5 años de la masacre de los yazidíes

Un genocidio, dos alcaldes y 7 guerrillas: "La casa de putas" que resume el estado de Irak

El Estado Islámico expulsó a 500.000 yazidíes de su tierra ancestral. Sinjar fue liberada en diciembre de 2015 y desde entonces los actores locales se disputan la comarca sin contar con los yazidies

Foto: Yazidíes abandonan Sinjar, entonces en manos del Estado Islámico. (Reuters)
Yazidíes abandonan Sinjar, entonces en manos del Estado Islámico. (Reuters)

El griterío de unos niños irrumpe en medio del silencio fantasmal. La celebración de una boda, con su fiesta, risas y alegría, rompe el equilibrio de la atmósfera de desolación de Sinjar. Pero esta anécdota es puro espejismo. A la ciudad maldita de los yazidíes, liberada en 2015 del negro califato del Estado Islámico, solo ha regresado el 4% de la población.

Este estratégico territorio montañoso de 100 kilómetros en la provincia de Nínive es una ruta clave que une el norte de Siria con Mosul, muy cerca de la frontera con Turquía, por lo que ha sido muy codiciado. En medio de la lucha de intereses y competencias entre Bagdad y Erbil, las guerrillas del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y su filial siria las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), los grupos paramilitares chiíes conocidos como 'Hashed al Shaabi' y otros grupos árabes armados, y de actores regionales como Turquía, Irán o Siria, están atrapados más de 400.000 yazidíes, víctimas de genocidio, que desde hace cinco años malviven en campos de desplazados desperdigados en las montañas de Sinjar o en la provincia kurdo-iraquí de Dohuk.

La región de Sinjar fue liberada del Estado Islámico (Daesh) en diciembre de 2015 con la ayuda del PKK, el YPG, y los ataques aéreos de las fuerzas estadounidenses del expresidente Barack Obama. Sin embargo, la gloria se la llevó Bagdad, y este territorio disputado –entre Irak y el Kurdistán desde 2003, cuando cayó el régimen de Saddam Husein- vuelve a estar de nuevo bajo la administración iraquí.

Los kurdos pecaron de ingenuos al pensar que su sacrificio sería recompensado con la tierra por la que sus mártires habían derramado su sangre. En un discurso vehemente en noviembre de 2015, el expresidente del Kurdistán iraquí, Masud Barzani, tras bendecir a sus valientes soldados 'peshmerga' por la victoria (los mismos que huyeron sin ofrecer resistencia cuando el Estado Islámico irrumpió en Sinjar el 03 de agosto de 2014), dijo que la bandera tricolor del Kurdistán volvería a ondear en Sinjar.

Pero el sol de la insignia kurda no ha vuelto a elevarse sobre las montañas de Sinjar.

Una mujer con una bandera kurda en Duhok, en el Kurdistán iraquí. (Reuters)
Una mujer con una bandera kurda en Duhok, en el Kurdistán iraquí. (Reuters)

Tras la intentona del referéndum de independencia del Kurdistán en 2017, Barzani perdió la presidencia y el "derecho de pernada" sobre todo el territorio disputado, y las regiones de Kirkuk y Sinjar, entre otras, que habían estado bajo control kurdo durante más de una década, regresaron a Bagdad.

Desde la liberación de Sinjar no se han restablecido los servicios públicos ni se ha avanzado demasiado en los trabajos de limpieza de escombros y explosivos, de reconstrucción, -el 70% de la ciudad está destruida- ni en la investigación oficial para la exhumación de las fosas comunes. Hasta el momento se han localizado 70, pero el calor sofocante, que llega a los 50 grados en verano, ha paralizado los trabajos de los equipos forenses, uno kurdo y otro iraquí con apoyo de la ONU, hasta finales de septiembre.

"Una casa de putas"

La razón por la que todo va tan lento, a parte del calor infernal, es el descontrol total que hay en la ciudad. Sinjar se ha convertido en una "casa de putas" donde hay dos alcaldes y al menos siete grupos armados que se disputan el control de la ciudad y de los puestos de control –cada 10 metros-. Caminar por las destruidas calles de Sinjar sin que surjan problemas es una tómbola, depende de qué grupo te pare e interrogue puedes marcharte enseguida o acabar retenido durante horas.

El 70% de la ciudad está destruida, y en apenas unos meses se han encontrado 70 fosas comunes

"Hay más inseguridad que nunca, porque cada grupo controla una zona, pero nunca sabes quien controla tu zona. No nos fiamos de nadie", se queja Yasul Ahmad, gerifalte yazidí de la tribu Bahabat.

La familia Ahmad es de las pocas que volvió después de la liberación. Según calcula este paisano, entre 3.000 y 4.000 familias, que suman el 4% de la población que antes vivía allí, habrían regresado a Sinjar.

