¿Puede Joe Biden restaurar los EEUU de Obama?
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Dilema de qué hacer con Trump

¿Puede Joe Biden restaurar los EEUU de Obama?

Tras uno de los equipos más blancos y masculinos de las últimas décadas, el de Trump, el actual presidente electo está rellenando las cuotas femenina, latina y afroamericana

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Barack Obama y Joe Biden.

La actualidad política de estos días en Estados Unidos tiene un sabor familiar, como a 'déjà vu'. La corteza de funcionarios demócratas que componían el Gobierno de Barack Obama, la mayoría de ellos criaturas del establishment progresista, educados en las universidades Ivy League y miembros de sus fundaciones y redes de empresas, vuelven a desfilar por las quinielas y columnas de los periódicos. Dentro de pocas semanas ocuparán puestos muy parecidos a los que tenían hasta 2016. Salvo el inquilino del despacho oval, la Casa Blanca tendrá un aspecto parecido al de antes.

De Ron Klain a Janet Yellen, Antony Blinken, John Kerry, Jake Sullivan o Linda Thomas-Greenfield, el mínimo común denominador de la naciente Administración Biden parece ser la experiencia de gobierno. Todas estas figuras y muchas otras (el presidente electo tiene que nombrar a unos 2.000 altos funcionarios) han estado ya a las órdenes del propio Biden, de Barack Obama o de Hillary Clinton.

Foto: Donald Trump y Joe Biden. (Reuters)

Otra de las prioridades que saltan a la vista es la diversidad. Biden aseguró varias veces que su Gobierno reflejaría la multirracialidad de Estados Unidos y así parece por el momento. Tras uno de los equipos más blancos y masculinos de las últimas décadas, el de Donald Trump, el actual presidente electo está rellenando cuidadosamente las cuotas femenina, latina y afroamericana. Lo que Biden, a todas luces, no está teniendo en cuenta, son los equilibrios ideológicos de su propio partido. Por ahora no ha nombrado a ningún político de la rama izquierda demócrata. En concreto, a los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren.

Primeros escándalos

El gabinete Biden también cuenta ya con sus sombras y potenciales escándalos. El nominado para secretario de Estado, Antony Blinken, fundó en 2017 la consultora WestExec Advisors, dedicada a alquilar al mundo corporativo el saber y los contactos de los veteranos del Gobierno. La otra fundadora es Michèle Flournoy, rumoreada opción de Biden para el Departamento de Defensa. La futura directora de Inteligencia Nacional, Avril Haines, también ha trabajado para la consultora.

El nombre de WestExec proviene de West Executive Avenue, la avenida que conecta el Ala Oeste de la Casa Blanca con el Edificio de la Oficina Ejecutiva Eisenhower, que acoge a distintas ramas del Gobierno, entre ellas la vicepresidencia. Un claro símbolo de lo alto que está situada esta puerta giratoria. El problema es que WestExec, al no ser técnicamente un 'lobby', no tiene que hacer pública su cartera de clientes ni las actividades en las que Blinken y otros han estado implicados.

Al otro lado de la bancada, los republicanos también parecen ir readoptando, poco a poco, el rol que tenían hasta 2016. Ahora que ya no controlarán el poder ejecutivo ni sus planes de gasto, volverán al rol de “halcones del déficit”, a la austeridad como objetivo número uno de su oposición. “Creo que eso es más o menos volver a nuestro ADN”, dijo el senador John Thune, el segundo conservador más importante del Senado. “Creo que el gasto, la reforma de los programas sociales, el crecimiento y la economía son cosas en las que vamos a tener que estar centrados el año que viene y, sí, esperaría que vais a escuchar mucho más al respecto”.

Foto: El edificio del capitolio en Washington D.C. (EFE)

Pero la vuelta al paisaje pre-Trump quizá solo llegue hasta aquí. La Administración de Joe Biden gobernará un país diferente, sumido en una pandemia, una crisis económica y, sobre todo, más dividido. Para empezar, según una encuesta de CNBC y Change Research, solo un 3% de los más 74 millones de votantes de Donald Trump consideran que Joe Biden ha ganado limpiamente las elecciones. En otras palabras: para millones de estadounidenses el nuevo presidente será un usurpador que ha robado el poder con un pucherazo del que no hay evidencias, pero sí múltiples bulos circulando por las redes sociales y las páginas web de la derecha conspirativa.

