UN MES DE JULIO PARTICULARMENTE FRÍO

Durmiendo en el estadio del River Plate: el fútbol sustituye al Estado en Argentina

Frente a la desesperación de cientos de familias, River Plate abrió sus instalaciones durante el mes de julio para que la gente pudiera dormir unas noches en su estadio, ante la inacción del estado

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Abrigado con una campera marrón, Carlos huía del frío. La campera, claro, no alcanzaba. El 3 de julio, la ciudad de Buenos Aires sufrió la temperatura más baja del año hasta entonces, rondaba los cuatro grados. Se anunciaba una ola de frío polar. Y Carlos lo sabía: vivir en la calle duele, y con frío duele más.

Se acercó al Estadio de River Plate cuando supo que el club había tomado una decisión inédita: recibiría gente en situación de calle durante los días que durase la ola polar. Con su campera, y acompañado de su amigo David, se metió en las instalaciones de uno de los dos clubes de fútbol más grandes de la Argentina. Iba buscando un colchón y algo de comida. Pero cuando entró se encontró con un piano.

El piano estaba casi tan abandonado como él. Y como toda la gente que iba entrando al club. Un piano herido como los chicos, las mujeres, los adolescentes y los jubilados que se metían en el Estadio Antonio Vespucio Liberti. Carlos se sentó y se puso a tocar. Tuvo un público privilegiado. Sus compañeros, los hombres y mujeres que viven en la calle. Se lastimó las manos. Fueron cuatro horas ininterrumpidas. El repertorio era extenso: tango, música clásica y ritmo popular.

Carlos Suizer, pianista profesional, estaba en la calle. Al menos por unos días, River Plate fue su casa.

Como muchos de sus compatriotas, Carlos Suizer sufre las consecuencias de la desigualdad. Aprendió a tocar el piano a los cuatro años en la localidad de Santa Cecilia, en la provincia de San Juan (en el centrooeste de la Argentina), pero la vida fue dura y golpeó como un palo. Tuvo problemas con el alcohol y quedó en la calle varias veces. Su historia conmovió a todos. Y algunos periodistas, como Fernando Soriano, pudieron captar sus palabras mientras tocaba en River. “Se lavar, planchar, hacer los mandados” -dijo. Pero Carlos sabe, sobre todo, tocar el piano. Y pudo hacerlo.

Un éxito dentro de un fracaso

Frente a la desesperación de cientos de familias, River Plate dio el puntapié inicial y abrió sus instalaciones para la gente en situación de calle. Durante varios días, recibió donaciones de frazadas, mantas, abrigos y alimentos y así albergó a más de seiscientas personas que no tienen ni techo ni comida. La iniciativa, coordinada con la Red Solidaria (una de las organizaciones no gubernamentales de ayuda social más importantes del país) fue un éxito dentro de un fracaso. Porque el éxito de la solidaridad no opaca el fracaso del Estado.

Martín Cagnola, titular de River Solidario – el departamento del club que atiende problemáticas sociales- es contundente: “Se trató de un precedente. Desde River creímos que había que dar un paso más. Antes de que comience la ola polar, Rodolfo D´Onofrio, el presidente del club, y Juan Carr, líder de la Red Solidaria, previeron la situación y desarrollaron esta estrategia conjunta. La probabilidad de muerte de alguna persona en situación de calle era real. En ese sentido, se definió abrir las puertas del club, albergar a la gente y generar una serie de actividades. No solo se cobijó a las personas, sino que también se abrieron las puertas del Museo del club y se desarrollaron distinto tipo de actividades.”

Cagnola, que cuenta con una trayectoria en el trabajo solidario antes de llegar a River Plate, explicó además de qué modo River pretendía dar un paso más como institución: "Se trataba de dar un espacio físico, pero también de contención social a través de los voluntarios de muchas organizaciones que estuvieron presentes.”

Entre las organizaciones no solo estaba la Red Solidaria. Scouts Argentina, Amigos en el Camino y Camino Solidario, también participaron de las jornadas en la cancha de River Plate.

