El abismo que separa La Habana de Miami dificulta un nuevo deshielo en la era Biden
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UN CAMBIO DIFÍCIL

El abismo que separa La Habana de Miami dificulta un nuevo deshielo en la era Biden

Al nuevo presidente estadounidense le resultará difícil volver a la normalización de las relaciones con Cuba por la férrea oposición de los exiliados cubanoamericanos

Foto: Un hombre camina por La Habana con atuendos con la bandera de EEUU. (EFE)
Un hombre camina por La Habana con atuendos con la bandera de EEUU. (EFE)

Cuando el triunfo de Joe Biden en las elecciones presidenciales apenas empezaba a vislumbrarse el pasado 7 de noviembre, las redes sociales en Cuba se llenaron de mensajes de alivio que celebraban el fin de la era Trump y la llegada de un rostro conocido a la Casa Blanca. “Ya tiene presidente Estados Unidos. Nosotros disfrutamos el placer de tener en nuestra casa a la Dra. Jill Biden (...) una mujer dulce y amable, interesada en el arte, la historia, la familia (...) fue una amiga especial, que en su país me ofreció amabilidad y detalles que nunca olvidaremos”, publicó la artista plástica Ileana Sánchez en Facebook.

La fascinación cubana por la nueva primera dama no es de extrañar. En octubre de 2016, Jill Biden se convirtió en la primera funcionaria estadounidense de alto nivel en décadas en realizar una visita al interior de la isla. Fue una estancia de alrededor de 24 horas en la ciudad de Camagüey, casi 600 kilómetros al este de La Habana, adonde viajó para reunirse con mujeres notables en diversos campos profesionales y acercarse a la cultura local. El viaje que con tanto cariño recuerda Sánchez, no obstante, supone una afrenta para los detractores del Gobierno cubano. La campaña electoral de Donald Trump, por ejemplo, difundió hace meses una foto falsa del supuesto encuentro que habría sostenido la esposa de su rival electoral con Fidel Castro. Pese a que se trataba de un engaño, la publicación tuvo una enorme resonancia entre la comunidad cubanoamericana de Florida.

Foto: Donald Trump. (Reuters)

La diferencia entre las reacciones en La Habana y Miami a la visita de Jill Biden es una muestra emblemática del abismo que separa al Gobierno cubano de su exilio en Estados Unidos. Un abismo que se ha agrandado con la agresividad de Donald Trump hacia la isla durante su mandato, que supuso un giro de 180 grados respecto al deshielo de las relaciones iniciado por la Administración de Barack Obama Obama en 2016. Esta distancia insalvable es la que impide ahora a Joe Biden el apacible retorno a la vía diplomática iniciada mientras él ejercía como vicepresidente. La manera en que el nuevo presidente estadounidense afronte este nudo gordiano resultará especialmente indicativa en una época en que la relación entre Estados Unidos y los gobiernos latinoamericanos de izquierda se ha visto fuertemente politizada por el Partido Republicano.

Maikel Otaño, vecino de la plaza del Carmen, uno de los sitios recorridos por la 'doctora Biden', recuerda cómo esta no perdió oportunidad de visitar un pequeño restaurante privado y saludar a los vecinos del lugar. “Por aquí, siempre hubo galerías y otros negocios orientados al turismo, pero después que ella vino, muchas personas se motivaron a hacer reformas o a abrir nuevos espacios. Fue una buena inversión, hasta que Trump empezó a poner restricciones a las remesas y los viajes. Ojalá con los Biden las cosas vuelvan a ser como antes”.