Cualquier tema burocrático se ralentiza debido a que el alcalde de toda la vida, Mahmud Khalil, un kurdo yazidí que estuvo en la alcaldía durante una década antes de la embestida de Daesh, se ha trasladado a Dohuk, llevándose consigo el sello oficial. Cuando llegaron los paramilitares chiíes comandados por Bagdad eligieron como alcalde a Fahad Hamid, -primo de Ahmad- pero al que no se le reconoce su autoridad oficial, por lo que "para cualquier papeleo hay que ir a Dohuk y pedir la aprobación de Khalil (el otro alcalde)", se queja el jefe tribal.

Algunas familias volvieron con la esperanza de que las ayudas internacionales, gestionadas por Bagdad, servirían para devolverles sus hogares. Sin embargo, la agencia gubernamental encargada de la rehabilitación de las viviendas de los yazidíes "solamente está reparando partes de las fachadas y, siempre y cuando que el dueño de la casa tenga el certificado del Registro de la Propiedad", lo que ha dejado a "más de 4.000 solicitantes" en Sinjar sin esta ayuda, se queja Baker Omar, otro vecino yazidí al que no le pagan la reconstrucción por que su vivienda, como las de la inmensa mayoría, fue construida sobre terreno gubernamental y sin licencia.

Sinjar es un caos: dos alcaldes y media docena de grupos paralimitares se disputan el control

Algunas oenegés internacionales tienen presencia en la zona pero el personal internacional es muy reducido y los proyectos limitados. Desde que Sinjar está administrada por Bagdad se requiere un visado iraquí. Antes el proceso era más sencillo: se sacaba en el aeropuerto de Erbil, controlado por los kurdos, que facilitaban un permiso especial para acceder a la comarca desde el Kurdistán iraquí, que es donde tienen la base de operaciones la mayoría de organizaciones internacionales que trabajan con los yazidíes y otras minorías desplazadas.

Animar a la población civil a regresar a Sinjar sin servicios básicos como hospitales y escuelas se presenta difícil. La ciudad cuenta con un hospital general pero que ahora funciona más bien como un dispensario médico por la falta de personal, medicamentos y material quirúrgico. Los lugareños se quejan de que los médicos “prefieren irse con las oengés porque les pagan más que el gobierno y no van a trabajar al hospital”.

Lo mismo ocurre con las escuelas. En Sinjar había colegios públicos e institutos de secundaria, muchos de los cuales acabaron reducidos a escombros por los bombardeos estadounidenses. La oenegé Yazda internacional ha reabierto una de las escuelas a la que asisten más de 2.000 niños de diferentes edades, con maestros voluntarios en lugar de profesores profesionales.

Los perdedores: los yazidíes

En Irak todo el mundo ha perdido a alguien en esta u otra guerra, pero los yazidíes son los que más han perdido. El Estado Islámico, ayudado por la población local suní, ejecutó a más de 5.000 por el mero hecho de pertenecer a una minoría religiosa que el Islam considera “kafir” (infiel) y los acusa de ser “adoradores del diablo”.

El pueblo de Kocho (cerca de la frontera con Siria) fue el que se llevó la peor parte. El 15 de agosto de 2014, los yihadistas del EI, siguiendo la fatua (edicto religioso) del muftí de Sinjar que ordenó la muerte de los yazidíes varones mayores de 15 años, separaron por sexos a los yazidíes y ejecutaron a 334 hombres y a 72 mujeres que enterraron en fosas comunes, y capturaron a las mujeres jóvenes y a los niños.

Cráneos humanos encontrados en una fosa común en las afueras de Sinjar, en febrero de 2015 (Reuters)
Cráneos humanos encontrados en una fosa común en las afueras de Sinjar, en febrero de 2015 (Reuters)

Se convirtió una práctica común del EI llevarse a las chicas yazidíes para ser vendidas como esclavas sexuales en Mosul, Raqqa y Deir Ezzor (Siria). Más de 6.000 mujeres y niños fueron secuestrados y estuvieron durante años a merced de los deseos de los yihadistas. Más de la mitad ya han sido liberados -después de haber pagado entre 30.000 a 50.000 dólares por rescate- y han regresado con sus familias a los campamentos, pero todavía se desconoce el paradero de los otros tres mil.

Para los yazidís es muy difícil recuperar la confianza hacia sus vecinos árabes. Muchos se sienten traicionados por sus compadres suníes porque fueron ellos, sus propios vecinos, quienes les delataron al Estado Islámico. No solo los yazidíes: los cristianos, chiíes, turkomanos, chabaquíes y otras minorías que vivían en Sinjar han sido objetivo de persecución y matanzas por los radicales del Estado Islámico y sus compinches suníes. No todos los suníes se unieron al EI, pero el sentimiento generalizado de las minorías es que son el enemigo. Sinjar es solo un ejemplo de cómo Irak camina de nuevo hacia una desintegración social, donde afloran sentimientos como el miedo, el resentimiento y el odio entre comunidades que alimentan al fanatismo.

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