Después del River llegaron los demás

Solo hizo falta que un club con presencia internacional como River tomara la decisión de recibir gente en situación de calle para que otras instituciones hicieran lo propio. Clubes “grandes”, “medianos” y “pequeños” replicaron la iniciativa. San Lorenzo, Vélez Sarsfield, Racing, Ferrocarril Oeste, Platense, Estudiantes de La Plata y Gimnasia y Esgrima de La Plata, fueron algunos de los que mostraron su solidaridad. Mientras el frío calaba hondo, clubes pequeños (y en algunos casos empobrecidos) también pusieron su esfuerzo.

En la mayoría de los casos, no se trató de una excepción. La historia de los clubes de fútbol en Argentina se vinculó, desde sus inicios, a las actividades sociales. La mayor parte de las instituciones conservan hoy una sección o departamento solidario, intentando dar contención a la gente de la comunidad.

El caso de Racing Club es solo uno de ellos. Además de tener un departamento dedicado a ayudar a los más desfavorecidos, el club cuenta con la participación permanente de una asociación de vecinos solidarios que lleva el nombre de uno de los hinchas más particulares de la historia del club: el padre Carlos Mugica.

Sacerdote católico, Mugica se destacó por sus trabajos comunitarios en villas miseria durante los años sesenta y setenta. Asesinado en 1974 por un grupo paramilitar de extrema derecha, es, todavía hoy, uno de los símbolos más representativos de la solidaridad con los humildes en el país. La Asociación de Vecinos Solidarios Carlos Mugica, además de realizar labores permanentes durante todo el año, fue la encargada de que Racing, a través de su filial en Capital Federal, participara en la iniciativa solidaria recibiendo a los sin techo.

Los clubes de fútbol dan techo

Las personas se acercaban, cada vez más, a los clubes. La voz se corría por las calles. Las radios, los periódicos y la televisión lo anunciaban: clubes de fútbol dan techo, comida y abrigo a los que no lo tienen. Y no es extraño que se hayan acercado: porque la situación social en la ciudad es alarmante.

Los datos oficiales indican que la cantidad de personas que vive y duerme en las calles de la capital argentina asciende a 1.146, aunque según las organizaciones sociales el número alcanza las 8.000 personas. Ese es el resultado que arrojó el primer Censo Popular de Personas en situación de Calle. Las cifras son muy diferentes pero el resultado es el mismo: una parte de la sociedad sufre las consecuencias del empobrecimiento, de la crisis y de la desigualdad social.

De hecho, pocos días después de que los clubes de fútbol albergaran a hombres y mujeres sin vivienda, un grupo de organizaciones sociales decidieron visibilizar la situación. El 9 de julio, día de la Independencia Argentina, intentaron montar una carpa “refugio” en las inmediaciones del Obelisco (en pleno centro de la ciudad). Pero la carpa, que contaría con colchones y alimentos, fue desalojada por la policía a través de una represión. Según las autoridades, no contaba con el permiso correspondiente, aunque miembros de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) -una de las principales organizadoras de la acción- sostuvieron que, cuando la represión comenzó, estaban tramitándola.

Hoy, la ciudad de Buenos Aires cuenta con diversos programas para las personas que viven en las calles. Pero las visiones son contrapuestas. Mientras que la ministra de Desarrollo Humano y Hábitat, Guadalupe Tagliaferri, destaca las iniciativas del gobierno -particularmente la existencia de paradores-, hay quienes aseguran que éstos tienen límites y no resultan eficaces para la población que vive en la calle. Es el caso de Cecilia Segura, Auditora General de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Lo cierto es que, al menos este invierno, el fútbol abrió sus puertas. Y la solidaridad se hizo visible.

Las calles siguen existiendo

Carlos Suizer debería poder tocar el piano. O, al menos, tener un trabajo que no lo obligue a dormir en la calle y recurrir a la ayuda de un club que, como River Plate, abre sus puertas a los más humildes para cobijarlos del frio. Lo mismo debería suceder con tantos hombres y mujeres que deambularon, al menos durante unos días, por instituciones deportivas que, con esfuerzo y solidaridad ciudadana, atajaron el frío y la crisis social.

Ahora en agosto el frío ya no se siente. Pero las calles siguen existiendo. Cada día, miles de personas duermen en ellas. No deberían precisar del fútbol cuando hace frío. No deberían dormir nunca allí. El fútbol hizo su tarea. Pero para todos los días se necesita un Estado.

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