46% DE ACEPTACIÓN

Trump, a prueba de balas: nuevo récord de popularidad pese al último gran escándalo

El capítulo más reciente de la polémica Trump ha sido publicado por 'The New York Times', que ha demostrado que perdió más de 1.000 millones de dólares entre 1985 y 1994

Foto: Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

En enero de 2016, cuando todavía era precandidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump acaparaba titulares dentro y fuera de su país resumiendo así la fidelidad de sus seguidores: "Tengo a la gente más leal. ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a la gente y no perdería votantes", dijo durante un acto de campaña en Iowa.

Lo que en su momento sonaba como una visceral exageración, ya no lo parece tanto. En un país poco propenso a tolerar escándalos a sus políticos, sobre todo los íntimos y personales, el mandatario norteamericano está demostrando que, al menos en este punto, estaba en lo cierto. ¿Cuál es el secreto de Donald Trump para esquivar las controversias? ¿Donde ha conseguido ese escudo de teflón para que nada se le pegue y todo le resbale?

El capítulo más reciente de la permanente polémica en la que orbita Trump ha sido publicado por 'The New York Times', que tras bucear en la contabilidad del presidente ha demostrado que perdió más de 1.000 millones de dólares entre 1985 y 1994. Trump, quien basó parte de su campaña electoral en sus credenciales de empresario de éxito y gran negociador, fue la persona que más perdió en esos años.

Una buena parte de Estados Unidos, sobre todo en las grandes ciudades, se ha aprestado a reírse del magnate, del personaje vulgar, corrupto y mentiroso que ni es empresario de éxito, ni es nada; sólo un embaucador con suerte al que su padre millonario, como también reveló el Times, sacó del agujero financiero. Una vez más se han sentido bien consigo mismos. Y una vez más, la revelación del Times rebotará en el escudo de teflón presidencial como una flecha de gomaespuma.

Pero este punto de vista, que suele monopolizar el espacio de las televisiones y periódicos, tan solo es eso: un punto de vista. Existen otros. Y para comprender esta aparente invulnerabilidad del presidente de Estados Unidos hay que alejarse de las opiniones más urbanitas y educadas para escuchar, naturalmente, a quienes lo apoyan.

Tan solo un punto de la lista de agravios cometidos por Trump durante su mandato habría bastado para derribar a cualquier otro líder político: las más de 10.000 mentiras contrastadas que ha contado en público, los pagos subrepticios para comprar el silencio de una actriz porno con la que mantuvo relaciones sexuales mientras su esposa estaba a punto de dar a luz, los numerosos intententos de obstrucción a la justicia recogidos en el ‘Informe Mueller’ y denunciados por 700 antiguos fiscales, las sospechas de haber recibido pagos de líderes extranjeros a través de sus empresas, las demandas de fraude contra la Trump University que le han costado 25 millones de dólares, la separación de familias de migrantes con las fotos de niños metidos en jaulas pulverizando la imagen del país y su constante coqueteo con el presidente ruso, Vladimir Putin, en quien parece confiar más que en sus propios servicios de inteligencia.

Todo eso, una lluvia fina, apenas unas motas de polvo que se sacude el presidente Trump quien, lejos de ver mellado su respaldo, ve cómo su popularidad sube a niveles récord de 46% -más que Barack Obama a estas alturas de su primer mandato- según la firma demoscópica Gallup.

Una persona real

¿Cuál es la clave de este magnetismo a prueba de balas? Para sus partidarios, la respuesta es clara: Donald Trump es una persona real. Una persona que asume riesgos, que sube y baja, gana y pierde; un tipo con las costuras de la vida a flor de piel.

Olvidémonos por un momento la clásica dicotomía ideológica derecha y izquierda, y también de la disonancia cognitiva, esa que, al observar la realidad, nos induce a aceptar como verdadero solo aquello que refuerza nuestras creencias y a rechazar lo que las contradice. Adoptemos, por un momento, la lógica del populismo.

“Cuando vi a Donald Trump debatiendo con los otros tipos vestidos de traje… Supe que iba a ganar. Estaba seguro de que iba a ganar”, declaró Nassim Nicholas Taleb, financiero metido a filósofo de la incertidumbre. Para Taleb, en ese ya lejano debate de las primarias de 2015, Trump era la única persona que mostraba los rasgos de un trabajador, o de un empresario. Un tipo bregado. “Había escuchado el día anterior en las noticias que [Trump] había perdido más de mil millones de dólares de su propio dinero. Pensé en ello. Me dije, ‘bueno, ¿acaso hay algo más humano que mostrar una cicatriz?’”.