En ese 'como antes' deposita sus esperanzas la amplia mayoría de los cubanos, que a la crisis económica derivada de la pandemia durante el último año tuvieron que sumar la embestida económica del Gobierno de Trump, una serie de medidas que culminaron cuatro años de asedio. En septiembre de 2017, el Departamento de Estado comenzó el desmantelamiento de su embajada en La Habana —incluso para los trámites de visa, los residentes en la isla deben viajar a Guyana o Panamá—; en mayo de 2019, se produjo la activación del título III de la Ley Helms-Burton, la cual permite presentar demandas ante los tribunales estadounidenses contra quienes 'trafiquen' con bienes confiscados a estadounidenses en Cuba tras la Revolución de Fidel Castro, intimidando así a la inversión extranjera en la isla; pero fue a lo largo de 2020 cuando el presidente republicano se embarcó en una escalada frenética de sanciones, al ritmo de prácticamente una por semana.

placeholder Partidarios cubanoamericanos de Donald Trump, durante un mitin electoral del presidente. (EFE)
Partidarios cubanoamericanos de Donald Trump, durante un mitin electoral del presidente. (EFE)

Miami, la clave (electoral) de todo

A comienzos de diciembre, el 'influencer' Alexander Otaola, emigrado desde Cuba en 1993, anunció la compra de un lujoso rancho en la periferia metropolitana de Miami. Si bien insistió en no revelar el precio de la propiedad, tomando como referencia el valor de otros inmuebles similares que había visitado previamente, podría calcularse que su cotización en el mercado no baja de los dos millones de dólares. La noticia fue celebrada por los millones de seguidores del autotitulado 'pájaro amarillo', quienes lo señalaron como ejemplo de que las historias de éxito pueden hacerse realidad en Estados Unidos.

Otaola afrontó por años una existencia rayana en la pobreza absoluta, “viviendo de favor en casa de una amiga”, según contó a una revista digital opositora al Gobierno de La Habana. Por contraste, el año 2020 lo catapultó al estrellato como protagonista de un ácido 'show' anticomunista en el que incluso llegó a entrevistar al entonces presidente, Donald Trumo, rompiendo récords de popularidad entre la comunidad cubanoamericana del sur de la Florida.

Mediaba el mes de octubre y el magnate neoyorquino apostaba todas sus fichas a ganar los 29 votos electorales del estado del sol, objetivo para el cual resultaba determinante el apoyo del exilio anticastrista. A despecho de la preferencia nacional del resto del electorado latino, entre los cubanoamericanos el respaldo a Trump nunca bajó de dos tercios de los votantes inscritos. Poco antes de las elecciones, una encuesta de la Universidad Internacional de la Florida detalló cómo esa tendencia se acentuaba entre los 'nuevos ciudadanos' de la comunidad —los inmigrantes llegados entre 2010 y 2015, en buena medida, jóvenes con alta calificación profesional—, un 76% de los cuales manifestaban haberse registrado como republicanos.

Foto: Un hombre vestido con una camiseta con la bandera de EEUU maneja un 'bicitaxi' en La Habana. (EFE)

Pese a constituir apenas el 5% del padrón estatal, y el 0,003% del nacional, los 700.000 votantes cubanoamericanos de la Florida tenían en sus manos la definición del área metropolitana de Miami —donde reside uno de cada tres floridanos— y, en consecuencia, del estado. Gracias a ellos, Trump logró reducir en más de 20 puntos la ventaja con que los demócratas se habían agenciado en 2016 el estratégico condado de Miami-Dade (cuando Hillary Clinton llegó sacarle un 30% de diferencia). Esos votos adicionales fueron los que permitieron al magnate ganar las elecciones en Florida.

La victoria de Biden, no obstante, dejó descolocados a los partidarios de Trump en Miami y ha hecho a muchos temer un regreso a la política de 'normalización' iniciada por Obama seis años atrás. “En Caracas, en La Habana y en Managua, están celebrando la victoria de Biden. No porque yo te diga que es comunista, sino porque ellos saben que su línea, y la de los que lo rodean, es mucho más floja sobre estos temas”, indicó Marco Rubio, senador republicano cubanoamericano, en una entrevista reciente con Otaola. “Sí te puedo decir que en nuestro sistema tenemos opciones y eso empieza con cuestionar a todas las personas que se han nombrado para diferentes puestos. En muchos casos, me voy a oponer fuertemente a su nombramiento porque ya han hecho cosas en el pasado”, matizó.