¿Enjuiciar a Trump?

El demócrata se encontrará con muchos dilemas al respecto. Por ejemplo, el a punto de ser expresidente, Donald Trump, puede ser objeto de diversas investigaciones judiciales. Una parte de la opinión pública del país desearía verlo esposado, con mono naranja y en el banquillo. Pero Joe Biden, consciente de que esta estampa dividiría más al país que él ha dicho querer unir, se ha mostrado renuente a comentar hasta qué punto el Departamento de Justicia participaría en ello.

Solo un 3% de los más 74 millones de votantes de Trump consideran que Joe Biden ha ganado limpiamente las elecciones

El partidismo contamina igualmente la lucha contra la pandemia. Joe Biden, para contener esta tercera de covid-19, más feroz en número de contagios y hospitalizaciones que las dos anteriores, ha sugerido hacer obligatorio el uso de la mascarilla: una medida que, según varios estudios científicos, reduciría los daños sanitarios y también económicos. La idea, sin embargo, se ha encontrado con el claro rechazo de los 16 estados republicanos que se niegan a decretar dicho uso.

El hecho de que los republicanos, además, han ganado posiciones en la Cámara de Representantes y en varios parlamentos estatales, y que probablemente mantengan su mayoría en el Senado, les permitirá frenar algunos de los grandes planes de Biden: por ejemplo el Build Back Better, que renovaría las infraestructuras de EEUU y pondría un especial acento en la sostenibilidad y las energías renovables.

El propio Donald Trump, cuyo talento inigualable consiste en absorber y dominar la atención pública, también estaría pensando en cómo desviar los focos de la investidura de Biden el 20 de enero. Según tres fuentes consultadas por 'The Daily Beast', el republicano barajaría anunciar su campaña presidencial de 2024 ese día.

Vuelta del 'policía' del mundo

De cara al exterior, la diplomacia estadounidense, tanto de presidentes demócratas como republicanos, siempre ha tenido la misma médula ósea: una filosofía de defensa de los valores liberales estructurados tras la Segunda Guerra Mundial. Un papel de policía global encargado de hacer que todo el mundo respete estas normas, aplicadas por distintas instituciones internacionales. Si bien las retóricas de ambos partidos han sido diferentes, variando entre el multilateralismo y el unilateralismo, la esencia se ha mantenido desde 1945. Hasta la victoria de Donald Trump.

El presidente saliente deshizo las grandes iniciativas en política exterior de Barack Obama: desde el acuerdo nuclear con Irán al acuerdo climático de París, pasando por el deshielo con Cuba o la frustrada creación de un tratado comercial con los países de Asia-Pacífico para contener a China. Si bien, pese a los aspavientos, Donald Trump ha mantenido las alianzas tradicionales con Europa, las relaciones se han enfriado y la confianza ha sido dañada. El republicano se refirió a la Unión Europa como “rival”, simpatizó abiertamente con el Brexit e inició peleas comerciales. Antes de emprender nuevos proyectos, la diplomacia americana, liderada por el atlantista Antony Blinken, deberá coser pacientemente algunas de estas desavenencias.

Otro aliado de siempre, Israel, puede haberse anticipado a las expectativas de restauración por parte de los demócratas. “El asesinato del científico que ha liderado la búsqueda del arma nuclear por parte de Irán en las últimas dos décadas amenaza con mutilar el esfuerzo del presidente electo Joseph R. Biden Jr. de revivir el acuerdo nuclear con Irán”, escribe David E. Sanger en 'The New York Times'. “Y ese bien puede haber sido el objetivo principal de la operación”.

A diferencia de Obama o Trump, Joe Biden jurará el cargo con literalmente 48 años de experiencia de gobierno a sus espaldas y una reputación de centrista dispuesto a cerrar acuerdos con la oposición. Una tarea que, sin embargo, puede no ser tan fácil de cumplir en las arenas movedizas de un país fragmentado.

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