Según el autor de ‘El Cisne Negro’, el mundo se divide entre dos tipos de personas: las que se juegan la piel y los que no. Las que asumen riesgos y los que se quedan mirando desde la comodidad de un ministerio o de un aula universitaria. Y aquí reside, en gran medida, la esencia del populismo.

“Lo que hemos estado observando alrededor del mundo” -escribe Taleb en su libro ‘Jugarse la piel’- “es la rebelión en contra del cerrado círculo de burócratas ñoños-pecho frío y de los periodistas infiltrados, esa clase de expertos semi intelectuales y paternalistas salidos de una universidad prestigiosa, de Oxford, Cambridge o alguna similar, que quieren decirle al resto de nosotros 1) qué hacer, 2) qué comer, 3) cómo hablar, 4) cómo pensar y 5) por quién votar”.

Estos “intelectuales pero idiotas” a los que se refiere Taleb serían una especie de pelusilla que le ha salido al mundo real; una emulsión que, de alguna manera, se ha aprovechado de la complejidad de la sociedad contemporánea para tomar el poder y gobernar al pueblo enredándolo en teorías abstractas, debates sin fin, números, eufemismos y términos complicados. El objetivo final sería vivir del aire, de la burbuja que se han creado para justificar sus estudios y sus sueldos.

El anti-Obama

Un ejemplo de esta odiada casta, que recibe un capítulo entero de insultos, sería el expresidente Barack Obama: una persona que durante su vida marcó todas las casillas adecuadas para labrarse una buena imagen y llegar a ser presidente: licenciatura en la prestigiosa Columbia, activismo social en Chicago, máster en la aún más prestigiosa Harvard, un par de libros autocomplacientes y un cuidado esfuerzo oratorio. Es decir, sería un “hablador”: alguien que antepone la imagen a la sustancia.

Taleb propone un experimento: imagínese que lo van a operar y que tiene que elegir entre dos cirujanos del mismo rango, en el mismo hospital. El Cirujano 1 es un señor refinado, de voz timbrada, cabello plateado y una pared llena de diplomas prestigiosos. El Cirujano 2 es un tipo rechoncho, está descamisado, habla vulgar y sólo tiene un amarillento diploma de una universidad desconocida. ¿A quién elegiría? Taleb escogería, sin dudar, al segundo: “Para tener una carrera exitosa en su profesión, (el Cirujano 2) ha tenido mucho que superar en términos de percepción”, escribe. “Los cirujanos no deben de parecer cirujanos”.

Donald Trump estaría en el lado del Cirujano 2, el de las personas “con un trabajo de verdad”. Un tipo que puede gustar o no, pero que al menos se ha fajado, y se ha jugado el pellejo con sus proyectos e inversiones. Lo avalan, si se puede decir así, décadas de peleas con políticos y otros empresarios, portadas en la prensa amarilla, 3.000 demandas, dos divorcios, y una fortuna que, pese a los tropiezos, se encarga de lucir. Cuando salió del agujero en 1994, su salto a la televisión con The Apprentice le granjeó buenas audiencias, y en política no tuvo que pasar por escaños o alcaldías. Se ganó directamente la púrpura. Envuélvanlo todo en un lenguaje sin florituras, rugoso, directo y comprensible. El resultado: una persona auténtica en el Despacho Oval.

Dos años gritando a la tele

Las razones académicas de su victoria y popularidad se ramifican hasta el infinito: desequilibrios económicos entre el campo y la ciudad, aumento de la desigualdad con la Gran Recesión, cambio demográfico, el hastío de Iraq y Afganistán, y todas las herramientas de la demagogia: empezando por la búsqueda de un chivo expiatorio. Pero quizás todas estas razones aún flotarían dispersas si no se hubieran anudado en esa personalidad de púgil, de señor con defectos, de “hombre del pueblo”.

Y nadie sintetiza mejor esta amalgama perfecta que repele los escándalos y dribla las polémicas que sus propios seguidores: “Donald Trump dice lo que llevamos años gritándole al televisor”.

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