central de este tipo en el país junto a la de Flamanville 3, cuya edificación empezó en 2007. “No es una elección entre energía nuclear o renovables, sino una apuesta por la nuclear junto a las renovables”, manifestó entonces Sarkozy. Una frase que encajaría perfectamente en el discurso televisado esta semana por Macron.

Foto: Central nuclear de Cofrentes, en Valencia. (Reuters)

Once años después del anuncio, no existe ni rastro de esta segunda central EPR y la primera se ha convertido en uno de los mayores calvarios para las arcas públicas francesas de la historia reciente. La planta de Flamanville 3 debería haber empezado a funcionar en 2012 y, a día de hoy, sigue sin abrir sus puertas. Su presupuesto original era de 3.300 millones de euros y el Tribunal de Cuentas francés calcula que la factura final será cercana a los 20.000 millones. “En el caso de Flamanville, resulta difícil determinar hasta qué punto se trata de una cuestión de mala gestión del proyecto o una cuestión estructural. Este tipo de reactores nucleares gigantes son una pesadilla de construir”, considera Pellerin-Carlin.

Los fracasos de estos proyectos franceses llaman a la precaución a la hora de considerar las nuevas promesas nucleares que emanan del Palacio del Elíseo. Especialmente cuando, más allá de la inversión ya conocida de 1.000 millones de dólares en reactores SMR"nuestra prioridad número uno", aseguró Macron al anunciarlo, a pesar de destinarle la parte más pequeña de su plan de inversión industrial para 2030—, no se han detallado planes concretos.

Foto: El presidente francés, en la cumbre de Glasgow. (Reuters/Andy Buchanan)

Muchas de las centrales nucleares de Francia tienen alrededor de 40 años, por lo que la cuestión sobre cómo mantener o eliminar los reactores existentes no puede postergarse indefinidamente. Representantes de EDF llevan años presumiendo a bombo y platillo de su capacidad de construir seis reactores nucleares EPR 2 (una mejora tecnológica frente al anterior) tan pronto como el Gobierno francés lo ordene, con un presupuesto estimado de 46.000 millones de dólares. Pero hasta que una decisión de tal envergadura se produzca, muchos expertos prefieren mantenerse cautelosos. "El anuncio [de Macron] es muy poco específico por buenas razones. Los reactores EPR 2 estan todavía en una fase preliminar. Serán necesarios varios años para validar su diseño y varios años más para desarrollar una versión operativa que pueda ser implementada", expresó a 'France Info' Yves Marignac, portavoz del 'think tank' energético francés NégaWatt.

"Macron quiere presentarse ante los ciudadanos franceses como el presidente que lideró la UE hacia la energía nuclear"

En gran medida, la batalla liderada por Macron por la inclusión de lo nuclear en la taxonomía verde, es también una cuestión de apariencias. El impacto económico para la energía si esta no se viera incluida sería prácticamente nulo, dado que las centrales dependen principalmente de la financiación pública. Sin embargo, el presidente francés no podía permitirse una derrota de este tipo, por su peso político. “Este Gobierno se ha mostrado a la vez como muy pro nuclear y muy pro Europa. De cara a las elecciones de 2022, Macron quiere presentarse ante los ciudadanos franceses como el presidente que lideró la UE hacia la energía nuclear”, explica el director del Centro de Energía del Instituto Jaques Delors.

Las dos caras de la moneda nuclear

Tradicionalmente, los sectores nucleares civiles y militares se mantienen —por buenos motivos— en esferas claramente separadas. Pero a la hora de la verdad, para las potencias con acceso a la tecnología, los dos van de la mano. Francia es el único país de la Unión Europea que cuenta con armas nucleares, una realidad que constituye un elemento clave de la estrategia de seguridad nacional gala. “La percepción de las élites francesas es que la energía nuclear es importante no únicamente por su uso civil, sino también por su peso militar y geopolítico”, afirma Pellerin-Carlin. En esta visión, París no está sola. Los cuatro países con más reactores del mundo, Estados Unidos (93), Francia (56), China (50) y Rusia (38), son Estados nuclearmente armados.

Foto: Central nuclear en Belleville-sur-Loire (Francia). (Reuters)

La ineludible doble cara de la moneda nuclear no es ningún secreto susurrado en los pasillos del Elíseo. El propio presidente se ha hecho eco de ella a la hora de defender la importancia que la industria tiene para el Estado francés. “Debemos pensar constantemente en el largo plazo, en la capacidad de preservar nuestras habilidades técnicas, tecnológicas e industriales en todo el sector para poder proteger nuestras capacidades de producción soberana, tanto en el ámbito civil como en el militar”, aseveró Macron durante un discurso desde una fábrica de Framatome, una compañía francesa que produce reactores nucleares.

“Uno no va sin el otro. Sin energía nuclear civil, no hay energía nuclear militar; sin energía nuclear militar, no hay energía nuclear civil”, sentenció entonces el mandatario. Francia está, desde un punto de vista estratégico, obligada a no quedarse atrás en materia nuclear, algo que ha estado haciendo consistentemente en las últimas décadas mientras potencias como China e India construían reactor tras reactor.

En sus memorias, De Gaulle afirmaba que “Francia no puede ser Francia sin su ‘grandeur”. Con el anuncio de la resurrección de la energía nuclear, Macron abraza una narrativa que le permite reactivar este imaginario sobre la grandeza francesa, sobre su potencia económica, industrial y militar. La pregunta es si este gran relato, tan útil para evitar que sus rivales electorales lo adelanten por la derecha, se materializará en cambios concretos o terminará, como 11 años atrás, en 'rien de rien'.

Emmanuel Macron está en una racha nuclear. Primero, lideró una cruzada en Bruselas para conseguir que la energía fuera incluida en la 'taxonomía verde' de la Unión Europea, una clasificación que busca determinar qué activos son buenos para el medio ambiente y atraer la inversión privada hacia ellos. Después, reveló su plan para invertir 1.000 millones de euros para el desarrollo de pequeños reactores nucleares modulares (SMR, por sus siglas en inglés). Y esta semana, el presidente francés anunció que, "por primera vez en varias décadas, vamos a relanzar la construcción de reactores nucleares en nuestro país y se proseguirá con el desarrollo de las renovables".

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