LA NUEVA ESTRELLA DEMÓCRATA

Pete Buttigieg, un Kennedy millenial para vencer a Donald Trump

Si los deseos del votante demócrata fueran repartidos por una diana, Buttigieg estaría muy cerca del centro: clavado en la intersección de las características favoritas de millones de electores

Foto: Pete Buttigieg, alcalde de South Bend, saluda a una simpatizante durante un acto para anunciar su candidatura. (Reuters)
Pete Buttigieg, alcalde de South Bend, saluda a una simpatizante durante un acto para anunciar su candidatura. (Reuters)

Si los deseos del votante demócrata fueran repartidos por una diana, el aspirante Pete Buttigieg estaría muy cerca del centro: clavado en la intersección de las características favoritas de millones de electores. Buttigieg es joven (37 años) pero con experiencia pública. Estudió en la elitista Harvard, pero viene de una localidad industrial del Medio Oeste, donde es alcalde. Es gay, pero cristiano y casado. Un hombre culto (habla siete idiomas) y de acción (veterano de Afganistán). Por si no fuera suficiente, escribe Olivia Nuzzi en New York Magazine, “tiene dos perros de acogida y toca el maldito piano”.

El “alcalde Pete”, como se le conoce en South Bend, una ciudad de cien mil habitantes de Indiana, está viviendo un tórrido romance con las televisiones progresistas. No se ha perdido ni un late 'show', y gracias a su aparición en un debate de la CNN ha adelantado a la mayoría de sus rivales en las primarias (18, por ahora). Ha recaudado 7 millones de dólares en el primer trimestre, por encima de figuras mucho más conocidas como los senadores Cory Booker o Elizabeth Warren, y varias encuestas lo ponen en la cima: sólo por detrás de los dos favoritos, el senador Bernie Sanders y el exvicepresidente Joe Biden.

De todos los demócratas que buscan la presidencia, Buttigieg quizás sea el que más se ha centrado en el relato, en construir un mensaje inspirador. “Algún día se escribirán historias, no sólo sobre una campaña o una presidencia, sino sobre la era que comienza hoy aquí, en este edificio, donde el pasado, el presente y el futuro se encuentran”, declaró Buttigieg el domingo, al anunciar oficialmente su campaña presidencial en South Bend. “Hace frío fuera, pero ya hemos tenido suficiente invierno. Vosotros y yo tenemos la oportunidad de traer una nueva primavera americana”.

La campaña de Buttigieg sigue siendo vaga en detalles prácticos, pero muy rica en emociones, una constante en su carrera política. The New York Times llegó a esta conclusión después de revisar el historial del candidato. Ya a principios de siglo Buttigieg denunció una “crisis de autenticidad” en los líderes demócratas, que, a diferencia de los republicanos, se veían siempre envarados y carentes de gracia. Cuando estaba en la universidad, Buttigieg incluso se carteó con el gurú de la comunicación política George Lakoff, que lleva década y media pidiendo a los demócratas que se centren más en la forma de comunicar y menos en las cifras y detalles de sus políticas públicas.

El aspirante no ha dudado en poner su intimidad, como si fuera un chuletón, en las brasas de la opinión pública. Se trata de relato, y el suyo es persuasivo. “Cuando era más joven, hubiera hecho cualquier cosa con tal de no ser gay”, reconoció Buttigieg en un acto por los derechos de las minorías sexuales. “Si me hubiérais dado una píldora para hacerme hetero, me la hubiese tragado antes de que tuviérais tiempo de darme un sorbo de agua”.

Era su manera de combatir a los abogados de la “terapia de la conversión”, que consideran la homosexualidad una enfermedad curable. Y un dardo a su paisano, el vicepresidente de EEUU, Mike Pence. Cuando Buttigieg salió del armario en 2015, durante su campaña por la reelección, Pence era gobernador de Indiana. Ese año había aprobado una ley que permitía a las empresas negarse a servir a parejas homosexuales, aduciendo su “libertad religiosa”. “Mi matrimonio con Chasten me ha hecho mejor hombre”, dijo el demócrata. “Y, sí, señor vicepresidente, me ha puesto más cerca de Dios”.

La ola de interés mediático también ha elevado a su marido, Chasten Buttigieg, de 29 años, profesor de interpretación en un instituto, a la fama. Sus ocurrencias funcionan bien en las redes sociales. “Ahora vivo en un mundo en el que la gente me saca fotos en la sección de desodorantes del supermercado”, declaró el aspirante a Primer Caballero de Estados Unidos, que ha amasado un cuarto de millón de seguidores en Twitter.

Buttigieg durante el anuncio de su candidatura, en South Bend, Indiana. (Reuters)
Buttigieg durante el anuncio de su candidatura, en South Bend, Indiana. (Reuters)

Escuchar la prosa calmada y optimista de Buttigieg evoca la inocencia pastel de los años sesenta. Es como si nos rodeara la imagen de un césped recién cortado, con un perro labrador dando saltos bajo una bandera izada al sol y una luminosa valla blanca de fondo. No en vano se ha comparado a Buttigieg con otro loco del relato: John F. Kennedy. Según Peter Canellos, editor de Politico, el presidente asesinado siempre ha sido el cánon de jefe demócrata. El modelo de un “joven y sobrio forastero de la política, solo en el escenario, un príncipe bañado en el aura dorada del carisma”.

El alcalde de South Bend anunció su campaña en el viejo motor económico y símbolo de la ciudad, la fábrica abandonada de coches Studebaker. Habló de su padre, un inmigrante maltés y académico de la literatura fallecido este año; de su madre, de su matrimonio, y de libertad y grandeza y solidaridad y democracia, y de valores y de esperanza, y reivindicó su edad de millenial: un representante de la nueva generación para derrotar a la vieja, encarnada por el actual presidente de EEUU, Donald Trump. Qué hará exactamente con el mayor puesto de poder del Planeta Tierra, lo dejó para otra ocasión.

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