regresa para luchar por la presidencia

La última oportunidad de Joe Biden: ¿podrá recuperar el voto de la clase obrera blanca?

La leyenda dice que sólo él puede romper el sortilegio. Subir al escenario, hablar con Middle America en su misma lengua. Deberá regenerar la moral que ha destruido Trump

Foto: Joe Biden durante un discurso ante la Asociación Internacional de Bomberos, en Washington. (Reuters)
Joe Biden durante un discurso ante la Asociación Internacional de Bomberos, en Washington. (Reuters)

La leyenda dice que sólo él puede romper el sortilegio. Subir al escenario, hablar con Middle America en su misma lengua y recuperar la simpatía de la clase obrera blanca, secuestrada en 2015 por las malas artes de Donald Trump. Esta es la leyenda, casi una superstición a la que se agarran los demócratas como quien empuña un rosario. El exvicepresidente Joe Biden ha vuelto, y ahora quiere el primer premio. Lo avalan su campechanía y su medio siglo de experiencia en política; una baza, y una carga.

Biden lleva tanto tiempo en la palestra que se han creado en torno a él muchos personajes diferentes. Está el Biden progresista, el Biden del 'establishment', el Biden sencillo, el Biden marcado por la tragedia familiar, el Biden patriota, el segundón, el que se propasa bromeando y toqueteando a las mujeres, el Biden maquiavélico... Un juego de espejos que puede funcionar, si uno se queda con sus credenciales de estadista y de hombre bregado que, después de perder a su mujer y a su hija en un accidente de tráfico en 1972, y a su hijo mayor de cáncer de cerebro en 2015, ya lo ha visto todo. “Hombre mojado no teme a la lluvia”, dice el proverbio árabe.

Esa parece ser su estrategia: reivindicarse como símbolo de la humildad y la decencia americanas; regenerar la moral que ha destruido Trump. “Estamos en una batalla por el alma de este país”, dijo Biden en su anuncio de campaña. “La historia volverá la vista a los cuatro años de este presidente y todo lo que representa como un momento aberrante. Pero si damos a Donald Trump ocho años más en la Casa Blanca, alterará para siempre y de forma fundamental el carácter de esta nación”.

El antiguo vicepresidente y senador de Delaware está por delante en las encuestas, sobre todo en los estados clave de Wisconsin, Michigan y Pensilvania. El nivel de apoyo nacional a Biden ronda, de media, el 28%, superior al 20% del senador Bernie Sanders. Su exjefe, Barack Obama, sigue siendo muy popular, y las estadísticas también lo acompañan: desde la Segunda Guerra Mundial, seis de los nueve vicepresidentes que optaron a la nominación de su partido la acabaron ganando.

Pero cincuenta años de política dejan mucho 'kompromat', como dirían los soviéticos: muchas manchas en el currículum, escándalos, amantes, cadáveres en el armario. Biden apoyó la draconiana política contra el crimen de Bill Clinton, que ha dejado las prisiones de Estados Unidos a rebosar, en 2003 se subió al barco de la guerra de Iraq y como senador de Delaware se le ha visto muy cerca de los intereses financieros. Estas y otras cosas no tardarían en aflorar, cortesía de sus rivales en las primarias.

Una parte del dinamizado Partido Demócrata, cada vez más joven e izquierdista, sostiene que Biden, a sus 76 años, está simplemente fuera de onda; como un coche de caballos que trata de abrirse camino en el centro de Nueva York. En las últimas semanas varias mujeres lo han acusado de comportarse de manera impropia, por ejemplo, de tocarlas, olerles el pelo y darles besos en la oreja. Una conducta que pudo haber pasado desapercibido en otra época, pero no de cara al 2020.