Foto: El nuevo presidente de Bolivia, Luis Arce, en un acto institucional. (EFE)

Antes de la histórica elección de los senadores demócratas en el estado de Georgia, y con ella el fin del dominio republicano sobre la Cámara Alta, las afirmaciones de Rubio tenían el aval de su cargo como presidente interino del Comité de Inteligencia del Senado. Desde ese puesto, fue pieza clave en la reinclusión de Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, anunciada el 11 de enero último por un semidesierto Departamento de Estado. Pero este poder tiene las horas contadas si, como anticipan expertos, los demócratas se lanzan a copar todas las posiciones de responsabilidad dentro del Capitolio. En las próximas semanas, Rubio podría verse de vuelta en el intrascendente Comité de Pequeñas Empresas y Emprendimiento, de donde había salido por mediación de Trump.

“Estas medidas de último minuto claramente se toman pensando en 2024, para tratar de entorpecer la presidencia de Biden, pero creo que lo que van a hacer es reforzar su deseo de cambiar todo lo que ha hecho Trump”, considera Collin Laverty, especialista en las relaciones Cuba-Estados Unidos, y fundador de la organización de intercambio cultural Cuba Educational Travel.

Nueva visión, pero un cambio difícil

Durante la campaña, Joe Biden no vaciló en cuestionar los pretendidos éxitos de su predecesor en relación con la isla. “Sus políticas han causado daño a los cubanos y sus familias. Mi plan es seguir una política que promueva los intereses y empodere al pueblo para que determine libremente su futuro”, declaró en septiembre a la filial miamense de la cadena NBC. Entre las promesas de campaña y el ejercicio cotidiano del poder, media, sin embargo, un trecho difícil de salvar.

Por ejemplo, la revocación de la licencia que autorizaba a la empresa estadounidense Western Union a gestionar el envío de remesas a Cuba —la última vía legal que quedaba a los emigrados para hacerlo— fue emitida por el Gobierno de Donald Trump una semana antes de las elecciones, un guiño a los sectores más radicales del exilio que llevaban años promoviendo una interrupción 'voluntaria' de esas ayudas familiares. Suspenderla, permitiendo a la compañía reabrir sus oficinas en la isla, le costaría a Biden un capital político que seguramente necesitará para sacar adelante otros temas de política interna más estratégicos.

Foto: Foto de recurso de Donald Trump y Joe Biden. (Reuters)

Mantener vivo el estado de beligerancia entre La Habana y Washington es la meta de los conservadores dentro de la comunidad cubanoamericana para los próximos cuatro años. Con el apoyo de donantes anónimos, hace poco, Otaola anunció la transformación de su programa en un canal de 12 horas de transmisiones diarias. “Tenemos casi listo nuestro estudio central. El régimen nunca ha estado tan débil, y con nuestro mensaje y el activismo del Partido del Pueblo [la fuerza política fundada por él a mediados de 2020], podemos plantarle cara al PCC [el Partido Comunista de Cuba]. Ahora, no podemos parar”. El respaldo de miles de sus seguidores, frente a acusaciones que lo han señalado como difusor de mensajes de odio, indica que su estrella no muestra signos de opacarse en el Estados Unidos pos-Trump.

Pero a 90 millas de allí, en La Habana, su éxito es más limitado. “Es muy fácil vivir en Miami, y dárselas de guapo diciendo que aquí tenemos que ‘botarnos pa’ la calle a tumbar el régimen’. Y ese tipo [Trump] era tan loco o tan oportunista que les seguía la rima. Por mal que nos vaya con Biden, usted puede estar seguro que será mejor”, piensa Yan Carlos, chófer de un auto norteamericano de la década de 1950 que en el último año debió cambiar los paseos turísticos por el menos glamuroso servicio de taxi. Un hermano suyo aguarda en Nicaragua, “por si vuelven a poner la ‘ley de los pies secos’ [la Ley de Ajuste Cubano, que amparaba la emigración de los isleños virtualmente sin limitaciones]”. A él, en tanto, le basta con que “las cosas vuelvan a como estaban cuando Obama. De lo demás, nos ocupamos los cubanos”.

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