Su primer acto de campaña está previsto para el lunes en Pittsburgh, el pulmón industrial de Pensilvania, uno de los principales campos de batalla

En un demoledor artículo, Nathan Robinson describe a Joe Biden como la quinta esencia del Club de Chicos Blancos que fue Washington hasta hace unos años. Una masonería de señores que de cara al público hacían teatro, discutían y se rasgaban las vestiduras, pero que luego, entre bastidores, eran “amigotes” que se regocijaban de su poder. Gente como Strom Thurmond, senador de Carolina del Sur durante 48 años y uno de los políticos más racistas del siglo XX. Thurmond pasó a la historia por su oposición recalcitrante a la Ley de los Derechos Civiles, que en 1964 prohibió la discriminación de las personas de raza negra en los estados del sur. Ni siquiera en el siglo XXI, con 100 años de vida y todavía en el Senado, Thurmond se desdijo de sus palabras. Le preguntaban de qué se arrepentía. Él decía: “No se me ocurre nada”.

En 2002, Joe Biden acudió a celebrar el centenario de Thurmond. El largo y conocido historial del senador, que en su campaña presidencial de 1948 había dicho que “no hay suficientes tropas en el Ejército para forzar a la gente sureña a terminar con la segregación”, no impidió que Biden pronunciara un cálido y fraternal discurso en honor a su colega. Según Biden, Thurmond era un mentor afable, un hombre esencialmente bueno, “producto de su tiempo”, que había tenido el coraje de evolucionar con la época. Pese a que nunca renunció a sus posturas.

Biden entró en el Senado a los 29 años, en 1973, cuando, en sus propias palabras, todavía quedaban “siete u ocho anticuados demócratas segregacionistas”. Gente como el supremacista blanco James Eastland, alias “el padrino de Mississippi”, que defendía la segregación racial como una “ley de Dios”. Lo cual no era óbice para una cordial y sincera camaradería. “Te levantabas y discutías con ellos como con el demonio”, recordaría Biden. “Luego nos íbamos a comer o a cenar juntos. El sistema político funcionaba. Nos dividían los asuntos, pero el sistema funcionaba”.

Un hombre sostiene un cartel de la candidatura de Joe Biden antes de un mitin del ex vicepresidente en Boston. (Reuters)
Un hombre sostiene un cartel de la candidatura de Joe Biden antes de un mitin del ex vicepresidente en Boston. (Reuters)

La imagen de Biden esta última década está ligada a otros dos pesos pesados del Partido Demócrata: el presidente Barack Obama y su antigua colega de gabinete, Hillary Clinton. El propio Biden reconoció no haberse presentado a las elecciones de 2016, además de por el luto al haber fallecido su hijo, para que su campaña no se solapara con la de Clinton, ya que hubieran sido prácticamente iguales: típicas, de centro, el producto de dos personas maceradas en décadas en los pasillos. Si Clinton fracasó hace tres años, ¿por qué tendría éxito la misma fórmula en 2020?

“Joe Biden es uno de los políticos más populares de América. También lo era Hillary Clinton en 2016”, escribió Alex Shepard en The New Republic. Biden se habría beneficiado de su distancia con la política estos últimos dos años, igual que Clinton en su día, cuando dejó la secretaría de Estado en 2013 para preparar su candidatura. Una vez se reincorporó a la arena, sus índices de popularidad cayeron. “Quizás Biden haya tocado ya la cima, y desde aquí todo sea bajada”.

Mientras, el enemigo a batir para Biden y compañía, Donald Trump, ya le ha encontrado el que quizás sea un punto débil. Biden siempre ha acogido con ironía el hecho de que sus compañeros de Washington le llamen “Middle Class Joe”, debido, como él dice, a su “falta de sofisticación”. Un rasgo en el que incide Trump. “Bienvenido a la carrera, Soñoliento Joe”, dijo el presidente en Twitter. “Sólo espero que tengas la inteligencia, desde hace mucho puesta en duda, de librar una exitosa campaña por las primarias. Si lo consigues, te estaré esperando en la línea de salida”.

Allí tratará de estar Joe Biden: cara a cara con el mandamás. Este es su tercer intento de conquistar la Casa Blanca, el primero desde que se le considera el “Tío de América”. Su primer acto de campaña está previsto para el próximo lunes en Pittsburgh, el pulmón industrial de Pensilvania, uno de los principales campos de batalla donde se decidirá quién estará al mando de Estados Unidos.

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